Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo ocho.

15

Cecilie le avisó con diez días de anticipación a Jakob que tenía un compromiso el sábado de la semana siguiente, y que debería quedarse a cuidar a los niños. Cuando él le preguntó de qué se trataba, ni siquiera se molestó en contestarle. Solo agregó que si también necesitaba salir, le avisara con tiempo para conseguir a una niñera.

El día de la fiesta Cecilie pasó antes por el departamento de Analía. Se tomó todo el tiempo del mundo para maquillarse, se cambió varias veces el peinado bajo la atenta mirada de Esteban, se colocó los lentes de contacto, un vestido negro con lentejuelas y unos zapatos también negros con taco aguja. Él se la quedó mirando un instante, pensó que nunca la había visto tan hermosa, y le dijo que estaba feliz de que lo acompañara al casamiento. “Cómo si fuéramos novios”, dijo ella. “Cómo si fuéramos novios”, repitió él.

Poco después de las 19:30 salieron rumbo al templo para presenciar la ceremonia religiosa. Cecilie le hacía comentarios al oído para que le explicara el significado del rito nupcial y, Esteban, que había asistido a varios casamientos judíos y leído algo sobre el tema, hacía lo posible por satisfacer su curiosidad. Le contó que la jupá simboliza el futuro hogar de la pareja, que por lo general consiste en un manto sostenido por cuatro varas, y que el manto tiene entrada por los cuatro costados para recibir a los visitantes que acudan desde cualquier dirección. Luego le explicó que en el momento en que los novios se colocan los anillos, pronuncian en presencia de testigos votos que representan el momento central del contrato nupcial. A continuación escucharon cuando Fernando le leía a Gabriela un texto escrito por él en el que resaltaba las virtudes de la novia, y luego a ella cuando leyó el texto en el que elogiaba las virtudes de él. La ceremonia concluyó con la rotura de la copa en la que antes los novios habían bebido vino, lo que para el credo hebreo recuerda que el matrimonio es frágil y mantenerlo supone un esfuerzo mutuo y constante. Ahí Cecilie le dijo a Esteban: “Eso es lo que traté de hacer por más de diez años; parece que no siempre resulta. ¿Tú crees que los judíos se divorcian menos que aquellos que no lo somos? “Estoy seguro que no. Algunos se esforzaran más y otros menos. Pero cuando el amor se acaba o la convivencia se hace imposible, no hay nada que hacer”, le contestó Esteban.

Al arribar a la fiesta, para Esteban llegó el momento de presentar a Cecilie a sus compañeros de trabajo. Como solo Gabriela, Betina y Jorge sabían de su existencia, Esteban hacía esfuerzos por contener la risa frente a las burlonas y cómplices señas de aprobación, en especial las que le llegaban de los varones. Cuando se los fue cruzando a lo largo de la noche en la mesa asignada a la Fundación, en la pista de baile o en el baño, los comentarios eran más o menos del mismo tenor: “¿De dónde sacaste a ese minón?”, “Bien que te la tenías escondida”, “¿De qué nacionalidad es?”

Antes de que comenzara la cena Gabriela y su flamante marido, Fernando, se acercaron a saludar. Ya Gabriela le había avisado a Esteban que por nada del mundo se perdería de conocer a su amante. Cecilie le agradeció con énfasis la invitación y, riendo, le dijo que se sentía una colada. Enseguida elogió el vestido y el peinado de Gabriela, rematándolo con un “estás hermosa.” “Gracias Cecilie. Ninguna colada. Además, te cuento un secreto entre nosotras: a este personaje hace mucho que no lo veía tan contento. ¡Roguemos que siga así!”, concluyó Gabriela mientras ambas reían y Esteban ponía cara de situación. Luego la novia los invitó a que pasaran por la mesa principal para que conocieran a sus padres y a los de Fernando.

