Cita a ciegas

El hombre entra al bar, mira a las mujeres que están sentadas en las mesas y hace contacto visual con una de ellas. Se acerca, y le dice:

— ¿Sos vos?

— Si vos sos vos, yo soy yo — le dice ella.

— Yo también soy yo — le dice él mientras se aproxima para saludarla con un beso.

Él se sienta y se quedan mirándose unos segundos, como si estuvieran estudiándose. Él le dice: — Bueno. Aquí estamos. ¿Te parece que hagamos un ping pong para romper el hielo?

— Prefiero otros deportes, pero dale. ¿Empezás vos?

— Empiezo yo. ¿Qué edad tenés? Personalmente parecés más joven que en las fotos.

— ¡Insolente! — dice ella lanzando una carcajada. — ¿No sabés que a una dama no se le pregunta la edad?

— Pensé que eso era así en tiempos del patriarcado…

— Por si no te enteraste, todavía seguimos en tiempos del patriarcado. Y vos, ¿cuántos años tenés? — contraataca ella.

— Calculo que el doble que vos, menos siete. Pero cuando se termine el patriarcado te puedo dar una estimación más precisa.

— Medio grandecito. Ahora que lo decís en las fotos también parecés más joven — dice ella mientras las mira en el celular. — ¡Pero este ni siquiera sos vos! — dice indignada mientras le muestra la pantalla.

— Definitivamente no soy yo. Sabés que yo también te veo distinta… Disculpame, ¿cómo te llamás?

— ¿Me estás jodiendo? ¡Clara!

— No te puedo creer. Yo soy Julio y quedé en encontrarme con Agustina.

— Y yo con Francisco. Esto es absurdo. ¿Vos te das cuenta que esos dos nos clavaron?

— Sí. Increíble. Yo pensé que estas cosas solo pasaban en las películas ¿Y ahora qué hacemos?

— Que se yo; no sé — dijo ella resoplando. — Sinceramente me parece que sos un poco grande para mí. Decí que no tenés muchas arrugas, no se te cayó el pelo y apenas tenés un poco de panza. Pero yo siempre salgo con gente más o menos de mi edad … como Francisco.

— Olvidate de Francisco. Ni siquiera fue capaz de venir a la cita. ¿Te avisó al menos que se le había complicado?

— No — dice ella mientras chequea los mensajes en el celular.

— Agustina tampoco — dice Julio mientras revisa el suyo. — Qué raro. Chateamos un rato largo; parecía entusiasmada. Esta es la primera vez que me clavan. ¿A vos?

— ¡A mí también! ¿Te parece que soy una mina para dejar plantada? — dice ella mientras se tira el pelo hacia atrás y le hace ojitos.

— Para nada. No te enojes. Pregunté por preguntar…

— Che, todavía no pedimos nada. Tengo que pasar por el baño. ¿No pedirías para los dos? Me gusta que me sorprendan.

Al regresar del baño ella se sienta y le dice con sigilo: — No te vayas a dar vuelta. Están en la mesa que está al lado de la puerta.

— ¿Quiénes?

— ¿Quiénes van a ser, boludo? Agustina y Francisco.

— ¡Me estás jodiendo! — dice él transformando la exclamación en un murmullo. — Me acabás de decir que te gusta que te sorprendan; no te podés quejar — dice él esperando que ella le festeje la broma.

— Sí; me encantan las sorpresas — dice ella después de lanzar un par de carcajadas. — Pero no te parece que esto es un poco too much ¿Vos decís que nos vieron? A mí me parece que no; pero no estoy del todo segura.

— No creo. Si nos hubieran visto estarían un poco nerviosos; se sentirían observados. ¿Qué hacen?

— Qué van a hacer. Charlan, toman algo … ¿Vos al final pediste?

— Si; cerveza. ¿Está bien o hubieses preferido un cortado descafeinado?

— Está perfecto — contesta ella riendo. — Decime, ¿vos estás pensando lo mismo que yo?

— ¿Qué cosa? ¿Sí deberíamos decirles?

— Claro — asiente ella.

— ¿Qué se yo? No nos apresuremos. ¿Por qué ya que estamos acá no vemos qué onda nosotros? Por ahí esto es un golpe de suerte, o el destino que teníamos escrito.

— Pará. No te entusiasmes. Ya me está dando miedo que me preguntes de qué signo soy o si tengo la luna en escorpio. Ahí viene la cerveza. Tiene buena pinta la pinta.

— Eso parece — dice Julio riendo. ¿Sabés una cosa? Por lo que estuve chateando con Agustina todo indica que sos mucho más simpática y graciosa que ella. Y más inteligente también.

— Es probable. Aunque, nobleza obliga, ella algunos puntos a favor tiene.

