Locura celular

Hace unos pocos días, avanzada la noche, estaba despatarrado en mi cama mientras me paseaba de periódico en periódico revisando las noticias, enviaba whatsapps, husmeaba quiénes se estaban peleando en Twitter, entraba a Facebook para averiguar si tenía que saludar a alguien por su cumpleaños, miraba videos en YouTube, iba de un tema a otro en spotify y descargaba en la app del reloj de running los últimos entrenamientos. Un poco agotado con tanta actividad, procuré recordar cómo era mi vida antes de que irrumpieran los celulares, la PC e internet. La vida analógica. Comencé mi viaje al pasado añorando las cartas escritas a mano, las estampillas y los sobres bajo la puerta; pensé en el curso de dactilografía que hice en la Pitman (…parecía tan útil); tuve melancolía de la calculadora científica que usaba para hacer cuentas; pensé con cariño en la guía Filcar y en los imprescindibles mapas que había que tener a mano para viajar; casi lagrimeo recordando el Wincofon, mi colección de discos de vinilo y el minicomponentes que grababa de casete a casete; recordé con emoción mi primer reloj pulsera a cuerda, un regalo que era una especie de pasaporte a la adolescencia y la única manera de mirar la hora en la calle; hice un repaso por la variopinta e interminable lista de juegos de mesa con los que me divertía; me acordé de esos despertadores con chicharra insoportables; recordé las viejas radios a transistores en las que escuchaba fútbol antes de que empezaran a pasar los partidos en directo por la tele; mi apego por leer todos los días el periódico.

Luego de terminar con la remembranza salí del remanso analógico y me vi arrastrado nuevamente a la selva digital. Intenté resistirme haciendo otras cosas. Probé con un libro, pero me costó leer más de tres renglones sin perder la concentración. Como me estaba poniendo nervioso decidí prender la tele; quizás lograra distraerme de una pantalla cambiándola por otra más grande. No sabía qué ver e inicié un zapping frenético de canal en canal, mientras pensaba que lo mejor sería mudarme a Netflix. Pero casi sin darme cuenta el demonio metió la cola y el celular volvió a mis manos. Ahora el zapping era entre app y app. Muchas no sabía ni para que servían ni por qué las había instalado. Cada vez estaba más inquieto y nervioso. Empecé a recriminarle a mi celular cosas del estilo: “no quiero depender tanto de vos; por favor dejá de invadirme todo el tiempo.” Lo tomé con ambas manos y le grité durante varios minutos, hasta que, como poseído, fui al baño, lo arrojé al inodoro y apreté tres veces el botón. Aliviado, volví a la habitación. Quince minutos después escuché el sonido de lo que parecía una llamada subacuática. Corrí incrédulo al baño y me encontré con el aparatito sonando y vibrando. Con un poco de asco metí la mano y lo saqué. Rascándome la cabeza (con la otra mano), me pregunté si también eran sumergibles y antes de sacar ninguna conclusión lo lancé contra la pared. Lo vi rebotar contra los azulejos y luego caer pesadamente en el piso. Lo levanté y noté que solo se había resquebrajado el vidrió templado, pero que ni el agua ni el golpe parecían haber afectado su funcionamiento. Ya al borde de la locura salí al balcón, cerré los ojos y lo lancé a la calle. Cuando los abrí, un chico de unos quince años blandía orgulloso el teléfono en su mano derecha, y con una sonrisa me gritaba: “¡Te salvé!” Tuve que bajar a buscar el teléfono y darle en agradecimiento quinientos pesos al pequeño y entrometido héroe, y asumir que el celu tenía más vidas que un gato. Subí, traté de tranquilizarme y concluí que el teléfono se había ganado el derecho a seguir viviendo. Agotado me recosté en la cama, hasta que desperté y me di cuenta que todo se había tratado de un sueño. No había tirado el celular a ningún lado; menos aún lo había sumergido en un inodoro o arrojado por un balcón. ¿Era el sueño un mensaje?

Pero, ¿cuándo empezó esta historia? En Argentina hace treinta años, un primero de noviembre de 1999. En los mismos días que caía el muro de Berlín, una ex funcionaria a la cual le gustaba envolver su cuerpo en pieles y posar semidesnuda, le hizo un llamado a un ex presidente patilludo (que había asumido unos meses atrás prometiendo salariazo y revolución productiva), desde un aparatoso teléfono cuya novedad era que no requería estar conectado a la red de telefonía fija. Es decir, se podía andar por la calle –siempre que se tuviera la suficiente fuerza para transportar la valijita que oficiaba de batería y pesaba unos insólitos cuatro kilos- haciendo llamados como los hacía el súper agente 86 desde su legendario zapatófono (millennials y centennials, googlear). Lo que aquí era novedoso en Japón ya había comenzado a funcionar diez años antes y, en los países nórdicos, ocho. Es decir; llegamos un poco tarde, pero nos encargamos de recuperar rápidamente el tiempo perdido.

