El robo

Hacía un año que me venían robando el diario, y aunque no veía la hora de atrapar al miserable que se informaba a costa de mi bolsillo, tenía sensaciones encontradas: ¿Por qué amargarme por un pasquín cuyas noticias ya no me interesaban ni mucho menos leía? ¿Acaso ese infeliz no me estaba haciendo un favor al evitarme una lectura tan insulsa como soporífera?

La decisión era sencilla: tenía que cancelar la suscripción. Pero antes me propuse sorprender a ese granuja con las manos en la masa, para luego arrojarlo a las fauces siempre ansiosas de chismes de los vecinos.

El domingo siguiente me levanté tempranísimo y me puse a esperar. Tres horas después sentí el sonido breve y seco del periódico arrancado del piso. Abrí enseguida la puerta y me encontré con la imagen improbable de la chica del sexto. La de la belleza lejana y etérea; aquella que me distraía con su mirada errante en las reuniones de consorcio; la que me preguntaba siempre, con algo de malicia, a qué piso iba. Me quedé  mirándola. Llevaba puesto un suéter largo encima de nada, sus pies descalzos parecían entumecidos, y una gomita le domaba a medias el pelo.

Ni el ruido de la puerta ni mi presencia, la inmutaron. Apenas me miró mientras continuaba, impávida y hermosa, leyendo titulares. De pronto, como si regresara de un trance, hizo un gesto de fastidio, se desperezó en cámara lenta, sonrió somnolienta o quizás sonámbula, y extendiéndome el periódico, me dijo: “No te ofendas, pero me llevo sólo la revista: este diario no se puede leer más.

Figuritas

Antes de dormirse el ritual era siempre el mismo: mirar el álbum, acariciar las figuritas pegadas, estudiar las que faltaban para llenarlo, repasar el pilón de las repetidas, y soñar con la número cinco de cuero que te daban de premio si lograbas completarlo con los jugadores de cada equipo. Una tarea difícil, pero no imposible. Porque uno se abocaba todos los días en pos del objetivo: había que pedirle a tus viejos que te trajeran paquetes cuando volvían del laburo, o a abuelos y tíos cuando caían de visita (qué expectativa al abrirlos; qué amarga decepción si eran todas repetidas); estar atento a los amigos que tenían las que a vos te faltaban; entrenarte en las destrezas que se necesitaban para enfrentar rivales en los recreos y ver quién se quedaba con el pilón del otro y quién seco. Quedarte con los bolsillos vacíos, era, una sensación casi equivalente a que te desplumen en el casino.

Era linda esa vida alternada con juegos de bolitas; autitos de plástico rellenos de masilla guiados por cucharitas que se desplazaban en una pista dibujada con tiza sobre las baldosas del patio del colegio; de juegos solitarios como el balero y el yo-yo pero que si eras bueno tenían público; de piedritas lanzadas al aire de los que se entretenían jugando al tinenti; aterrizadas sobre lomos curtidos a fuerza de golpes cuando llegaba la hora de cachurra montó a la burra. Mientras las chicas saltaban a la soga o al elástico, o lo hacían a lo largo de rayuelas pintadas con tizas de colores que iban de la tierra al cielo. También estaban, claro, las que ocupaban su tiempo de recreo cambiando figuritas de princesas aterciopeladas con brillantina. Yo no lograba entender cuál podía ser la gracia de coleccionar a personajes imaginarios que no hacían gambetas ni atajadas extraordinarias, pero se ve que a ellas les encantaba.

Las figuritas se jugaban en desafíos en los que había que darlas vueltas de un golpe con la mano ahuecada, al espejo (había que voltear una figurita apoyada contra una pared lanzando otra con el dedo pulgar envuelto en el puño), al punto (había que arrojarlas con la misma técnica para dejarlas lo más cerca de la pared), o en la tapadita (había que tapar, desde un metro de distancia, con una figurita otra del rival, y el que ganaba se quedaba con todas).

Cuando llegaba el momento de intercambiar las repetidas por las difíciles había que demostrar virtudes propias de comerciantes o agentes inmobiliarios. Lo mejor era que no se supiera la cantidad que tenías en el pilón, de manera de llevarte las difíciles con el menor costo posible. Aunque si se trataba de alguna de las que no salían nunca, era preferible entregar todo, no sea cosa que viniera otro con un pilón más grande que el tuyo, y te quedaras pagando y con la ñata contra el vidrio en el recreo siguiente.

Conseguir la más difícil de todas, era una tarea denodada. Picardía para que siguieras comprando paquetes o no te ganaras nunca la de cuero. Que les pregunten sino a los que jamás encontraron a Willington en el ’66, a Rojitas en el ’70, a Carrascosa en el ’76, a Enzo Ferrero en el ’73, y a Mukombo en el álbum del mundial de Alemania de 1974. A esta figurita, de un ignoto marcador izquierdo que jugó para Zaire (actual República Democrática del Congo) en aquel mundial, se la considera la más difícil de la historia argentina del coleccionismo figuritero. El pobre Mukombo se murió a los 56 años sin saber que su rostro había sido una quimera para miles de niños argentinos, y que aún sigue siendo un objeto de culto para muchos coleccionistas que ofrecen fortunas a quienes den con su paradero.

Figuritas. Un viaje al pasado de un juego que estaba disponible para todos, aunque no tuvieras Android ni iOS.

Feliz día para los niñas y niñas de ayer y de hoy.

Balcones

El telegrama de despido me había llegado recién comenzada la cuarentena. La indemnización era buena, así que me lo tomé con calma y me dispuse a planificar la vida entre muros. No fui muy original: probaría recetas nuevas, leería libros pendientes, y cumpliría la promesa que hacía años me venía haciendo: ponerme en forma.

Dispuesto a no seguir postergando el combate contra el sedentarismo, arrastré hasta el balcón una colchoneta que aún olía a nuevo, y vi en espejo a una chica que asomaba con el mismo propósito. Me sonrió y me di vuelta estúpidamente para asegurarme de que era a mí, y no a otro, a quien sonreía. Cuando volví a girar ella ya estaba haciendo su rutina, y yo, que no tenía nada planificado, la imité. Empezamos a coincidir todas las mañanas: ella flexible, esbelta, elástica. Yo, con mis mejores intenciones.

A falta de información, decidí llamarla Emilie. Definitivamente era el único nombre que le sentaba bien. Además de nuestros encuentros tempranos del tercer piso, con Emilie también nos veíamos en las noches de aplausos balconeros. Ella siempre estaba charloteando y riendo con la chica del balcón de al lado; a veces, me parecía que me relojeaban.

Los días fueron pasando;  tenía que tomar la inciativa. Después de mucho pensarlo, metí en un sobre mi número de teléfono, anoté su piso y departamento, y crucé la calle raudo para tirarlo por debajo de la puerta del edificio.

Mientras esperaba su llamado,  imaginé el breve instante en que nuestros codos desnudos y ansiosos, por fin se rozarían con tierno desenfado y distancia social.

El celular finalmente chirrió, interrumpiendo mis pensamientos. Respiré hondo y atendí. “Holaaaaa —dijo ella—. ¿Te digo la verdad? Me sorprendiste. Pensé que la que te gustaba era mi vecina Emilie.”