Cuando se cruzaron con Betina, ella no pudo con su genio y luego de la presentación le dijo a Cecilie: “Mirá que adquiriste a uno de los mejores ejemplares del país. Un auténtico pura sangre porteño que venimos criando desde purrete. Aunque te quedes aquí o te lo lleves al polo norte, cuidalo mucho. No vas a conseguir otro igual.” Cecilie sonrió sin entender demasiado lo que decía Betina, y Esteban le puso cara de que la iba a matar. Luego Cecilie le preguntó que había querido decirle y él le contestó que no le hiciera caso. Que Betina era una buena chica pero estaba un poco loca y tenía un sentido del humor irreverente. Luego llegó el turno de encontrarse con Jorge, que era el único invitado al que Cecilie conocía. Éste le recordó a Esteban que le debía una cena. Entre los dos le contaron, ante la incredulidad de ella, la apuesta que habían sellado minutos antes de llegar a su casa. Jorge agregó: “Esa noche contra todos mis pronósticos me di cuenta que iba a perder. Pero la derrota no tuvo sabor amargo. Estoy contento por él. Bueno, por los dos”, dijo dándole un par de palmadas a Esteban en la espalda.

Cuando se sentaron a cenar Esteban se puso un poco nervioso ante las miradas de sus compañeros. Muchos de ellos buscaban acercarse para entablar conversación e interrogar a Cecilie. La mayoría quería saber cómo se habían conocido y que estaba haciendo ella en el país. Si estaba residiendo en Argentina o era un ave de paso. Previendo este escenario, la respuesta que habían consensuado era la siguiente. Cecilie había venido a Buenos Aires para hacer un curso de seis meses sobre Literatura Latinoamericana del siglo XX, y en una de las clases lo había conocido a Esteban quien había asistido como oyente. Hasta habían acordado, por si alguien pedía mayores precisiones, que esa clase había estado dedicada a repasar la obra del escritor cubano Alejo Carpentier.

Buena parte de la fiesta Esteban y Cecilie se la pasaron bailando. Fueron de los más entusiastas cuando llegó el turno en que los padres, los abuelos y la novia giraron siete veces alrededor del novio, mientras él le explicaba a ella que siete habían sido las bendiciones que el rabino les había dado a los novios un rato antes en el Templo. También cuando estos fueron revoleados por el aire sentados en una silla con caras de pánico indisimulables, mientras intentaban acercarse lo suficiente para poder besarse. O en las tradicionales rondas en donde se gira al compás de las canciones judías como el Hava Nagila.

Con la ayuda del alcohol ingerido, Cecilie estaba cada vez más desinhibida y exultante. Cuando necesitaba una pausa se colgaba del cuello de Esteban, le preguntaba si estaba muy transpirada, y repetía una y otra vez estas cinco palabras: “Sabes que te amo, ¿no?” Y él le respondía: “Claro; tanto como yo te amo a vos.” Cuando llegó el momento de los lentos no se privaron de bailarlos pegados, ni de besarse con desparpajo frente a la vista de todos. En un momento a Cecilie le pareció ver al Director de un Museo de Arte con el cual la embajada tenía una relación cercana. Esteban le preguntó si prefería que se pusieran a resguardo de su mirada, y ella le contestó con una voz que ya no podía disimular los efectos del alcohol: “¿Sabes qué? Me importa un carajo.” Esteban sonrió, la felicitó por sus progresos en el uso del lunfardo y le dijo que ya estaba en condiciones de solicitar la nacionalidad argentina.

Fueron de los últimos en irse de la fiesta y cuando llegaron a la casa de Analía estaban casi borrachos. Esteban abrió una botella de champagne, brindaron por el presente, se desnudaron en el living y se metieron en la cama. Cuando estaban iniciando el juego previo, Cecilie le pidió a Esteban que antes la abrazara. En el momento en que empezaba a clarear ella apoyó su cabeza en el pecho de él, e instantáneamente se durmió. Esteban se quedó un rato disfrutando del contacto de su cuerpo con el de ella, y pensando que si ese instante no era la síntesis perfecta de la felicidad, se le parecía bastante.