Pronto esos aparatos imposibles con los que se realizaron las primeras llamadas, y que solo fueron adquiridos por unos pocos miles dispuestos a desembolsar más de dos mil dólares de aquella época (al menos unos tres mil de ahora) más otros 450 para comprar la línea, fueron reduciendo su tamaño, hasta que apareció el Motorola Dyna Tac 8000X, más conocido como el “ladrillo”, que pesaba medio kilo. La ventaja de esta reliquia es que además de recibir y enviar llamados, si la situación lo requería, también podía oficiar como arma de defensa personal. Pero claro, no era demasiado apropiada para el bolsillo del caballero ni la cartera de la dama. ¿Por qué entonces la gente estaba dispuesta a pagar tanto dinero por estos aparatos incómodos y líneas que lejos estaban de ser –como ahora- gratis? En buena medida, y por supuesto que no en todos los casos, por status: en esos inicios tener un teléfono celular –en la mano o en el auto- les permitía a sus propietarios pavonearse como si estuviesen –exagero un poco- al volante de un auto deportivo último modelo. Era no más más cuestión de exhibirlos para que los curiosos quisieran verlos de cerca, tocarlos, tenerlos entre sus manos y fantasear: “Algún día yo tendré uno de estos….”

De esos primeros aparatos, claro está, casi no queda nada. En lo único que se parecen es en que sirven para realizar llamadas telefónicas. En el medio fueron incorporando una ristra de novedades: los obsoletos SMSs; las cámaras, que pasaron de sacar fotos muy rudimentarias y de bajísima definición a los prodigios que son hoy; los videojuegos, que tuvieron un recorrido parecido al de las cámaras. Pero fue con la llegada del smartphone que comenzó la verdadera revolución. Como en el sueño, muchas de las cosas que antes hacíamos con las PCs, los televisores, las radios, los periódicos, los relojes, las cámaras de fotos y los equipos de música, entre otros soportes, ahora las hacemos con esos dispositivos que, además, ya no son más esos aparatejos de antaño, sino pequeños adminículos súper veloces, cada vez dotados con mayor memoria y refinados diseños. En otras palabras, los celulares son nuestra piedra filosofal, la poción mágica que todo lo cura, nuestros deseos cabiendo en la palma de la mano.

Pero…¿son realmente la panacea? ¿Es realmente indiscutible que somos ahora más felices que antes de que esta mezcla de plásticos, chips, cables, vidrios y superconductores llegaran a nuestras vidas? De tantas cosas que nos solucionan, ¿no nos habremos vuelto demasiado dependientes o adictos al celular? ¿No tienen todas estas maravillas a las cuáles nos hemos acostumbrado ciertas contrapartidas peligrosas a las cuales habría que prestarles un poco de atención?

Continuara…

Argentina 2038: ¿un país de genios, locos o desquiciados?

Cuando en el último penal de la serie nuestro arquero se tiró para el otro lado y la pelota se metió mansita en el arco, me quise morir. Para no vomitar salí corriendo al baño, y llegué justo a levantar la tapa del inodoro antes de hacer un desastre. Mientras esperaba que se me fueran las arcadas, de tanta rabia que tenía me puse a llorar. Sabía que mi vida no volvería a ser la misma. Mucho menos la de mi papá.

¿Pero cómo fue que mi viejo pasó de ser considerado el mejor director técnico de la historia del fútbol argentino a ser el personaje más odiado del país? ¿Por qué los mismos que se habían llenado la boca alabando el juego eficaz y bonito de sus equipos lo consideraban ahora el enemigo público de la Argentina?

Comienzo por el principio. Mi papá, como la mayoría de los directores técnicos, antes de dirigir fue jugador de fútbol. Era un cuatro bastante bueno, pero no buenísimo. No ganaba una fortuna, pero su sueldo era suficiente para que viviéramos bien. A mi mamá la conoció cuando los dos eran muy jóvenes y al poco tiempo se casaron. Enseguida me tuvieron a mí y cuatro años después a mi hermanita. Mi mamá no era ninguna botinera: no entendía nada de fútbol, no iba nunca a la cancha y estudiaba para ser nutricionista. Mi papá también era muy diferente a sus compañeros. En las concentraciones mientras los demás jugaban a la play o al truco, él se quedaba en la habitación leyendo o escuchando música. Le decían “el intelectual”.

Cuando tenía veinticuatro años sufrió una desgracia. Le pegaron una patada terrible en la rodilla y tuvo rotura de ligamentos cruzados. Lo operaron y pasó nueve meses rehabilitándose para volver a jugar. Después que volvió, al mes siguiente, le pasó lo mismo. Y un año después, otra vez. Los médicos le dijeron que la zona había quedado muy dañada, y que lo más probable era que siguiera rompiéndose. Decidió retirarse. Tenía veintiséis años y no sabía qué hacer de su vida. Estuvo tres meses deprimido, yendo a un psicólogo. Hasta que comenzó a salir del pozo y decidió hacer el curso de director técnico.

