El día que me secuestraron las FARC: la historia completa

Primera parte

Voy a contar una historia real que sucedió hace más de veinte años, y que fue una de las experiencias más intensas, apasionantes e insólitas que tuve a lo largo de mi vida. Estaba finalizando el año 1990, hacía poco tiempo que me había separado y todavía no tenía planeadas las vacaciones de ese verano.

Unos años atrás, durante un viaje de estudio de cinco meses a Santiago de Chile, había conformado junto a un grupo de amigos latinoamericanos una pandilla a la que denominamos Los piratas. En verdad el argentino Gerardo Otero, el chileno Alejandro Zagal, el colombiano Sergio Bustamante y quien escribe estas líneas, éramos un grupo de cuatro veinteañeros inofensivos, que a lo sumo causábamos algún que otro disturbio en bares y antros cuando nos excedíamos con el alcohol, lo que sucedía casi siempre. Y en verdad, esos disturbios no iban más allá de cantar en voz alta y desafinando horrores, o de declararle amor eterno a una chica bonita. Teníamos un carnet de estudiante otorgado por las Naciones Unidas que nos daba cierta inmunidad cuando llegaba la policía, aunque igual debíamos cuidarnos, porque bien sabíamos que durante el reinado de Pinochet en Chile ese documento no era garantía de nada.
Con Sergio Bustamante nos hicimos muy amigos durante ese período de mucha juerga y algo de estudio, y cuando cada uno regresó a su país nos mantuvimos al tanto de la vida del otro a través de asiduas cartas que iban y venían. Pero Sergio no era la única persona que me traía recuerdos de Colombia, pues sobre el final de mi viaje me había enredado en una relación efímera pero no por eso (o quizás gracias a eso) menos apasionada con una chica colombiana, con la cual también mantuve durante un tiempo una cuidada relación epistolar. Ella vivía por aquél entonces en Bogotá y Sergio en Medellín, así que me armé un viaje con una duración prevista de un mes, con diez días para repartir entre ambas ciudades y otros veinte para conocer lo que pudiera del resto del país. Así fue que me embarqué en el primero de los muchos viajes que haría a Colombia, con la esperanza de conocer el país del cual tanto me habían hablado mis amigos, pero sobre todas las cosas, motivado por los reencuentros que tendrían lugar después de más tres años. El viaje fue precioso, pero en este relato solo contaré los sucesos acaecidos el 10 de febrero de 1991 en el Golfo del Urabá.
Sergio por aquél entonces integraba un grupo de la Universidad de Antioquia encargado de elaborar un Plan de Desarrollo para la Región del Urabá, y el primer paso de aquel trabajo era hacer un reconocimiento de las características físicas de la zona. Los días anteriores yo había estado viajando solo por zonas tan bellas como temibles, surcadas por la violencia en la que se cruzaban a diario guerrilleros, narcotraficantes, paramilitares y militares colombianos. El plan era coincidir en Apartadó, la ciudad más importante de esa región, a la que llegué luego de un viaje por tierra agotador y salpicado por numerosas requisas del ejército. No era época aún de celulares, pero afortunadamente el encuentro resultó como lo habíamos planeado y, luego de una rápida recorrida por un pueblo en el cual no había demasiado para ver, partimos hacia Sautalá, que es la sede del parque natural nacional Los Katíos. Ahí pasamos la noche, y a la mañana siguiente nos levantamos de madrugada para desayunar y comenzar el viaje. Éramos un grupo compuesto por cinco pasajeros (Francisco “Pacho” Gómez, Ivan Darío Pineda, Jaime Jaramillo, Sergio Bustamante y yo) y el conductor de la lancha, un mulato al que todos conocían como Angelito.

Los integrantes de la expedición
Los integrantes de la expedición. Sergio está sentado atrás y al medio.
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Yo sentado en el bote. De espaldas el conductor.

