Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo siete.

13

Cuando Esteban y Cecilie finalmente concretaron la asignatura que tenían pendiente, el reglamento de la noruega comenzó a deshilvanarse. Todas aquellas infinitas y detalladas prevenciones que había decretado en más de diez artículos, empezaron, para ella misma, a carecer de sentido. Atrás quedaron los encuentros en bares alejados del centro, y los minutos que Esteban debía esperar para abandonarlos luego de que ella saliera. En cuanto a las escapadas al cine, fueron reemplazadas por encuentros a primera hora de la tarde en la casa de Analía. Todo el tiempo que antes era acaparado por bares, restaurantes o cines, ahora había sido suplantado por la actividad que más habían deseado y postergado.

Los problemas de Cecilie con Jakob continuaban de mal en peor. La diferencia era que ahora a ella parecía no importarle; ni siquiera hacía demasiado esfuerzo por disimular el fastidio que arrastraba desde hacía meses, ni la creciente certeza de que la relación matrimonial tenía una fecha de defunción no muy lejana. Lo más difícil para Cecilie era seguir compartiendo con Jakob el lecho conyugal. Todas las noches él intentaba iniciar un acercamiento romántico, que se enfrentaba inexorablemente con la distancia que imponía ella. Cada vez que Jakob volvía a preguntarle qué le pasaba, Cecilie le contestaba con una ristra de excusas que repetía de memoria y casi siempre en el mismo orden. Jakob se mostraba cada vez más exasperado frente a sus evasivas. Le actualizaba día a día el tiempo que llevaban sin mantener el más mínimo contacto físico, y le peguntaba si acaso debía satisfacer sus necesidades recurriendo a alguna chica porteña. Frente a esa pregunta provocadora, Cecilie siempre guardaba silencio, tratando de no echar más leña al fuego. Pero una noche, luego de que la escena se repitiera y Jakob amenazara en buscar afuera lo que no encontraba en casa, el silencio de Cecilie esta vez no lo conformó. Fue elevando la voz, la tomó por la espalda, le apretó fuerte los brazos, e insistió gritando cada vez más fuerte: “¿Eso es lo que quieres? ¿Qué me acueste con otra?” Mientras gritaba, Jakob comenzó a tocar los senos de ella, a besarle el cuello, y a decirle al oído que tenía que entenderlo, que ya no aguantaba más. Cecilie le gritó que la soltara, y golpeó repetidas veces con su codo derecho el abdomen de él. Los impactos de ella los enfurecieron y excitaron aún más a Jakob, quien separó las piernas de ella y la puso boca abajo. Luego la levantó por la cintura, se sentó en la cama sobre sus rodillas, y directamente la penetró. Cecilie primero pegó un alarido, pero después se puso a llorar en silencio, y a masticar odio y bronca. Sabía que entre ella y Jakob en términos de fortaleza física no había equivalencias. Solo le quedaba esperar que la violación que le estaba perpetrando su propio marido terminara lo antes posible. Intentó pensar que quien estaba detrás suyo era Esteban, que había llegado a rescatarla de ese rufián en un caballo alado blanco, y que luego de darle muerte con su espada y de desgarrar las sábanas manchadas de sangre por el ultraje, se acostaba con ella para redimirla.

Después de lo sucedido aquella noche, y sabiendo que no sería capaz de afrontar la separación con todas las implicancias que tendría para sus hijos y su vida laboral, Cecilie decidió que en adelante viviría como una mujer separada de hecho. Le dijo a Jakob que a partir de ese momento dormiría en la habitación de huéspedes, y que cada uno haría su vida turnándose en el cuidado de los niños. Jakob intentó llorando pedirle disculpas, le dijo que al ser su marido no podía acusarlo de haberla violado, y le prometió que jamás volvería a intentar mantener relaciones sexuales sin su consentimiento. Pero la respuesta de Cecilie fue terminante y gélida: “Tú para mí no existes más. Y que te quede claro para que no lo olvides nunca: si no te denuncio es porque eres el padre de mis hijos. Pero entiéndeme bien: nunca jamás, jamás, jamás, se te ocurra volver a ponerme tus sucias manos encima.”

