Un hombro maldito maldito. Segunda parte

Antes que nada este blog ya no se llama más Mi armario digital. El nombre es horrible y además perdió su sentido. Todavía no se me ocurre otro (acepto sugerencias) pero por el momento se llamará Perelmaneando. Estoy gratamente sorprendido con la repercusión que está logrando el blog, y eso me renueva las ganas de escribir.

Dicen que segundas partes no son buenas, pero espero que eso no ocurra con la continuación de este relato. Ahí va.

La vuelta

Después del maratón de Buenos Aires 2008, por diferentes razones nunca más volví a tener una verdadera continuidad. Siempre por algún motivo mis períodos de entrenamiento continuos no superaban el mes o mes y medio, y después venían lagunas que duraban el mismo tiempo o más.

Estaba el problema del hombro y alguna que otra lesión sin demasiada importancia. Pero lo que realmente me complicaba los entrenamientos era mi presión arterial. Soy hipertenso y durante mucho tiempo con la medicación todo funcionaba bajo control. Pero hace un par de años los remedios ya no me hacían el mismo efecto, y comenzaron a cambiármelos por otros. Finalmente mi cardióloga acertó con una combinación que aparentemente funcionaba bien … siempre y cuando el aparentemente no incluyera el ejercicio de correr.

La historia era siempre más o menos la misma. Salía de mi casa con la presión normal o un poco elevada, pero en el medio de los entrenamientos me empezaba a bajar con la misma rapidez que se desinflan las ruedas de una bicicleta cuando están pinchadas. Esto ineludiblemente me pasaba en las cuestas y en los ejercicios de pasadas, y un poco menos en los fondos. Y en los días de calor y humedad, siempre. Cuando la presión baja mucho uno se marea, se agita y es casi imposible seguir corriendo. El estado de abatimiento que genera no solamente es físico, sino también psicológico.

De acuerdo a mi experiencia, los cardiólogos no le dan mucha importancia a un paciente hipertenso, al que la presión le baja porque insiste en someterse a un ejercicio más intenso que una caminata aeróbica o un trote suave. Al fin y al cabo la presión baja ni siquiera es una enfermedad, sino apenas un molesto contratiempo.

En fin. Luego de un proceso bastante largo de prueba y error, que incluyó modificar los momentos en que tomo la medicación de acuerdo a cada tipo de entrenamiento, ese problema también fue quedando atrás. Está un poco agazapado, pero lo vengo controlando.

Lo cierto es que entre los problemas físicos, y algunos otros que excedieron ese terreno, hacía más de un año y medio que no entrenaba de manera consistente. Recuerdo en cada uno de mis innumerables y breves regresos a mi profesor ironizando sobre mis extraños métodos de entrenamiento: tres semanas sí, un mes y medio no. Demás está decir que prácticamente no corrí ninguna carrera, con la excepción de dos o tres que las hice como fondo o apoyando a algún compañero.

Seguía corriendo de vez en cuando, pero había dejado de ser un corredor. Veía a mis compañeros progresar mientras yo retrocedía, y emprender nuevos desafíos cuando yo ni siquiera podía repetir los que había llevado a cabo tiempo atrás.Todo eso me frustraba. Ser un corredor discontinuo es bastante peor que ser una persona que empieza a correr. Porque el nuevo se reconoce como tal y de a poco va haciendo progresos tangibles.

En cambio el corredor discontinuo tiene una historia contra la cual contrastar su desempeño actual. Dispone de la memoria de las sensaciones del cuerpo, conoce los tiempos en que hacía los fondos, recuerda los ritmos con los que podía ejecutar las distintas pasadas. Y cuando la realidad difiere mucho de esos recuerdos, en su empeño por acelerar la recuperación, sólo consigue desanimarse y entrar en un círculo vicioso.

Lo bueno de la operación era que me permitía trazar una línea divisoria. Esta vez había tenido que parar porque no tenía alternativa. Y luego de la operación iba a volver porque tampoco tenía alternativa. Y no iba a ser por tres semanas o un mes. Esta vez iba a volver para siempre. Ya no tenía tiempo para más frustraciones, ni licencias para permitirme flojeras.

Lo primero era hacer los cuatro entrenamientos semanales. No faltar nunca, salvo algún problema de fuerza mayor. Si no podía ir a la clase, tenía que recuperarla a la noche o hacerla por mi cuenta. Volví al gimnasio. Pedí hora con una nutricionista que me indicó que bajara cinco kilos. Suspendí por un tiempo los chocolates y otras dulces tentaciones. Decidí que tenía que bajar de peso para correr, que no es lo mismo que correr para bajar de peso. Pasaron un mes, dos meses, tres meses y la continuidad de los entrenamientos se mantuvo. Comencé de nuevo a pensar en carreras, en maratones, en cruces de Los Andes. Los corredores siempre estamos pensando en carreras. En las que sabemos que vamos a correr, y en las que nos gustaría correr el próximo año o alguna vez en la vida. Que otra vez comenzara a soñar con carreras, era el mejor signo de que, después de tanto tiempo, al fin estaba volviendo.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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2 comentarios

  1. Pablo, te felicito por el blog! Esto puede ser el comienzo de un verdadero manual de autoayuda para corredores. Van ideas de título para tu futuro best-seller: “Corro, luego existo”; “Confieso que he corrido”; “Instrucciones para correr y vivir”…

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