Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo cinco.

9

A juzgar por los parámetros que se utilizan para medir el éxito de las personas en la vida, difícilmente el alcanzado por Cecilie podría ser puesto en tela de juicio. Proveniente de una familia de clase media, su padre era un ingeniero civil que tenía una pequeña empresa constructora, y su madre una economista que se desempeñaba como gerenta de una sucursal del banco más importante del país. Durante su educación primaria y secundaria, Cecilie se había destacado entre sus compañeros de colegio, siendo casi todos los años abanderada. También había sobresalido como jugadora de vóley, y representado en numerosas oportunidades a su escuela en las olimpiadas de matemáticas. Ella era, además, propietaria de una vasta cultura general, la cual le permitió ganar un concurso de preguntas y respuestas de un popular programa de entretenimiento de la televisión noruega. No era la efímera fama que logran los participantes de esos programas lo que la había atraído, sino el jugoso premio que convirtió en muebles, electrodomésticos y otros objetos necesarios para su futuro hogar conyugal. Eligió estudiar ciencias políticas porque la temática de la carrera le gustaba. También porque supuso que sería un buen antecedente para intentar ingresar a la carrera diplomática, que ya tenía en mente desde que era una adolescente.

Entrado el segundo año de su misión en Buenos Aires, por primera vez Cecilie tenía algunas dudas sobre el camino recorrido. No el referido a su carrera profesional, plano en que se sentía ampliamente satisfecha, sino a su situación de pareja. Desde el comienzo de su relación con Jakob ella tuvo que lidiar con los comentarios de su familia y amigos, que le cuestionaban la falta de equivalencias entre ella y su entonces novio. “Cecilie tu iluminas los lugares por los que pasas con tu belleza, inteligencia y buen humor. Jakob, en cambio, esa una persona retraída, un tanto aburrida y excesivamente formal”, solía decirle su padre. Incluso cuando él la visito en Perú, ella recibió comentarios similares por parte de sus amigos limeños. A dichos cuestionamientos Cecilie respondía que las diferencias fortalecen a las parejas, y que no soportaría estar con una persona parecida a ella. Además, ella decía que debido a su introversión, la gente no conocía más que superficialmente a Jakob, lo cual llevaba a que tuvieran una opinión equivocada de él. A la pregunta sobre si estaba enamorada de su marido, Cecilie respondía que creía que sí, pero que lo que más le importaba era la armonía que reinaba entre ellos. Y que, a diferencia de otras parejas supuestamente apasionadas, Jakob y ella no se peleaban casi nunca, y estaban de acuerdo en casi todo.

Pero ahora, lejos de su país y sin la cercanía de su familia y amigos, esas certezas ya no tenían la fortaleza de antes. Su marido se sentía frustrado y a menudo estaba deprimido o de malhumor. Para evitar situaciones incómodas, Cecilie llegaba cada vez más tarde a su casa, y aceptaba todas las invitaciones que le llegaban para asistir a eventos protocolares, reuniones sociales y espectáculos. La frecuencia de las relaciones sexuales entre ellos se había reducido en los último meses, y cuando se acostaba con él lo hacía más por compromiso que por deseo.

Por otra parte, aunque ella tratara de ocultárselo a sí misma, la irrupción de Esteban había agudizado las dudas que tenía desde hacía unos meses. Intentaba pensar que su relación con el sociólogo argentino era apenas un juego, una distracción para combatir la monotonía en que se había convertido su vida, o el despertar de una relación que ella aspiraba a mantener en un terreno platónico. Pero en las noches, cuando se replegaba en el extremo derecho de la cama para tomar la mayor distancia posible de Jakob, la presencia de Esteban en sus pensamientos era avasallante. Y aunque intentaba apartarlos ocupando su mente en otras cosas, solo lograba su cometido por un rato. Si bien pensaba que lo más atinado era cancelar el desayuno, el momento del encuentro se acercaba, y sabía que a pesar de todas sus prevenciones y temores, no presentarse sería un acto de cobardía. No le quedaba alternativa; tenía que ir.

10

El miércoles del desayuno Esteban fue el primero en llegar. Eligió una mesa pegada al ventanal que tenía una formidable vista a Puerto Madero y la Reserva Ecológica. El día era perfecto y contrastaba con la lluvia a cántaros que había azotado a Buenos Aires los tres días anteriores. El cielo estaba absolutamente despejado y el sol le daba un brillo extra al paisaje.