El primer tramo de la excursión consistió en navegar las aguas del Atrato, que es uno de los ríos más caudalosos del mundo. El Atrato desemboca en el Mar Caribe, y en esa desembocadura comenzamos el segundo tramo de la expedición con el objetivo de llegar a Acandí, un pueblo ubicado en el municipio chocoano cerca de la frontera con Panamá.
Segunda parte
Estamos entonces navegando en las aguas del mar Caribe con destino a la frontera panameña. Hace unas cinco o seis horas que comenzamos la expedición. El cielo está despejadísimo y todo brilla, lo que aumenta la belleza del paisaje, pero a cambio no ofrece ningún reparo del sol que pega muy duro sobre nuestras cabezas. El estómago nos recuerda lo lejos que quedó el desayuno. Como vamos a buen ritmo y no tenemos apuro, decidimos hacer un alto en la playa más cercana para almorzar, descansar un poco y por qué no aprovechar para bucear un rato en las cristalinas y transparentes aguas caribeñas.
Así es que dirigimos nuestra embarcación hacia Triganá, un pequeño pueblo recostado sobre la bahía del mismo nombre, ubicada en el extremo noroccidental de Sudamérica. Cuando ya estamos por tomar contacto con la costa y no tenemos posibilidad de devolvernos, veo que se aproximan corriendo hacia nosotros unas veinte personas vestidas con indumentaria verde oliva militar. Pienso que se trata de la policía o el ejército colombiano, pero cuando se colocan a unos cincuenta metros alcanzo a divisar que además de hombres también hay mujeres y niños. Alguien murmura que seguramente se trata de algún grupo guerrillero, y que probablemente sean las FARC. Sea como fuere hay que conservar la calma y seguir las instrucciones que nos indiquen.
La primera orden es que todos nos bajemos de la lancha con la excepción del conductor. Nos revisan rápidamente para asegurarse que no estamos armados y nos permiten conservar nuestras pertenencias. Yo llevo una riñonera con algo de dinero, documentos y una pequeña cámara de fotos. Estoy seguro de que me la van a requisar, pero para mi sorpresa luego de examinarla con cierto detalle me la devuelven. Nos ordenan guarecernos bajo la sombra de un árbol de mango, hasta que nos den alguna otra indicación.
Si bien mis compañeros de travesía no pierden la calma, noto que están tensos. Cruzamos miradas entre nosotros pero nadie atina a pronunciar palabra. Por más acostumbrados que estén los colombianos a enfrentarse a situaciones peligrosas, para ellos también caer en manos de la guerrilla constituye una novedad. No sabemos cuál es la razón por la cual nos interceptaron, y mucho menos para que le puede interesar nuestra embarcación a un grupo guerrillero que ejecuta la totalidad de sus acciones a nivel terrestre. Como nadie nos vigila de cerca y en ningún momento los guerrilleros han utilizado sus fusiles para amenazarnos, por el momento me siento tranquilo e invadido por una excitación adrenalínica. Estoy en la fase final de un viaje maravilloso, y en ese último capítulo aparece este bonus track impensado de turismo guerrillero.
Ya son las 12:30 hs. Observamos que están utilizando nuestra embarcación para interceptar dos buques pesqueros de bandera norteamericana, que se someten a las órdenes de las FARC aparentemente sin ofrecer resistencia alguna. Al menos en ningún momento oímos disparos. Vemos cómo le ordenan a la tripulación abandonar sendos barcos, y depositar en la playa la totalidad de la pesca obtenida. Finalmente les indican que bajen todo el equipamiento del barco: botes salvavidas, colchones, ropa de cama, utensilios de cocina, provisiones de alimentos frescos y perecederos. Luego se suman otros dos barcos más y sucede exactamente lo mismo. Toda la operación habrá llevado unas cuatro horas. La cantidad de pescado que llevaban acumulado los cuatro buques es tan grande que parece que nunca van a terminar de descargarla.

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Con Iván Darío Pineda y miles de camarones.