— ¿Por ejemplo?

— Y, es un poco más alta y definitivamente más flaca. Aunque si bien eso depende del gusto, yo diría que le falta un poco más de…

— ¿Tetas? — la interrumpe él.

— Y de culo también — dice ella reprimiendo la risa y gesticulando en silencio para que él le lea los labios.

— ¿Alguna observación más?

— Por ahora no — dice Clara. — ¡Tampoco abuses de mis intuiciones! Apenas la estoy espiando hace dos minutos.

— ¿Y de él qué podemos decir? — pregunta Julio.

¿De Francisco? Está realmente bueno. Mucho gym, músculo por todos lados, la barba perfectamente recortada, ropa cara. Me da un poquito metrosexual, nada más.

— Sos buena haciendo descripciones, ¿eh? Agustina es modelo. ¿Y vos? ¿A qué te dedicás?

— ¿No me digas que sos de los que salen con modelos?

— La verdad es que nunca salí con ninguna. Hoy tenía cita con la primera pero pasaron cosas. Ahora la tengo a cinco metros con un tal Francisco. ¿Ellos qué toman?

— Te confieso que de lejos no veo un pomo. No me puse los anteojos porque son bien culo de botella y los lentes de contacto no los tolero. Lo mío casi es una cita a ciegas en el sentido estricto de la palabra — dice riendo. — Sí querés que te diga lo que están tomando me los voy a tener que poner.

— ¡Dale!

Ella asiente, le hace señas para que espere, busca los lentes en la cartera y se los pone.

— ¡Te quedan divinos! No me contestaste ¿Sos socióloga, filósofa o historiadora?

— Ninguna de las tres. No todas las miopes somos intelectuales. Tampoco todas las modelos son bobas, en defensa de Agustina. Preguntale a Francisco: me llevó media hora explicarle a qué me dedico.

— Bueno; más tarde le pregunto. Pero vayamos por partes. ¿Qué están tomando?

— A ver…Ella un Cosmopolitan; bien de mina. Él una tónica con limón…

— Bien de mina… — dice Julio.

— Pará. ¿Estás tratando de tirármelo abajo a Fran? ¿Por qué no pensar que está mal del estómago o que es un alcohólico recuperado?

— Bueno; tampoco sería tan grave que le guste. Tengo un amigo que vive a tónica con limón. Es más aburrido que chupar un clavo pero una excelente persona.

— Tarado — dice ella riendo mientras hace un bollo con una servilleta de papel y se lo arroja en la cara.

Julio le hace señas al mozo para que traiga otras dos cervezas y le dice a ella: — Perdón que te saque el tema de la nada. Vos no serás de esas minas que solo les interesa un touch & go y después desaparecen.

— Por qué me lo preguntás. ¿No me digas que querés casarte conmigo? — dice ella riendo.

— Quizás — dice él encogiéndose de hombros. — Pero necesito un poco más de tiempo para decidirme. Además como pensé que me iba a encontrar con Agustina no traje anillo. Este bar tampoco da para arrodillarse con ese piso sucio y percudido. Así que no te pongas nerviosa: hoy no me voy a arrodillar.

— Menos mal que además de bobo sos divertido. Me doy cuenta que me estás haciendo el numerito del macho sensible. Pero igual me hacés reír.

El mozo trae las cervezas y retira las anteriores. Cuando se va Clara dice exagerando la división de las palabras en sílabas: — No—lo—pue—do – cre—er.

— ¿Qué cosa?

— Se están tomando de la mano — dice ella abriendo grande sus ojos, que de por sí son grandes.

— Pero recién hace cuarenta y cinco minutos que se conocen. ¿Le habrán puesto algo al Cosmopolitan y a la tónica con limón?… Pará. Ya sé lo qué pasa — dice él.

— ¿Qué?

— Para mí a estos dos lo único que les interesa es coger. A lo sumo dentro de quince minutos se van a ir, se van a revolcar media hora en un hotel, y se van a despedir prometiéndose un nuevo encuentro que jamás ocurrirá. Yo creo que ni siquiera se dieron cuenta que están en la cita equivocada. Ojo; me parece perfecto. Pero nosotros queremos otra cosa, ¿no es cierto?

— ¿Nosotros? Por ahora no hay ningún nosotros — dice ella riendo. — De todas manera, te propongo algo. Salgamos de acá y vayamos a un lugar que tenga un poco más de onda. A éste lo eligió Francisco.

— Y Agustina — agrega él.

— ¿Entonces nos vamos?

— Sí. Pero antes aguantame un toque: es mi turno — dice Julio mientras señala el camino en dirección al baño.
Cuando regresa, Clara le dice: — ¿Viste? Los muy turros ya se fueron.

