El día que me secuestraron las FARC*


Hace unos meses las FARC le pidieron públicamente perdón a las 39.000 víctimas de los secuestros que efectuaron a lo largo de casi cincuenta años. Una buena excusa para contar esta historia que me tocó vivir en primera persona hace tres décadas. 

Hay cosas que es casi imposible que te ocurran en toda una vida. Esta es la que me ocurrió a mí.

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Nos estamos acercando a la bahía para hacer una parada. Tenemos cansancio y sobre todo hambre. Además de almorzar, queremos aprovechar la pausa para bucear un rato en las aguas quietas y nítidas del Mar Caribe. Pero cuando ya estamos por bajar de la lancha, vemos a un grupo de unas veinte personas corriendo hacia nosotros. Vienen en malón desordenado, y con una  prisa que en esa geografía parece desmesurada. Visten ropas verde oliva, y cargan fusiles en los hombros. Pienso al principio que se trata del ejército, pero cuando están a unos cincuenta metros alcanzo a divisar en la tropa a mujeres y niños Desconcertado lo miro a Sergio, que me dice: “Bienvenido, Pablo: te presento a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.”

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Pero esta historia había comenzado antes. Corría el año 1987 y yo me había ganado una beca para hacer un curso de planificación y economía regional en la CEPAL, un organismo de las Naciones Unidas con sede en Santiago de Chile. Allí conocí a Sergio Bustamante, un colombiano antioqueño que tenía una llamativa habilidad para opinar en clase sobre cualquier cosa, sus intervenciones duraban siempre no menos de cinco minutos, y por alguna razón que desconozco los profesores nunca lo interrumpían. A los pocos días conformamos un grupo con Sergio, Gerardo Otero -un viejo conocido de la universidad con quien alquilaba un piso altísimo con vista a las montañas, que raramente el smog dejaba ver- y Alejandro Zagal, un chileno que fue quien hizo el nexo entre los cuatro, y siempre estaba bien predispuesto para enseñarnos la ciudad. De comienzo a fin el grupo fue inseparable. Además de almorzar siempre juntos, varias noches a la semana salíamos a calmar nuestras ansias juveniles de aventura, consumiendo el tiempo en largas tertulias sobre la realidad social y política de nuestros países, intercambiando títulos de libros imprescindibles, traduciendo aquellas palabras que en nuestros países significaban lo mismo pero se decían diferente, riendo de los acentos y las cadencias de nuestros compañeros, y conversando, claro, sobre nuestras propias vidas y anhelos. Eso lo hacíamos invirtiendo una buena parte del dinero de las becas en bares y restaurantes donde probábamos hasta el último plato de la variada gastronomía chilena, y sobre todo de su producción vitivinícola. Nuestro principal refugio era el barrio bohemio de Bellavista, en aquel tiempo convertido en una especie de corralito donde la dictadura pinochetista tenía controlada a la progresía santiaguina: allí era tan habitual escuchar cantar a Silvio Rodríguez, oler a marihuana, como escuchar a borrachos convencidos de que la revolución socialista era inminente. Hacia el final le agregamos a la experiencia colectiva un episodio deportivo, participando bajo el pomposo nombre de “Los Piratas” en un campeonato de fútbol organizado por la CEPAL. Perdimos la final, ajustada e injustamente, y nos quedamos con sed de revancha. Fue buena esa vida transitoria metida, como un paréntesis, entre la vida que teníamos antes de Santiago y la que volveríamos a tener después. Pero todo pasa y todo queda. El curso pasó; la amistad quedó.

