¿Hubo un tiempo que fue hermoso? Historias de solos y solas: cuando en Buenos Aires sobraban hombres a rolete

Una-Mujer con varios hombres

A los que leyeron y se sorprendieron con los números de solos y solas de la Buenos Aires actual (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/18/cuando-los-numeros-cantan-es-verdad-que-en-buenos-aires-hay-mas-mujeres-solas-que-hombres-solos/), les tengo una noticia que quizás los sorprenda tanto o aun más. Hace un siglo, cuando en Europa se desataba la Primera Guerra Mundial, y la población de la capital del país crecía a tasas siderales, si algo escaseaba por estos lares eran mujeres. Sucede que por aquel entonces más de la mitad de los porteños era de nacionalidad extranjera, y que al menos dos de cada tres personas que se bajaban de los barcos provenientes del viejo continente eran varones.

¿Pero cómo fue que Buenos Aires se transformó en una ciudad superpoblada por varones? La respuesta es sencilla. Desde hacía varias décadas que Europa venía soportando distintas crisis, producto de las cuales muchos de sus habitantes la abandonaban en busca de un mejor destino y, Argentina, fue uno de los principales países elegidos por los emigrantes. Por aquellos tiempos los que se decidían a juntar sus petates o directamente a irse con lo que tenían puesto eran fundamentalmente hombres jóvenes, en la mayoría de los casos solteros, aunque no eran pocos los que se tomaban el barco dejando a su mujer y sus hijos en el viejo continente, con la esperanza de instalarse, conseguir un trabajo respetable y mandar a llamar a los suyos cuando los asuntos estuvieran encaminados. Pero estos planes no siempre se cumplían, y más de una familia jamás llegó a reunirse. En otras ocasiones los hombres mandaban llamar solamente a sus hijos varones, a quienes les resultaba más sencillo integrarlos al mercado laboral.

El Tercer Censo Nacional de Población realizado en 1914 mostró que en la Ciudad de Buenos Aires por cada 120 varones había 100 mujeres, pero en el caso de los extranjeros el número se elevaba a 150. Imaginen por un momento el comercial de la cerveza Quilmes que simula una batalla entre varones y mujeres que finalmente no ocurre, porque los sexos se reconcilian al compás del sabor del encuentro, y cada hombre termina fundido en un abrazo con su otrora contendiente femenina. Pero a principios del siglo XX esos 150 hombres se hubieran matado a codazos y zancadillas para quedarse con alguna de las 100 mujeres disponibles, mientras que los otros 50 habrían terminado ahogando sus penas en el alcohol, más probablemente con una botella de ginebra que de cerveza.

Pero vayamos un poco más lejos en la especulación y admitamos que un porcentaje de esas 100 mujeres habían arribado a estas costas con sus maridos, o los habían conocido una vez establecidas en la Ciudad. Si la mitad de ellas, por ejemplo, estaban casadas, en lugar de 100 mujeres disponibles quedaban 50, mientras que los varones en igual condición se reducían de 150 a 100. En conclusión, por cada cada mujer soltera nacida en el extranjero había dos potenciales pretendientes que también eran inmigrantes. Señalo el contraste entre extranjeros, porque los desequilibrios del mercado matrimonial de aquel entonces eran especialmente marcados entre las distintas colonias de migrantes europeos, ya que los italianos aspiraban a casarse con italianas, los irlandeses con irlandesas y los judíos rusos con judías rusas. Si en este contexto para los hombres conseguir una mujer para casarse era bastante complicado, no quieran pensar lo difícil que era encontrar una paisana disponible.

Por supuesto no había en esas épocas sitios de internet como Match o Zona citas, pero les aseguro que quienes vivían del celestinaje tenían un muy buen pasar. No había fotos de perfil en Facebook ni albumes para pispear la apariencia de las candidatas, pero era habitual que los intermediarios se encargaran de conseguir un retrato a los fines de evitar posibles decepciones cuando el barco arribaba al puerto de Buenos Aires. No obstante, cuentan las malas lenguas que más de una vez el retrato no se correspondía con el rostro de la candidata, situación que podía terminar en un escándalo con el celestino y la compra de un pasaje de vuelta en el primer barco que zarpara a Europa.

Pero quiero hablarles de la singular historia de mi bisabuela María. Ahora que estoy organizando una reunión con mis primos de mi rama materna, mi mamá mencionó hace un par de semanas, como al pasar, que un pariente había armado un árbol genealógico de la familia del cual tenía una copia. El árbol tiene seis generaciones con inicio en mis tatarabuelos, pero ya en la segunda hoja aparece subrayado el nombre del personaje estelar de este relato, que es mi bisabuela María (Mañe) Barsky.