— Sí. Ni siquiera se terminaron el Cosmopolitan y la tónica.

Cuando el mozo trae la cuenta, Clara le dice a Julio: — Perdón; tengo que ir de nuevo al baño. Pagá esto que yo me hago cargo del próximo. Te conviene: vamos a ir a un lugar mucho más lindo y caro.

Julio revisa la cuenta y advierte que además de las cuatro pintas están incluidos un Cosmopolitan y una tónica con limón.

— Me parece que hay un error — le dice al mozo. — Nosotros solo consumimos las cervezas.

— Disculpe, señor. El señor de la mesa seis le dejó esta nota.

Negro, pagame la consumición que me quedé sin efectivo. Divina, Clara, ¿no? Agustina tampoco está mal. Pero me parece que esta vez saliste ganando. Tratá de no hacer cagadas. Y si las hacés, avisame. Ya sabés que soy un experto en la reparación de tus daños.

Dos litros de bananas

Hacía un montón que le insistía a mamá para que me deje salir a la calle sola, pero siempre me decía lo mismo: “Cata esperá un poco, Cata todavía no, Cata tené un poco de paciencia.” Hasta que por fin un día, poniendo cara de misteriosa y ojos achinados, me dijo: “¿Te animás a hacer unas compritas?” “Más vale que me animo, mami”, le dije canchera aunque el corazón me empezó a latir a todo lo que da.

“Bueno; escuchame bien. Esperás en la esquina tranquila hasta que el semáforo se ponga en rojo. Recién cuando ves que todos los autos pararon y que la gente empieza a cruzar, ahí cruzas vos también. Y ya sabés: en la calle no hablás con nadie; sos muda y sorda. ¿Estamos?” “Si, ma. Estamos. Lo practicamos mil veces. Me lo sé de memoria”, le dije haciéndome la grande pero loca de contenta por dentro. “Bueno. Tomá la lista. Comprá exactamente las cosas que anoté y te volvés enseguida a casa. ¿Estamos?”, me preguntó mientras me alcanzaba la bolsa verde y rosa (que es mi favorita), me ponía plata en el bolsillo y me daba unos besos ruidosos e interminables.” “Estamos, ma”, le dije y me fui chocha de compras.

Bajé por el ascensor y cuando llegué a la puerta del edificio me dio bronca que no estuviera el encargado para verme. Siempre a esa hora está ahí paradito barriendo la vereda o hablando con otros encargados y justo esa tarde se le dio por no estar…¡cosa de mandinga!, como dice mi abuela. En la calle había un montón de gente y a mí me pareció que todos me miraban. Yo no podía más del orgullo y trataba de caminar elegante para que pareciera que hago las compras sola desde los dos años.

Seguí todas las instrucciones y llegué a “El almacén de Don Jorge” que, además de almacén, también es verdulería y carnicería, y según mamá sirve para salir del apuro y los precios no están nada mal. Cuando llegué estaba vacío. Don Jorge hizo que abría los ojos grandes y haciéndose el sorprendido, me dijo: “Veo a una nena con una bolsa verde y rosa pero no la veo a la mamá…” “Vino la nena sola”, le dije yo muerta de risa. “Pero yo no puedo venderle nada a los niños menores de diez años”, me dijo Jorge poniendo cara de “y ahora qué hacemos”. “Qué mentiroso. Igual te aviso que cumplí diez la semana pasada. No te acordás que compramos frutillas para hacer con crema”, le dije muy seria. “Tenés razón. Eran diez frutillas por cada año y se llevaron cien”, me dijo poniendo cara de hacer memoria y cuentas. “Pero vos las contaste mal porque cuando llegamos a casa había ciento una”. “Las conté bien, Cata. Te di una de yapa por tu cumple: te conozco desde que naciste. Vos no te acordás porque los bebés son olvidadizos”, me dijo revolviéndome el pelo que ya estaba bastante revuelto.

“Bueno, bueno. Antes de que se me llene el negocio, ¿qué vas a llevar?” “Acá tengo la lista”, le dije mientras se la extendía. “A ver, a ver, a ver…”, dijo Jorge mientras leía y se rascaba la cabeza. “En esta lista hay una sola cosa y una cosa muy rara. ¿Dos litros de bananas?”, dijo el almacenero mientras lanzaba una carcajada. “Tu mami se equivocó; debe querer que le lleves dos kilos”. “Pero ahí dice dos litros”, dije yo señalando el papelito y aclarando que quería llevar exactamente lo que me habían encargado. “Ahí dice dos litros pero las bananas se venden por kilo, Cata. Cuando yo era chico se vendían por docena … ¡pero por litro nunca! Seguro que estaba distraída y se confundió. Confiá en mí y comprale dos kilos: es lo que lleva siempre.” Seguro que mi hermano Santi habría aceptado enseguida el consejo. Dice mi mamá que los varones prefieren no pensar demasiado porque tienen miedo de que se les gaste la cabeza. Aunque me parece que eso lo dice en chiste para cargarlo a mi papá o cuando están enojados.

