De que hablo cuando hablo de correr (o el día que gané un concurso)

de que hablo cuando hablo de correr

A los pocos días de comenzar con este blog conté que hace unos años me enteré de un concurso para cuentos que tuvieran un máximo de 100 palabras incluyendo el título. Con esa consigna escribí una historia de amor dramática, pero nunca la mande (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/11/el-cuento-mas-corto-del-mundo/).

Quizás por la cercanía del Maratón de Buenos Aires, que correré el próximo domingo, recordé que una vez, hace unos cuatro años, sí participé de un concurso. Se trataba de escribir un pequeño ensayo titulado “De que hablo cuando hablo de correr”, que es el título de un libro del conocido escritor japonés Haruki Murakami. El concurso fue organizado por la popular revista digital especializada en running, Guía Lap, y para mi sorpresa lo gané. Voy a ser honesto con Uds.: no sé si participamos cien, veinte o diez personas. O si fui el único. Pero ya me había sentido contento por el solo hecho de escribir algo y mandarlo, y me puse aun más contento cuando me enteré que había ganado.

Puede que muchos de los que no son corredores ignoren que Murakami además de un consagrado novelista es también un apasionado ultramaratonista y triatleta, que ha llegado a incursionar en carreras de hasta 100 kilómetros. He leído varias novelas de Murakami. Salvo Tokio Blues (Norwegian Wood) que es preciosa, las otras no me terminaron de convencer. Pero como Murakami escribe mucho y siempre hay algún amigo que me regala su nueva novela, persisto. Puedo abandonar sin problemas las novelas que me compro yo mismo, pero si alguien se tomó el trabajo de elegir una para regalármela, salvo que sea muy pero muy mala, la termino.

De qué hablo cuando hablo de correr es un ensayo en el que Murakami cuenta algunas de sus experiencias como corredor, y traza cierto paralelismo entre el oficio de escribir, que implica entre otras cosas, mucha constancia, y las carreras de larga distancia. No es un libro que derrocha mucha pasión que digamos, y definitivamente no es recomendable para no corredores que están buscando alguien que los motive para empezar a correr. Murakami simplemente se dio el gusto de escribir el libro y de venderlo masivamente porque es Murakami. Y además, ciertamente, de ponerle un nombre inspirado en la novela de su admirado Raymond Carver, quien es el autor de De que hablo cuando hablo de amor, que además Murakami tradujo al japonés.

Pero basta de Murakami. Aquí tienen el ensayo tal cual lo escribí aquella vez. Cuando volví a leerlo sentí que cambiaría casi todo. Y si me apuran un poco, seguramente no lo mandaría a ningún concurso. Pero finalmente sí lo hice y llegó el momento de compartirlo los lectores del blog.

De que hablo cuando hablo de correr

Por Pablo Perelman

Creo que todos los corredores pensamos de manera recurrente qué significa para nosotros correr y porque lo hacemos con tanto entusiasmo, y que esa pregunta en buena medida se dispara por contraste: a la mayoría de la gente los corredores de resistencia le parecemos gente un poco rara, estrafalaria o decididamente loca. Es cierto que con la masificación de las carreras y el incremento notable de la gente que corre, las caras de sorpresa ya no son tantas. Al fin y al cabo, a esta altura casi todos tienen un amigo, un pariente o un compañero de trabajo que corre. Aún así, los maratones y ultramaratones, y la diversidad de carreras de aventura, siguen provocando el asombro de muchos. Respuestas del estilo “yo nunca podría hacer algo así”, abundan. Si a todo el mundo le pareciera que correr largas distancias es algo tan común y natural, nosotros mismos no reflexionaríamos tanto sobre por qué corremos.

Correr me ayuda a que mi cabeza funcione mejor. Cuando corro no solamente me choco con el viento de frente, sino también con un montón de ideas que se meten de prepo en mi cabeza. Me resulta más sencillo planificar mis actividades del día o hasta resolver problemas de trabajo mientras muevo las piernas, que sentado en el escritorio frente a la computadora. Muchas veces siento que mientras corro escribo borradores y que cuando llego a la oficina solo me limito a pasarlos en limpio. Siempre corro a la mañana. Y no hay nada comparable a comenzar el día corriendo, si lo que uno busca es juntar energías para distribuirlas a lo largo de la jornada. Es cierto que a veces luego de un entrenamiento o de una carrera se termina cansado y a veces cansadísimo, pero el cansancio y la energía son cuestiones bien diferentes.

