Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo cuatro.

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Definitivamente el almuerzo había significado para Esteban un avance notable. No obstante, algunas dudas lo carcomían. Si Cecilie hubiera sido argentina o latinoamericana, no le habrían cabido dudas de la correspondencia de intenciones. Pero ella era escandinava, diplomática y estaba casada. Una de las cosas que le había comentado en el almuerzo era que, con excepción de la comunidad diplomática, en Buenos Aires no tenía amigos y que extrañaba a los suyos. Quizás Cecilie solo veía en él a una persona con la que podía escribirse a menudo y verse de vez en cuando. Por otra parte, si para cualquier persona la infidelidad implica un riesgo, para una diplomática con tanta exposición como ella, dicho riesgo era mucho mayor. Pero más allá de esas disquisiciones, que lo atormentaban, Esteban sabía que era imposible estar en la cabeza de la chica noruega. Por lo tanto, en lugar de intentar adivinar sus pensamientos, debía continuar desarrollando su estrategia. Tenía claro que luego de aceptar la invitación a almorzar la pelota estaba de su lado, y ahora le tocaba a él devolver la gentileza.

Pero él quería hacer algo que rompiera el molde, que saliera de lo convencional. Recordó la confitería del piso 21 del edificio Comega ubicada en la Avenida Corrientes a apenas unos metros de la intersección con Leandro Alem, y le pareció el lugar ideal para invitarla a desayunar. Esa decisión lo tranquilizó, pero no lo conformó, pues quería darle un toque más de originalidad a la propuesta. Entonces una idea lo asaltó como un rayo: la invitación debía estar redactada en noruego. La pregunta del millón era cómo hacerlo. El noruego no es un idioma que puede traducirse utilizando el Google translator u otro traductor en línea similar. Tampoco conocía a nadie que tuviera el más mínimo manejo de ese idioma, y suponía que en Buenos Aires no existían academias que lo enseñaran a las cuales poder recurrir. Hasta que nuevamente otra idea sobrevoló su cabeza. ¡Ursula! Esteban conservaba la dirección de e-mail de la traductora noruega y, si bien el día de la mesa en la Feria del Libro apenas habían intercambiado saludos y unas pocas palabras, le había parecido una mujer afable y bien predispuesta. No lo pensó mucho más y se puso a redactar un correo dirigido a ella, que decía: “Estimada Ursula: antes que nada muchas gracias por tu participación en la mesa sobre exportación de libros y derechos de autor. Realmente la experiencia noruega es muy interesante, y tu exposición nos dejó enseñanzas para mejorar las políticas públicas que fomenten esta actividad en nuestro país. Disculpa mi atrevimiento pero quiero pedirte un favor. Hace unos días conocí a una turista noruega que se quedará en Buenos Aires por un par de semanas. Hemos hecho buenas migas y me gustaría sorprenderla con una invitación a desayunar redactada en noruego. ¿Podrás ayudarme en esa tarea?” A continuación Esteban había escrito el texto de la invitación a Cecilie para el miércoles próximo a las 8 de la mañana, sin especificar el lugar al cual irían. Saludó y le agradeció de antemano a Ursula el favor y, hablándose a sí mismo, rogó que la traductora tomara a bien su inusual solicitud. Ahora solo le quedaba esperar que Ursula le respondiera, y que esa respuesta fuera, además de afirmativa, lo más rápida posible. Dos horas más tarde llegó la respuesta de Ursula. En términos muy amables le decía que le había parecido muy bonito y original sorprender a su compatriota con esa invitación, le adjuntaba la traducción solicitada, le deseaba suerte con la turista noruega, que esperaba que ella prolongara más allá de las dos semanas su estadía en Buenos Aires y que cualquier otra cosa que necesitara no dudara en volver a escribirle.