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Al regresar con Gerardo nos veíamos cada tanto porque él vivía en La Plata y yo en Buenos Aires; con Ale y Sergio el medio eran las cartas, como se hacía en aquella época: borroneando cuartillas, colocándolas en sobres, pegándoles estampillas, y metiéndolos en buzones rojos clavados en esquinas. Años después en una carta que le envié a Sergio, le contaba que aún no sabía que haría en las vacaciones. Me  dijo “por qué no te vienes a Colombia”, y yo no lo pensé mucho y le dije que sí. Fue una respuesta intempestiva; es que había varios porqués para no ir. Yo sabía perfectamente que Colombia era un país surcado por distintas violencias, que competían y a menudo se enfrentaban entre sí: la de los grupos guerrilleros, quizás era en aquel momento la más conocida. Pero también estaban la de los carteles de la droga, la de las fuerzas armadas, y la de los paramilitares vinculados al poder político o empresarial. Por algo en aquella época a casi nadie se le ocurría ir de vacaciones a ese país, a pesar de sus enormes bellezas naturales y de su patrimonio histórico. Tomada la decisión comenzamos a organizar una travesía que duraría un mes. Ese sería el primero de los muchos viajes que haría a Colombia. También el más apasionante. Los sucesos que voy a relatar ocurrieron hace ya treinta años, aunque están nítidos en mi memoria. Se ve que hay recuerdos que envejecen bien.

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Estoy en la parte final de un viaje intenso. Los últimos dos días he estado viajando por sitios tan bellos como temibles, partiendo de la antiquísima Cartagena, hasta llegar a la internacionalmente ignota Apartadó. Lo hago en autobuses viejos, destartalados e incómodos, incluyendo un trayecto de doce horas en la parte superior de una chiva, una especie de gran camión acondicionado para el transporte que en las zonas rurales de Colombia sigue utilizándose, y que ha terminado por aniquilar lo poco que quedaba de mi espalda. Durante esos dos días me han pararado tantos retenes militares, que he perdido la cuenta. Es que por esos caminos cualquiera es sospechoso de pertenecer al bando enemigo: el ejército de la guerrilla; la guerrilla de los paramilitares; los paramilitares de los carteles de la droga. A veces entre algunos de esos grupos se generan treguas que devienen en asociaciones tan ilícitas como transitorias: como todos los acuerdos de carácter mafioso suelen terminar en devoluciones de favores, pases de facturas, o en declaraciones de guerra donde el único final posible es masacrar por completo al enemigo. En una de las escalas de ese viaje he pasado montado en esa chiva por delante de Nápoles, la famosa hacienda de Pablo Escobar, el narcocriminal más buscado del mundo. No se -y prefiero no preguntar- si ese periplo ha sido planificado por Sergio como parte de mi inmersión en la realidad colombiana, o es la única de manera de unir razonablemente inicio y destino.

Luego de tanto trajín llego a Apartadó, la capital de la región del Urabá, también conocida como el “Emporio de la Riqueza Bananera”. No es aún época de celulares, así que me siento aliviado cuando con Sergio nos encontramos en el hotel acordado. A ese punto remoto donde no llega ningún turista extranjero, he arribado para acompañar a mi amigo -y cuatro colegas suyos de la Universidad de Antioquia- en una exploración con vistas a un Plan de Desarrollo para la Región del Urabá, una de las más pobres y postergadas del país. Sergio es el director del proyecto y el comandante de la expedición.

Aunque Apartadó es un pueblo en el cual no hay casi nada que ver, igual salimos a dar una vuelta. Me llama la atención la enorme cantidad de militares que hay apostados en las calles. Le pregunto a Sergio la razón, y me dice que se debe a que también está lleno de guerrilleros. Como yo no veo a ninguno le pregunto dónde están.

Se ríe y me explica que los guerrilleros en las ciudades no se visten de guerrilleros; mucho menos cuando están copadas por los milicos. A falta de nada más entretenido, nos distraemos jugando un rato al “adivina quién es el guerrillero”, aunque por razones obvias no sabemos quién de los dos ha dado más veces en el blanco. En la tarde dejamos la gris Apartadó con destino a Sautalá, una pequeña ciudad enclavada en el pintoresco Parque Los Katíos, desde donde partiremos al día siguiente.