Santángelo –ese es el apellido de mí padre y el mío- empezó dirigiendo al inicio de la temporada 2030 a Sacachispas, un club de Primera C que queda en Villa Soldati. Yo no había oído hablar de ese club ni sabía dónde quedaba ese barrio, pero papá nos dijo que como no tenía ninguna experiencia era una suerte que le hubiesen ofrecido el cargo. Que aunque le iban a pagar una miseria, eso a él no le importaba porque sería un aprendizaje. Todo en ese club era un desastre: el estado del campo de juego, los vestuarios, la capacidad del estadio, la plata que cobraban los jugadores. La ropa que les daban, incluidos los botines, les tenía que durar todo el año y se la lavaban ellos mismos. Casi todos, además de jugar al futbol, trabajaban. Cuando mi papá agarró el equipo tenían un promedio malísimo, así que el único objetivo era salvarse del descenso. Y se salvaron; por poco, pero se salvaron. Lo que mi papá hizo fue ordenar al equipo, motivar a los jugadores y transmitirles confianza. Además se la jugó poniendo de diez a un pibe que recién había cumplido dieciséis años y la terminó rompiendo: hizo casi todos los goles y Sacachispas zafó de irse a la D.

Dante –así se llama el pibe- había nacido en Soldati e hizo las inferiores en el club. Como se hablaba mucho de él fueron a verlo de varios equipos de primera y llegaron a ofrecer por su pase hasta medio millón de dólares. Pero mi viejo convenció a los dirigentes de que no lo vendieran y el padre de Dante estuvo de acuerdo: dentro de un par de años iba a valer por lo menos diez veces más. Un periodista reparó que Maradona había nacido en 1960, Messi en 1987 y Dante en 2014. La cuenta era sencilla: cada veintisiete años en Argentina surgía un genio para deleite del país y el resto del mundo. Algunos periodistas audaces y los opinólogos que nunca faltan, llegaron a decir que Dante sería aún mejor que Maradona y Messi, pues reunía las mejores virtudes de cada uno de ellos, incluyendo el carácter y liderazgo del Diego, y la corrección y tranquilidad de la Pulga. Por eso varios comerciantes e industriales de la zona sur aportaron dinero para pagarle a la joya del equipo un sueldo que, para Sacachispas, era una barbaridad. A cambio se quedarían con un porcentaje de una futura venta a un equipo del país o del exterior. También lograron que una marca de zapatillas pusiera algo de plata para reforzar el plantel, y con eso los dirigentes compraron varios jugadores de la misma divisional.

Lo que pasó después fue una locura. Dicen que no existen antecedentes de algo así en los anales del fútbol mundial. Ese equipito de un barrio humilde, con un estadio en el que no entran ni cinco mil personas, con un campo de juego lleno de pozos y que tenía un presupuesto de morondanga, ganó tres campeonatos consecutivos: primero ascendió a la B Metropolitana, después al Nacional B y finalmente a la Superliga. Todos los años habían logrado retener a Dante y reforzar el equipo gracias a que empezaron a llover los sponsors y ganaban peso los derechos de televisación. En todo el mundo se hablaba de Sacachispas, del sucesor de Messi y Maradona, y de mi papá. Se decía que el equipo tenía un genio en la cancha y otro sentado en el banco. A mi viejo empezaron a apodarlo el “Loco” Santángelo porque era un obsesivo del trabajo, siempre tomaba decisiones que nadie esperaba o iban contra la lógica, se la pasaba viendo partidos y videos de otras épocas, y era admirador de un director técnico rosarino que había nacido hacía casi cien años: el “Loco” Bielsa. Mi viejo decía que Bielsa era un genio que había logrado combinar la eficacia con la belleza del juego, que casi todos los jugadores que habían sido dirigidos por él lo consideraban el mejor técnico que habían tenido, y que fue muy respetado por anteponer la ética y no dejarse llevar por el ventajismo, las avivadas o la especulación.

Por esa época Argentina venía de ser eliminada en fase de grupos del mundial 2034 que se jugó en Croacia, Serbia y Eslovenia. El país estaba que ardía. Empezó entonces un “operativo clamor” para que mi papá fuera el nuevo técnico de la selección. Él prefería quedarse un año más en Sacachispas para sacarlo campeón de la Superliga. Pero a Dante lo habían vendido –igual que en su momento a Maradona y a Messi- al Barcelona por una millonada de euros, y eso complicaba sus planes. Una noche nos habló a mi mamá, a mi hermanita y a mí, y nos preguntó qué pensábamos. Todos le dijimos que agarrara. Y agarró. Eso sí: les aclaró a los dirigentes de la AFA que solo aceptaría la cuarta parte del dinero que le habían ofrecido. El resto lo donaría para que lo repartieran entre los clubes de las divisiones inferiores. Después de su paso por Sacachispas, él conocía como nadie las penurias que padecían los jugadores, dirigentes y cuerpos técnicos de esos clubes.

