Amigas íntimas

Amigas íntimas

“A mí también me daba cosa. Tenía los mismos prejuicios y miedos que vos. Pero a las dos semanas lo conocí a Eduardo y al poco tiempo me cambió la vida.” Cada tanto Roxana insistía con este y otros argumentos similares, intentando vencer la resistencia de su amiga Fiona a conocer hombres a través de las nuevas aplicaciones móviles. “Vos y yo tampoco somos tan distintas, ¿no? Somos amigas hace mil años, disfrutamos con la misma música, lloramos con las mismas películas y hasta nos gusta la misma pilcha. Por suerte en materia de tipos nada que ver, porque eso hubiera sido un problema.” “Problemón”, le dijo Fiona que sabía de las buenas intenciones de su amiga.

“Yo lo que te digo es que a mí me fue bien. Después de todo qué perdés con probar. Yo sé que te da cosa que te vea la familia, tus amigos, los compañeros de trabajo, el encargado del edificio o tu ex. Pero sabés qué. En realidad a nadie le importa lo que hacemos minas como vos y yo. Cada uno está en su mundo mirándose el ombligo. Tenés que aceptar que estás sola y que te gustaría conocer a alguien. Tampoco es sinónimo de estar en oferta o en liquidación por final de temporada.” Esta última frase le arrancó una sonrisa a Fiona y entonces cedió: “Bueno, dale. Voy a probar unos días. Pero si no me gusta no me insistís más, ¿hecho?”

Sin perder un segundo Roxana estiró el brazo reclamando el celular de Fiona. Le bajó en quince segundos la denominada app más caliente del momento, y un rato después entre ambas se pusieron a seleccionar las cinco fotografías que como máximo podían adosarse al perfil. Roxana blandía su experiencia y le recomendaba poner fotos recientes, no salir con anteojos oscuros “porque parece que querés ocultar algo y vos además tenés esos ojos preciosos”, que en las fotos apareciera solo ella (nada de familiares, amigas o mascotas), y que era una grasada exhibir las fotos del último viaje a Europa, al monte Kilimanyaro o a la Muralla China. Al final hicieron un mix: en las dos primeras se apreciaba muy bien la cara, en las dos siguientes estaba vestida de cuerpo entero y, en la última –que Fiona no quería poner por nada del mundo-, se la veía en la playa con una bikini pequeña. Pero Roxana impuso su autoridad con un argumento contundente. “Nena mirá si vas a privarte de mostrar el lomazo que tenés a los cuarenta después de haber tenido dos críos. Esa foto no se discute.”

Seleccionadas las fotos, Roxana le dijo que ahora solo faltaba agregar un texto para completar el perfil. “¿Es necesario?”, le preguntó Fiona con cara resignada y echando al final de la frase un resoplido tan fuerte que los cachetes le quedaron desairados. “Mirá, no es obligatorio poner algo, pero me parece que está bueno al menos aclarar lo que no querés. Por ejemplo, que no te interesa conocer a alguien solo para ir a la cama”, sugirió Roxana. Fiona se la quedó mirando con un aire entre divertido y burlón, y le dijo: “¿Y vos qué sabés? Digamos que a esta altura un chongo que me ayude a terminar con la peor sequía de mi vida no me vendría nada mal.” Ambas rieron por un buen rato y dieron por concluido el armado del perfil.

Mientras Roxana le devolvía el celular a Fiona y se aprestaba a preparar café para las dos, le dijo: “Listo. Ya podés empezar”. Mientras el agua se calentaba Roxana se sentó junto a su amiga y entre ambas comenzaron a observar el desfile virtual de candidatos que aparecían en la pantalla táctil. En casi todos los casos estaban de acuerdo. La gran mayoría eran bochados inmediatamente, en segundo lugar estaban los que calificaban como “dudosos”, mientras que unos pocos tenían el privilegio de conseguir la venia de ambas. Solo en un par de casos no se pusieron de acuerdo: a uno al final le terminaron dando el beneficio de la duda; al otro no.

“Voy al baño”, dijo Roxana luego de más de media hora de selección de ejemplares masculinos. “Pero vos seguí, ¿eh?” Fiona dudó un instante, pero como sintió que ya estaba canchera, continuó. Justo el siguiente le pareció buen mozo e interesante. No lo pensó demasiado y marcó corazón. Inmediatamente el programa le mandó un mensaje que anunciaba la coincidencia y, al toque, el candidato, Horacio, abrió el chat diciendo: “Que bueno que vos también me elegiste. Encontrar una chica así es más difícil que hallar una aguja en un pajar.” La charla rápidamente tomó ritmo. Los dos hacían gala de un sentido del humor agudo y de reflejos rapidísimos para contestar. El chat fue virando a una suerte de esgrima verbal y Fiona sintió que se estaba divirtiendo. Con un gritó Roxana le avisó desde el baño que ya salía, y Fiona, también gritando, le contestó: “Estoy chateando con un tipo. ¡No lo puedo creer!” Por toda respuesta Roxana pegó un alarido casi lírico, que fue seguido de un “¡Ya voy!”

En su regreso triunfal al living, Roxana no podía parar de sonreír. “Boluda al final sos más rápida que yo.” “Pará, paraaaa. Recién hablé cinco minutos, celestina digital.” “No me importa. ¡Mostrámelo YA!” Entonces Fiona estiró el brazo para pasarle el celular a Roxana, y vio como la cara de su amiga se desfiguraba. “¿Qué te pasa?”, le preguntó Fiona. “Este tipo no se llama Horacio, Ro. Es Eduardo, el hijo de puta con el que se supone que salgo hace dos meses.”

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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