Cerró los ojos para entregarse al sueño, pero cuando ya estaba casi dormido escuchó en su celular el sonido de un SMS. Pensó en ignorarlo, pero dada la hora, el susto y la curiosidad pudieron más. El mensaje era de Betina: “Reconozco que tu rubia nórdica está buenísima. Hasta yo le daría. Pero por favor no descuides la producción nacional.” A Esteban el mensaje lo sorprendió. Desde la noche que había llegado borracho a su departamento no había vuelto a acostarse con ella. La conexión entre ellos había sido muy buena, y él había quedado muy agradecido por contenerlo y rescatarlo en esa velada fatal. Pero luego habían decidido de mutuo acuerdo no continuar viéndose fuera del trabajo por aquello de que “donde se come no se caga”. De todas maneras la atracción entre ambos se mantenía, y sublimaban el deseo a través del humor ácido que profesaban ambos, pero que sobretodo Betina manejaba de manera magistral. Si nada había vuelto a ocurrir fue porque la aparición de Cecilie se interpuso entre ambos. De hecho, a partir de ese momento, Betina se convirtió en consejera y confidente. Por eso le sorprendió el mensaje. Pensó que seguramente estaba borracha, volvió a cerrar los ojos y está vez cayó fulminado en el acto.

16

Esteban llegó a su casa tarde del trabajo. Había pensado en ir al gimnasio pero pronto descartó la idea. Estaba cansado. Ese día no le tocaba estar con los chicos, no había quedado en nada con Cecilie, ni tampoco en encontrarse con amigos. Pensó que lo mejor sería pedirse una pizza y buscar una película en el cable o en el videoclub de la esquina. Pero antes decidió tirarse un rato en la cama, sin otro objetivo que mirar el techo y dormitar. Entró a la habitación y cerró con fuerza la puerta. Desde su llegada al departamento de Analía esa puerta lo había sacado de quicio: siempre que intentaba cerrarla, al rato, o inmediatamente, se volvía a abrir. Pero esta vez parecía haberla doblegado.

Se acostó en la cama e hizo un racconto de todo lo que le había sucedido desde su separación. Pensó que aunque habían pasado apenas unos cuatro o cinco meses, su vida había dado un vuelco de 180 grados. La convivencia con Lucía y los chicos parecía lejana, aunque por momentos la añoraba. La relación con Cecilie era ahora puro vértigo, pero estaba llena de interrogantes. En poco más de dos años ella volvería a su país o a un nuevo destino, y él no se imaginaba siguiéndola como su nuevo marido. Más de una vez ella le había sugerido que estudiara noruego. Al principio Esteban pensó que le estaba gastando una broma, pero después se dio cuenta que hablaba en serio. Según Cecilie si se casaban él no tendría problemas en conseguir trabajo en Noruega. En cambio ella, si renunciaba a la carrera diplomática, no se imaginaba teniendo muchas oportunidades laborales en Argentina. Esteban por lo general le seguía la corriente y, apelando a un slogan futbolístico, le sugería ir “paso a paso”.

Los pensamientos de Esteban fueron interrumpidos por las ganas de orinar. Se levantó de la cama y puso la mano en el picaporte para abrir la puerta. Notó que el picaporte había girado en falso, y que al empujar la puerta no se había movido ni un ápice. Repitió el movimiento un par de veces más con el mismo resultado. Intentó hacer el movimiento más lentamente y observó, con preocupación, que la manija seguía girando en falso, y que el pestillo se mantenía inamovible impidiendo que la puerta se abriera. Empezó a hacer toda clase de maniobras con el picaporte; a veces con extrema lentitud, como si se tratara de hallar la combinación de una caja fuerte, otras girándolo frenéticamente una y otra vez esperando un milagro. Cuando perdió la paciencia y lo ganó la desesperación, comenzó a golpear la puerta con sus puños y a patearla con son sus pies, acompañando los golpes con gritos de furia y frustración. Estuvo casi media hora buscando un milagro, hasta que se dio por vencido. Sabía que el teléfono de línea estaba en el living y su celular en el maletín. Ambos del otro lado de esa puerta maldita. Se preguntó para qué diablos la había cerrado, se maldijo por haberlo hecho, pero luego comprendió que los reproches y la autoflagelación no le servirían para nada más que minar su ánimo. Se dio cuenta que tampoco podía ir al baño, que no comería la pizza con la que se había antojado, ni vería la película que no había llegado siquiera a elegir. Se asomó a la ventana de la habitación y comprobó que no había departamentos cercanos. Por más que gritara con toda su alma, nadie podría escucharlo.