La cuestión es que mi mamá me había dicho que comprara exactamente lo que anotó. Ella siempre dice que hay gente que trata de cambiarte gato por liebre o peras por manzanas; como si fuera todo lo mismo. Así que con lo inteligente que es se iba a dar cuenta enseguida que yo trataba de cambiarle litros por kilos. Además por ahí las bananas de litro eran una variedad, como las Cavendish, o una marca, como las Dole, o un país, como Ecuador o Brasil. Mamá siempre dice que el almacen de Don Jorge es muy bueno para salir del paso, pero que le falta un poco más de variedad; por ejemplo casi nunca hay mangos, ni papayas, ni cocos, ni ninguna de esas frutas tropicales raras que les gustan tanto a mi tío Andrés y a mi prima Delfina.

Se ve que Don Jorge vio que no estaba muy convencida que digamos de llevarme los dos kilos, así que trató de convencerme: “Mirá Cata: por litro se lleva la leche, la coca cola o la cerveza. Pero de las frutas y las verduras, ninguna. A lo sumo te las venden por bandejas (como los champiñones), por unidad (como las paltas), o por docena (como los huevos).” Yo casi le digo que el huevo no es una fruta ni una verdura, pero me callé a tiempo. “A ver Cata si resolvemos el problema. ¿No querés llamarla a tu mami por teléfono y nos sacamos la duda?” “Es que celular todavía no me dieron. Voy a tener que esperar hasta cumplir los once o cuando termine quinto, si me porto bien. ¿A vos te parece?”. Don Jorge se rió y me dijo: “Una barbaridad. ¿Cata y si vas a tu casa y le explicás a tu mamá que no vendo bananas por litro? Yo igual hasta las ocho estoy abierto”, dijo y me pareció que se estaba poniendo un poco impaciente porque justo entró otro cliente. Yo no sabía qué hacer: no quería volver a casa con las manos vacías pero tampoco comprar cualquier cosa justo la primera vez que me mandaban sola.

Le agradecí a Jorge y me fui sin comprar nada. Pensé en ir a la verdulería que está a la vuelta. Mi mamá dice que en esa te dan siempre las manzanas machucadas y con gusto a nada, y que encima todo te lo cobran carísimo. Pero el verdadero problema era que tenía que cruzar otro semáforo más y ese nunca lo habíamos practicado. Así que no me animé. Cuando estaba llegando a la esquina pasé por la dietética y me paré a mirar la vidriera porque ahí venden las cosas que más me gustan: soy fanática de las castañas de caju, de todas las granolas (hay muchas) y de las aguas saborizadas raras. Aunque no iba a comprar nada entré para chusmear y estuve un rato mirando las frutas secas, los condimentos y los chocolates. Cuando llegué a la parte de las bebidas vi una que seguro era nueva porque yo me las conozco todas: “agua de plátano”. La etiqueta decía: “sana, rica e ideal para reemplazar a las gaseosas”. Lo mismo que dice siempre mi mamá, pensé… “¡Lo mismo que dice siempre mi mamá!”, dije casi gritando como una loca. Por suerte en el colegio aprendí que en otros países a las bananas les dicen plátanos. Las botellitas decían “contenido neto: 500 centímetros cúbicos”, pero mi abuelo dice que le ponen así para hacerse los gourmet; que esa medida equivale a medio litro. Así que agarré las últimas cuatro que quedaban en la heladera antes de que se las lleve otro y junté los dos litros que me había pedido mamá. “¡Bingo!”, dije levantando los puños como hace papá. Fui a pagar a la caja y la plata me alcanzó justito. Más suerte no podía tener.

A mamá le encanta hacerme pruebas de ingenio. Como esa era bastante difícil seguro pensó que no la iba a poder resolver. Así que volví a casa saltando loca de contenta y haciendo que jugaba a la rayuela. Eso sí: fui muy precavida porque tenía miedo de pisar cáscara de banana, caerme, que se me rompieran las botellas y, después de tanto esfuerzo mental, echar todo a perder. Me salió todo tan requeté perfecto, que cuando llegué el encargado estaba en la puerta: “Esperá que te abro, Cata; mirá con la bolsa pesada que venís.” “Muy amable, Esteban”, le dije con una sonrisa. Igual como le dice siempre mamá.

