Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Parte tres.

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Lo que siguió fue un intercambio epistolar en el cual las cuestiones profesionales fueron perdiendo un terreno que comenzó a ser ocupado por la vida personal de cada uno. Cecilie había vivido a los 19 años quince meses en Perú, período en el cuál realizó un voluntariado en tareas de ayuda social, y aprovechó la estadía para perfeccionar su castellano. Se había casado muy joven con el novio que tenía desde la adolescencia, y era madre de una niña de siete años y un varón de cuatro. Su ingreso a la carrera diplomática había tenido lugar hace siete años, luego de una ardua competencia en la que fue seleccionada entre cientos de postulantes.

Estaba designada en Argentina desde hacía más de un año, y tanto su marido como su hija y su hijo la acompañaron a Buenos Aires desde el inicio del traslado. En otras palabras, la vida de Cecilie parecía transitar por carriles adecuados. Su situación contrastaba notoriamente con la de Esteban, que era ahora un hombre recién separado, confundido y desorientado.

En una de las cartas de una correspondencia que ya se había tornado muy fluida, Cecilie le contó a Esteban que estaba organizando en su casa una cena con empresarios y personal jerárquico de empresas de capitales noruegos, y que había pensado en invitarlo para que conversara con el resto de los comensales sobre literatura argentina y latinoamericana. Esteban no dudó en aceptar la invitación programada para el viernes siguiente, le agradeció la deferencia, y le sugirió que también invitara a un colega, Jorge, que también era ducho en el tema. En verdad le aterraba concurrir a la casa de Cecilie solo, y suponía que la compañía de Jorge obraría como un bálsamo.

Esteban le propuso a Jorge ir juntos en su auto. Durante el viaje le confesó las verdaderas intenciones por las cuales se había acercado a la diplomática escandinava. La respuesta de Jorge estuvo precedida por una carcajada y luego le preguntó si se había vuelto loco. Esteban le contestó que era probable y lo desafió apostándole una cena atada al éxito o al fracaso de la conquista. Jorge aceptó la parada extendiéndole la mano, y acotó que esa sería la apuesta más fácil de ganar que había tenido en su vida. A tal punto que se comprometió a elegir un restaurante que no fuera demasiado caro.

La casa que la embajada noruega le alquilaba a Cecilie estaba ubicada en una zona paqueta de San Isidro, tenía unas dimensiones muy generosas y estaba exquisitamente decorada. Luego de las presentaciones de rigor, de tomar unos cócteles en la sala acompañados con canapés y arenque noruego, y de conversar sobre la situación económica, social y política de la Argentina, Cecilie dijo que era hora de pasar al comedor, y le indicó a cada uno de los invitados el lugar que les correspondía ocupar en la mesa. A las parejas las ubicó en asientos contiguos, aunque ella, en lugar de sentarse junto a su marido, lo hizo al lado de Esteban, quien no pudo evitar ponerse colorado e intimidado frente a su cercanía.

Poco se habló en verdad de literatura esa noche. La cena era francamente aburrida, pero Esteban y Cecilie estaban en su propio mundo y no paraban de reír y conversar. La cercanía de las piernas de Cecilie perturbaban a Esteban y lo ponían nervioso; incluso, en un par de ocasiones ella las había movido levemente rozando las suyas, pero él no logró distinguir si esos choques de rodillas fueron provocados o meramente involuntarios. Cada tanto cruzaba miradas cómplices con Jorge, quien empezaba a dudar que la apuesta estuviera ganada de antemano. Si la situación no era perfecta, era porque Esteban se sentía intimidado por la mirada reiterada y escrutadora del marido de Cecilie, Joan, quien estaba sentado en la cabecera opuesta de la mesa; a ella, en cambio, la situación parecía importarle poco y nada. Apenas le dirigió una vez la palabra en toda la cena para preguntarle, en un guiño al resto de los invitados, si en el otro sector de la mesa todo estaba en orden. Luego de firmar el libro de los invitados, Esteban se fue esa noche con unas cuantas copas de más, y la certeza de que ya no podía detenerse. Aunque todo parecía una locura, era una locura de la cual no pensaba privarse.

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El lunes Esteban recibió una carta en la cual Cecilie le proponía almorzar juntos. Aclaraba que disponía de un presupuesto destinado a gastos protocolares, y que sin duda el afianzamiento de las relaciones culturales entre argentinos y noruegos ameritaba su uso. Por lo tanto, decía textualmente “…los gastos del almuerzo serán soportados con los impuestos del pueblo noruego”.

Le proponía que se encontraran el día siguiente a las 13 horas en un restaurante cercano a la embajada, aclarándole que “…los noruegos somos puntuales, no como los argentinos”. Esteban se apresuró a contestar agradeciéndole al pueblo noruego por la invitación, y explicándole que, en la cuestión de la puntualidad, se parecía más a los nórdicos que a sus coterráneos.

