Hace bastantes años, tuve una desgracia con suerte. Había ido a correr y, al regresar a casa, puse la ropa a lavar, incluyendo la que había usado hacía un rato. Quise que quedase bien limpia, así que seleccioné un programa de lavado prolongado.

Luego de bañarme, desayunar por segunda vez y leer el diario del domingo, escuché los últimos estertores del centrifugado, que indicaban que la tarea del lavarropas concluido.

Puse la ropa limpia en la palangana, y comencé a colgarla en el tender. Al llegar el turno del pantalón de running, lo noté ligeramente pesado. Hurgué y mis dedos se toparon con algo duro y metálico en el bolsillo. Abrí el cierre y con una desazón profunda mezclada con una sucesión interminable de auto reproches, descubrí que mi iPod nano había sido sometido a setenta y cinco minutos de frenéticas sacudidas subacuáticas. Debo reconocer que su superficie metálica estaba más brillante que nunca por la acción combinada del detergente y el suavizante. Lo malo es que su pantalla LCD estaba cubierta hasta el tope con agua. Me sentí muy mal, no solo por la pérdida de un objeto en aquel momento valioso, sino porque además era un regalo especial que me había hecho hacía muy poco tiempo alguien también especial. Resignado, dejé el Nano apoyado sobre un televisor e intenté sin demasiada fortuna olvidar el incidente.

Aproximadamente un mes después del incidente, me topé con el Nano que seguía depositado sobre el techo del televisor. Advertí que ya no había ningún resto visible de agua en el visor. Así que, perdido por perdido, le conecté el cable del cargador y lo enchufé al toma corriente. A los pocos segundos me indicó que estaba cargando la batería. Mi asombro fue mayor al comprobar que respondía a la orden de encendido, y el momento apoteótico llegó cuando le conecté los auriculares, y la música se oyó tan nítida como antes del lavado. Todos las canciones estaban limpitas y almidonadas, y seguían intactas en sus modestos cuatro gigabytes.

Recuperar un objeto que para mí era valioso y ya había dado por perdido, me produjo una enorme alegría, y un sentimiento de profundo agradecimiento hacia Apple y Steve Jobs.

Tanto que pensé entonces escribir una carta a la compañía contando el percance que había sufrido, el final feliz de la historia y mi reconocimiento a la calidad de los productos de la empresa de la manzana mordida. Al rato la idea me pareció una tontería: esa carta no la leería nadie.

Unos días después me di cuenta de que no importaba tanto que alguien la leyese: yo tenía ganas de escribirla y me sacaría el gusto.

Así que entré en la página de Apple y encontré, luego de hurgar bastante, una dirección de correo de atención al cliente. Les relaté con bastante detalle lo que me había ocurrido, les agradecí enfáticamente y me olvidé del asunto.

Dos semanas después, contra toda expectativa, me llegó una respuesta que decía más o menos lo siguiente:

“Estimado Sr. Perelman: muchas gracias por compartir su experiencia con Apple. Nos han interesado particularmente los hechos que usted relata. Si le parece bien nos gustaría comunicarnos en breve para invitarlo a participar de nuestro programa «Experiencias únicas.»

Si ya que me hubiesen respondido me había sorprendido, mucho más me llamó la atención que me invitaran a participar de un programa. No tenía la más remota idea de que podía tratarse. Pensé, incluso, que quizás fuera una respuesta automática. De todas maneras, por supuesto les contesté que sí.

Unos días después llegó un nuevo correo. Esta vez la información era clara y precisa. Me decían que Apple estaba seleccionando en todo el mundo a diez clientes que hubieran tenido “experiencias únicas” con los diversos productos fabricados por la marca. En Latinoamérica todavía no tenían a nadie seleccionado, y me proponían la posibilidad de que esa persona fuera yo. Para eso necesitaban, siempre y cuando yo estuviera interesado, conocer con detalle quién era yo, a qué me dedicaba, cuáles eran mis hobbies, etc. Para ello me adjuntaban un formulario muy detallado, que debía llenar. Por último me decian que en breve volvería a tener novedades de ellos.

Llené el formulario y se los envié. Ahora la intriga y mi ansiedad sobre el programa de «Eperiencias únicas» eran mayúsculas. Por suerte, en apenas tres días, la propuesta llegó.