Cuando entré a casa le mostré las botellas y le expliqué todo. Entonces ella se emocionó y me dijo: “¡Ay, hija! Me viniste al mundo con kilos de materia gris.” Yo me puse re contenta pero me quedé pensando si sería mejor tener kilos o litros. Le voy a preguntar a mi primo Joaquín que está en primer año; ese sí que se las sabe todas.

Ni una foto

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y no me animo a abrirlos porque sé con el desastre que me voy a encontrar.” La culpa la habían tenido los desubicados de siempre; esos lentos que se malubican en las largadas de las carreras obstaculizando el paso de los veloces, al punto de sacarlos de quicio y obligarlos a tomar decisiones estúpidas. Como la que tomé yo. Es que con tanta congestión que había me fue imposible resistir la tentación. Fue ver el hueco y colarme por la banquina para sobrepasar a tanto lenteja. Seis zancadas me bastaron para sacarlos del paso y, cuando estaba por levantar groseramente el dedo índice, mi pie derecho se metió en un pozo, se dobló, sentí el ruido y caí.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y no me animo a abrirlos porque sé con el desastre que me voy a encontrar: el tobillo inflamado y caliente, y un hematoma cubierto con los tonos grises, rosas y naranjas de una tormenta tropical.” Que estúpido soy. Un año entrenando para el maratón; un año tratando de hacer todo perfecto para conseguir mi tiempo imposible. Pero bastó un segundo de irracionalidad para meter la pata en ese bache minúsculo y ridículo de tierra, y que mi tren delantero se hiciese pedazos a cien metros de la largada y no quedara otra que volver a boxes.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y lloro sin lágrimas porque no soy de lágrima fácil. Sé que no puedo seguir allí tirado mucho más tiempo, porque ahora soy yo, irónicamente, quien está obstaculizando el paso de los lentos.” Mi mente funciona de manera extraña. Porque en lugar de pensar cuán grave sería la lesión, de qué manera llegaría al hospital o la cantidad de sesiones de kinesiología que me indicaría el traumatólogo, la única preocupación que tenía en ese momento era cómo justificar mi fracaso prematuro. Confesar que me lesioné para no perder quince segundos, me parecía imposible. Mentir sobre las verdaderas causas de mi abandono; también. Hay que admitir que a veces uno no sabe para qué lado salir corriendo.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y ahora que por fin me decido a abrirlos siento una mano en mi tobillo; una mano que se apoya sobre el hueso y las articulaciones heridas, mientras voces de fondo hablan de torcedura, esguince, rotura de ligamentos. La mano no hace nada más que acariciar, pero se ve que algo hace porque tiene efectos analgésicos, desinflamatorios y psicodélicos. Quiero seguir un tiempo más con los ojos cerrados, pero junto fuerzas y los abro. El día está soleado y ya no veo más estrellas sino a una mujer de edad indefinida. Cuando hacemos contacto visual, me pregunta: ¿Querés que te vuelva a poner la zapatilla? Y la empezó a poner sin esperar respuesta.”

Ya no necesitaba pensar en cómo llegar al hospital ni en qué explicaciones dar por la lesión. Estaba de nuevo en carrera. Observaba inquieto como la mujer terminaba de atarme los cordones: hacía tan despacio los movimientos que no cabía duda lo apurada que estaba por liquidar la tarea. Cuando acabó me dio dos golpecitos sobre la lengüeta, y me dijo con voz de mando colegial: “Se acabaron las excusas; a correr”. Estaba por deshacerme en agradecimientos, pero me di cuenta de que era una de esas personas que te ayudan sin esperar nada a cambio. “¿Cómo hiciste lo qué hiciste?”, le pregunté yendo al grano. “Ah; yo no hice nada”, respondió bromista o modesta. Pero en una carrera no hay tiempo para chistes; menos que menos si perdiste tres tontos minutos por meter la pata; menos que menos si estás buscando tu tiempo imposible. Así que no insistí. “¿Corremos juntos?”, me dijo con un tono que me sonó más imperativo que de interrogación. Clásico dilema moral. Tenía que decidir entre mi conveniencia -correr lo más rápido posible- y aquello que me parecía correcto –ser atento y considerado; devolverle el favor. Mientras intentaba ganar tiempo para tomar mi Decisión de Sophie (es una comparación inmunda; lo sé) ella me sonrió, y no sé qué se me pasó por la cabeza, que le dije: “¡Claro!, mirá que buena idea tuviste.” Y al instante me reproché por haber aceptado el convite porque no era linda (aunque tampoco fea), no era joven (aunque tampoco vieja) y no parecía rápida (aunque tampoco lenta). “Le dijiste que sí de bueno”. Pero era mentira; yo no soy bueno.