Mientras observamos como se desarrolla la operación, recibimos la visita del que se presenta como el comandante del trigésimo cuarto cuerpo de las FARC, encargado de operar en la zona del Urabá. Nos informa que el objetivo del operativo, en primer lugar, es “quemar los barcos pesqueros norteamericanos como represalia por la depredación y el despojo de la fauna ictícola colombiana” y, en segundo lugar, “desquitarse del ejército por la operación “Casa Verde”. Casa Verde fue un enorme operativo que había llevado a cabo un par de meses atrás el ejército colombiano para tratar de desmantelar a la cúpula de las FARC, en momentos en que la guerrilla y el ejército intentaban negociar un acuerdo de paz que pusiera fin a un conflicto armado que, en aquel momento, ya llevaba más de 25 años. De hecho, en aquella época, el segundo grupo guerrillero más importante del país – el M-19 – había depuesto la lucha armada y se había transformado en un movimiento político democrático con participación electoral. Nos dice que con nosotros ellos no tenían ningún problema, que nos habían interceptado y retenido porque necesitaban utilizar nuestra lancha para llevar a cabo el operativo, y que no teníamos que temer ni preocuparnos por nada. Que una vez que terminaran las acciones que estaban desarrollando nos devolverían la embarcación y liberarían al conductor. Y que mientras tanto podíamos hacer lo que nos diera en gana. En ese momento a mí se me cruzó una idea por la cabeza que, por prudencia, sabía que lo mejor era guardármela. Pero era demasiado tentadora y al final la solté. “Podré sacar algunas fotos con mi cámara”. Sabía que me estaba exponiendo no solamente a una casi segura negativa, sino que además corría el riesgo de que esta vez si me la quitaran definitivamente. Antes de contestarme, el comandante me preguntó de dónde era y, cuando le conté que era argentino, para mi sorpresa dijo: “Pero claro hombre, adelante. Ud. es de la misma patria del Che Guevara, así que con todo gusto saque las fotos que quiera, siempre y cuando no nos retrate a ninguno de nosotros.”. “¿Retratar a Uds. los guerrilleros? No comandante. ¿Cómo se le ocurre que haría algo así?”
Tercera y última parte
Tal como nos lo adelantó el comandante, una vez que los barcos son totalmente vaciados y su tripulación ya está varada en tierra firme, la guerrilla procede a quemarlos. El espectáculo de los barcos ardiendo es dantesco. Las imágenes que uno acostumbra a ver en la CNN las estamos observando ahora en vivo y en directo.

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Los barcos comienzan a arder…
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…y continúan ardiendo.

Mientras tanto, el pescado rescatado de los buques es repartido entre los lugareños. Reina un clima en el que se mezclan sentimientos de inquietud, ansiedad y alegría, en este último caso por los “obsequios” recibidos. La repartija no se limita a la pesca, sino que también incluye colchones, sábanas, utensilios de cocina y hasta instrumentos de navegación, que aquella gente, sumamente pobre, recibe con los ojos abiertos como platos. Los tripulantes, por su parte, descansan resignados, y debaten sobre cuánto tiempo deberán esperar para ser rescatados por las autoridades o el personal de su empresa.
Nuestra situación de a poco se va relajando. Ya abandonamos el refugio a la sombra del árbol de mango, y paseamos por la playa. Entablamos alguna conversación con los guerrilleros. La mayoría son muy jóvenes, de origen campesino, y sospechamos que casi todos ellos nacieron de familias guerrilleras, y que, por lo tanto, toda su vida la han vivido en situación de clandestinidad. Estamos embelesados con una chica de ojos verdes, cuerpo escultural y risa contagiosa, a la que bautizamos como la “guerrillera hot”.

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Una de las guerrilleras nos muestra su cámara filmadora de última generación
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Los pobladores de Triganá reunidos en torno a la pesca de los barcos
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La “guerrillera hot” de espaldas cargando su fusil al hombro. Yo me hago el distraído mientras Sergio saca la foto.

Con Sergio nos metemos en una charla entre un guerrillero y un militar que está vacacionando en Triganá. Es rarísimo. Los tipos forman parte de bandos enemigos, pero sin embargo entablan una conversación en la que cada uno le da al otro su punto de vista sobre el conflicto armado. Sergio me dice que Colombia es realmente muy parecida al Macondo que Gabriel García Márquez pintó en Cien años de soledad. Tal cual, porque un rato más tarde armamos un partidito de fútbol con arco chico: el guerrillero y el militar forman un equipo y, del otro lado, Sergio y yo les damos batalla. El encuentro finaliza con un 7 a 5 a favor de nuestro combinado colombo -argentino.