Yo el día anterior anterior a la partida.
Antes de la partida. Sergio es el que tiene la escoba. Yo atrás, de camiseta azul, un poco tapado.

Nos levantamos tempranísimo, desayunamos a las apuradas, y una hora después nos embarcamos en una pequeña lancha conducida por Angelito, un mulato alto y fornido que trabaja para la Universidad, con destino a Acandí, un pueblo costero cercano a la frontera con Panamá. Los pasajeros somos Francisco “Pacho” Gómez, Ivan Darío Pineda, Jaime Jaramillo, Sergio y yo. Durante el trayecto observamos la vegetación, la fauna, las características de las viviendas. Se trata de disfrutar y tener la vista atenta. La primera parte consiste en un trayecto largo por el río Atrato, el más caudaloso del mundo de acuerdo con su extensión, según me apunta con entusiasmo Sergio dos o tres veces. El río está flanqueado en sus márgenes por una vegetación profusa y exuberante, que mis compañeros traducen en nombres de plantas que desconozco, y anotan en hojas siempre al borde de las dulces salpicaduras del río.

Los expedicionarios. Yo estoy sacando la foto.
El Atrato y su vegetación.

Luego de unas tres horas el Atrato desemboca en el Mar Caribe, y es en esa desembocadura donde comenzamos el segundo tramo de la expedición con punto final en Acandí. El cielo está despejadísimo y todo brilla, lo que aumenta la belleza del paisaje, pero a cambio no ofrece ningún reparo del sol que pega duro sobre nuestras cabezas. El estómago nos recuerda lo lejos que quedó el desayuno. Como vamos a buen ritmo y no tenemos apuro, decidimos hacer un alto en la playa más cercana, almorzar, descansar un poco, y quizás aprovechar para bucear. Alguien recuerda que estamos cerca de Triganá, un pequeño poblado recostado sobre la bahía del mismo nombre, ubicado en el extremo noroccidental del continente. A todos nos parece bien hacer la pausa allí.

Yo en la lancha. De espaldas Angelito.

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Ya no tenemos posibilidad de devolvernos. El guerrillero que lleva la voz cantante nos dice que estemos tranquilos, que bajemos de la lancha y, ya en arena firme, nos revisa buscando si tenemos armas. El resto no le importa. Yo llevo una riñonera con algo de dinero, documentos y una cámara de fotos básica. Estoy seguro de que me la va a requisar, pero luego de examinarla con cierto desdén, me la devuelve. Luego otro de los guerrilleros ordena que -con la excepción de Angelito- todos bajemos de la lancha, nos escolta hasta un árbol de mango, y nos dice sin más que nos quedemos allí. Aunque no nos apunta con el rifle, el ambiente es tenso; ninguno de nosotros hace preguntas ni pronuncia palabra. De pronto se marcha sin decir nada. Mis compañeros no tienen idea de por qué nos interceptaron y detuvieron. Mucho menos para qué les puede interesar nuestra lancha, y por qué retuvieron  al chofer. Un rato después comienzan a aparecer las respuestas. Vemos como nuestra embarcación, guiada por Angelito, intercepta a dos buques pesqueros de bandera norteamericana, y que la guerrilla lanza unos balazos a modo de advertencia. La tripulación de los barcos se rinde sin ofrecer resistencia, y observamos un rato después que les ordenan dirigirse a la costa. A continuación los barcos comienzan a ser vaciados, y todo lo que hay en ellos lo van depositando en la playa: la pesca, los botes salvavidas, los colchones, la ropa de cama, los utensilios de cocina, las provisiones de alimentos, y hasta los instrumentos de navegación. Luego interceptan a otros dos buques más, y se repite exactamente el mismo operativo. La cantidad de pescado que hay es inmensa. Parece que nunca van a terminar de descargarla.