Lo que vino fue otra locura. Argentina no ganaba nada importante desde la Copa América que se jugó en 1993 en Chile. ¡Habían pasado 41 años! Después habíamos perdido seis finales de Copa América, cuatro de mundiales (siempre con Alemania) y dos de la Copa Confederaciones. Éramos los eternos subcampeones. Por fin se logró romper el maleficio cuando Argentina salió campeona de la Copa América de 2036. Y, como si eso fuera poco, en la final vencimos a Brasil en el Maracaná con los argentinos en las tribunas cantando el “Brasil, decime qué se siente…” Al año siguiente ganamos invictos las eliminatorias para el mundial de Australia y Nueva Zelanda de 2038, y le sacamos ocho puntos a Brasil y Colombia que quedaron segundos.

Todo el mundo decía que éramos los favoritos; hasta los alemanes y los brasileros. Dante ya era considerado el mejor jugador del mundo y había ganado el balón de oro el año anterior. Argentina arrasó en la fase de grupos jugando bien y venciendo en todos los partidos por goleada. En cuartos de final nos tocó con Inglaterra. Los periodistas rememoraban los triunfos en los mundiales de México 1986 (con Maradona en su plenitud) y Francia 1998 (por penales), pero también las derrotas en Chile 1962, Inglaterra 1966 (donde nos terminaron gritando animals, animals) y Corea – Japón 2002 (aquel mundial en el que dirigió el Loco Bielsa y quedamos eliminados, contra todo pronóstico, en fase de grupos). La gente estaba como loca porque, en cada partido contra ellos, parece que fuéramos a jugar la revancha de la guerra de Malvinas. Entonces se produjo otro milagro. Íbamos ganando 1 a 0 cuando Dante agarró la pelota sobre el andarivel derecho de la mitad de la cancha, puso primera, empezó a eludir a toda velocidad a los ingleses que se le cruzaban en el camino, hasta que se sacó de encima al arquero con un amague y definió con el arco vacío. Dante, al igual que Messi, volvía a hacer casi cincuenta años después el mismo gol que Maradona les había hecho a los ingleses en el Mundial del `86. No uno parecido; el mismo. El pibe se había convertido en el nuevo “barrilete cósmico”, y nos iba a llevar, que duda cabía, como Diego en el `86 al título. En la conferencia de prensa mi papá dijo riéndose que, por suerte, Dante había copiado ese gol y no el de la “mano de Dios”.

Llegamos a la final y nos tocó, otra vez, enfrentar a nuestro eterno verdugo: Alemania. Nadie quería jugar contra ellos, pero no quedaba otra. Los más viejos hablaban de un tal Codesal, un árbitro mexicano que decían que nos robó la final del mundial de 1990 en Italia. Otros recordaban que, si Rodrigo Palacio cuando estaba por terminar el partido, habría tirado la pelota por abajo del arquero, en la final de Brasil 2014 hubiéramos sido campeones. Encima los alemanes también nos habían ganado en las finales de Qatar 2022 y Marruecos, Túnez y Argelia 2030. Por no mencionar otros partidos en los que nos eliminaron en octavos y cuartos. Nos tenían de hijos. Pero finales son finales y hay que jugarlas dentro y fuera de la cancha. El partido era en Sidney. La ciudad estaba copada por los argentinos y el estadio lleno de banderas celestes y blancas. Nadie sabe cómo hicieron con la crisis que hay para viajar a un lugar que queda tan lejos. Pero los argentinos son así; como dice mi madre, cuando llega el mundial con tal de ver a la selección se gastan hasta lo que no tienen.