14

Si la relación entre Esteban y Cecilie ya había perdido algo de la clandestinidad que la marcó desde el comienzo, luego de la violación de Jakob las prevenciones ante las miradas ajenas se relajaron casi por completo. A tal punto que algo que empezó como una broma terminó convertido en uno de los hitos más curiosos de la relación entre el sociólogo argentino y la diplomática noruega. Una amiga y compañera de trabajo de Esteban, Gabriela, lo había invitado a su próximo casamiento y luego había acotado, sonriendo: “Ah, y podés traerla a esa noruega que te tiene medio tontito.” Esteban le contó la anécdota a Cecilie, quien le preguntó si en verdad estaba invitada. Él le contesto que por supuesto que sí y la interrogó: “¿Alguna vez fuiste a un casamiento judío?” Ante la negativa de ella, Esteban le dijo: “Ah, no sabés lo divertidos que son. No te lo podés perder.” Ella abrió las manos, levantó los hombros y le dijo: “Si no puedo perdérmelo, entonces voy.”

Al día siguiente Esteban se acercó a Gabriela para informarle que Cecilie lo acompañaría a su fiesta de casamiento, incluyendo el paso anterior por el templo para presenciar la ceremonia religiosa. Mientras conversaban sobre la inminente boda y cómo había hecho Esteban para convencerla que fuera su partenaire, se sumó a la charla la contadora de la Fundación, Betina. “Parece que uno que yo sé de acá a unos añitos lo perdemos. Nene, ¿no te parece que en Noruega hace demasiado frío? ¿O esa chica te calienta tanto que no te vas a dar cuenta?” Esteban se río, le dio unas palmaditas en la espalda y le dijo: “No sé adónde voy a terminar yendo yo, pero a vos en unos añitos te veo internada en el Moyano.”

Betina tenía 37 años y trabajaba en la Fundación desde hacía más de diez. Con excepción de los directivos era la que tenía mayor antigüedad. Por ella pasaban todas las autorizaciones de gastos cómo viáticos, pasajes, compra de muebles y útiles, cajas chicas,  así como las rendiciones periódicas exigidas por los organismos donantes. En otras palabras, con Betina lo mejor era llevarse bien. En cuanto a su vida íntima, nunca se había casado ni convivido con nadie. Ni tampoco, a guiarse por lo que ella decía, esos proyectos le interesaban demasiado. Su vida sexual era muy activa, aunque sus relaciones de pareja no solían extenderse por más de dos o tres meses. Cuando sus amigos o familiares la interrogaban sobre esa peculiaridad, les decía que ellos se preocupaban más por eso que ella. Y si su interlocutor se ponía muy pesado, le contestaba con una frase de Roland Barthes que se la había escuchado hace tiempo a Esteban: ¿por qué es mejor durar que arder? Cuando los comentarios se referían al avance de su reloj biológico, respondía que ni loca pensaba tener hijos.

Apenas Esteban se separó de Lucía, Betina y él fueron a tomar unas cervezas a la salida del trabajo. Esteban estuvo casi tres horas desahogándose, y ella lo escuchó casi todo el tiempo en silencio, metiendo apenas algún que otro bocadillo. Mientras le contaba los miedos y las incertezas que le generaban su cambio de status conyugal él ingirió una cantidad desmesurada de alcohol, a punto tal que cuando intentó pararse para ir al baño terminó desparramado en el suelo. Un segundo intento por ponerse de pie culminó de la misma manera. Hasta que dos muchachos que estaban en la barra fueron en su auxilio. Betina le explicó a Esteban que no estaba en condiciones de manejar, y que lo mejor sería que fueran a tomar un café a su casa. “Dale. Tranquilo. Estamos a solo dos cuadras.”

Cuando llegaron a su departamento Betina le dijo que mientras preparase café le convenía darse una ducha. Abrió los grifos para que el agua fuera calentándose, y le dejó una toalla y una remera suya que supuso le quedaría bien. Pasó casi media hora y Esteban continuaba en la ducha. A Betina le llamó la atención y tocó la puerta. Ante la falta de respuesta insistió con golpes más fuertes. Entonces la abrió y lo encontró tirado y dormido, mientras el agua seguía cayendo sobre su cuerpo. Cerró el grifo de agua caliente y apunto el duchador con agua helada directo a la cara de él. Esteban pegó un grito sobresaltado y todavía más dormido que despierto, balbuceó: “¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?” Betina lanzó una carcajada, y le dijo: “¿No te acordás que quedamos en festejar tu separación? Bueno, esta es la parte sorpresa del festejo.”

Continuará…

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/28/un-romance-escandinavo-parte-8/

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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12 comentarios

  1. Totalmente sorpresivo este capitulo!! Gracias que no tuve que esperar las entregas, el manejo de la ansiedad no es una de mis fortalezas…

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