Recibimos en el árbol de mango la visita de un tipo retacón, de aire campesino y rostro duro. Se presenta como el comandante del trigésimo cuarto cuerpo de las FARC, y nos informa que el objetivo del operativo es quemar los barcos en represalia por la depredación de la fauna ictícola colombiana, y vengarse por un ataque reciente del ejército a su cuartel principal. Nos dice que con nosotros no tienen ningún problema, que lo único que les interesa es la lancha, y que una vez que terminen de quemar los barcos liberarán al conductor y nos la devolverán. Mientras tanto podemos hacer lo que nos dé en gana. Entonces le pregunto algo que debería no preguntar: “Disculpe, comandante. ¿Podré sacar unas fotos?”. Me mira como si recién se diera cuenta de que estoy allí, y me pregunta de dónde soy. Le digo que argentino y se le ilumina el rostro: “Pero claro, hombre. Usted es de la patria de Maradona y el Che Guevara. Saque todas las fotos que quiera, pero a nosotros ninguna”. Respiro aliviado. Me queda la mitad de un rollo de 36. Las voy a tener que administrar bien.

Con Sergio. Al fondo unos pobladores. A la derecha muchas bolsas de langostinos.

Tal como nos adelantó el comandante, una vez que los barcos son vaciados la guerrilla los quema. El espectáculo de los barcos ardiendo es dantesco. Mientras tanto, los lugareños se reparten el pescado, pero también las sábanas, los colchones y hasta los instrumentos de navegación. Están alegres y perplejos. No parecen tener miedo aunque sí cuidado. A los tripulantes de los barcos lo único que les interesa es saber cuánto deberán esperar para ser rescatados por la empresa o las autoridades.

Comienza el incendio.
Empieza el reparto.

Cara de alegría. Yo metido en el medio para salir en la foto.
Con Iván y una tonelada de langostinos.

Como el comandante nos dijo que hiciéramos lo que quisiéramos, decidimos dejar el árbol de mango. Los guerrilleros nos ven pasear por la playa y no parece preocuparles. Nosotros vamos de aquí para allá. Entablamos conversación con los pobladores, con algunos guerrilleros. No son de muchas palabras y se expresan en una media lengua que a mí me cuesta comprender. La mayoría son muy jóvenes, de origen campesino, posiblemente casi todos nacieron en la insurgencia y han pasado su vida entera en la clandestinidad. Una de las chicas tiene ojos verdes, cuerpo escultural y risa contagiosa. No somos muy originales y la bautizamos como la “guerrillera hot”. Con cuidado, Sergio y yo comenzamos a sacar fotos. Y después de muchas dudas, rompemos la promesa hecha al comandante, y los retratamos también a ellos. Atrevimiento e inconsciencia juvenil. También la ventaja de la era analógica.

Yo haciéndome el distraído para que Sergio saque una foto en la que se ve a una guerrillera de espaldas.
Una guerrillera me muestra a mi y a otra persona la filamadora Sony. Yo no había visto antes una tan sofisticada.