Me proponían incorporarme al programa “Experiencias Únicas Apple en primera persona”. Lo único que tenía que hacer era firmar un contrato de confidencialidad con la empresa, en el que me comprometía a mantener en absoluto silencio mi participación en el programa. A cambio, Apple me proveería, como al resto de los participantes, de todos los nuevos productos que la empresa lanzara en adelante al mercado. En el momento en que la empresa lo decidiera, ellos utilizarían nuestras «experiencias únicas» en una campaña publicitaria a nivel global.

Para poner en contexto el momento en el que me incorporé al programa, Apple estaba lanzando la primera versión del iPhone. De hecho, yo fui uno de los primeros argentinos que tuvo uno de ellos en mis manos. Recuerdo que lo blandía orgulloso, aunque también con cierto pudor. Yo nunca había sido demasiado afecto a la tecnología, razón por la cual mis parientes y amigos estaban sorprendidos que me hubiera embarcado en un gasto que, tiempo atrás, hubiera considerado innecesario y ostentoso.

Y así como recibí el iPhone, comenzaron a llegarme las cada vez más extrachatas y refinadas notebooks, las Mac de escritorio, el Apple TV, el iPod touch, las distintas versiones del iPad, auriculares, el iWatch; en fin, la lista completa se hace difícil de abarcar. Pero lo más tremendo y, en cierta manera, embarazoso, era disponer, casi inmediatamente en el momento que salía en Estados Unidos, de las nuevas versiones de los iPhones

Mi gente más cercana estaba confundida. Para algunos, yo solamente era un fanático al cual debía respetársele su nuevo hobbie. Mientras que, para otros, me había convertido en un sujeto frívolo que derrochaba su dinero en nimiedades.

Yo cada vez detestaba más la situación en la que me había metido, porque, encima, tenía que soportar que la gente permanentemente me pidiera consejos sobre si valía o no la pena pasarse al último modelo de iPhone, cómo era preferible configurar el teléfono, a cuál servicio técnico recurrir, y otras indagaciones que yo intentaba sortear de la mejor manera que podía.

Pero los mayores problemas los tenía en mi casa. Mi mujer había comenzado a cuestionar de manera al comienzo timorata mi devoción por el mundo Apple. Luego comenzó a hacer comentarios incisivos sobre la cantidad de dinero que podríamos utilizar con mejor destino: viajes postergados, cambiar los muebles, pintar la casa, renovar el vestuario. Como yo no detenía mi comportamiento consumista, al final me dijo que tenía que consultar sí o sí a un psiquiatra; que así no podíamos continuar. Y que ella, antes de que nuestra casa se transformara en un “Museo de Apple”, prefería que cada uno siguiera por su lado.

Me sentía atrapado entre la espada y la pared. O sacrificaba mi matrimonio, o me arriesgaba a las acciones legales que emprendería la empresa por violar el acuerdo de confidencialidad. Es cierto que la situación era ridícula. De ninguna manera creía que Apple hubiese puesto micrófonos ocultos en mi casa o interferido en mis comunicaciones. Era una estupidez no haberle dicho desde el primer día a ella en qué me había metido. Quizás solo decidí callar por emoción. Mantener en secreto el programa de «experiencias únicas» era para mí una fuente inagotable de adrenalina. Me sentía una especie de agente secreto de la tecnología. Quizás le encontraba un placer a mentir. Pero, cualquiera fuese la razón, lo cierto es que decir la verdad era reconocer que antes la había falseado. Sabía que ella, además de considerarme un mentiroso, probablemente también pensaría que mis facultades mentales estaban alteradas. Y lo peor quizás tendría razón.

En esa disyuntiva dramática estaba, cuando me llegó un mail de Apple en el que me la empresa me informaba que había decidido discontinuar el programa, que no realizarían la campaña global de experiencias únicas, que me agradecían por haber colaborado con ellos durante esos años, y que quedaba liberado del acuerdo de confidencialidad.

Lo primero que hice, luego de confesarle a mi mujer la verdad, y de suspender —con cierta resistencia de ella—la entrevista con el psiquiatra, fue comprarme un celular con sistema operativo Android e ir regalando de a poco casi todos los dispositivos Apple que había acumulado en esos años. Mi vida comenzaba, finalmente, a volver a la normalidad. Recién cuando pasó un buen tiempo, y mis conocidos vieron que había escapado de la locura Apple, fui contando la verdad de la historia.

Nota final: la historia del iPod Nano que fue a parar al lavarropas y su resucitación es absolutamente verídica.

El programa de “Experiencias únicas de Apple en primera persona” y todos los trastornos ocasionados a posteriori, una invención para festejar el Día del Inocente.

28 de diciembre.

¡QUE LA INOCENCIA TE VALGA!

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