Con mi querido amigo Sergio posando para la foto.
Con mi querido amigo Sergio, posando para la foto con la pesca y algunos pobladores al fondo .

A medida que pasan las horas nos da hambre. Alguien nos presta una sartén y un calentador, y preparamos una cantidad enorme de camarones regados de abundante limón. Nos sale delicioso y, como gente educada que somos, les convidamos a los que se acercan atraídos por el aroma de nuestra comida. Mientras tanto los barcos continúan ardiendo en una lenta agonía, y el comandante se pasea filmando con una cámara portátil de vídeo marca Sony (que en aquel momento era una tecnología muy cara y de punta), que en broma dice haberse comprado con el aguinaldo que le pagaron las FARC.

De pronto la paz se ve totalmente alterada. Los guerrilleros han detectado que desde un club de pesca aledaño alguien está poniendo en autos a la Armada colombiana, y lo escuchamos al comandante ordenar la captura del sospechoso: pide que se lo traigan vivo para el mismo meterle un tiro en el medio de la frente. Al rato lo traen capturado. El pobre tipo del club de pesca tiene la cara blanca como papel y, aunque intenta que no se le note, está muerto de miedo. Ahora el clima es muy tenso y por primera vez realmente nos preocupamos.

Poco después nuestra lancha regresa a la costa. El comandante nos dice que ellos ya terminaron con el operativo de quemar los barcos, que por lo tanto nosotros estamos liberados y que podemos irnos en cuanto queramos. Son apenas las seis de la tarde pero ya es casi de noche y hay una tormenta en ciernes. No estamos seguros si es mejor irnos o quedarnos. El problema de quedarse es que más tarde, cuando lleguen los militares, nos acusen de ser cómplices de la guerrilla (después de todo utilizaron nuestro barco) o, peor aun, que quedemos en el medio de alguna balacera. Después de deliberar unos minutos, decidimos enfrentarnos con la noche y la tormenta, que se inicia al mismo tiempo que soltamos amarras.
Somos los mismos tripulantes que comenzamos la expedición temprano en la mañana, pero además cargamos en nuestro barco una bolsa con 50 kilogramos de camarones y algunos pargos, meros y sierras que los guerrilleros nos obsequiaron en pago por los “servicios prestados”. La lluvia es cada vez más copiosa y las olas de una altura que infunde respeto, por no decir miedo. El agua nos entra por todos lados y en pocos minutos ya estamos totalmente empapados. El chofer poner en práctica toda su maestría en el arte de conducir la lancha, enfrentando las olas de costado, pero no puede impedir que la embarcación suba y baje violentamente, elevándose primero por la proa, manteniéndose unos segundos suspendida en forma paralela al agua, para terminar el movimiento con tremendos golpetazos de la popa contra el mar. Y con cada uno de esos golpes zamarreando nuestros traseros contra las tablas en las que estamos sentados. Viajamos casi todo el tiempo en silencio. Es cierto que el temporal nos infunde un razonable temor. Pero, además, estamos hechizados por el espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Una oscuridad absoluta que solo se rompe por los pequeños chispazos que producen los saltos de los peces que de a cientos rodean el barco, y los relámpagos y los truenos que nos prodiga de manera abundante y peliculesca la tormenta caribeña.
Dos horas después de la partida llegamos a Pino Roa, una playa muy pequeña también ubicada en el municipio del Chocó, donde aun no ha llegado el servicio de electricidad y los habitantes se la proveen por medio de grupos electrógenos individuales. Nos reciben unos amigos de Sergio que se dedican a la investigación para la mejora del cultivo de ostras. Nos turnamos para disfrutar de una ducha reparadora, y una vez bañados nos vestimos con ropa seca que nos prestan. Llega el momento de revivir las anécdotas del día en que nos secuestraron las FARC, acompañadas de unas botellas de ron y aguardiente, mientras preparamos el fuego en el que se cocinará el pescado confiscado por la guerrilla a los buques norteamericanos. Todo abunda esa noche: el alcohol, el pescado, la charla y las carcajadas. Finalmente caemos rendidos por el cansancio y en un estado de ebriedad avanzado, nos quedamos dormidos en unas hamacas paraguayas al aire libre. Ya no llueve pero igualmente la noche es muy cerrada, y apenas se alcanzan a ver algunas estrellas que logran penetrar las nubes menos densas.
Al otro día nos levantamos temprano porque tenemos que tomar el vuelo para regresar a Medellín. Nuevamente nos enfrentamos con un clima tomentoso (aunque al menos nos favorece la luz del día), que permite el renovado lucimiento de nuestro Maradona de los mares, quien mantiene el barco en frágil equilibrio, pero no puede impedir que nuestras colas continúen estrellándose contra las tablas de apoyo. Cada golpe nos duele en el alma, porque nos recuerda la paliza que recibimos en la tarde del día anterior. Al llegar a la costa la aventura no termina, porque tenemos que atravesar caminando otro río cuya agua nos llega hasta los hombros. Finalmente llegamos al aeropuerto justo antes de perder el avión. Estamos sucios y olemos a pescado. Los demás pasajeros nos miran tratando de entender porque lucimos de manera tan miserable.
Llegamos a Medellín y luego de dejar el equipaje y tomar un nuevo baño, con Sergio lo primero que hacemos es revelar las fotos. Pedimos que nos hagan dos copias así cada uno puede quedarse con la suya. Un rato después las retiramos y entonces confirmamos que la aventura es real, que no la soñamos. Y que podemos contarla porque estamos sanos y salvos.
Al día siguiente yo regreso a Buenos Aires de mis inolvidables vacaciones colombianas. Y una semana después recibo una carta de Sergio que incluye un artículo de El Tiempo, que es el periódico de mayor circulación en Colombia, que relata lo que ocurrió aquel 10 de febrero en la bahía de Triganá. La nota está ilustrada por un par de fotos de los barcos incendiándose, las mismas que yo había sacado con mi cámara y que mi amigo vendió al periódico por 40.000 pesos colombianos, en aquél tiempo una suma de dinero considerable. El titular dice “Guerra en el golfo de …… Urabá”, jugando con el hecho de que en aquel momento estaba en pleno desarrollo la Guerra del Golfo Pérsico entre EEUU e Irak.