El partido empezó y desde el primer minuto Argentina jugaba bien, dominaba y generaba situaciones de gol. Pero se fue el primer tiempo y seguíamos cero a cero. Encima a Dante, que lo estaban matando a patadas, apenas comenzado el encuentro le habían sacado una tarjeta amarilla por protestar después de una infracción. En la tribuna la gente seguía alentando y les pedían a los jugadores que pusieran un poco más de huevo. Pero apenas empezó el segundo tiempo a Dante, luego de eludir a dos jugadores, lo bajaron en la medialuna del área. Él mismo clavó el tiro libre en un ángulo. Golazo. A los veinte vino el segundo después de otro jugadón de nuestra estrella, que se la dejó al nueve para que definiera con el arco vacío. Argentina seguía atacando y dando espectáculo; los alemanes no daban pie con bola. A los treinta y cinco llegó el tercero o, mejor dicho, debería haber llegado, pero en realidad lo que llegó fue la debacle. En una jugada de contragolpe cayó un centro en el área, Dante pegó un salto y pareció que había puesto la cabeza antes de que el arquero pudiera despejar la pelota con los puños. Mientras la pelota entraba en el arco y todos en Australia y en Argentina festejaban anticipadamente el final del maleficio, una de las cámaras lo mostraba al Loco Santángelo hablando con el cuarto árbitro y diciéndole –eso se supo después- que Dante había hecho el gol con la mano. Nadie había visto nada: ni los alemanes ni la terna arbitral. Había escondido tan bien la mano que solo un obsesivo detallista como mi padre pudo verla. Cuando le avisaron al juez fue a ver la repetición de la jugada en el VAR. Al volver no solo anuló el gol, sino que también lo expulsó por doble amarilla. Nos quedábamos sin el ancho de espadas. Cuando la cámara lo enfocó a mi viejo se estaba agarrando la cabeza. Camino al túnel, Dante pasó a su lado y ni lo miró. Los periodistas más memoriosos recordaron que, diecinueve años atrás, en 2019, el Loco Bielsa había hecho algo parecido, con la diferencia de que se trataba de un partido de la segunda división del fútbol inglés, no de la final de un mundial.

Teníamos dos goles de ventaja y había que aguantar apenas diez minutos. Los periodistas pedían que los jugadores se colgaran del travesaño. Pero las indicaciones de Santángelo fueron claras: no había que meterse atrás, el equipo debía seguir atacando. Cuando se reanudó el partido, en una jugada de contraataque en la que un delantero de ellos se iba derechito al gol, el arquero argentino lo derribó en el área: penal y expulsión por la ley del último recurso. Argentina se quedó con nueve y, como no tenía más cambios, no quedó otra que mandarlo al arco al cinco, que por lo menos había atajado un año en inferiores. Ellos metieron el penal y quedamos 2 a 1 arriba faltando tres minutos para que se cumplieran los noventa. Había que aguantar como sea. Cuando se jugaba el último minuto adicionado por el árbitro, en un intento desesperado el diez de ellos pateó desde afuera del área y al arquero, que no era arquero, se le coló la pelota entre las manos. Para ese mundial se había eliminado el tiempo suplementario, así que fuimos directo a penales con un guardavallas improvisado. Los creyentes rezaban en el estadio y en los hogares de cada rincón de la Argentina. Otros hacían promesas de todo tipo. Muchos se pusieron de espaldas a los televisores para no ver. Los relatores ponían sus voces más melodramáticas. Los comentaristas decían que solo quedaba esperar un milagro que, finalmente, no ocurrió. Fue 5 a 2. Perdimos, nuevamente, con los alemanes. Otra vez éramos subcampeones. Lo mismo que nada.

En la conferencia de prensa mi padre dijo que no se arrepentía de lo que había hecho. Que si hubiésemos ganado con un gol con la mano habría sido una vergüenza para el país, una indignidad. En cambio ahora, aunque habíamos perdido el título, podíamos irnos con la cabeza en alto. Que además Dante era muy joven y que, lo que le había pasado, le serviría de aprendizaje para no repetirlo, y ser un jugador y un hombre más completo. De todas maneras, como no se había conseguido el objetivo, aunque su contrato vencía en 2042, había decidido presentar su renuncia con carácter indeclinable. Por supuesto los periodistas lo acribillaron a preguntas, le descargaron artillería pesada y más de uno estuvo al borde de insultarlo, pero él se mantuvo firme y dijo que, si pudiera volver atrás, tomaría la misma decisión.

La AFA le aceptó la renuncia de inmediato, y aclaró que no le pagarían ni un peso por lo que restaba del contrato. Los mismos hinchas que estaban esperando que terminase el partido para ir a festejar al obelisco, se aparecieron en la puerta de mi casa para putearlo a mi viejo y tirar piedrazos. Una semana después un grupo de barrabravas de distintos clubes se organizó para escracharlo todos los martes hasta que se fuera del país. Se quedaban hasta la madrugada y nos hacían la vida imposible. La policía tuvo que ponernos seguridad y empezamos a trasladarnos en autos blindados. A mi hermana y a mí nos cambiaron de colegio porque nuestros compañeros no paraban de hacernos bullyng. Mi mamá perdió a casi todos sus pacientes. Durante un tiempo largo en los programas deportivos y en los de interés general no se hablaba de otra cosa que del –ahora rebautizado-“Desquiciado” Santángelo. Un día mientras cenábamos le dije a mi papá con bronca que quería empezar a usar el apellido de mi mamá. Ella me dio vuelta la cara de un bife y me dijo: “No te va alcanzar la vida para arrepentirte de haber dicho eso.” Mi padre le dijo a ella que no fuera exagerada, me abrazó y me dio un beso.