Adiós tiempo soñado; hola chica de los milagros inesperados. Ahora que ya no tenía apuro me dispuse a preguntarle todo sobre la mágica curación. Quería averiguar si era osteópata, kinesióloga, especialista en medicinas orientales, o todas esas cosas juntas. Pero como si hubiera adivinado mis intenciones, me frenó: “Por ahora corramos callados; más adelante, vemos.” “¿Más adelante vemos qué?”, pensé. Pero no le dije nada porque no teníamos confianza, y cuando no se tiene confianza lo mejor es esperar. “Hagamos entonces tazón, tazón, cada uno a su maratón”, me dije y el chiste me gustó.

Pasaron los primeros diez kilómetros y las cosas iban bastante bien. Mi pie estaba impecable; como si no lo hubiese metido en el pozo; como si no se hubiese torcido; como si no se hubiese esguinzado. Sentía la pisada natural, redonda, perfecta. Talón-punta-talón. La respiración relajada. Bebía sorbos de agua o Gatorade cada diez minutos. Chequeaba diez mil veces por minuto el reloj. Escuchaba los gritos de aliento y las bromas de los otros corredores. Lo mismo que en todas las carreras. Llevábamos un ritmo parejo; bastante más rápido del que había imaginado cuando le dije “mirá que buena idea tuviste, nena.” A ella no se la veía agitada. ¿Yo?; mejor imposible. Quizás la decisión no había sido tan mala.

Aunque estuve varias veces tentado con salir del cono del silencio, me mordí los labios y me callé la boca. Cuando sentía que era imperioso comunicarnos –por ejemplo para ofrecerle agua o gomitas- me manejaba con gestos y señas. Ella hacía lo mismo. Ese silencio la volvía a mis ojos enigmática, misteriosa, indescifrable, profunda; callarse le sentaba muy bien. Cuando la compañía es buena, el tiempo se pasa rápido. Y así, de sopetón, nos habíamos comido un montón de kilómetros y estábamos acercándonos a la mitad de la carrera. Miré el reloj y confirmé lo que venía presintiendo: nuestro ritmo era cada vez más rápido, veníamos pasando gente a troche y moche. Lo sabía muy bien porque, como me gusta tanto pasar, iba contando uno a uno a todos los que íbamos dejando en el camino. Para no ser exitista ni engañarme, también contaba a los que nos pasaban a nosotros. “Correr es hermoso, pasar es divino”, les digo pletórico a quienes quieran escucharme. “Que te pasen es algo con lo cual hay que aprender a convivir”, aclaro para evitar sufrimientos innecesarios.

Cuando llegamos a la mitad de la carrera sentí que el logro ameritaba un festejo a viva voz. Entonces la miré y, para que no se notara tanto que estaba rompiendo el voto de silencio, le dije sin estridencias: “vamos re bien…¿cómo era que te llamabas?” Ella sonrió, pero no dijo nada. Yo le sostuve la mirada esperando la respuesta, pero no dijo ni mu. La miré más detenidamente y me di cuenta que en esos veintiún kilómetros que habían pasado desde que me arregló el pié estaba más linda, más joven y más atlética. Quizás era una de esas personas a las que las maratones les sientan bien. “¿A cuántos pasamos en total?”, me preguntó de la nada y como si fuera lo más natural del mundo. “A setecientos quince”, le respondí preciso. “Y a nosotros nos pasaron…”. “Apenas quince”, dije. “Entonces tenemos un saldo de setecientos a favor nuestro”, afirmó mientras levantaba la mano para que se la chocara. Chocamos manos, luego puños y le dije: “Felicitaciones…” pero no pude completar la frase porque seguía sin saber cómo se llamaba, y no volví a preguntárselo porque quizás no quería decirme o se le había olvidado.