Postal de guerra: yo con los barcos en pleno incendio mientras cae la tarde y se adivina la llegada de una tormenta tropical.

*Agradecimiento: a Sergio, que no solo es un amigo entrañable y un excelente compañero de viajes, sino que además me ayudó a refrescar la memoria de lo acontecido hace 23 años.

Nota final

Las FARC en aquel momento no habían iniciado la etapa de los secuestros en la cual algunos rehenes llegaron a estar entre seis y diez años cautivos, como los famosos casos de Ingrid Betancourt y Clara Rojas. Si nuestras peripecias hubieran ocurrido diez años atrás, seguramente el blog no hubiese bastado para recoger las vivencias. Menos mal que en este caso no necesitamos escribir un libro.
Al tipo del club de pesca suponemos que no le pasó nada, porque sino la noticia hubiera sido recogida por la prensa. Las únicas pérdidas fueron entonces materiales, pero afortunadamente no hubo que lamentar muertos ni heridos.
Actualmente las FARC y el gobierno colombiano están negociando un proceso de paz en La Habana, que aun tiene resultado incierto, para ponerle fin a un conflicto que ya lleva 40 años.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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6 comentarios

  1. Maravillosa historia hermano, no podía esperar menos de ese par de piratas!! Un abrazo y nos vemos pronto!!

  2. Ya había leído las dos primeras partes y estaba ansiosa por el final. Me encantó como lo resolviste. Las fotos suman un montón al relato (qué lindas fotos!). Reflejas una amistad entrañable con Sergio, una historia muy intensa que no necesita ninguna exageración para impresionar y me gusta que no está planteada desde el heroísmo.

    Buenísima. Buenísima. Bueníiiisima !!
    Como estoy segura que le pasa a todos tus seguidores, quedo esperando por más…

    1. Gracias Pau! Justamente cuando terminé de escribirla sentí que el corazón del relato es la amistad que mantenemos a la distancia y hace tanto tiempo con Sergio, y en segundo lugar mi cariño hacia Colombia a la que considero una especie de segunda patria.

      Ya llegarán nuevas historias. Gracias por tus elogios exagerados!

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