Al borde de un ataque de nervios: ser usuario de Internet y telefonía celular en Argentina

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Ojalá no estuviera sentado en un bar frente a la computadora para escribir en el blog sobre sobre mis padecimientos como usuario de los servicios de comunicación que nos prodigan las empresas proveedoras de nuestro país. Varios amigos me dijeron que, luego de leer el listado de mis obsesiones en la víspera del Maratón de Buenos Aires que corrí el domingo pasado (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/10/11/once-obsesiones-de-un-maratonista-y-una-cancion-desesperada/) están esperando el relato de la carrera, y les aseguro que nada me gustaría más que estar escribiendo sobre mis vivencias antes, durante y después de esa increíble e inolvidable jornada. Prometo que lo haré en los próximos días, pero si no escribo lo que van a leer a continuación corro el riesgo de terminar de enloquecer.

Hoy amanecí con una noticia que lamentablemente recibo al menos una vez por mes: no tenía servicio de Internet. Decidí no hacerme demasiado problema y postergar el reclamo para cuando regresara del entrenamiento matutino, que en estos días consiste en apenas unas caminatas regenerativas. Cuando volví a casa comprobé que la interrupción del servicio persistía. y llamé al servicio al cliente de Fibertel con la esperanza de que un mensaje grabado me comunicara que la empresa había detectado un inconveniente en la zona, y que en las próximas horas la conexión a Internet sería restablecida. Pero eso no ocurrió. Igual me puse contento – con que poco nos conformamos los usuarios argentinos -, cuando me dijeron que podían enviarme el servicio técnico al día siguiente, y no como las veces anteriores que como mínimo se tomaban cuatro días. Así que me di una ducha, cargué mi notebook en la valija y me fui dispuesto a pasar mi jornada de trabajo usufructuando el wifi del Tea Connection que está a un par de cuadras de mi casa.

Así transcurrió la mañana. Cuando estaba por ordenar el almuerzo la notebook me pidió una recarga de energía, pero lo que tenía en la valija no era el cargador, sino un transformador para conectar a la corriente eléctrica el dock del parlante para el ipod. Una típica distracción “perelmaniana” que me obligaba a regresar a casa para buscar el cargador. Si quieren saber si tenía una pequeña esperanza de que Fibertel me hubiera restablecido el servicio, la respuesta es sí, pero eso no ocurrió. Puse en el horno una bondiola de cerdo que estaba condimentada desde ayer en la heladera y mientras esperaba que se cocinara decidí aprovechar para hacer unos llamados telefónicos y mandar unos mails a través del celular. Ahí fue el momento de recibir la segunda mala noticia del día: no tenía servicio de telefonía celular ni de paquete de datos de Internet. Algo que desde que me suscribí al servicio de CLARO, hace un par de semanas, me sucede casi todos los días y a casi toda hora. A esa altura mi malhumor era considerable, así que decidí llamar, por enésima vez en los últimos días, al servicio al cliente de CLARO. Eso implicaba tener que escuchar por centésima vez que tengo la posibilidad de participar en un concurso para ganar un millón de pesos, contestar una encuesta sobre la calidad del servicio (¿una cargada?) y esperar un montón de tiempo hasta que un operador de carne y hueso nos atienda y pregunte en qué puede ayudarnos. Como triste consuelo, cada tanto nos avisan que “con el objeto de mejorar la calidad del servicio esta llamada podría estar siendo monitoreada o grabada para una mejor atención”, perorata que alternan con una musiquita insoportable. Son gente evidentemente optimista, porque no pierden la esperanza de vendernos alguno de los maravillosos servicios a los que podríamos acceder pagando algún que otro pequeño monto adicional. Y si nada de lo que nos ofrecen nos interesa llegará el momento en que nos recuerden que podemos ganarnos el millón de pesos mandando un mensaje con la palabra GANA a no recuerdo que número. Y así hasta el infinito y más allá.

Finalmente me atiende Andrea. La compadezco. Como sé que no va a poder hacer absolutamente nada más que prometerme que un técnico se comunicará en la próximas horas conmigo,  me dispongo a hacer catarsis. Le digo que quiero elevar una queja y que por favor anote punto por punto lo que voy a dictarle a continuación. Le cuento detalladamente todos los problemas que tuve desde que me convertí en usuario de CLARO, incluyendo que el teléfono que me vendieron vino fallado y que recién 10 días después me lo cambiaron por uno nuevo. A medida que avanzo en el relato de mis tribulaciones y escucho el ruido que hace el teclado de Andrea, de a poco me voy calmando. Dejo constancia que con mi viejo Blackberry de Movistar, que por suerte sigo conservando, no tengo casi (estoy exagerando) ningún problema. Remato mi larga perorata de más de cinco minutos exigiéndole a la empresa que, si no pueden solucionar los problemas que hay en mi zona, me devuelvan el dinero que pagué y cancelen el servicio. Casi estoy por agradecerle a Andrea por su paciencia, decirle que entiendo lo complicado que es trabajar todo el día escuchando los reclamos de clientes desquiciados como yo, pero de pronto ya no escucho el ruido de su teclado, y sí en cambio un tono de ocupado que indica que la comunicación se cortó. ¡Andrea no podés hacerme esto! Toda la frustración del mundo me invade al mismo tiempo. Furioso y sin pensarlo arrojo el teléfono inalámbrico sobre un sillón, pero lo hago con tanta fuerza que rebota, cae al suelo, y la pequeña antena fija superior se quiebra. Aterrado, no sé si ahora tengo que echarle la culpa a CLARO o a Telecom. Mal que mal logro colocar la antena, compruebo que el aparato funciona y me desparramo resignado sobre el sofá del living preguntándome que hice yo para merecer esto.  Permanezco unos minutos sentado hasta que desde la cocina comienza a llegar un aroma un poco a quemado: ¡la bondiola! Desesperado corro hacia el horno, pensando que salvar a esa bondiola del incendio es lo único bueno e importante que puede pasarme el resto de mi vida. La saco e inmediatamente la pruebo: está doradita pero exquisita. Suena mi teléfono machucado y es Andrea que me llama para retomar la comunicación. Termino de hacer mi reclamo y le agradezco sinceramente por haberme escuchado. Ni siquiera le digo que no tengo ninguna esperanza de que CLARO me resuelva el problema. Después de todo, seguro que ella detesta a la empresa tanto o más que yo, pero no puede decírmelo porque la llamada esta siendo monitoreada o grabada.

Finalmente como la bondiola acompañada con una ensalada verde, y regreso a Tea Connection desde donde escribo este relato contando mis tribulaciones. Esta vez sí me traje el cargador de la notebook, así que aquí permaneceré durante el resto del día. Ya estoy más tranquilo. Escribir en el blog tiene un poder catártico tanto o más grande que descargar mis quejas sobre la pobre Andrea. Así de simple. Así de CLARO.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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2 comentarios

  1. Es CLARO que cada vez estamos más incomunicados, parece proporcional: a mayor tecnología menor comunicación y servicio…pero menos mal que tenés un Tea Connection que te “endulza” la amargura!!! jeje. Besos y suerte!!!

    1. pabloo…me hiciste reír..!!tendría unas cuantas anécdotas por el estilo para agregar….aaahhh!

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