Amigos escritores: la bella prosa de María Carman a 10.000 metros de altura

Foto: Alejandra López

A María Carman la conocí en octubre de 2004, en ocasión de un seminario en la ciudad colombiana de Medellín. Ella tuvo un desmayo presenciando un enfrentamiento entre paramilitares y la policía durante su presentación en la universidad; y yo, una supuesta descompensación cardíaca por la que estuve internado un día y me dieron otro más de reposo, aunque finalmente los estudios confirmaron que se trataba de una falsa alarma. El resto de nuestros colegas nos decían, medio en broma medio en serio, que viajáramos juntos en el avión de regreso para que uno pueda asistir al derrumbe del otro. Y así lo hicimos, ya que los demás se negaban a compartir el asiento con nosotros por ser tan yetas. El chiste que circulaba entre todos era: ¿quién va a ser, como Gardel, el próximo argentino que no va a dejar nunca Medellín?

En la escala nocturna entre Bogotá y Buenos Aires nos tocaron asientos contiguos y hablamos mucho. Ella me contó que además de su reciente doctorado en antropología escribía poesía y novelas. Ya tenía terminada la primera, Los elegidos, que aun era inédita, y una segunda en pleno desarrollo, que creo que por aquel entonces no tenía título. De esa segunda novela me leyó un capítulo o algunos párrafos, no lo podría asegurar, pero si recuerdo que me impresionó la intensidad de la trama y la belleza de la prosa. Las conversaciones sobre literatura estuvieron acompañados del aroma que emanaba de los paquetes de café Juan Valdez que yo había comprado en el aeropuerto de Medellín.

En todos estos años, no creo que nos hayamos visto con María más de diez o doce veces, pero mantuvimos una amistad epistolar, en la cual siempre la literatura estuvo presente a través de recomendaciones y también de textos nuestros que compartíamos. En el caso de ella mucha de esa obra ahora está publicada. Y en mi caso apenas se trataba de algunos relatos que no me animaba a compartir con casi nadie. Pero María siempre me animó a que escribiera, a que me lo tomara un poquito más en serio y eso se lo agradezco mucho.

A continuación un fragmento bellísimo de su segunda novela, El pájaro de hueso, publicada por Sudamericana, elegido por la propia autora. El mismo que me leyó en aquella escala entre Bogotá y Buenos Aires, hace ya nueve años.

Agustín disuelve la morfina en agua fría y se la alcanza con una expresión compungida, de la que Manuel se desentiende mientras habla y acaricia al gato:

-¿Sabés lo que más voy a extrañar, aunque te parezca raro? A mi cuerpo. Me cuesta imaginarme fuera de este cuerpo. Es lo único que conservo de lo que fui viviendo, porque los pocos recuerdos que tengo de estos años -fotografías, cartas, poca cosa en realidad- los dejé en Buenos Aires. Ninguno vino conmigo en este viaje. Bueno, excepto un amuleto, algo tan ridículo que hasta me da vergüenza decirlo: una gomita de pelo. Una cola de caballo, como dicen las nenas, de color fucsia. El nombre viene de un botánico alemán, un tal Fuchs. En serio. Daniela, mi novia, la perdió en un bar de Buenos Aires donde habíamos ido a jugar al pool; uno de esos bares que entrás por la avenida o la calle trasera y preparan sándwiches de bondiola. Los hombres de esos bares te reprochan con los ojos, detrás del humo de sus cigarrillos, que hayas traído una mujer. Hasta que se acostumbran y siguen jugando como si nada, como si dijeran: ni vale la pena protestar. No vamos a dejar que esto (esto que ni merece nombrarse) nos arruine el partido. Viéndolos ahí, ellos mismos parecen vivir en un mundo de hombres las veinticuatro horas, sin hermanas, ni esposa, ni hijas, sin haber salido tampoco del vientre de una mujer… pero te estaba hablando de otra cosa. Ah, sí: la gomita de pelo fucsia que llevo en la muñeca desde ese día, ¿ves? Me sentía libre y feliz entre el humo de las mesas, veinte años recién cumplidos, llevándola al bar donde me llevaba a mí la tía Mirta. Fue nuestra primera salida juntos. Ella se olvidó la gomita sobre la felpa verde y nunca se la devolví. Estaban pasando una canción de los Beach Boys, me acuerdo, algo insólito en un bar de tangos. Cuando miro la gomita en mi muñeca izquierda, es como si esa canción instantáneamente se activara, unida al color fucsia. Donde otra gente usa un reloj, a mí me alcanza con la gomita y los Beach Boys, el tiempo del amuleto, el único recuerdo que tiene un espesor y viaja en mi cuerpo. Quisiera que me enterraras con la gomita, aunque esté desteñida y sucia; porque a esta altura de las cosas supongo que vos te vas a encargar de esos asuntos, ¿no es cierto?

Agustín se sonroja y desvía la mirada.

-No es para que te andes poniendo colorado, que te queda horrible.

Manuel se incorpora a medias sobre los almohadones en la cama; el gato le entibia los pies. Nunca tuvo tantas ganas de correr, de cruzar un río. Y no es que esté evocando puntualmente esas cosas, sino que es una añoranza abstracta, como la nostalgia que se puede sentir por un país desconocido.

Luego de pensar en aquello sin anhelo, como si lo pensara otro, le sobreviene un cansancio dulce. El cuerpo parece olvidar lo que le está interdicto y cierra los ojos: no quiere ver su muerte, antes de que suceda, en los ojos tristes de su hermano.

 Daniela, su ex novia, era lo que él nunca supo ser: de una sola pieza, piensa. Como la raqueta con la que aplastaba a sus rivales. ¿Agustín le está hablando? Fuera de ese cansancio, no parece quedar mucho ahí afuera, en el mundo.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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