Una experiencia única

Hace varios años conté en este blog cómo mi iPod Nano había sobrevivido a una hora y media de lavado, enjuague y centrifugado en el lavarropas. En síntesis, luego de un tiempo estaba funcionando como si esa zambullida en agua con detergente Ariel y suavizante Vívere jamás hubiera ocurrido. Para los que no han leído la historia, pueden hacerlo aquí. https://pabloperelman.wordpress.com/2015/04/04/correr-escuchando-musica-puede-ser-muy-peligroso-larga-vida-al-ipod-nano-distracciones-y-torpezas-iii/ No obstante, si así lo prefieren, luego de esta introducción pueden optar por saltear la lectura.

Lo cierto es que luego de recuperar un objeto que para mí era valioso y ya había dado por perdido, me desbordaba una mezcla de alegría y agradecimiento hacia Apple y Steve Jobs.

Tanto que pensé escribir una carta a la compañía contando el percance que había sufrido, el final feliz de la historia y mi reconocimiento a la calidad de los productos de la empresa de la manzana mordida. Al rato la idea me pareció una tontería: mi carta en el mejor de los casos no la leería nadie; en el peor, iría a parar sin escala al buzón del spam.

Finalmente igual decidí escribirla, aunque más no sea para compartir cómo había resistido la muerte por ahogo mi pequeño reproductor de música.

Así que entré en la página de Apple y encontré, luego de hurgar bastante, una dirección de correo de atención al cliente. Y, con mi rudimentario inglés, y ayudado por el translator de Google, me las ingenié para relatar la historia con cierto detalle.

Pasaron varios días y yo olvidé ese e-mail. Desde ya que nunca había tenido la más mínima expectativa de que me contestaran.

Pero alrededor de las dos semanas llegó una respuesta que decía, traducida al castellano, más o menos lo siguiente:

“Estimado Sr. Perelman: muchas gracias por compartir su experiencia con Apple. Nos han interesado particularmente los hechos que Ud. relata. Si le parece bien nos gustaría comunicarnos en breve para invitarlo a participar de nuestro programa “Experiencias Apple en primera persona.”

Si ya estaba sorprendido por la llegada de una repuesta, se imaginan el impacto que me provocó la invitación a ese programa. No tenía la más mínima idea de lo que me estaban hablando, pero por supuesto les dije que contaran conmigo.

Unos días después llegó un nuevo correo. Esta vez la información era clara y precisa. Apple estaba seleccionando en todo el mundo a diez clientes que hubieran tenido “experiencias únicas” con los diversos productos fabricados por la marca. En Latinoamérica no tenían a nadie seleccionado, y me proponian que esa persona fuera yo. Para eso necesitaban, siempre y cuando yo estuviera interesado, conocer mis datos personales, saber quién era, a qué me dedicaba, cuáles eran mis hobbies, etc. Para lo cual debía llenar el formulario que me adjuntaban. En poco tiempo volvería a tener novedades de ellos.

Así lo hice. Por supuesto ahora la intriga y la ansiedad iban creciendo, pero apenas tres días después la propuesta llegó. Me planteaban incorporarme al programa “Experiencias Apple en primera persona”. Lo único que tenía que hacer era firmar un contrato de confidencialidad con la empresa, en el que me comprometía a mantener en absoluto silencio mi participación. A cambio, Apple me proveería, como al resto de los participantes del programa, de todos los nuevos productos que la empresa lanzara al mercado. Llegado el momento, ellos utilizarían nuestras “experiencias únicas” en una campaña publicitaria a nivel global.

Por esa época, Apple estaba lanzando el primer iPhone, y yo fui uno de los primeros argentinos que tuvo uno de ellos en mis manos. Recuerdo que lo blandía orgulloso, aunque también con cierto pudor. Yo no era demasiado afecto a la tecnología, razón por la cual mis parientes y amigos estaban sorprendidos que me hubiera embarcado en un gasto que, tiempo atrás, hubiera considerado innecesario y ostentoso.

Y así como llegó el iPhone, comenzaron a llegarme las cada vez más extrachatas y refinadas notebooks, las Mac de escritorio, el Apple TV, el iPod touch, las distintas versiones del iPad, sofisticados auriculares, el iWatch; en fin, la lista completa se hace difícil de abarcar. Pero lo más tremendo y, en cierta manera, embarazoso, era disponer casi inmediatamente de las nuevas versiones de los iPhones, como así también de las distintas actualizaciones de todos los productos Apple.

Mi gente cercana estaba confundida. Para algunos, yo solamente era un fanático al cual debía respetársele su hobbie. Mientras que, para otros, me había convertido en un sujeto frívolo que derrochaba en nimiedades su dinero.

Yo que cada vez detestaba más la situación en la que me había metido, tenía que soportar que la gente permanentemente me pidiera consejos sobre si valía la pena pasar al último modelo de iPhone, cómo era preferible configurar el teléfono, a cuál servicio técnico recurrir, y otras indagaciones que yo intentaba sortear de la mejor manera que podía.

Pero los mayores problemas los tenía en mi casa. Mi mujer había comenzado cuestionando de manera timorata mi devoción por el mundo Apple. Luego comenzó a hacer comentarios incisivos sobre la cantidad de dinero que podríamos utilizar con mejor destino: viajes postergados, compra de muebles, pintar la casa. Finalmente, como yo no detenía mi comportamiento consumista, me dijo que tenía que consultar si o si a un psiquiatra; que así no podíamos continuar. Y que ella, antes de que nuestra casa se trasnformara en un “Museo Apple”, prefería que cada uno siguiera por su lado.

Estaba atrapado entre la espada y la pared. O sacrificaba mi matrimonio, o me arriesgaba a las acciones legales que emprendería la empresa por violar el acuerdo de confidencialidad.

En ese devaneo estaba, cuando me llegó un mail de Apple en el que me informaban que habían decidido discontinuar el programa, que no realizarían la campaña global de experiencias únicas, que me agradecían por haber colaborado con ellos durante esos años y que, por supuesto, quedaba liberado del acuerdo de confidencialidad.

Lo primero que hice luego de hablar con mi mujer y de suspender la entrevista con el psiquiatra, fue comprarme un celular con sistema operativo Android y regalar casi todos los dispositivos Apple que había acumulado en esos años. Mi vida comenzaba, finalmente, a volver a la normalidad.

El mundo está lleno de tentaciones. Algunas parecen imposibles de rechazar. Y, a menudo, nos deslumbramos por cosas superfluas, y nos olvidamos de aquello que es esencial. Así que me tomo el atrevimiento de darles un humilde consejo. Hablen más cara a cara con sus seres queridos, y no cambien tan seguido de teléfono.

Nota final: la historia del iPod Nano que fue a parar al lavarropas es absolutamente real.

El mail enviado a Apple, el programa de “Experiencias Apple en primera persona” y todos los trastornos ocasionados por el mismo, son tan solo producto de mi imaginación.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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