Pensó que las únicas personas que habían ido al departamento eran sus hijos, la señora que trabajaba en la casa de Analía y Cecilie. Los chicos serían incapaces de ubicar el departamento, la señora vendría recién dentro de seis días y Cecilie siempre había ido en compañía de él. Ni sus padres ni sus hermanos conocían la dirección. Tampoco Lucía. Sus padres habían insistido un par de veces para que los invitara, pero Esteban les había contestado que ése era solo un lugar de paso, y que ya los invitaría cuando se asentara en un lugar que sintiera como propio. Si al menos se hubiera permitido una desprolijidad en esos meses con Betina, ella también conocería la dirección. Todos estos pensamientos comenzaron a desesperar a Esteban. Además las ganas de orinar eran cada vez más acuciantes. Decidió prender la tele para distraerse, pero a los cinco minutos la apagó. Por último se dio cuenta que no había cerrado la puerta de calle con llave. Sonrió para sus adentros pensando que lo mejor que podía pasarle era que entraran ladrones. No podía hacer nada. Mientras iba siendo tomado por el sueño, recordó un cuento que había leído de pequeño de un autor alemán que narraba la muerte de un hombre luego de estar seis días encerrado en una habitación. Se trataba de un proceso siniestro en el cual convivían la desesperación del hambre y la sed, con el olor putrefacto que despedían la materia fecal y el orín. Decidió que tenía que apartar esos pensamientos de su mente, y que lo mejor que podía hacer era dormir.

Contra todo pronóstico se durmió profundamente. En el medio de la noche se despertó con ganas de orinar, y mecánicamente se levantó para ir al baño. El giro en falso del picaporte le recordó que estaba encerrado. Volvió resignado a la cama, pensando que aun su vejiga podía resistir unas horas más. Repasó otra vez el panorama, intentando en vano encontrar una salida que no encontró. Se dio vuelta para un costado tapándose la mitad del cuerpo con la sábana y volvió a dormirse.

Un rato después le pareció escuchar unos golpes débiles en la puerta de la habitación. Pensó que estaba soñando e intentó continuar durmiendo. Volvió a sentir los golpes pero esta vez eran un poco más fuertes. Se acercó a la puerta y escuchó la voz de Cecilie: “¡Sorpresa! ¿Me dejas entrar?” Miró por la mirilla de la cerradura y la vio totalmente desnuda. Recordó que Cecilie más de una vez le había dicho que un día caería de sorpresa a primera hora de la mañana, que lo despertaría y que inmediatamente se metería desnuda en su para terminar de despertarlo. ¿Pero cómo había entrado? El encargado la conocía, cuando ella llegó él estaba lavando la vereda y la dejó pasar. Además el departamento de Analía tenía una característica peculiar: el edificio había sido construido en los años cuarenta y aún la puerta de calle conservaba del lado de afuera la manija original. En todas las unidades esa manija original había sido cambiada por una fija; la del departamento de Analía era la excepción. Como Esteban no había llegado a cerrar la puerta con llave, Cecilie no tuvo más que girar el picaporte para entrar.

Esteban le agradeció de mil maneras a Cecilie su improvisada visita, le ofreció disculpas por no haberle dado lo que vino a buscar y le pidió que le avisara al encargado que estaba encerrado. Seguramente él sabría cómo sacarlo de allí. Distendido por sentir que estaba cerca de la libertad, no se privó de bromear. “¿Qué te parece si antes de avisarle te vestís? En el sur aun conservamos ciertas reglas de formalidad.” Cecilie río, le dijo que ya iba en busca del encargado y mientras se vestía le anunció: “Este era mi regalo de despedida. En unos días me voy de vacaciones a Noruega. No quiero pensar lo que te voy a extrañar.”

Continuará…

Link al capítulo nueve

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Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo siete.

13

Cuando Esteban y Cecilie finalmente concretaron la asignatura que tenían pendiente, el reglamento de la noruega comenzó a deshilvanarse. Todas aquellas infinitas y detalladas prevenciones que había decretado en más de diez artículos, empezaron, para ella misma, a carecer de sentido. Atrás quedaron los encuentros en bares alejados del centro, y los minutos que Esteban debía esperar para abandonarlos luego de que ella saliera. En cuanto a las escapadas al cine, fueron reemplazadas por encuentros a primera hora de la tarde en la casa de Analía. Todo el tiempo que antes era acaparado por bares, restaurantes o cines, ahora había sido suplantado por la actividad que más habían deseado y postergado.