Con el paso del tiempo el Loco Santángelo se deprimió y casi no salía de la cama. A él no le importaba ni lo que decían los periodistas, ni los hinchas, ni las manifestaciones en la puerta de casa. Lo que sí le dolía era la condena pública que le habían hecho los jugadores y, en especial, el desprecio de Dante. Mi viejo trató de mil maneras de comunicarse con él, pero nunca tuvo repuesta. Por culpa del Desquiciado Santángelo él no había salido campeón mundial y se había ido expulsado de la final. Unos meses después mi papá empezó a recibir propuestas para dirigir a equipos europeos importantes. Era una manera de escaparnos de la Argentina y terminar con el asedio, pero justamente por eso las rechazó todas. Hasta los pocos amigos que le quedaban empezaron a decir que el loco se había vuelto un desquiciado.

Un año después de la final de Sidney, cuando sus ecos ya habían empezado a apagarse, en un partido de Champions Dante se rompió los ligamentos cruzados. El país se paralizó; la gente entró en pánico. Tenía, como todos los que sufren esa lesión, que operarse y esperar los nueve meses de rehabilitación. Cumplido el plazo volvió a jugar y, al tercer partido, se los volvió a romper. Vino una nueva operación y otros nueve meses de rehabilitación. Y, al mes y medio, nuevamente la fatídica lesión. Los periodistas empezaron a hablar de la maldición del Loco Santángelo. Ahora no solo lo acusaban de haber perdido el título y dejar al país en ridículo, sino de aplicar alguna suerte de magia negra para que el pibe de oro terminara su carrera igual que él.

Mi padre volvió a intentar comunicarse con Dante enviándole un mensaje en el que le daba ánimos. Por primera vez recibió una respuesta, que aunque escueta, rompía el silencio: “Gracias”. Una semana después en una conferencia de prensa Dante anunciaba, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, que se retiraba del fútbol. Los medios de todo el mundo estaban presentes. Le preguntaron una y otra vez si creía que la maldición del Loco Santángelo era cierta. Dante eludió la pregunta varias veces hasta que, fastidiado, contestó que ya era hora que dejaran tranquilo a ese hombre. También dijo, aunque nadie se lo había preguntado, que todo lo que sabía de fútbol se lo había enseñado él. Agregó que lo más importante que había aprendido de mi padre era cómo manejarse en la vida y remató diciendo que si Argentina tuviera más Santángelos sería un país mucho mejor. Le preguntaron entonces si había cambiado de opinión sobre lo que había hecho el director técnico en la final de Sidney, y respondió: “Creo que los dos nos equivocamos. Yo porque quise emular lo que habían hecho Maradona y Messi, y él por querer imitarlo al Loco Bielsa. Lo importante es ser uno mismo. Fuimos unos boludos.”

Cuando una periodista le preguntó qué haría con su vida después del retiro, ya que apenas tenía veintiséis años, contestó: “Voy a hacer el curso de director técnico. Mi sueño algún día es dirigir a Sacachispas y devolverle al club un poco de lo mucho que me dio.” Cuando los periodistas se peleaban por hacerle la próxima pregunta, Dante se paró, les agradeció a todos la presencia y dio por terminada la conferencia de prensa. A diez mil kilómetros de distancia, el Loco Santángelo no paraba de llorar.

Lalala

La tenía en la mira y no pensaba dejarla escapar. Levantó el pie y calibró la fuerza que necesitaba para aplastarla. Pero cuando empezaba a sentir que la tenía liquidada, la cucaracha huyó. En su intento desesperado por pulverizarla, mi madre pisó mal, perdió el equilibrio y terminó tirada en el piso. Trató de pararse, pero no pudo. Como no tenía un teléfono al alcance de la mano, tuvo que resignarse a soportar el sufrimiento y la desolación durante casi doce horas, hasta que alarmado porque no contestaba mis llamados, fui a su casa y la encontré muerta de dolor y protestando porque la cucaracha se le había escapado por un pelito. El médico de la ambulancia adelantó que tenía doble fractura de cadera y muñeca. En el sanatorio confirmaron el diagnóstico, la operaron para reparar ambas fracturas, y diez días después la trasladaron a una clínica especializada en rehabilitación kinesiológica y neurológica. Me adelantaron que los avances serían lentos, pero que si se esforzaba saldría adelante.

Su compañera de habitación se llamaba Estela, una paciente de unos ochenta años víctima de un ACV que le había provocado una afasia severa, una hemiplejia derecha, la imposibilidad de alimentarse por vía oral (tenía conectada una sonda gástrica) y dificultades para respirar sin auxilio de oxígeno. Cuando quería expresarse, solo lograba decir “lalala”. Con el lalala ella pedía cosas, contestaba preguntas y mantenía “charlas” prolongadas. Uno podía adivinar qué intentaba decir por el tono que usaba, las señas que hacía y las expresiones de su cara. Luego de cada “frase” que pronunciaba hacía un pequeño paréntesis para ver si el interlocutor la había comprendido, le sonreía y esperaba su respuesta. Porque Estela entender entendía y, a su manera, hablar hablaba. Sus interjecciones expresaban una paleta amplia de estados de ánimo que iban desde la alegría y el entusiasmo, hasta la tristeza y la desesperanza. De la misma manera se expresaba cuando la llamaban por teléfono. Esos eran los momentos en que su problema se tornaba más absurdo y grotesco. Nunca supe si ella se daba cuenta que era incapaz de darle un sentido semántico a su lalaleo. Por cierto también había perdido la capacidad de escribir. Al menos nunca la vi tratando de expresarse con una birome y un papel.

