No se asusten. No anulen la suscripción al blog. No me denuncien por utilización de lenguaje soez e inapropiado. Y si quieren saber el porqué del título, sigan leyendo. Se encontrarán con una historia de intriga y misterio, de esas que para ser resueltas requieren de la participación de avezados detectives.

Todo empezó así. Hace alrededor de un año, al salir de la ducha, saqué del placard un jean al azar para vestirme. Pero cuando estaba por ponérmelo, advertí que en la zona alta de la entrepierna, la tela estaba rota. Era una abertura de unos cuatro o cinco centímetros, que se parecía a la de los jeans que se venden previamente desgarrados. Pero el mío no era para nada cool; la abertura no estaba a la altura de las rodillas o de los cuadriceps, sino en la parte baja de la cola. El pantalón no simulaba estar roto; estaba roto.

El vaquero en cuestión ya tenía sus años. Estaba como se suele decir bastante baqueteado y amortizado. Así que no me hice demasiado problema: lo metí en una bolsa donde guardo ropa para regalar, y saqué otro jean para reemplazar al que había sido dado de baja.

Un tiempo después la escena se repitió. Otro jean exhibía prácticamente el mismo daño que el anterior. Este último, además, no tenía siquiera dos años de antigüedad. Me estaba abandonando prematuramente, como si se hubiera contagiado del mismo mal que el pantalón anterior. La rotura consecutiva y separada por escasas semanas de ambos jeans, me preocupó. Por un lado, no me gustaba nada estar sacrificando pantalones, pero además la intriga empezaba a incomodarme.

Un mes después la historia volvió a repetirse. Similar desgarro; mismo lugar. Y ahora se trataba de un jean que tenía menos de un año y era uno de mis preferidos. A esa altura, Gladys, la señora que trabaja en mi casa, me sugirió arreglarme los pantalones con “zurcido invisible”. Me pareció una buena idea. Si bien invisibles invisibles no quedaron, tampoco estaban mal. No daba para llevarlos a fiestas, reuniones sociales o al trabajo, pero algún uso les podía dar.

No mucho tiempo después sucedió lo mismo con un cuarto y un quinto jean. Definitivamente ahora el asunto se había transformado en una pesadilla, y un acertijo al que no le encontraba ni siquiera una pista. ¿Por qué en los años de vida que llevo jamás un pantalón se me había roto en ese lugar? ¿Qué pasaría dentro del placard de mi habitación cuando estaba fuera de mi casa o durmiendo? ¿Estaría invadido por algún tipo de alimaña que se alimenta de tela de jean y, más curioso aun, solo le interesa comerse la parte de la entrepierna?

Dadas las circunstancia, tuve que comprarme dos pares de jeans nuevos. Además de observar como me calzaban, si me gustaba el color o el tiro, me fijaba el grosor y la consistencia de la tela en la “zona de riesgo”. Le hice un par de preguntas al vendedor sobre la resistencia de esos pantalones que, a juzgar por su cara, consideró ridículas. Y cuando ya lo estaba aburriendo con mi inquisitoria, sugirió que tal vez me convenía comprar pantalones en una tienda de ropa de trabajo.

Ahora mi placard estaba habitado por dos pares de jeans recién estrenados, y varios ejemplares remendados que parecían salidos de un hospital de indumentaria con heridas de guerra.

Como tenía mis jeans nuevos, por un tiempo olvidé el misterio de los agujeros que, obstinadamente, se alojaban en la parte trasera de los vaqueros. No obstante, a las nuevas adquisiciones, las sometí a un monitoreo periódico para evitarme sorpresas. Y me tranquilicé cuando luego de varios usos y lavados no aparecieron señales de alarma.

No obstante, la presencia en el placard de los jeans dañados me impedía sacar el tema de mi cabeza. La rotura sistemática de vaqueros de distintas marcas y características en el mismo lugar, de ninguna manera podía tratarse de una casualidad.

Y hace unos días finalmente el misterio se develó. Extraño fue que no hubiera utilizado ese recurso mucho antes. ¿Cómo viviendo en la era de internet nunca se me había ocurrido googlear “jean+roto+entrepierna”? En centésimas de segundo el algoritmo me arrojó una cantidad enorme de resultados. El primero de la lista era “Respuestas Yahoo”. Y hacia allí dirigí el mouse. Me encontré con un foro de ciclistas urbanos, que compartían la misma desgracia que había sufrido yo. Ellos estaban en una fase más avanzada: ya no buscaban respuesta a la causa de la rotura -que no era otra que el roce permanente del pantalón contra el asiento de la bici-, sino que intercambiaban posibles métodos para solucionar el problema.

Ahora todo encajaba y tenía sentido. Hacía tiempo que había comenzado a utilizar la bicicleta para ir a trabajar. En ese momento todas me parecieron ventajas: tardaba en llegar unos diez minutos menos, hacía un ejercicio que se complementaba muy bien con el entrenamiento de running, me encantaba avanzar por la ciclovía mientras los autos iban a paso de hombre o directamente quedaban atascados en los siempre presentes embotellamientos, y el paseo matutino y vespertino sobre dos ruedas me ponía de buen humor.

Los del foro estaban que trinaban. Uno decía que utilizaba la bici para ahorrarse el costo del transporte público, y que con la cantidad de jeans que había roto hubiera podido cargar la SUBE hasta 2025. Algunos sugerían opciones estrafalarias para evitar las roturas: poner encima de los pantalones de vestir unas calzas acolchadas de bicicleta y sacarlas al llegar al trabajo; otro proponía ir con ropa deportiva y cambiarse al llegar a la oficina; otro colocar pitucones en el trasero; y un cuarto hablaba maravillas de una tela fabricada específicamente para evitar las roturas, solo que no aclaraba que ese invento no se vendía en Argentina, y que ni siquiera había posibilidad de comprarla por internet y solicitar el envío.

Mis últimos jeans gozan de buena salud, porque hace unos meses que dejé de montarme a la bici para ir al trabajo. Estaba juntando fuerza y voluntad para retomar la práctica, porque siempre romper la inercia da un poco de fiaca. El problema es que establecí una relación de mucha empatía con mis dos vaqueros nuevos. Tanta que creo que voy a terminar resolviendo este dilema volcándome al spinning.

Nota final: ayer cenando con mi hija, le mostré este texto, y pudo observar las fotos que lo acompañaban. Calificó de excesivamente sexista la primera foto, y me sugirió -o más bien me obligó – cambiarla. También, por el mismo motivo, me dijo que tenía que agregar una foto de un varón, la cual no estaba en la versión original.

Ya no sé si soy un padre abierto a las opiniones de una adolescente feminista, o simplemente temí las represalias que podía sufrir de no haber accedido a sus demandas.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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