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Hubo una época en que cada vez recibía menos cartas, hasta que dejaron de venir. Internet comenzaba a revolucionar la forma de comunicarnos y su primer producto estrella fue el email, que llegaba de manera casi instantánea y no se perdía casi nunca. Sobrevivieron durante un tiempo las postales, porque a la gente le gusta mandar y recibir recuerdos y pegarlos con imanes en la heladera

Cuando aparecieron los celulares uno les daba el número solo a las personas más cercanas. Rara vez a contactos laborales, mientras que ahora lo entregas con la misma generosidad y despreocupación que los verduleros al perejil en los tiempos que era gratis. En cambio, dar el teléfono de línea en el presente constituye casi un acto de amor o compasión. Las raras veces que suena sabés que puede tratarse de tu novio o novia, de algún amigo muy cercano y, casi siempre, de tu mamá. Por eso los adolescentes jamás lo atienden.

Cuando apareció el SMS quedamos fascinados. Tanto que comenzaron a escasear las llamadas móviles y fueron reemplazadas por esas pequeñas líneas atiborradas de Okeys, te quiero, llego en cinco, estoy en una reunión, jajeos y otras máximas literarias. Con los SMS también llegaron los primeros emoticones, tan bizarros como ahora, solo que ya nos acostumbramos. Ahora sirven para representar estados de ánimos, del tiempo y casi cualquier emoción o acontecimiento del reino animal, vegetal o mineral. Ayudan mucho, creo yo, a que la gente escriba cada vez peor. ¿Se imaginan la obra de Cervantes o Borges traducida en base a emoticones y jajeos?

Se colaron en nuestras conversaciones otros medios como el messenger de Facebook y los DM de Twitter, con sus sofisticados 140 caracteres. Las conversaciones comenzaron a ser cada vez más públicas y menos privadas. Empezaron a etiquetarnos y a arrobarnos, y así muchos diálogos comenzaron a salpicarse con las opiniones de terceros, mientras que otros solo miran y cultivan un voyerismo de bajo perfil.

Hasta que de la mano de los smartphones hicieron su irrupción triunfal el whatsapp y los SMS, pobrecitos, fueron relegados al uso de los Nokia 1100 y otros aparatos que parecen reliquias del pasado. La cresta de la ola se alcanzó con la llegada de los grupos whatsapianos, que al menos vinieron con un botón salvador para silenciarlos por ocho horas, un mes o un año. La cosa se sofisticó aun más con los mensajes de voz, que al menos convierten los jajeos en risas verdaderas. Supongo que deben estar provocando una cantidad indecible de accidentes. Hay por un lado muchos “besos por celular”, como dice la canción de Divididos, y gente enamoradiza que por mandarlos se choca en la calle o es atropellada cruzando las esquinas, mientras envían sus muacs post mortem.

De pronto voy cayendo en la cuenta que, sacando los laborales, ya casi no me llegan emails. Y ni hablar si dejamos a un lado las ofertas de Groupon, las promociones de Josefina de Restorando y las tentadoras invitaciones a cines y teatros donde van dos y paga solo uno.

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Ya no sé qué es lo próximo que quedará sepultado por la incesante innovación tecnológica. Como a esta altura debo estar llegando a viejo, solo pido que no me hagan recordar más contraseñas ni nombres de usuario. Bueno. Antes las recordaba. Ahora las anoto.

Como dice la maravillosa canción de Leo Masliah, en algún lugar siempre vamos a poder expresar lo que sentimos. Aunque sea en “Biromes y servilletas”, como lo siguen haciendo los poetas montevideanos.

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Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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1 comentario

  1. Muy cierto, pero como no uso esos medios salvo SMS y alguna que otra llamada por celular, no me siento tan nostálgica, será porque sigo viendo a mis amigas personalmente o porque tampoco nunca fui de usar mucho el te de linea, besos. Vic

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