Como a las 8:15 Cecilie aún no había llegado, Esteban la llamó temiendo que se hubiera perdido. El timbre del celular de ella comenzó a sonar en el mismo instante que entraba a la confitería. Buscó a él entre las mesas, sonrió cuando hicieron contacto visual, y lo saludó agitando el brazo.

Cecilie le preguntó si estaba impaciente y justificó su demora en el tráfico imposible de Buenos Aires. Elogió el lugar escogido por Esteban y se quedó un rato parada en silencio apreciando la vista desde el ventanal. Al sentarse le contó que no conocía la Reserva Ecológica y que hacía mucho tiempo tenía pensado dar un paseo. Agregó que a pesar de que estaba hacía más de un año en Buenos Aires, todavía le quedaban decenas de sitios por visitar. Esteban le dijo que poco a poco seguramente los iría conociendo y que, incluso él, que había vivido casi toda su vida en esa ciudad, todavía tenía varias asignaturas pendientes. Luego le dijo que ya había elegido el desayuno para los dos y que solo faltaba para completar el pedido que ella optara entre café con leche o té. Cecilie dijo que le daba lo mismo, pero que si tenía que elegir prefería té.

Una vez que el mozo depositó sobre la mesa los platos, bandejas, vasos, tazas y bowls que contenían las infusiones, tostadas, quesos, mermeladas, frutas, scons y cereales, los dos se quedaron unos instantes callados hasta que Cecilie rompió el silencio. Le dijo que esa noche prácticamente no había dormido, que se sentía culpable por estar con él en la confitería y que nunca en el tiempo que llevaba con su marido le había sido infiel. Mientras hablaba sus ojos comenzaron a nublarse, y al terminar su breve confesión no pudo contener más las lágrimas. Esteban se apresuró a sacar del pantalón un paquete de carilinas y se lo ofreció. Ella le agradeció el gesto, extrajo una y secó sus lágrimas. Cecilie le pidió disculpas, intentó sin éxito dejar de llorar y le dijo a él, ahora llorando y riendo al mismo tiempo, que no se sentía tan boba desde la época del secundario.

Esteban pensó que todo el discurso que había elaborado para coronar la conquista había caducado, perdido sentido. La confesión de ella le había allanado el camino, aunque, por otro lado, la angustia que la embargaba a ella le generaba culpa, y sembraba un manto de dudas sobre si ella se dejaría llevar por los sentimientos, o si se comportaría de manera racional y abortaría su deseo. Se dio cuenta que la única manera de saberlo era iniciando el contacto físico. Ella ya había puesto en palabras lo que sucedía entre ellos; a él le tocaba ahora llevar la iniciativa en el otro terreno. Entonces puso en práctica lo que había hecho siempre: contaría hasta cinco y al finalizar la cuenta le tomaría la mano. Ella reaccionó enseguida apretando la de él, y comenzó a acariciársela con la yema de sus dedos. Mientras sus manos realizaban el ritual del descubrimiento, el llanto de Cecilie se fue desvaneciendo. El juego de las manos continúo mientras permanecían en silencio, hasta que Esteban le preguntó si se sentía mejor. Ella asintió con la cabeza y volvió apretar con fuerza la mano de él. Tratando de ser contenedor, Esteban le dijo que desahogarse tiene un efecto curativo y que podía llorar todo lo que necesitara. Luego le alcanzó el vaso de jugo naranja, y le untó una tostada con queso y mermelada que ella rechazó. Cecilie agradeció la deferencia, llevó la mano que tenía libre al antebrazo de él, y le aseguró que ya no volvería a llorar.

Esteban sugirió que quizás lo mejor era abandonar la confitería y caminar. Ella dijo que sí con la cabeza y agregó que, de todas maneras, no pensaba ir con esa cara a la embajada. Antes de salir, Cecilie le avisó que necesitaba pasar por el baño para recomponer su aspecto. Cuando volvió Esteban ya había pagado la cuenta y obsequiado al mozo una generosa propina. Se fueron dejando el desayuno casi sin probar.

Esteban le dijo a Cecilie que ya era hora de que conociera la Reserva Ecológica. Atravesaron Puerto Madero y llegaron a la reserva embebidos en un silencio que solo fue interrumpido por descripciones del paisaje. Con la caminata la angustia de Cecilie fue menguando. Que la Reserva Ecológica estuviera casi desierta, también contribuyó a que se tranquilizara. Iban caminando de la mano, pero bastaba que se cruzaran con cualquiera para que ella automáticamente se la soltara.