Al día siguiente Esteban llegó unos minutos antes que Cecilie. El restaurante estaba ubicado en un subsuelo y la mayoría de las mesas aún estaban vacías. Cuando Cecilie llegó Esteban salió eyectado como un resorte de su asiento para saludarla, y producto de los nervios y su torpeza, tiró al suelo la silla que estaba a su izquierda y el saco que había colocado en el respaldo de la misma. Mientras intentaba rápidamente reparar los daños, Cecilie miraba la escena con la boca abierta y la risa contenida. Hasta que finalmente le dijo: “que comienzo tan auspicioso”.

El almuerzo comenzó con una charla sobre temas generales: la situación política argentina, el conflicto con las papeleras finlandesas, las consecuencias del cambio climático, y la vida en Noruega. Esteban intentó que Cecilie notara algunos conocimientos que tenía sobre su país, y la hizo hablar sobre el boom económico que significó el descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte, el millonario Fondo de Inversión Noruego, el liderazgo de su país en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y su deseo de conocer algún día los fiordos noruegos.

Más tarde se permitieron incursionar en temas personales. Esteban le contó sobre su reciente separación, la mudanza a la casa de Analía, cómo se habían adaptado sus hijos y él a la nueva situación, y que estar solo a veces le resultaba difícil y otras liberador.

A su turno Cecilie le dijo que este era su primer destino como diplomática, que en algún momento había dudado si venir o no a Buenos Aires con la familia, pero que se le hizo impensado separarse durante tanto tiempo de sus hijos. Lo que realmente le preocupaba era la situación de su marido. Él había dejado su trabajo en Oslo para seguirla y, si bien estaba aprovechando la obligada estadía haciendo una maestría en finanzas, tenía demasiado tiempo libre y muy poca idea de cómo emplearlo. Probablemente por ello estaba muy pendiente de los movimientos de ella durante el día, o del horario en que llegaba a su casa a la tarde o a la noche. También comenzaba a molestarle que recayera en él la mayor parte de las obligaciones que demandaban los niños: además de acompañarlos casi todos los días al colegio, era casi siempre el encargado de llevarlos a la consulta médica, de asistir a las reuniones escolares de padres y de llevarlos a las clases de equitación. Muchas veces Cecilie le había prometido repartir de manera más equitativa esas obligaciones, pero casi siempre alguna reunión o evento no programado se interponía entre sus deberes familiares y el compromiso asumido con su marido. Ella terminaba deshaciéndose en disculpas, y prometiéndole que la próxima vez no volvería a pasar.

Esteban sugirió que era una situación lógica dado que él no trabajaba. Y que, además, suponía que la noruega era una sociedad muy avanzada en la igualdad de género, y que el feminismo no solo debía ser ampliamente mayoritario entre las mujeres, sino que también imaginaba que tenía un considerable consenso entre los varones. Ella le replicó que si bien eso era cierto, tampoco los noruegos estaban aún liberados de la impronta producida por siglos de cultura patriarcal, ni ella exenta de sentir culpa.

Esteban aprovechó el giro que había dado la charla para preguntarle a Cecilie su edad. Tenía exactamente 32 años, tal cómo él había estimado la primera vez que la vio en la Feria del Libro. “Yo tengo 12 más”, le hizo saber Esteban. Cecilie se mostró sorprendida y le dijo que le había calculado menos de 40. “En cambio yo con vos acerté de entrada”, replicó Esteban. Ambos rieron y Cecilie dio por terminado ese tema, diciendo: “En esto de la edad es más importante la que aparentas que la que tienes. Así que para mí tendrás 38”. “Ya lo ves; ahora tan solo tienes seis años más que yo”, concluyó ella mientras volvían a reír.

Cecilie miró su reloj y se mostró sorprendida. Hacía más de una hora y media que estaban conversando. Le hizo al mozo la señal de la cuenta, y se disculpó con Esteban explicándole que tenía una reunión unos minutos después en la embajada. Luego de que Cecilie pagara una cuenta que a él le pareció exhorbitante, abandonaron el restaurante.

Ya en la puerta él le preguntó si quería que la acompañara hasta la embajada, pero Cecilie le contestó que mejor no. Le dio por primera vez un beso que a Esteban le pareció apurado, y se fue caminando a paso firme. Él se quedó mirándola hasta que su figura se perdió luego de doblar la esquina.

Continuará…

Link al capítulo cuatro

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/19/un-romance-escandinavo-parte-cuatro/

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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18 comentarios

  1. Protagonistas entrando en zona de tensión… corte comercial… y “escenas del próximo capítulo”
    Un capo Esteban, al tanto de los temas de la agenda socioeconómica de Noruega.
    A esta altura, un mariscal que va a lograr que Cecilie descuide sus flancos vulnerables.
    To be continued.

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