Los problemas de Cecilie con Jakob continuaban de mal en peor. La diferencia era que ahora a ella parecía no importarle; ni siquiera hacía demasiado esfuerzo por disimular el fastidio que arrastraba desde hacía meses, ni la creciente certeza de que la relación matrimonial tenía una fecha de defunción no muy lejana. Lo más difícil para Cecilie era seguir compartiendo con Jakob el lecho conyugal. Todas las noches él intentaba iniciar un acercamiento romántico, que se enfrentaba inexorablemente con la distancia que imponía ella. Cada vez que Jakob volvía a preguntarle qué le pasaba, Cecilie le contestaba con una ristra de excusas que repetía de memoria y casi siempre en el mismo orden. Jakob se mostraba cada vez más exasperado frente a sus evasivas. Le actualizaba día a día el tiempo que llevaban sin mantener el más mínimo contacto físico, y le peguntaba si acaso debía satisfacer sus necesidades recurriendo a alguna chica porteña. Frente a esa pregunta provocadora, Cecilie siempre guardaba silencio, tratando de no echar más leña al fuego. Pero una noche, luego de que la escena se repitiera y Jakob amenazara en buscar afuera lo que no encontraba en casa, el silencio de Cecilie esta vez no lo conformó. Fue elevando la voz, la tomó por la espalda, le apretó fuerte los brazos, e insistió gritando cada vez más fuerte: “¿Eso es lo que quieres? ¿Qué me acueste con otra?” Mientras gritaba, Jakob comenzó a tocar los senos de ella, a besarle el cuello, y a decirle al oído que tenía que entenderlo, que ya no aguantaba más. Cecilie le gritó que la soltara, y golpeó repetidas veces con su codo derecho el abdomen de él. Los impactos de ella los enfurecieron y excitaron aún más a Jakob, quien separó las piernas de ella y la puso boca abajo. Luego la levantó por la cintura, se sentó en la cama sobre sus rodillas, y directamente la penetró. Cecilie primero pegó un alarido, pero después se puso a llorar en silencio, y a masticar odio y bronca. Sabía que entre ella y Jakob en términos de fortaleza física no había equivalencias. Solo le quedaba esperar que la violación que le estaba perpetrando su propio marido terminara lo antes posible. Intentó pensar que quien estaba detrás suyo era Esteban, que había llegado a rescatarla de ese rufián en un caballo alado blanco, y que luego de darle muerte con su espada y de desgarrar las sábanas manchadas de sangre por el ultraje, se acostaba con ella para redimirla.

Después de lo sucedido aquella noche, y sabiendo que no sería capaz de afrontar la separación con todas las implicancias que tendría para sus hijos y su vida laboral, Cecilie decidió que en adelante viviría como una mujer separada de hecho. Le dijo a Jakob que a partir de ese momento dormiría en la habitación de huéspedes, y que cada uno haría su vida turnándose en el cuidado de los niños. Jakob intentó llorando pedirle disculpas, le dijo que al ser su marido no podía acusarlo de haberla violado, y le prometió que jamás volvería a intentar mantener relaciones sexuales sin su consentimiento. Pero la respuesta de Cecilie fue terminante y gélida: “Tú para mí no existes más. Y que te quede claro para que no lo olvides nunca: si no te denuncio es porque eres el padre de mis hijos. Pero entiéndeme bien: nunca jamás, jamás, jamás, se te ocurra volver a ponerme tus sucias manos encima.”