Mañe se casó por primera vez en Rumania con mi bisabuelo Marcos (Motl) Leibovich, y producto de esa unión nacieron tres hijos varones y una mujer. Mi bisabuelo falleció a la corta edad de 26 años, por un error de cálculo: quiso salvarse de ir a la guerra y se excedió con el ácido que le habían recomendado tomar para evitar ser reclutado. Corría el año 1901 y mi bisabuela hizo un duelo más que breve, ya que unos meses después contraía segundas nupcias con el rabino Wasserman (del cual el árbol no menciona su nombre). O bien a mi bisabuela le gustaba mucho ser madre o los métodos anticonceptivos de la época dejaban bastante que desear, porque poco tiempo después nació su quinta hija, mi tía abuela Juana. Parece que la llegada de la niña no sirvió para consolidar el nuevo matrimonio, que duró lo que un suspiro. Todo indica que Mañe era una mujer de armas llevar, y contrariamente a las costumbres de la época, decidió buscar nuevos rumbos. En 1902 partió a Buenos Aires dejando a sus cuatro hijos mayores al cuidado de una tía, y a Juana bajo la custodia de su padre.

Ya imaginarán que con sus antecedentes y la abundancia de varones que la aguardaba en terruño porteño, a mi bisabuela no le llevó demasiado tiempo encontrar a su nuevo esposo. Nuevo lo que se dice nuevo tampoco era, porque Mauricio Hersovich, además de ser su primo hermano (lo cual era algo sumamente común en aquella época), había sido su noviecito en la más tierna juventud y el gran amor de su vida. Aclaremos, de todas maneras, que Mauricio no estuvo esperando pasivamente el momento en que Mañe cayera rendida en sus brazos, pues antes emigró a EEUU, donde contrajo sus primeras nupcias y tuvo un hijo y una hija. Desconozco cómo fue que Mauricio terminó desembarcando en Buenos Aires, pero me gustaría pensar que fue a posteriori de un intercambio epistolar amoroso con mi bisabuela María. De esa tercera y última unión de Mañe nacieron Clara y Rafael.

Nuevamente casada, mi bisabuela mandó a llamar en 1903 a sus hijos varones Leopoldo (mi abuelo), Luis y José, pero tanto Catalina como Juana debieron aguardar varios años más en Rumania. Así, los hijos varones de su primer matrimonio se sumaron a las enormes huestes masculinas que desbordaban Buenos Aires, aportando su grano de arena al notorio desequilibrio demográfico porteño. Catalina fue mandada a llamar en 1910, mientras el turno de Juana recién llegó a finales de 1917 o principios de 1918, cuando arribó con 16 años para conocer a su madre y a sus hermanos varones.

La llegada de la tía Juana coincidió con un período en el cual mis abuelos Leopoldo y María mantuvieron una fluida correspondencia entre Buenos Aires y Entre Ríos, pues mi abuela se había instalado por un tiempo en esa provincia porque uno de mis tíos, Marcos, estaba enfermo. Y, gracias a su circunstancial enfermedad, hace unos años me encontré con algunas de esas cartas que mi madre tenía guardadas en un cajón, y se las pedí prestadas sabiendo que nunca se las iba a devolver. En una de esas cartas, fechada el 13 de enero de 1918, con el membrete de “Casa Volt” (la empresa de mi abuelo dedicada a la fabricación e importación de carteras y sombreros), Leopoldo, luego de quejarse de los corredores que comercializaban su mercadería, y de asegurarle a mi abuela que el futuro económico que les esperaba era promisorio, se dedicaba a abundar en detalles sobre su hermana Juana, a quien estaba recién conociendo.

En palabras que mi abuelo volcaba en la carta dirigida a mi abuela, decía que “…Juana es muy pícara y se hace querer por todos. Imaginate que papá (por su padrastro Mauricio) la quiere por su bondad como si fuera su hija ….. y de aquí a dos años, cuando mamá la quiera casar no le faltarán los mejores pretendientes”. Y agregaba Leopoldo que “…. a Juana le están enseñando castellano y a tocar el piano, y tiene una buena cabeza que no te podés imaginar….. Es muy virtuosa, se ha hecho en un solo día un vestido muy bien y con gusto …. todos los muchachos que vienen a casa simpatizan con ella…. hasta el mismo Hanramovich empezo a venir más a menudo, lo mismo que el hijo de Hisimovich, que pronto se recibirá de ingeniero. Pero nadie piensa todavía en casarla ni comprometerla. Es muy joven, tendrá un buen porvenir …. ”

Mi abuelo tenía razón. Juana no se casó ni con Hanramovich ni con el hijo de Hisimovich, sino con el tío Antonio, a quien al igual que a Juana llegué a conocer en innumerables reuniones familiares. Juana sin dudas debe haber tenido muchos candidatos porque era pícara, simpática y virtuosa, pero además porque le tocó una época en la cual ser mujer y pertenecer a una comunidad extranjera era un pasaporte casi seguro al matrimonio. Tanto que si lo hubieran escrito 30 años antes, el famoso tango de Bardi y Cadícamo seguramente se hubiera llamado “Nunca tuvo novia”. Chan chan.

Carta Leopoldo 13 de enero 1918

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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4 comentarios

  1. Excelente Pablo !¿te conté que Rosa, mi bisabuela italiana también se casó tres veces.? Emigró con sus dos hijos, dejando al primer marido en Italia. Explicame cómo hicieron las dulces abuelitas para agotar a tantos señores y legarnos esta carestía

  2. Gracias Sara! No, no me contaste la historia de tu abuela Rosa pero quiero conocerla en detalle. Hay un post bastante anterior a este donde justamente cuento porque estamos como estamos.

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