Su marido la visitaba todos los días. Era algo mayor que ella, pero no mucho. A mí me angustiaba verlo junto a su mujer intentando interpretar cada una de sus cadenas de lalalas. Sin embargo, él parecía entender todo lo que ella decía y, en no pocas ocasiones, nos traducía frases a mi mamá y a mí. Cuando Néstor —así se llamaba—, llegaba de visita, Estela parecía esforzarse para estar bien predispuesta y animosa. Él venía todas las tardes, se sentaba a su lado, la tomaba amorosamente de la mano, y siempre tenía una palabra cariñosa y la respuesta adecuada. La cosa se complicaba cuando —ese momento siempre llegaba— el lalala de Estela mudaba a tono quejumbroso. Como si le dijera a su marido «mirá lo que nos pasó», y dándole a entender que ella sabía que no era la única que había caído en desgracia. Él la consolaba y raramente perdía la compostura. Yo admiraba su temple, paciencia y perseverancia.

Néstor era una persona afable y educada, pero también de carácter fuerte y expresión firme. Infundía respeto desde su muy elevada estatura y, a pesar de sus años, su cuerpo seguía manteniéndose bien erguido. Se disculpaba a menudo y de mil maneras con mi madre y conmigo cuando Estela extendía hasta una hora, o incluso más tiempo, su monótono canturreo. Él siempre estaba pendiente y solícito de las necesidades de mi madre: la ayudaba prendiendo o apagando el televisor, cambiando los canales, sacándole el celofán a las bandejas de comida o llamando a las enfermeras. Supongo que mi mamá también lo ayudaba a distraerse y distenderse: con ella podía hablar en castellano puro; con su esposa apenas lalalear.

Cada vez que yo iba de visita a la clínica, Néstor trataba de acaparar mi atención. El tiempo, la familia y la situación política del país eran, en ese orden, sus temas predilectos. Tanto necesitaba él hablar que a veces me resultaba difícil interrumpirlo para prestarle atención a mi madre, jugar con ella a las cartas o al ajedrez. A menudo charlábamos en el hall que conectaba a las distintas habitaciones del piso. Eran los momentos en que Néstor aprovechaba para expresar la angustia que lo afligía desde hacía cuatro meses, cuando su mujer se descompuso al bajar de un colectivo. La ambulancia había tardado en venir más de la cuenta y Néstor pensó que ella se moriría antes de llegar al hospital. Estuvo una semana en coma sin moverse ni pronunciar palabra. Cuando se despertó, con la alegría de quien siente que volvió de la muerte, Estela pronunció sus primeros lalalas. Al comienzo su marido pensó que sería pasajero. Cuando le preguntó a los médicos si recuperaría el lenguaje, le dijeron que no sabían, que aún era muy temprano para arriesgar hipótesis, que había que esperar. Tres meses después le seguían diciendo lo mismo y las reuniones de seguimiento eran cada vez más espaciadas. Él decía que ya casi había perdido la esperanza, pero como era un hombre de fe, todas las noches antes de dormir, rezaba. Ya no confiaba en los médicos, pero sí en un milagro.

Cuando los conocí a Néstor y Estela ya habían pasado más de tres meses desde el inicio de la convalecencia de ella en la clínica. En ese período no había mostrado ninguna mejora ni señales de respuesta al tratamiento para revertir la afasia. El día que se cumplieron los cuatro meses de internación Néstor me confesó en el hall que ya no tenía fuerzas, que no soportaba ver a su esposa en ese estado y que, aunque la adoraba, no podía imaginarse el resto de su vida al lado de una persona cuya única forma de expresarse era ese canturreo incomprensible y —eso lo pensé yo—, insoportable. Además sus hijos venían cada vez menos de visita; él no se los reprochaba, pero se sentía muy solo. En varias de nuestras anteriores charlas lo había visto al borde del llanto, pero siempre había logrado abortarlo y contener las lágrimas. Luego se declaraba abochornado y me pedía disculpas. Pero esa tarde la angustia fue demasiado grande y estuvo llorando un buen rato. Yo traté de darle aliento y le dije que en poco tiempo las cosas mejorarían. Aunque supo que le estaba mintiendo para calmarlo, él me lo agradeció con afecto y me abrazó.