Con Sergio nos metemos en una charla entre un guerrillero (se presenta como el subcomandante del cuerpo), y un militar que está vacacionando en Triganá. Los tipos forman parte de bandos enemigos e irreconciliables, pero entablan una conversación cordial, hasta podría decirse amigable. Cada uno le da al otro su punto de vista sobre el conflicto armado. Sergio me dice que Colombia es realmente muy parecido al Macondo de García Márquez: las cosas más fantásticas e insólitas ocurren todo el tiempo. Y lo que sucede un rato después, lo confirma con creces. Un chico de unos doce años está haciendo jueguitos con una pelota. El guerrillero se la pide prestada, hace unos jueguitos él, se la arroja  al milico, y le dice: “qué te parece tú y yo contra estos dos”. “Estos dos” somos Sergio y yo.  Sin posibilidad de hacer la entrada en calor ni movimientos precompetitivos, nos sacamos las camisetas para hacer los arcos, pero el subcomandante dice. “No, no, no, no”, mientras les hace señas a unos de los guerrilleros que están parados a unos metros. “Vamos a hacer los arcos como nos gusta a nosotros: con los fusiles.” Le digo a Sergio que es preferible perder por goleada, que pegarle una patada a alguno de los representantes de la milicia legal o insurgente. No sea cosa que, a cambio, en lugar de un tiro libre nos metan  un tiro en la frente. Se junta bastante gente para mirar el partido. Ellos tienen, por razones “laborales”, un estado físico muy superior al nuestro. Con la pelota, nos manejamos mejor nosotros. El partido es de ida y vuelta. Llegamos a adelantarnos 6 a 3, pero ellos empiezan la remontada y nos empatan. El subcomandante dice “el que hace el gol gana”. Parece que se lo llevan ellos pero Sergio la salva justo sobre la línea. En el contraataque me cae la pelota, y antes de que el milico me barra, como ya no puedo correr más, tiro al arco desde la mitad de la cancha y entra. GOL. Nos abrazamos con inconsciencia. A ese partido lo queríamos ganar. (Una verdadera lástima que no hayan registros gráficos).

El incendio crece.
Arde el mar. El que se ve desdibujado soy yo.

La energía gastada en el partido reclama algo sólido urgente. Estamos famélicos. Sergio aprovecha la cercanía con el subcomandante, y hace lo que mejor le sale. Le habla un buen rato, y lo termina convenciendo de que nos libere las sartenes, los calentadores y el pescado secuestrado del barco para preparar el almuerzo. Nos da el visto bueno. Entonces saltamos una tonelada de langostinos en aceite y los aderezamos con limón. El humo aromático se esparce, y enseguida una nube de guerrilleros y lugareños se acercan a probar. Tenemos que repetir la preparación varias veces porque la demanda nos desborda. Mientras tanto los barcos siguen ardiendo en lenta agonía, y vemos al comandante que se pasea filmando con una cámara portátil Sony ultra moderna. Dice, bromeando, que se la compró con el aguinaldo.

De pronto la paz se ve alterada. Los guerrilleros han detectado que desde un club de pesca aledaño, alguien le está dando aviso a la Armada colombiana. Escuchamos al comandante ordenar la captura del delator: pide que se lo traigan vivo para meterle un tiro en la frente. Al rato lo traen. La situación es muy tensa y dejamos de cocinar. “Fuera todos de aquí”, nos grita el comandante a los civiles. Dejamos todo tirado y volvemos al árbol de mango. Al rato escuchamos un disparo seco, un grito y luego risas. Se produce otro disparo, otro grito y más risas. Más tarde nos enteramos de que habían hecho un simulacro de fusilamiento. Cuando volvemos el tipo del club de pesca todavía está temblando, y tiene la cara pálida como un papel.

Poco después el operativo finaliza y el comandante nos dice que estamos liberados. Podemos irnos o quedarnos. A él le da lo mismo. Son apenas las seis de la tarde, pero ya es de noche y se avecina una tormenta. No sabemos qué hacer. El problema de quedarse es que cuando lleguen los militares nos acusen de complicidad con la guerrilla. O, peor aún, quedar en medio de una balacera. De los dos peligros, elegimos la noche y la tormenta,

