La espera

Hasta el momento utilicé este blog para publicar solo las cosas que escribo. Como sabrán quienes lo han seguido a lo largo de estos años – con sus lagunas y discontinuidades -, este no es un blog temático, sino apenas un espacio en el cual comparto aquello que me gusta escribir.

Pero en esta oportunidad, quizás como excepción, quiero dar a conocer un texto de Roland Barthes, que pertenece a su libro Fragmentos de un discurso amoroso. Barthes fue un filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés nacido en 1915, y que falleció prematuramente a la edad de 65 años a causa de un accidente automovilístico.

Si bien Barthes fue un escritor prolífico, debo confesar que apenas leí una parte de su vasta obra, mucha de la cual fue publicada con posterioridad a su muerte. Sin embargo, Fragmentos de un discurso amoroso es un libro que leí y releí varias veces; en algunos casos en forma completa, en otros de manera parcial. También es un libro que regalé en numerosas oportunidades. Y que presté repetidas veces, y no siempre me devolvieron. A propósito, hay ladrones de libros que se defienden aduciendo distracciones u olvidos, cuando en verdad esconden los ejemplares hurtados en los anaqueles menos visibles de sus bibliotecas. Es gente que está dispuesta incluso a perder una amistad antes de devolver los libros prestados. Tengan cuidado con esas personas. También han sido ladrones de discos de vinilo, luego de CDs y DVDs, han intentado con el revival de los vinilos volver a las andadas, y si fuera posible tampoco dudarían en robarse el abono de Spotify. Estos hurtos me obligaron a reponer el libro dos o tres veces. Así que, en resumidas cuentas, debo haber comprado Los fragmentos al menos una decena de veces.

Una de las características de este libro es que puede leerse de manera incompleta y desordenada. El orden de los fragmentos es meramente alfabético; es decir, carece de una estructura en la cual hay un principio, un desarrollo y un final.

¿Pero de qué trata el libro? Lo primero que señala Barthes en el prólogo, es que el discurso amoroso “es hoy de una extrema soledad”. Y que si bien es un discurso pronunciado por millones de personas, el lenguaje en el que se encarna está actualmente depreciado, ignorado y a la deriva. Por lo tanto, la razón que impulsó al autor a escribir este libro fue recuperar el discurso amoroso, que no es otra cosa que la voz audible o pensante del sujeto enamorado.

Para rescatar ese discurso, Barthes se nutre de distintas fuentes. Quizás la principal es el Werther de Goethe, personaje literario que refleja como pocos la voz padeciente del enamorado no correspondido. Pero para componer al “sujeto amoroso”, el autor también utiliza lecturas como El Banquete de Platón, el Zen, algo de la obra de Nietzsche y de la teoría psicoanalítica. Y, finalmente, recoge las experiencias provenientes de las conversaciones con sus amigos y de sus propias vivencias personales.

El fragmento que comparto, La espera, es apenas uno de los setenta y nueve que integran el libro, y de los que más me gusta y más he releído.

A todos nos toca, más o menos frecuentemente, esperar a otra persona o desear recibir noticias de ella. Lo que hace Barthes es imaginar las formas, los vaivenes y los padecimientos del enamorado que espera. Como los Fragmentos es una obra publicada en 1977, huelga aclarar que en dicha época no existían internet, ni los emails, ni las redes sociales, ni los teléfonos celulares comunes ni inteligentes. Sin embargo, es fácil imaginar como las distintas formas en las que se manifiesta la espera, podrían incluso agravarse con la incorporación de dichas innovaciones tecnológicas, toda vez que a mayor cantidad de vías de comunicación posibles, más acuciante, angustioso y desesperado puede volverse el acto de esperar.

Por último, quiénes estén interesados en la lectura de una parte o del resto del libro, pueden comprarlo en las librerías (desconozco si está disponible o agotado), o bajarlo desde aquí.

http://mastor.cl/blog/wp-content/uploads/2015/08/BARTHES-R.-Fragmentos-de-un-discurso-amoroso.-396.pdf

La espera – Fragmentos de un discurso amoroso

por Roland Barthes

ESPERA. Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas).

Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.

Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro.

El decorado representa el interior de un café; tenemos cita y espero. En el Prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el Prólogo concluye con una acción súbita: decido “preocuparme”, desencadeno la angustia de la espera. Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Hablar por teléfono? ¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc. El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: “Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente…”, “Él (ella) sabe muy bien que…” ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí, para que le pudiera reprochar no estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la del abandono; acabo de pasar en un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto: explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay “escena”; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas.

(La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café, miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos, no esperan.)

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato); sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, “lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él”: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio. Todavía el teléfono: a cada repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado quien me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo más y “reconozco” su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida. Y mucho tiempo después que la relación amorosa se ha apaciguado conservo el hábito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno, creo reconocer la voz que amaba: soy un mutilado al que continúa doliéndole la pierna amputada.

“¿Estoy enamorado? -Sí, porque espero.” El otro, él, no espera A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.

(En la transferencia, se espera siempre -en lo del médico, el profesor, el analista. Más aún: si espero frente a la ventanilla de un banco, en la partida de un avión, establezco enseguida un vínculo agresivo con el empleado, con la azafata, cuya indiferencia descubre e irrita mi sujeción; de modo que se puede decir que, en dondequiera que haya espera, hay transferencia: dependo de una presencia que se divide y pone tiempo a su darse; como si se tratase de hacer decaer mi deseo, de agotar mi necesidad. Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad”.)

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana.” Pero, en la nonagesimonovena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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14 comentarios

  1. Lovely! Es uno de mis libros preferidos. Genial tu manera de contarlo, como siempre. “La espera” es un texto que me conmueve. Gracias!

  2. Bueno, mañana me pongo en campaña de buscar ese libro acá! Qué forma de sentirse uno identificado en ese relato de “La espera”… Abrazo

  3. Excelente…. siempre estamos esperando algo! Perfecto relato de estos sentimientos. Gracias Pablo. Un abrazo!!!!

  4. Gracias Pablo por mostrarme a Barthes, tan cercano a uno mismo…. y por tus comentarios con esa mirada del humor inteligente.

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