Unos días después, al entrar en la habitación, me encontré con una escena violenta e inesperada. Néstor estaba a los gritos reprochándole algo a una de las enfermeras. Estaba tan alterado que temí que tuviese un ataque cardíaco o se descompusiera. Estela gritaba en modo lalala, y con una velocidad y desesperación que nunca antes le había visto. Mi madre intentaba calmarlo sin fortuna: estaba fuera de sí. Al verme, Néstor me puso al tanto de la situación, intentando ponerme de su lado. La enfermera le había dicho que de acuerdo a las normas de la clínica, los acompañantes de los pacientes no podían estar saliendo y entrando a la habitación con tanta frecuencia como lo hacía él. Adujo, como justificación, un supuesto riesgo de contagio de alguna infección intrahospitalaria. Desconozco cuán ciertos o valederos eran los argumentos de la enfermera. De lo que sí estaba convencido es que, para una persona en su situación, no poder salir cada tanto a respirar un poco de aire, era inhumano. Escuchar sin descanso el constante lalala de un ser querido, es algo que puede horadarte casi tanto como la gota china.

Aun cuando ya había pasado un buen rato desde que la discusión había terminado, Néstor seguía exaltado y parecía un perro encerrado. Le sugerí que salgamos un rato al hall. Me contó que en el pico de la pelea a él le había parecido escuchar que la enfermera le había dicho: «…igual Uds. dentro de poco se vuelven a casa.» Me dijo que no sabía cómo haría para arreglárselas solo con una mujer que no podía caminar, ni hablar, ni alimentarse ni respirar por sí misma. Tampoco tenía posibilidades económicas para solventar la contratación de una persona que lo ayude. Yo me ofrecí a acompañarlo a la dirección de la clínica para que nos confirmaran o desmintieran la versión de la enfermera, pero me dijo, con resignación, que igual no serviría de nada. Creo que prefería seguir con la incertidumbre, antes de confirmar una mala noticia.

Ese día con Néstor salimos juntos de la clínica y lo acompañé a la parada del colectivo. Cuando salimos a la calle sentí que había logrado reponerse. Me contó que vivía en un barrio en la zona sur del conurbano bonaerense, que según él estaba lleno de ladrones, narcotraficantes y drogadictos. Que hacía tiempo que los políticos les venían prometiendo que iban a mejorar la iluminación y la seguridad, pero que eso seguía siendo tierra de nadie. Cuando le pregunté si le daba miedo volver tan tarde se abrió el saco, me mostró un cuchillo y me dijo que miedo iba a tener el que se quisiera hacer el vivo con él. No me animé a decirle nada y nos despedimos. Me dijo que al otro día iría a la mañana temprano; que como yo siempre iba a la tarde quizás no nos veríamos.

A la mañana siguiente me llamaron de la clínica para pedirme que fuera urgente. Les pregunté qué le había pasado a mi mamá y me contestaron que de salud estaba bien, pero que se encontraba alterada porque había sucedido algo horrible. Pedí explicaciones pero me dijeron que solo me las darían personalmente. Tomé un taxi y llegué en quince minutos. En la entrada había varios policías. Mostré mi documento y me dejaron pasar. La habitación del cuarto piso donde estaban mi mamá y Estela tenía una cinta perimetral amarilla que impedía el paso. Alcancé a ver que las paredes, el piso y las sábanas estaban totalmente ensangrentados. Me informaron que Néstor había llegado temprano a la clínica y que, momentos después, había intentado degollar a su mujer. Creyéndola muerta, luego se había suicidado. En la nota que les dejó a sus hijos les decía que esperaba que Dios lo absolviera por sus pecados; a ellos, les pedía perdón y comprensión: él ya no podía consigo mismo y esa tampoco era vida para Estela. En otra nota nos pedía perdón a mi mamá y a mí, y nos agradecía por la compañía que le habíamos dispensado.

Luego de ser sometida a dos intervenciones quirúrgicas en un hospital privado de la zona, Estela salió del coma en el cual había estado durante ocho días. Cuando habló con la primera enfermera que acudió a su llamado, le dijo: «¿Y mi marido? ¿Dónde se metió? Por favor llamalo.»

En cuanto a mi madre, de acuerdo con los médicos aparentemente había sufrido un shock post traumático que por el momento le impedía pronunciar palabra, aunque según ellos no se advertían signos de daño orgánico ni mucho menos riesgo de vida. Cuando les pregunté cuánto tiempo tardaría en recuperar el habla, me dijeron que no sabían, que había que esperar. Estuvo así una semana. Hasta que al octavo día, el mismo en el que Estela había salido del coma, me llamaron para contarme que había comenzado a emitir sonidos, hacer señas y pedir cosas. También me dijeron que hacía un buen rato estaba señalando el teléfono. Les dije que me comunicaran con ella. Seguramente querría hablar.

M T

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