14

Si la relación entre Esteban y Cecilie ya había perdido algo de la clandestinidad que la marcó desde el comienzo, luego de la violación de Jakob las prevenciones ante las miradas ajenas se relajaron casi por completo. A tal punto que algo que empezó como una broma terminó convertido en uno de los hitos más curiosos de la relación entre el sociólogo argentino y la diplomática noruega. Una amiga y compañera de trabajo de Esteban, Gabriela, lo había invitado a su próximo casamiento y luego había acotado, sonriendo: “Ah, y podés traerla a esa noruega que te tiene medio tontito.” Esteban le contó la anécdota a Cecilie, quien le preguntó si en verdad estaba invitada. Él le contesto que por supuesto que sí y la interrogó: “¿Alguna vez fuiste a un casamiento judío?” Ante la negativa de ella, Esteban le dijo: “Ah, no sabés lo divertidos que son. No te lo podés perder.” Ella abrió las manos, levantó los hombros y le dijo: “Si no puedo perdérmelo, entonces voy.”

Al día siguiente Esteban se acercó a Gabriela para informarle que Cecilie lo acompañaría a su fiesta de casamiento, incluyendo el paso anterior por el templo para presenciar la ceremonia religiosa. Mientras conversaban sobre la inminente boda y cómo había hecho Esteban para convencerla que fuera su partenaire, se sumó a la charla la contadora de la Fundación, Betina. “Parece que uno que yo sé de acá a unos añitos lo perdemos. Nene, ¿no te parece que en Noruega hace demasiado frío? ¿O esa chica te calienta tanto que no te vas a dar cuenta?” Esteban se río, le dio unas palmaditas en la espalda y le dijo: “No sé adónde voy a terminar yendo yo, pero a vos en unos añitos te veo internada en el Moyano.”

Betina tenía 37 años y trabajaba en la Fundación desde hacía más de diez. Con excepción de los directivos era la que tenía mayor antigüedad. Por ella pasaban todas las autorizaciones de gastos cómo viáticos, pasajes, compra de muebles y útiles, cajas chicas,  así como las rendiciones periódicas exigidas por los organismos donantes. En otras palabras, con Betina lo mejor era llevarse bien. En cuanto a su vida íntima, nunca se había casado ni convivido con nadie. Ni tampoco, a guiarse por lo que ella decía, esos proyectos le interesaban demasiado. Su vida sexual era muy activa, aunque sus relaciones de pareja no solían extenderse por más de dos o tres meses. Cuando sus amigos o familiares la interrogaban sobre esa peculiaridad, les decía que ellos se preocupaban más por eso que ella. Y si su interlocutor se ponía muy pesado, le contestaba con una frase de Roland Barthes que se la había escuchado hace tiempo a Esteban: ¿por qué es mejor durar que arder? Cuando los comentarios se referían al avance de su reloj biológico, respondía que ni loca pensaba tener hijos.

Apenas Esteban se separó de Lucía, Betina y él fueron a tomar unas cervezas a la salida del trabajo. Esteban estuvo casi tres horas desahogándose, y ella lo escuchó casi todo el tiempo en silencio, metiendo apenas algún que otro bocadillo. Mientras le contaba los miedos y las incertezas que le generaban su cambio de status conyugal él ingirió una cantidad desmesurada de alcohol, a punto tal que cuando intentó pararse para ir al baño terminó desparramado en el suelo. Un segundo intento por ponerse de pie culminó de la misma manera. Hasta que dos muchachos que estaban en la barra fueron en su auxilio. Betina le explicó a Esteban que no estaba en condiciones de manejar, y que lo mejor sería que fueran a tomar un café a su casa. “Dale. Tranquilo. Estamos a solo dos cuadras.”

Cuando llegaron a su departamento Betina le dijo que mientras preparase café le convenía darse una ducha. Abrió los grifos para que el agua fuera calentándose, y le dejó una toalla y una remera suya que supuso le quedaría bien. Pasó casi media hora y Esteban continuaba en la ducha. A Betina le llamó la atención y tocó la puerta. Ante la falta de respuesta insistió con golpes más fuertes. Entonces la abrió y lo encontró tirado y dormido, mientras el agua seguía cayendo sobre su cuerpo. Cerró el grifo de agua caliente y apunto el duchador con agua helada directo a la cara de él. Esteban pegó un grito sobresaltado y todavía más dormido que despierto, balbuceó: “¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?” Betina lanzó una carcajada, y le dijo: “¿No te acordás que quedamos en festejar tu separación? Bueno, esta es la parte sorpresa del festejo.”

Continuará…

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/28/un-romance-escandinavo-parte-8/