Piropos en la feria y recuerdos de mi niñez

frutas y verduras

Hace un mes y medio o dos mi vida vida cotidiana cambió radicalmente, debido a que comencé a trabajar en mi casa. Por supuesto que muchas veces tengo reuniones de trabajo y viajes obligados al centro, pero la mayoría de los días mi oficina pasó a ser el departamento en el que vivo. Este cambio ocurrió de manera bastante precipitada e imprevista. Así que en unos pocos días dejé de trabajar en una oficina del barrio del Abasto, en la que realizan distintas tareas más de 120 personas, a hacerlo en un departamento en el que casi todo el tiempo soy el único morador.

En toda mi vida laboral nunca había trabajado en mi casa y, si bien muchas veces había fantaseado con la idea de hacerlo, en un principio la nueva situación me provocó bastante pánico. Básicamente temía no poder organizarme, y ceder a tentaciones diversas como poner la televisión (es decir Netflix porque hace unos meses que no tengo cable), leer novelas, dormir largas siestas o, peor aún, ponerme a escribir un blog (risas de comedia de situación).

En síntesis, la mayoría de mis hábitos cotidianos cambiaron, quizás con la excepción de los entrenamientos matutinos de los martes y jueves y los fines de semana. Muchas veces me olvido de las comidas y termino almorzando a las cuatro de la tarde o cenando a las 12 de la noche. O, quizás más a menudo, mi alimentación se divide en un montón de excursiones a la heladera, donde se mezclan los platos principales con los postres, o las frutas y las verduras con quesos, yogures y gelatinas dietéticas. Suena medio caótico, pero sacando la desorganización reinante, mi alimentación es bastante buena.

Y es que una de las nuevas costumbres que incorporé es concurrir sin falta a la Feria Itinerante de Abastecimiento Barrial (FIAB) que todos los viernes se estaciona a una cuadra de mi casa entre las 8 y las 14 hs., en el medio de la larga cuadra en que Salguero forma parte del cuadrilátero de la Plaza Las Heras, a la que algunos todavía llaman y recuerdan como la ex- Penitenciaría. Como la feria abre bien temprano, en mi anterior condición laboral perfectamente podría haber hecho las compras antes de salir a trabajar, pero creo que en los cuatros años que hace que vivo en este departamento lo habré hecho a lo sumo tres o cuatro veces. Hoy que fue uno de esos días que tuve que ir al centro, llegué a la feria a las 13:40 y alcancé a hacer la compra de frutas y verduras, y de quesos y dulces, que son los dos puestos a los cuales concurro siempre. Y creo que si no hubiera llegado a tiempo, ese hubiera sido un motivo suficiente para arruinarme el día.

La feria tiene dos ventajas con respecto a los supermercados, autoservicios chinos y otros comercios barriales, pero son dos ventajas muy contundentes: los precios son en promedio hasta un 30% inferiores, y la calidad de los productos es excelente. Además las compras de la feria me permiten fraccionar un poco el acopio de provisiones, y así me evito cargar pesadísimas bolsas a la salida del supermercado. Son razones más que suficientes y, sin embargo, hay otra que para mí es aun más importante. Pero para conocerla les pido que esperen.

Hasta los siete años viví con mi familia en Villa del Parque, que en la década del sesenta era un barrio de casas bajas, con apenas algunos edificios de departamentos. De aquellos años están los recuerdos y anécdotas con mis primos mayores, Marcelo y Hugo, imágenes de unas chicas de la cuadra que eran más grandes que yo con las que jugábamos al elástico, los partidos de fútbol en la calle, el polémico ring raje con el cual nos granjeábamos el odio y el desprecio de casi todos los vecinos. y el recuerdo de mi gran amigo de la niñez a quien en mí casa denominábamos, por razones estrictamente geográficas, Sergio de la vuelta.

Uno de los recuerdo más nítidos y gratos de esos años eran las compras que hacíamos con mi mamá en la feria del barrio. No sé si esa feria abría todos los días o solo unas veces por semana, pero sí estoy seguro que íbamos bastante seguido, y que recorríamos los distintos puesto hasta reunir todas las provisiones necesarias para una casa de dos adultos y dos niños (cuando nació mi hermana menor enseguida nos mudamos), mientras los puesteros no ahorraban elogios hacia los productos que ofrecían, mientas piropeaban a las clientas, algunas veces de manera sincera, y otras quizás como estrategia para incrementar las ventas. Cuando hacíamos compras grandes mi mamá llevaba uno de esos viejos changuitos (que en nada se parecen a los que se pusieron de moda hace unos años) o a veces nos bastaba con una bolsa que cargábamos entre los dos agarrando cada uno una manija.

Los grandes supermercados todavía no habían llegado a la Ciudad de Buenos Aires, pero en Villa del Parque, a pocas cuadras de mi casa, sobre la calle Cuenca, estaba el Supermercado de la Buena Suerte, donde los clientes que gastaban en una sola compra más de 5.000 pesos moneda nacional, se llevaban de regalo un long play de vinilo con alguno de los éxitos de la época. Se ve que no todas las cosas se podían o convenían comprar en la feria, porque de tanto en tanto los sábados concurríamos al comercio de la gran herradura roja, que a diferencia de la de feria era una excursión familiar en la que también participaban mi papá y mi hermana.