Cuando se adentraron en la reserva, Esteban dijo “No hay moros en la costa.” Cecilie puso cara de no entender y le recordó que ella era noruega. Por toda respuesta Esteban puso su mano en la frente para resguardar la vista del sol, miró hacia los cuatro puntos cardinales y volvió a decir: “No hay moros en la costa. ¿Ahora sí entendiste?”. Ella le regaló una sonrisa, le soltó la mano y rodeó la cintura de él con la suya. Esteban sintió un cosquilleo en el pecho y apoyó su mano en el hombro de ella. La caminata se hizo más pausada. Ambos comenzaron a aumentar la presión de sus manos sobre el cuerpo del otro. El abrazo se hizo más cercano e intenso, hasta que sus cuerpos terminaron pegados. Cecilie le dijo a Esteban que ella era una mujer casada, pero cualquiera que los viera caminando así pensaría que eran novios. Él le contestó que dada la hora y el lugar donde estaban, era más probable que los consideraran amantes. “¿Eso somos?”, le preguntó ella. Esteban se la quedó mirando, giró su cuerpo hasta quedar enfrentado con el de ella, y por toda respuesta le contestó un “quizás.” Tomó con las manos sus hombros, se quedó mirándola mientras le acariciaba el pelo y acercó sus labios al oído de ella. En un tono apenas audible, le insinuó que tenía que contarle un secreto. “Adelante”, dijo Cecilie expectante. “Desde hace un mes y medio que me muero de ganas de besarte.” “Pero soy una mujer casada”, dijo ella. Esteban decidió seguirle el juego y respondió: “Ahora que lo decís quizás también sea por eso que tengo tantas ganas.” Entonces se alejó del oído y acercó sus labios lentamente a los de ella. Los besó en las comisuras, los recorrió sin urgencias, se detuvo en las mejillas, la nariz, la pera, la frente y los ojos. Luego volvió a aterrizar en sus labios y comenzó a besarlos sin apuro. Cuando sintió que habían ganado confianza, Esteban buscó abrirse paso, despacio, en la boca de ella, que no opuso resistencia. Comenzaron lenta y tímidamente la etapa de exploración. A medida que los besos se hicieron más intensos, fueron acercando el pubis de uno con el otro. Esteban comenzó a ejercer cada vez más presión sobre el cuerpo de Cecilie, hasta que ella lo apartó, le dio un beso en la mejilla y le pidió no continuar.

Él le dijo que se quedara tranquila, y sugirió que se sentarán en un banco que estaba a unos pocos metros. Hacia allí se dirigían cuando Esteban pegó un grito: había metido el pie hasta el tobillo en un charco embarrado. Cuando Cecilie vio la escena empezó a reírse a carcajadas, mientras señalaba con su brazo el pie enterrado. Él le dijo que los zapatos los había comprado hacía un par de días pensando en la cita con ella, lo que retroalimentó las carcajadas de Cecilie. Esteban se resignó a su desgracia y empezó a reírse con ella, y también para sus adentros cuando se acordó de la apuesta que contra toda lógica y probabilidad le había ganado a Jorge. Había logrado la conquista para la cual había trabajado con paciencia, constancia y ahínco durante un mes y medio. A pesar de que había metido la pata, se sentía satisfecho y feliz.

Continuará…

Link al capítulo seis

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/22/un-romance-escandinavo-parte-seis/

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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11 comentarios

  1. Y sí, alguna vez escribí por ahí que el té no es buena opción en una cita con algún interés romántico…

    Entiendo que una personalidad tan seductora e interesante como la de Ceci, puede opacar a quién a su lado, no logra un espacio donde desarrollarse.
    Joan no encontró la veta que sí vislumbró Esteban.
    A la bella rubia la conmueve el humor, anillo al dedo para la creatividad del sociólogo.
    Ella juega con las cartas dadas vuelta, con lo cual a Esteban, si bien le simplifica captar el encuadre de la situación, lo deja sin artillería y tiene que jugarse en escaramuzas.
    Un providencial charco cortó una escena intensa en la que los lectores hemos escuchado hasta el canto de las chicharras en la Reserva Ecológica.
    Y digo providencial porque ¿Cómo seguir si no mediaba este accidente?
    Pelota al corner…

    1. Bueno. No podemos hacerla responsable a Cecilie por haber elegido el te. Medio le daba lo mismo y al final la culpa la tiene el escritor.
      Definitivamente Joan no es competencia para Esteban. No sabemos si su torpeza es un punto débil o quizás también la seduce a Cecilie. Hay que ver que pasa con el centro.

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