No voy en tren, ni en subte, ni en avión: yendo a trabajar… ¡corriendo!

subte-lleno

Ahora que se acerca el Maratón de Buenos Aires, a menudo me encuentro pensando la enorme diversidad de factores, razones y excusas por las cuáles una persona elige empezar a correr. Tantas que seguramente se podrían llenar páginas enteras si alguien quisiera enumerarlas una por una.

En mi caso, mi inclinación por el running se originó en distintas causas. Desde muy pequeño era un niño tan hiperquinético, que era muy raro que lograra estar quieto por más de cinco minutos. Para tortura de mis padres no cesaba de correr, tropezarme y romper todo tipo de cosas dentro de la de la casa. Jugar al fútbol o a la “mancha”, desafiar en cortas carreras a mis amigos, tocar el timbre de los vecinos y salir corriendo para que no me descubrieran; en fin, cualquier excusa era buena para vivir todo el día corriendo. Los años pasaron, dejé de ser un niño, pero siempre aparecía un nuevo pretexto para correr, como el que relato a renglón seguido.

Como en tantas grandes metrópolis, Buenos Aires es una ciudad bastante hostil para quienes utilizan el transporte público. Muchas personas dedican una enorme cantidad de su tiempo para viajar diariamente a sus lugares de trabajo o estudio. En esa época yo vivía en el barrio de Belgrano y trabajaba en el centro de la Ciudad. Todos los días debía tomarme el subterráneo de la línea D, combinarlo con la C, y atravesar 14 estaciones en vagones atiborrados de gente malhumorada, y sujeto a las demoras y numerosas interrupciones del servicio.

Un día se me cruzó una idea por la cabeza y no logré sacármela de encima: ¿si siempre viajaba tan mal y perdía tanto tiempo, por qué no intentar ir algunos días corriendo al trabajo? En esa época casi no tenía tiempo libre, y si quería correr debía inventar la forma de poder hacerlo. Solamente un escollo gigante separaba la idea de la posibilidad de llevarla a cabo: ¿cómo lograr correr casi 13 km. y luego llegar aseado y adecuadamente vestido al trabajo?

La solución no parecía sencilla, pero finalmente apareció. Me asocié a un club deportivo que quedaba a unas pocas cuadras de mi trabajo, y alquilé un locker que equipé con todos los enseres necesarios para el aseo y con la ropa adecuada para concurrir a trabajar. Así fue que dos o tres veces por semana salía de mi casa con algo de dinero, la llave del candado del locker, y la alegría de trasladarme al trabajo utilizando el medio de locomoción más antiguo del mundo: mis propias piernas. Apenas tardaba 15 o 20 minutos más que con el subte, con la ventaja de que mis piernas eran mucho más confiables que los trenes; que en lugar de  viajar por un túnel húmedo y oscuro lo hacía por varias de las zonas más bellas de la ciudad; y que en vez de llegar al trabajo estresado, agotado y transpirado, lo hacía de buen humor y con el sentimiento de haber arrancado el día de manera inmejorable. Claro que no todo era tan sencillo: para que este sistema funcionara, los días que no corría debía concurrir al club sólo para retirar del locker la ropa sucia, y reemplazarla con otra limpia. Pero sin dudas el esfuerzo valía la pena.

Esta anécdota ya tiene muchos años. Corresponde a una época en la que el running aun estaba lejos de generar el furor que hoy despierta en casi todo el planeta. Ahora que lo pienso, mientras mucha gente ponderaba mi esfuerzo, otra cantidad más o menos similar me decía que estaba loco. Y seguramente tenían algo de razón: todos los corredores estamos un poco locos. Lo bueno es que no queremos curarnos, que cada vez somos más y que, entre nosotros, nos entendemos.

correr en la ciudad

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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