Después nos mudamos a Palermo y ya no tengo recuerdos de ferias barriales. Al poco tiempo de instalarnos en un departamento muy moderno de la calle Malabia entre Charcas y Güemes, se abrió una sucursal de los Supermercados Minimax en Paraguay y Acevedo (hoy Armenia), a los que mucha gente recuerda porque en ocasión de la visita de su dueño, el multimillonario norteamericano Nelson Rockefeller, en junio de 1969, se produjo un antentado simultáneo contra 13 de sus sucursales que, según afirma el historiador Isidoro Gilbert, en su libro La Fede, fue responsabilidad del aparato militar del Partido Comunista argentino. Creo que por esa razón al poco tiempo los Minimax abandonaron el país, y en la sucursal palermitana de la calle Paraguay se instaló un supermercado Disco.

Pero todo eso pasó hace mucho tiempo. Por suerte hace varios años están las FIAB, aunque tengo la impresión que mucha gente aun no las conoce. Hace aproximadamente un mes estaba haciendo la compra de frutas y verduras, y el dueño del puesto, que casi siempre me atiende, se puse a tararear una canción de Pablo Milanés que hacía muchísimos años que no escuchaba. Él suponía que era de Silvio Rodríguez, pero no tardé en convencerlo de lo contrario. Yo que no soy de charlar mucho ni con vendedores ni taxistas, empecé a conversar cada vez un poquito más con él, a escuchar sus recomendaciones sobre qué productos me conviene llevar, o a hablar de programas de radio de finales de los años ochenta. Como en general hago las compras después de correr y vestido aun con atuendo deportivo, hoy me preguntó si caminaba mucho y se sorprendió cuando le conté de los entrenamientos que hago y las carreras que corro.

Como estos días mi cabeza funciona todo el tiempo en formato de blog, mientras esperaba mi turno en la cola pensé que tenía que escribir sobre los recuerdos de la feria de Villa del Parque de mi niñez, y de estas ferias itinerantes versión siglo XXI. Cuando me estaba haciendo la cuenta me animé y le pedí su dirección de email. Me dijo que no tenía pero me pasó su nombre para que lo buscara en Facebook. Está tarde le mandé la solicitud de amistad y al ratito me aceptó. Seguramente mañana mi amigo Ramón se va a sorprender cuando reciba este post.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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10 comentarios

    1. me gustó!!! de alguna forma yo recorrí muchos de los lugares, ya que desde los 6
      hasta los 21 vivi en villa del parque, y porque también mas de una vez compre en la feria de la calle salguero… asi que te recomiendo el puesto que esta mas cerca de juncal… los alfajorcitos de maicena son los mejores !!! te lo aseguro. Perla

      1. Los probaré. Aunque ahora que descubrí que además del dulce de batata con chocolate y de membrillo existen los de pera, durazno, damasco, frutillas y todos son riquísimos, estoy en serios problemas.

  1. Pablo me hiciste acordar a las ferias de mi barrio cuando íbamos con mama y Marga a comprar, en realidad eran lo que ahora es el coto de Alsina y Pichincha, donde dentro de ese predio se encontraba el carnicero, el verdulero, y en el primer piso estaba la feria americana de ropa. No era para nada lindo. Me lo acuerdo muuuuy sucio, con sangre de animal chorreando por los pasillos de esas pequeñas cuadras que se formaban en cada carnicería. Era un lugar oscuro , donde no entraba la luz del sol y por ende daba un poco de miedo. Mil veces he soñado con esas feria. Te acordas Marga?
    Me gustaría mucho ir a chusmear a la que vos vas, que entre paréntesis ya me habías contado.
    Lindo relato Pablin. beso y seguí escribiendo

  2. Mis experiencias en ferias en la niñez eran con mi abuela Coca: primero la feria de Soler y Armenia ( hoy se llama si) y después la de Gurruchaga y Nicaragua, donde probaba el queso, la fruta y todo lo que los puesteros me daban porque iba con mi bolsita de plástico encantada de la vida.

    1. Los regalitos de los puesteros en la feria son lo más. Nada mejor que el perejil que te metían al final de la compra en la bolsa o en la carnicería cuando te regalaban el caracú. Besos Fer.

  3. Muy bueno!! Mi hiciste acordar que cada tanto mi abuela me llevaba a la feria de Villa del Parque -para mi que estaba sobre Arregui- y mi abuelo a cortar el pelo a un lugar de veteranos o a Cozenza, en Miranda y E. Lamarca si no me equivoco.

    1. Gracias Mariano. La que yo recuerdo creo que estaba en una plazoleta sobre la Avenida San Martín. Pero en esa época había tantas que probablemente sea otra. Abrazo.

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