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Quedan apenas unos pocos. Permanecen indemnes en los sitios que les fueron asignados, durante una época que parece lejana, pero que sin embargo es reciente. Fueron un símbolo de modernidad y progreso. Pusieron al alcance de todo el mundo, un servicio que antes solo era accesible para unos pocos. Testigos de emergencias, declaraciones de amor o finales tortuosos. De asuntos de negocios o charlas banales, fueron transformándose al calor de las innovaciones tecnológicas. Los hubo negros, grises, naranjas, amarillos y celestes. Funcionaron con monedas, cospeles y tarjetas. Utilizaron marcado a disco o por tonos. Fueron propiedad de empresas estatales y privadas. Funcionaban de vez en cuando, y generalmente no funcionaban. A menudo eran objeto de la ira de usuarios que no dudaban en golpearlos cuando la comunicación no podía establecerse, o se cortaba. Otros, directamente, los destruían o se los robaban.

Testigos del apuro por comunicar noticias importantes, cuando las monedas para prolongar el diálogo se terminaban. De los tantos “te quiero” pronunciados justo después que la conversación se cortara. Provocadores de discusiones silenciosas o a los gritos, que se producían en las colas cuando alguien estiraba la charla más de la cuenta. Los acusaron con razón de devorarse monedas y cospeles. De falta de mantenimiento. De no cumplir con los estándares mínimos de un servicio público. Fueron odiados como se odia solo a los malvados. Se fueron muriendo. Al principio de a poco, y finalmente de golpe, producto de una revolución tecnológica que los dejó sin trabajo. Los más jóvenes ni siquiera llegaron a conocerlos. Los niños les preguntan a sus padres para que sirven esos aparatos enormes que nadie utiliza. Aun resisten el paso indiferente de peatones que ya no los odian; apenas los ignoran mientras tertulian por sus minúsculos teléfonos celulares, y protestan por lo mal que funciona el 4G. Ahora el mal lo encarnan los proveedores de telefonía celular ¿Será que el odio -como también el amor- nunca desaparece? ¿Que al igual que la energía simplemente se transforma? Se venden en Mercado Libre.

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Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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10 comentarios

  1. Jaja,parece el discurso final, RIP. Me hicistes recordar cuando era muyy chico y hacia las colas en Mar del PLata para comunicarme con mi viejo que estaba en Buenos Aires via “cable coaxil”, horas en la cola esperando poder hablar, y nos parecia cosa e’mandinga!

      1. Cuando empecé a leer este texto, pensé justo en lo que pensó Cristobal ! Hora y media de cola promedio para hablar a Buenos Aires en las cabinas de Mar del Plata !! Y ese olor espantoso y caliente cuando tocaba el turno. Una antigüedad que parece tan lejana como el portador de modernidad “Logos” que nos enseñaban en la escuela !

      2. Todo tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Yo lo que añoro de los teléfonos públicos es espiar las conversaciones ajenas. Me quedan los medios de transporte público. Pero no suelen ser tan interesantes cómo aquellas.

  2. y algunas veces, te tocaba la suerte que alguno estaba como “liberado” y hablabas horas sin gastar nada!!!! se armaban unas colas larguísimas porque los que se daban cuenta no se lo querían perder!!!! Ni hablar si era una comunicación al extranjero y gratis!!!! cuadras de cola!!!! jajajaja . Muy buen relato Pablo!!!

    1. Siiii. Es verdad! Y eso parece que sucedía exclusivamente por estos parajes subdesarrollados. Hay una escena de la películs “Sur”, de la época en que Pino Solanas era director de cine, en la cual los sudamericanos se pasaban el dato de los teléfonos que estaban pinchados en Parés (si mal no recuerdo). Y las colas para hablar también eran tremendas.

  3. No te olvides que en una época decían que les colocaban agujas infectadas para que te pincharas y para algo fundamental colgar papelitos de todo tipo especialmente para sexo. Son una antigüedad que todavía cumplen alguna funció. Vic

    1. La de las agujas infectadas no la tenía. Creo que la mejor función que cumplen es mostrar el vértigo de los cambios. Aunque nadie los usa no me gustaría que los sacaran. Y en Mercado Libre deben salir una fortuna!

  4. Pablito querido… Me mandaste de viaje! 40 años al pasado!
    Si plasmásemos aquí nuestras vivencias con estos aparatos, solamente quienes posteamos en este blog, necesitarías unos cuantos gigas más de memoria…

    1. Querido Sergio: vamos a seguir. Me viene a la memoria un Wincofon que te tiene como coprotagonista de la historia. Ya llegará el momento de contarla. Me gustaría recordar los teléfonos públicos de Villa del Parque. Pero era tan chico que claro, nunca los usé. Abrazo.

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