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Partimos. Somos los mismos que comenzamos la expedición temprano en la mañana, pero además cargamos en la lancha una bolsa con cincuenta kilogramos de langostinos, y kilos de pargos, meros y sierras. También con varias botellas de aguardiente. Sergio ha convencido al comandante que tanto pescado se iba a terminar pudriendo en la playa, y que esa cantidad de alcohol quizás era demasiada para que pudieran llevársela. Accedió a entregarla en “pago” por el “alquiler” de nuestra embarcación. Partimos. La lluvia es cada vez más copiosa y las olas de una altura que infunden respeto, o mejor dicho miedo. El agua entra por todos lados. En pocos minutos estamos totalmente empapados y con frío. El chofer pone en práctica toda su destreza en el arte de conducir. De todas maneras no puede impedir que la embarcación suba y baje violentamente, elevándose por la proa, manteniéndose unos segundos suspendida, y terminando el movimiento con tremendos golpetazos de la popa contra el mar que zamarrean nuestros traseros. Viajamos en silencio. Es cierto que el temporal provoca miedo. Pero, al mismo tiempo, estamos hechizados por el espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Una oscuridad absoluta que solo se rompe por los pequeños chispazos luminosos que producen los saltos de los peces, que de a cientos rodean la lancha; los relámpagos que iluminan la noche y nos permiten adivinar la vegetación de la costa; y el rugido de los truenos que nos regala de manera peliculesca la tormenta caribeña.

Ya no podremos alcanzar Acandí, el destino planeado. Dos horas después de la partida llegamos a Pino Roa, un poblado muy pequeño donde aún no ha llegado el servicio de electricidad. Allí nos reciben unos amigos de Sergio que se dedican al cultivo de ostras. Nos turnamos para disfrutar de una ducha necesaria, y una vez bañados nos vestimos con ropa seca que nos prestan. Llega en la noche el momento de revivir las anécdotas del día en que nos secuestraron las FARC. Lo hacemos mientras preparamos el fuego en que se cocinará el pescado, y tomamos el aguardiente que recibimos a cambio de los servicios prestados. Todo abunda esa noche: el alcohol, la comida, las carcajadas. Más tarde la tensión afloja y terminamos rendidos. Pipones y ebrios, nos quedamos dormidos en unas hamacas paraguayas en el patio de la casa. Antes de caer fulminado, veo que ya no llueve. La noche es cerrada pero, como en el poema de Neruda, algunas estrellas titilan a lo lejos. Pero los versos no son tristes. Sobrevivimos. 

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Al otro día debemos regresar a Apartadó para tomar el vuelo a Medellín. Otra vez el clima tormentoso zarandea la lancha, y nuestras colas vuelven a estrellarse contra las tablas. Cada golpe nos recuerda la paliza que recibimos la noche anterior. Llegamos al aeropuerto justo antes de perder el vuelo. Estamos sucios, mojados y olemos a pescado. Los pasajeros nos miran con asco cuando subimos al avión.

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Por fin regresamos a Medellín. Dejamos  el equipaje en lo de Sergio y, sin siquiera tomarnos una ducha, nos vamos a revelar las fotos. Tenemos muy poco tiempo, pues al otro día regreso a Buenos Aires. Pedimos que nos hagan dos copias y nos quedamos a esperarlas. En esas fotos están los barcos incendiándose, están nuestros compañeros de travesía, están los guerrilleros, están los lugareños. Estamos nosotros.

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Diez días después recibo una carta de Sergio, que incluye una hoja de periódico doblada. Es un artículo de El Tiempo -el periódico de mayor circulación en Colombia-, en que relatan los hechos ocurridos el 10 de febrero de 1991 en la bahía de Triganá. La nota está ilustrada por un par de fotos de los barcos incendiándose, las mismas que yo había sacado con mi camarita y que mi amigo vendió por una pequeña fortuna. El título de la nota, dice “Guerra en el golfo de …… Urabá”. Un juego de palabras pues, en aquel momento, estaba en pleno desarrollo la Guerra del Golfo Pérsico entre EEUU e Irak.

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A lo largo de muchos años las FARC cometieron delitos atroces. Personas como Clara Rodríguez e Ingrid Betancourt estuvieron secuestradas durante seis y hasta diez años. Cientos de miles de campesinos pobres fueron desplazados de sus tierras, al punto que, con unos cinco millones, se considera que Colombia lidera el ranking mundial de personas que estuvieron obligadas a abandonar el lugar donde vivían. Tanto al ejército colombiano como a los paramilitares se les atribuyen innumerables violaciones a los derechos humanos, incluyendo miles de desapariciones forzadas de personas. Los carteles de la droga, que con el afán de multiplicar su negocio se cansaron de matar, además han corrompido a lo largo de décadas, a una parte de la clase política del país. El ex presidente Uribe está acusado de numerosos crímenes de lesa humanidad, provocados a lo largo de casi dos décadas. Hace muy poco la Corte Suprema de Justicia lo encarceló por alguno de ellos. Su situación sigue siendo incierta y muy comprometida. 