Todos –y yo menos que nadie me considero una excepción– pasamos por períodos en los cuales nos sentimos tan atareados por obligaciones o tan estresados por circunstancias personales, que nos permitimos justificar un abandono transitorio de los entrenamientos. Pero, al menos desde mi perspectiva, creo que no tener nada de tiempo casi siempre es una excusa, porque cuando corremos no estamos gastando tiempo, sino invirtiendo una parte de las escasas 24 horas diarias en una actividad que rápidamente rinde dividendos. Si no corro porque tengo mucho trabajo, demasiado que estudiar, o muchos problemas por solucionar, me siento frustrado, insatisfecho y cargo culpas. En cambio, si a pesar de todas esas pequeñas catástrofes me pongo las zapatillas y salgo a la calle, me siento fuerte y contento para enfrentarme con el mundo y sus circunstancias.

A veces para correr tengo que superar pequeñas batallas, que en los momentos en que se presentan me parecen gigantes. Una noche mal dormido, un día frío o lluvioso, o simplemente la tentación de quedarse en la cama, pueden resultar escollos terribles. Siempre que logro vencerlos jamás me arrepiento y me siento doblemente contento. Y viceversa: cuando las circunstancias me vencen, inexorablemente me embarga el fastidio y el reproche hacia mi mismo (¡cómo pude ser tan flojo!).

Corro porque disfruto hacerlo, aunque obviamente este argumento tiene muy poco interés. Salvo aquellas cosas que estamos obligados a hacer – como por ejemplo trabajar –cae de maduro que todas las otras las llevamos a cabo  porque nos gratifican. Pero también –y esto sí puede que llame la atención del lector desprevenido– corro porque me produce sufrimiento. Un placer masoquista, dirá más de uno. Sin embargo, como todo, tiene su explicación. Sufrir un poco o incluso mucho, es un condimento indispensable en los esfuerzos de resistencia, por la sencilla razón que acrecienta la recompensa del deber cumplido. Si tanta gente rompe en llanto al finalizar un maratón o al completar una dura carrera de aventura, es porque antes hubo que sudar la gota gorda. Y entonces nos sentimos héroes.

Corro porque me gusta sentirme parte de la marea humana que todos los días –y cada vez somos más- recorre la ciudad a través del único medio de locomoción que no precisó de una invención humana. Corro porque me gusta cruzarme con otros corredores por la calle e intercambiar una mirada rápida y cómplice. No sé quién sos, ni qué pensás, ni lo que hacés. Pero te veo dando tus zancadas por la calle y en ese instante sos mi compañero de ruta, un efímero amigo.

Corro para compartir la charla que en un entrenamiento de fondo se entabla con aquellos con los que simpatizamos y además -aunque esto no precise de aclaración para otros corredores-  con quienes lo hacen a un ritmo parecido al mío.

Corro porque me encanta el chocolate, casi todos los dulces, los quesos, las pastas con sus salsas, y todas las variedades de carnes. Menos las aceitunas, me gusta todo. Y mis ataques de ansiedad las más de las veces terminan en la heladera. Sino corriera, en lugar de desplazarme con las piernas, probablemente lo haría rodando.

Corro porque aunque nunca voy a ganar ninguna carrera y probablemente tampoco obtenga ningún podio, eso no me impide soñar –a veces dormido, otras despierto– en mis propias hazañas deportivas, en conseguir cubrir las distancias o alcanzar los tiempos que para mí  hoy son imposibles. Y aunque me de un poco de vergüenza confesarlo, también sueño con ganar el maratón de los próximos juegos olímpicos, porque, como ya se sabe, soñar es la actividad más barata del mundo. Tanto es así que no cuesta nada.

concurso literario

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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