Empecé a concentrarme un poco más en la carrera porque dentro de todo veníamos bastante bien. No lo suficiente como para llegar a mi tiempo imposible, pero sí al menos para terminar con un registro decoroso y así evitarme tóxicos auto reproches: “mirá todo lo que entrenaste al divino botón, Ignacio. Todas las cosas que te perdiste de hacer para sumar kilómetros, para ir al gimnasio. Las delicias y los licores que te privaste de comer y beber para hacer esas dietas sanísimas y de eficacia dudosa. Todo para terminar haciendo el mismo tiempo de porquería de siempre.” Decidí que era mejor olvidarse del tiempo y concentrarme en el nombre de ella. Si por la razón que fuere no quería decírmelo, hasta que cambiara de opinión le podía poner uno provisorio. Se supone que un nombre que a lo sumo durará veinte kilómetros no debería insumir mucho esfuerzo, pero yo me lo tomé muy en serio. Primero pensé que lo mejor sería acertar el suyo y me dije: “esta chica seguro se llama María a secas, o María seguida de otro nombre, u otro nombre seguido de María. Pero enseguida me dije que si le iba a poner un nombre transitorio, lo mejor sería elegir uno que fuera bien con ella. Pero aunque pensaba y pensaba ninguno me parecía adecuado. Por suerte muchas corredoras habían impreso sus nombres en las remeras de competición, así que los leía a todos, los examinaba y descartaba porque ninguno le iba bien. La tarea se hacía cada vez más difícil porque a medida que los kilómetros pasaban ella se iba poniendo cada vez más linda, más atlética y más joven. El mismo nombre que me había parecido perfecto en el km. 27, le quedó ridículo al llegar al 32. Al final, confundido hasta el caracú, me concentré en recordar algunos de los nombres que estuve por ponerles a mis hijas, y no tuve dudas: su nombre perfecto era Nathalie; así en francés. Cualquier otro sería una irreparable equivocación de sus padres. Mi única aprensión fue que, al terminar la carrera, el nombre me siguiera pareciendo tan maravilloso como en el kilómetro 35, porque a cada paso ella se ponía más y más preciosa.

Llegamos al kilómetro 40. Faltaban dos más y 195 ridículos metros. Ahora que Nathalie tenía nombre me sentía mucho más unido a ella. Y pensar que había estado a un tris de tomar la decisión equivocada. Ella continuaba con su proceso de embellecimiento, sus músculos estaban cada vez más marcados, de tan joven casi parecía una niña. Cuando la miraba se me iba en suspiros el aire que necesitaba para correr. No solo porque su hermosura estaba llegando a niveles extravagantes o por lo lindas que le quedaban las calzas y el top. Sino también porque ahora Nathalie corría como una gacela, todas sus zancadas eran igual de largas, armónicas perfectas, y sus piernas parecían no tocar nunca el asfalto. Necesitaba hablarle y le dije si quería Gatorade. Pero en lugar de responderme, retrucó: ¿“Cómo te llamás?” “Ignacio”, le dije. “Ya me imaginaba”, dijo ella sin explicar razones. “¿Y no te gustaría saber cómo me llamo yo?” “Ya sé cómo te llamás”, le respondí esperando a que ella me dijera: “a ver, ¿cómo me llamó?”, pero lo único que hizo fue reírse y ponerse aún más linda, más atlética y más joven. Un rato después, me dijo: “Ignacio, falta nada más que un kilómetro. Vamos por eso que vinimos a buscar.” Me pegó una cachetada chiquita en la cola y salió despedida como un cohete a la luna. Ahora ya no parecía una gacela sino un guepardo. Yo tardé unas décimas en reaccionar y salí como pude a perseguirla, aunque me resultaba imposible seguirle el paso. Miré el reloj, hice cuentas, y me di cuenta que mi tiempo imposible era posible. Solo tenía que perseguir a Nathalie, tratar de imitar su felina zancada, su manera de correr flotando, respirar como ella, y correr más rápido de lo que había corrido nunca.

Saben los que corren que hay momentos en los que se produce una batalla sin cuartel entre el cuerpo y la mente. Mi cuerpo no podía más y le pedía a gritos a mi mente que la dejara ir a Nathalie. Pero mi mente orgullosa no aceptaba rendirse y cuando sintió que el cuerpo estaba por colapsar, le dijo: “No pensemos más; corramos hasta llegar o morir.” Me lancé entonces a suerte y verdad y, a la dulce conjunción de mente y cuerpo, le sumé por las dudas el alma. Hacía lo imposible por seguir el paso de Nathalie, pero, aunque continuaba teniéndola en la mira, cada vez se alejaba un poco más. Tenía sentimientos encontrados: por un lado sentía que estaba perdidamente enamorado de ella; por otro la odiaba porque ella no iba ni agitada. Me di cuenta de que me estaba haciendo de liebre y yo, en lugar de estarle agradecido, me sentía humillado, porque, seamos sinceros, así de estúpido puedo ser. Pensaba todas esas cosas porque en ninguna agonía se deja de pensar, y las carreras de finales dramáticos no son la excepción. Pensaba esas y otras tantas tonterías cuando empecé a ver, como en cámara lenta, que Nathalie se estaba por caer. Me dije que estaba viendo mal porque las diosas no caen, pero en el cuadro siguiente me lo tuve que tomar en serio porque su cuerpo se estaba yendo al suelo. En el tercer cuadro se veía cómo intentaba con su mano derecha amortiguar la caída, y en el cuarto cómo rodaba espantada por el piso temiendo ser pisada por una manada de corredores extenuados y sedientos de gloria.