*Dedicado a Gerardo Otero, Alejandro Zagal y Sergio Bustamante.

Convicciones

Cuando me invitaste a pasar no me importó dejar mis convicciones en la puerta de tu casa. Antes me habías explicado que nunca permitirías que tu aroma a frutos rojos quedara atrapado en una mascarilla, ni se diluyese en los gases tóxicos del anhídrido carbónico. Qué me iban a preocupar las partículas de tu aerosol suspendidas en el aire, si yo estaba perdido en las comisuras de tus labios y navegando en las profundidades de tus hoyuelos. Escuché sin quejas tu copla negacionista; puse cara de interés compuesto mientras me explicabas la maldad escondida en las vacunas; fui comprensivo cuando dijiste que preferías morir antes de perder tu libertad individual; y me mostré indignado cuando me ilustraste sobre las aberrantes mutaciones de ADN. Cuando me preguntaste si pensaba besarte con el barbijo puesto, me lo arranqué de un tirón y, después de partirte la boca, lo rocié con alcohol en gel y lo quemé a cielo abierto. Desde entonces vivimos nuestra pasión recóndita como si cada día fuese el último; nos amamos atónitos y ajenos al contagio de los miedos infundados; soportamos estoicos los récords de insensatez sin picos máximos; y caminamos por terraplenes tan mágicos como bastardeados. Un día tuviste los primeros síntomas. Me dijiste que era apenas un resfrío, y yo te creí. Pero una semana después, cuando ya no tuviste fuerzas para resistirte, te internaron. Justo cuando me habías convencido de que yo era tu inmunidad y vos mi rebaño. ¡Ay! No te vayas todavía. Antes quiero besar tus labios moribundos; abrazar tu cuerpo aún caliente. Quiero hacerlo con el secreto anhelo, Julieta, de que este veneno en el que no creímos, alcance para los dos.

El robo

Hacía un año que me venían robando el diario, y aunque no veía la hora de atrapar al miserable que se informaba a costa de mi bolsillo, tenía sensaciones encontradas: ¿Por qué amargarme por un pasquín cuyas noticias ya no me interesaban ni mucho menos leía? ¿Acaso ese infeliz no me estaba haciendo un favor al evitarme una lectura tan insulsa como soporífera?

La decisión era sencilla: tenía que cancelar la suscripción. Pero antes me propuse sorprender a ese granuja con las manos en la masa, para luego arrojarlo a las fauces siempre ansiosas de chismes de los vecinos.

El domingo siguiente me levanté tempranísimo y me puse a esperar. Tres horas después sentí el sonido breve y seco del periódico arrancado del piso. Abrí enseguida la puerta y me encontré con la imagen improbable de la chica del sexto. La de la belleza lejana y etérea; aquella que me distraía con su mirada errante en las reuniones de consorcio; la que me preguntaba siempre, con algo de malicia, a qué piso iba. Me quedé  mirándola. Llevaba puesto un suéter largo encima de nada, sus pies descalzos parecían entumecidos, y una gomita le domaba a medias el pelo.

Ni el ruido de la puerta ni mi presencia, la inmutaron. Apenas me miró mientras continuaba, impávida y hermosa, leyendo titulares. De pronto, como si regresara de un trance, hizo un gesto de fastidio, se desperezó en cámara lenta, sonrió somnolienta o quizás sonámbula, y extendiéndome el periódico, me dijo: “No te ofendas, pero me llevo sólo la revista: este diario no se puede leer más.