Un romancea escandinavo. Un novela por entregas. Capítulo seis.

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Esteban y Cecilie comenzaron así, en los terrenos de la reserva ecológica ganados al río, su relación clandestina. En ella primaba al comienzo un sentimiento en el que mezclaban la atracción y la emoción que le suscitaba Esteban,  con la culpa y la traición que le provocaba Jakob. En los primeros encuentros de la etapa abierta en el piso 21 del edificio Comega, Cecilie no podía evitar acaparar las charlas hablando de su marido, sus hijos, y de la preocupación por la familia que aspiraba a conservar intacta. Le aclaraba reiteradamente a Esteban que mientras continuase su misión de ninguna manera pensaba divorciarse, y que para ello faltaban más de dos años y medio. Él la escuchaba con santa paciencia, intentaba contenerla diciéndole que los sentimientos que manifestaba eran normales y que con el tiempo se irían aplacando. En el caso que eso no ocurriera, lo mejor para los dos sería terminar con la relación.

Durante los primeros diez días las citas transcurrieron en bares y restaurantes alejados del centro. Cuando terminaban Cecilie se iba primero y Esteban se quedaba unos cinco o diez minutos para que nadie pudiese verlos juntos. Cumplían así una de las varias cláusulas estipuladas en lo que Esteban dio en llamar el “reglamento de Cecilie.” Pero sus exigencias no solo estaban referidas a preservar su imagen de mujer felizmente casada. Otro de los puntos consignados en el reglamento decía que no tendrían relaciones sexuales hasta que ella se sintiera preparada. Como los sentimientos de culpa continuaban azotándola, ella pensaba que si se acostara con él se potenciarían.

Con el tiempo la frecuencia de los encuentros fue incrementándose y se diversificaron los lugares elegidos. El cine pasó a ser una buena opción para coincidir en las funciones de la matinée, pues a esas horas las salas estaban casi vacías. El reglamento también los obligaba a tomar otros recaudos: la elección de la última fila para pasar desapercibidos, entrar al cine cuando los avances estaban por finalizar, e irse cuando al terminar la película empezaban a bajar los créditos.

Lo cierto es que nunca veían las films que elegían. Una vez sentados en las butacas repetían un ritual adolescente dividido en las siguientes etapas: se tomaban primero de la mano, al rato Esteban le pasaba el brazo por el hombro y comenzaba a acariciarle el cuello y la espalda. Luego continuaban con un intercambio de besos que iban subiendo de tono, para terminar con caricias y toqueteos por debajo de la ropa. Estos encuentros ponían cada vez más en tela de juicio el reglamento de Cecilie. Por un lado, porque crecía en ella un deseo cada vez más difícil de reprimir. Por otro lado, porque la presión de Esteban para eliminar la cláusula de abstinencia aumentaba día a día.

Quizás la razón principal por la cual Cecilie estaba cerca de capitular, es que desde el comienzo de su romance clandestino había perdido totalmente el deseo de acostarse con Jakob. No solo porque con su marido la relación y la química se deterioraban día tras día, sino además porque sentía que ahora, a quien debía serle fiel, era a Esteban. La cierto es que entre ellos cada vez la tensión era mayor, porque a ella se le habían acabado las excusas que había puesto hasta el momento: el cansancio con el cual llegaba del trabajo, un dolor de cabeza que se había vuelto crónico y las múltiples preocupaciones que tenía en la embajada. Cuando Jakob le pedía detalles, ella lo mareaba hablándole de problemas con funcionarios argentinos o directivos de ONGs.

De todos los argumentos que Cecilie esgrimía para escapar del acecho de su marido ninguno era cierto, puesto que siempre que llegaba tarde a su casa se debía a las citas furtivas con Esteban. Cada vez se sentía más atrapada entre las demandas de un marido que no podía satisfacer ni tampoco dejar, y el torbellino de un sentimiento que nunca antes había sentido y al cual de ninguna manera quería renunciar. Tenía un dilema que no era capaz de resolver. Se sentía al mismo tiempo desgraciada y feliz. Y se consolaba pensando que, al fin y al cabo, el tiempo se encargaría de decidir.

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Mientras tanto Esteban tenía sus propios problemas. Debido a la separación, una buena parte de su sueldo lo utilizaba para pagar la cuota alimentaria de sus hijos. En los primeros meses su ex-mujer y él acordaron tanto el monto del estipendio mensual, como el régimen de visitas, sin recurrir a abogados ni mediadores. Algunos amigos y hasta su psicólogo le habían expresado, con mayor o menor diplomacia, de manera más directa o solapada, que la cuota que estaba pagando era excesiva. Esteban contestaba que probablemente eso era cierto, pero que por el momento quería asegurarse que la relación con Lucía fuera lo menos conflictiva posible por el bien de los chicos, y por el de él mismo.

Había pasado de una situación económica muy desahogada, a otra en la cual, si bien el dinero le alcanzaba para llegar a fin de mes, debía ser cuidadoso con los gastos superfluos, o postergarlos para no recargar la tarjeta de crédito. Encima la Fundación estaba atravesando una situación económica complicada: un organismo gubernamental canadiense, que era su principal donante, había reducido un 30% los subsidios que otorgaba. Eso significaba para la Fundación una pérdida de ingresos superior al 15%. Para enfrentar este problema, los directivos habían resuelto reducir los sueldos un 10%, y congelarlos como mínimo durante un año.

Como Esteban estaba acostumbrado a que Cecilie acaparase las charlas con sus problemas, decidió contarle los suyos. Quizás era una forma que entendiera que ella no era la única que tenía una vida complicada. Le resumió los inconvenientes económicos que tenía debido a la separación y a la crisis de la Fundación, lo difícil que era haber perdido el día a día con sus hijos, y lidiar a menudo con el malhumor de ellos y el suyo propio. También le explicó que, cuando la gente se separa, las relaciones con los amigos que eran del o de la ex muchas veces con el paso del tiempo se pierden, y que en un par de casos él lamentaba haber dejado de verse con personas que habían sido muy cercanas. En el reparto de bienes, ahora esos amigos solo le pertenecían a Lucía.

Cuando Esteban terminó con su listado de problemas, Cecilie le dijo que quizás en el tiempo que llevaban juntos ella había sido un poco egoísta. Que ahora se daba cuenta que nunca se había puesto a pensar en los contratiempos de su vida de recién separado. Quizás esa actitud se debiera a que no quería escuchar ni saber lo que le esperaba si algún día ella también decidiera tomar ese camino. Le ofreció unas disculpas que a Esteban le resultaron sinceras, lo miró a los ojos abriendo grande los suyos, le tomó con sus dos manos la izquierda de él y le dijo: “Cuando quieras nos acostamos.” Y agarrando el ticket, agregó: “Ah, y esta vez pago yo.”

Continuará…

Capítulo siete.

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/26/un-romance-escandinavo-parte-siete/

 

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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