Yendo con mi hija al ortodoncista

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María Eva y su preciosa sonrisa. ¿Uds. creen que esta nena precisa ortodoncia?

El viernes la llevé a M. Eva al ortodoncista. Esto que puede parecer una tarea sencilla, tuvo sus complicaciones. Ya habíamos perdido un primer turno hace un par de meses y, si bien lo dientes de mi hija se ven bastante derechitos, su odontopediatra le había recomendado un tratamiento de aproximadamente año y medio usando los brackets que todo adolescente que se precie le gustaría evitar.

No voy a entrar en los detalles que hicieron que llegáramos 40 minutos tarde al consultorio. Ni tampoco sobre el miedo que tenía que el doctor Jorge Valentini finalmente no pudiera atendernos, pues cuando pedí el turno la demora era de un mes y medio. Para mi sorpresa y alegría la sala de espera estaba despoblada de niños, e inmediatamente la secretaria nos anunció que el Doctor nos estaba esperando.

El Dr. Valentini resultó ser un hombre de unos cincuenta y cinco años, calvo, de sonrisa afable y unos bigotes algo parecidos a los de Horacio Fontova. Nos recibió cálidamente y enseguida le hizo algunos chistes a M. Eva con los cuales, por un lado, se granjeó la simpatía de mi hija y, por el otro, nos hizo olvidar a ella y a mí que unos minutos antes veníamos peleándonos a las patadas en el taxi. La charla con el Dr. Valentini fluía en paralelo a la detenida observación que él hacía de la dentadura de M. Eva. Luego de debatir sobre si es mejor hacer la fiesta de 15 o destinar ese dinero a un viaje, el ortodoncista le preguntó a qué colegio iba. Ella le contestó que al ILSE y el Dr. Valentini afirmó, rotundamente: entonces seguro que lo conocés a Blas. M. Eva se quedó mirándolo con los ojos abiertos como platos. No solo lo conocía, sino que además va a su mismo turno, año y división y, por si eso fuera poco, también es su amigo. Le contó que desde la primera vez que lo vio, cuando empezaron primer año o el curso de ingreso, Blas siempre había usado aparatos. “Ya no”, dijo un poco misterioso el Dr. Valentini, e hizo una pausa mientras M. Eva debía pensar que eso era poco menos que imposible, para luego proseguir. “Hoy Blas terminó el tratamiento. Vino hace un rato y le saqué los aparatos. Ya no los tiene que usar más”. Luego el Dr. Valentini comenzó a hablar loas de Blas. Aparentemente es el prototipo de lo que hoy se denomina un chico popular. Muy conocido en todo el colegio, simpático y divertido. Probablemente con muchos amigos en Facebook y seguidores en Twitter, un requisito hoy ineludible para descollar entre sus pares. Y, claro está, para anotarse en la puja para conquistar a las chicas del ILSE que están entre primero y tercer año.

M. Eva aprobaba todo lo que decía el Dr. Valentini. El hombre no solo conocía de dientes y brackets, sino que estaba demostrando una enorme capacidad para conquistar el corazón de mi hija. Efectivamente, como su odontopediatra suponía, M. Eva pasará alrededor del próximo año y medio de su vida con aparatos fijos en la boca. Casi todas sus amigas los tienen, así que no creo que se haga demasiado problema. Ella es un bombonazo y lo seguirá siendo con o sin brackets. También es un poco malcriada, y lo seguirá siendo con o sin brackets. Y yo un padre que a veces pierde la paciencia cuando se nos hace tarde, y lo seguiré siendo con o sin (sus) brackets. El Dr. Valentini ignora que nos ayudó a sortear un momento difícil de la relación padre – hija. Siempre hay que agradecer cuando nos cruzamos con gente simpática y divertida. Y si eso ocurre en el temido consultorio del dentista, tantísimo mejor.

Aunque tenía un estilo muy diferente, la calidez del Dr. Valentini me hizo recordar a la de Tino de la Fuente, que además de un excelente odontólogo, era el padre de mi amiga Sandra. Tino manejaba un humor ácido, pero fundamentalmente era una persona entrañable, generosa, bondadosa y con su propio maletín de historias y anécdotas. Aunque se fue hace mucho años, siempre lo recuerdo, quizás porque mi amiga tiene en sus genes el mismo humor amiguero que tan bien desplegaba Tino.

Volveremos al consultorio del Dr. Valentini para enderezar los dientes de María Eva. Y, claro está, para escuchar las nuevas historias y anécdotas que este hombre atesora entre las cuatro paredes de su consultorio.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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7 comentarios

  1. Pabli, te agradezco el recuerdo de mi viejo y el tremendo piropo que significa para mí que hayas comparado su humor con el mío.
    Ahora, hablando en serio, la sonrisa de María Eva no necesita ningún aparato y mucho menos frenillos (¿de qué traducción berreta sacaron esa palabra?).

    1. No lo sé. ¿Será puertorriqueña la traducción? Debo estar colonizado por las series norteamericanas. Debo admitir que frenillos me resulta una palabra simpática (aunque sea importada de las traducciones yanquis). A mi me gustó recordarlo en el blog.

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