En el quinto cuadro la vi tirada en el suelo, con lágrimas en los ojos, gestos inocultables de dolor y más bella que nunca. Aunque seguía corriendo a mi límite no dejaba de hacer foco en ella. Estaba por disminuir la velocidad para detenerme y socorrerla, cuando noté que hacía que no con la cabeza. Sé que algunos podrían haber interpretado esa seña como “no puedo más del dolor” o “no puedo creer que me esté pasando esto a trescientos metros de la llegada”, pero yo entendí que me decía: “No, Ignacio; estás ahí de conseguirlo. No se te ocurra parar; hacelo por los dos.” Me di cuenta de que nunca había amado tanto a nadie. Con tanto amor ya no harían falta mente, ni cuerpo, ni alma, ni espíritu santo, ni vergüenza deportiva, ni actitud, ni garra, ni nada de nada, porque…el amor lo es todo. De ese amor saqué fuerzas para cruzar la meta acompañado del aliento del público que no paraba de vitorear. Alcé los brazos, miré al cielo, me dejé disparar por mil cámaras y algunos flashes, vi cómo se me acercaba un remolino de periodistas y fotógrafos, vi a un par de keniatas que se agarraban la cara y mascaban derrota, me pareció ver a un amigo abrazándose con una prima lejana y a un pibe del primario que me decía: “Ganaste la maratón, papá…” Hasta que salí del aturdimiento, y me dije: “¿Qué carajo hiciste, Ignacio?”

No era cierto que ya no podía más, porque cuando caí en la cuenta de que la había abandonado aparté con rudeza al chico que quería colgarme la medalla de finisher, y salí corriendo contra la corriente huyendo de reporteros y fanáticos. Corría y le pedía como un enajenado en voz alta perdón a Nathalie, e intentaba encontrar una excusa que no sonara demasiado burda. Cuando llegué al lugar en donde se había caído, no estaba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos; tres minutos? Empecé a preguntarles a todos los que estaban por allí si se la había llevado una ambulancia o había logrado irse por sus propios medios. Pero nadie había visto a ninguna mujer tirada en el piso; mucho menos dolorida y a la espera de ayuda. ¿Se habría enojado tanto conmigo como para pedirle a todo el mundo que ignorase mis preguntas?

Pasé un tiempo yendo de un lugar a otro. Los del servicio de emergencias me aseguraron que en toda la mañana no habían tenido que trasladar a nadie a ninguna clínica, y que apenas le habían tomado la presión a un par de personas que se habían mareado. En el medio de mis averiguaciones escuché que me llamaban por tercera vez para la ceremonia de premiación, pero no pude ir porque se supone que en el podio tenés que llorar de felicidad y no de tristeza. Cuando llegaron a la meta los últimos, y ya no quedaban ni los de la organización, me fui a mi casa devastado. Tardé tres horas hasta que logré darme una ducha y comer algo.

Al otro día apenas comenzó la atención al público llame a la organización para que me ayudaran. Por suerte tengo muy buena memoria para los números y me acordaba perfectamente que Nathalie tenía el dorsal 7075. “No puede ser…”, me dijo el operador con el que estaba hablando. “Cómo que no puede ser. Corrí con ella toda la carrera; me cansé de verle ese número. Estoy totalmente seguro”, dije envalentonado. “Discúlpeme, señor. Le digo que no puede ser porque en total eran 5000 inscriptos contando los participantes internacionales. Si me dice el nombre y apellido de la persona quizás lo pueda ayudar…” “El apellido no me lo acuerdo; se llama Nathalie, con h después de la t e i latina y e al final.” “A ver; me fijo…Gracias por esperar, señor. Mire, lamentablemente no tenemos a ninguna persona inscripta con ese nombre.”

Nunca más volví a saber nada de Nathalie. Durante dos años me anoté en todas las carreras habidas y por haber. La busqué en grupos de running, en redes sociales afines al deporte, en cines, en teatros, en medios de transporte, en manifestaciones políticas de todo signo, en la calle. Podría decir que de a poco la fui olvidando, pero mentiría. Conseguir ese tiempo imposible, me hizo imposible la vida. Lamento no tener mucho más qué decir. Siento que hayan llegado hasta aquí con mejores expectativas; quizás pendientes de un desenlace más romántico o de un vuelco fatal. Pero ya que hemos compartido las más de tres mil palabras que componen este relato, me permito pedirles un favor: si creen conocerla o se cruzan con una mujer de una belleza remotamente parecida a la de ella, no duden en escribirme. Agradecería mucho que acompañasen sus misivas con algunas fotos: nada me duele más que no haberme quedado con ninguna.

M T

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