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Esteban volvió a agradecerle a Ursula por los servicios prestados, y apenas tardó un minuto en armar el correo para Cecilie. Se limitó a copiar la invitación traducida al noruego, puso la dirección electrónica de ella, escribió en el asunto Invitasjon (Invitación) y disparó el e-mail al cyber espacio. En los minutos que siguieron al envío del correo Esteban se sintió como un animal enjaulado. Al rato salió de su box y buscó excusas para entablar conversación con sus compañeros de trabajo, que estaban enfrascados en una discusión política en la cual, en aquel momento, no le interesaba participar. Se retiró de la tertulia, y enseguida paso por el baño aunque no tenía necesidad de usarlo. Hizo la siguiente escala en la máquina expendedora de café, y se pidió un capuchino que tampoco tenía ganas de tomar. Todas esas distracciones solo tenían un objetivo: evitar quedarse mirando la pantalla de la computadora a la espera de la respuesta de Cecilie.

Cuando regresó a su puesto de trabajo, aún no había señales de la diplomática noruega. Miró su reloj y se dio cuenta que apenas habían pasado ocho minutos desde el envío de su e-mail, pero la ansiedad igual lo estaba matando. Decidió buscar el teléfono de la embajada, marcó el número y pidió que lo comunicaran con Cecilie. Cuando la recepcionista le preguntó quién la llamaba y por qué motivo, le dio su nombre y se limitó a decir que era un amigo.

No bien Cecilie escuchó el “hola” de Esteban estalló en una carcajada que resultó contagiosa, y ambos estuvieron riéndose juntos por un rato largo sin poder parar. Ella le dijo que justo estaba redactando la respuesta aceptando la invitación, y preguntándole cómo diablos se las había ingeniado para que la traducción al noruego fuera perfecta. “¿Acaso lograste contactarte con alguno de los noruegos que asistieron a la cena en mi casa?” Sin dejar de reírse, Esteban le dijo que tenía sus propios recursos para lograr las cosas que quería, pero que de ninguna manera iba a revelarle la fuente. Antes de despedirse, Cecilie en tono de broma le preguntó a Esteban si su departamento estaba en un piso 21. Él le contestó que le gustaría mucho, pero que lamentablemente el suyo estaba en un tercero y que, ni por asomo, tenía la vista del lugar al cual la iba a llevar. Terminó diciéndole que tuviera paciencia ya que, después de todo, apenas faltaban dos días para que se develase el misterio.

Continuará…

Link al capítulo cinco

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/21/un-romance-escandinavo-parte-cinco/

 

 

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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16 comentarios

  1. Genial tiro libre ejecutado por el sociólogo. Ninguna mujer en general, se negaría a desayunar en ese lugar y mucho menos cuando la invitación está formulada con tanta creatividad.
    Ahora bien, analizando las características astrológicas de los protagonistas, veamos la posibilidad de anticiparnos a los hechos (como en los programas satélite de los grandes ciclos televisivos) verdaderos maestros en llenar un espacio con el laburo del otro. (Risas).
    Por las edades de los integrantes de la pareja, y echando mano al Horóscopo Chino o Lunar, estamos en presencia de dos Tigres.
    Nota al autor: Te pido por favor, hacelos cumplir años de marzo a diciembre. No me la compliques).
    Como decía, son dos Tigres de similares características personales por el solo hecho de haber nacido bajo el influjo de lunas felinas.
    pero que sin embargo la naturaleza seductora y estratega de los Tigres es matizada en función de sus elementos, Esteban es Tierra y Ceci, Fuego.
    Vaya…
    Ésto hace que surjan diferencias notables que seguramente serán desarrolladas en el campo de juego.
    La trayectoria de la pelota, tras el magistral tiro de Esteban, está ahora a los pies de Cecilie.
    El árbitro pita el comienzo del entretiempo.

    1. Así es. Esteban parece que tiene sus recursos. Quedate tranquila. Ambos cumplen años entre marzo y diciembre. Si la pelota está o no del lado de Cecilie se develará seguramente mañana, siempre y cuando esta noche logre terminar la Parte cuatro. Yo también necesito saber cómo va a terminar esta historia, aunque cualquier final va a ser mejor que dejarla inconclusa.

  2. Ah!! No! No! No puedo dejar de leer. Señor autor lo responsabilizaré si mañana llego, una vez más, tarde a mis compromisos matutinos. Lo bueno, ha conseguido que a las 22:15 esté en la cama leyendo. Allá vamos …

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