Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo nueve.

17

Cecilie partió con su familia en un vuelo agotador a Oslo con escalas en San Pablo y París, para pasar tres semanas de vacaciones en pleno verano noruego. Su objetivo primordial era estar cerca de su familia y frecuentar a sus amigos. En particular le interesaba que sus hijos estuvieran la mayor cantidad de tiempo con sus abuelos, tíos y primos, y que se reencontraran con algunos amiguitos del colegio. Asimismo, quería aprovechar la estadía para recorrer con ellos los fiordos noruegos, una de las principales atracciones turísticas de la península escandinava. Sus padres le habían prestado una casa de campo en las afueras de Oslo, sencilla pero confortable, y su madre le había dejado su auto para hacer las compras en el pueblo más cercano y trasladarse con los niños al centro de la ciudad.

Cecilie le había pedido -o más bien exigido- a Jakob que se alojara en la casa de los padres de él. Cuando viniera a visitar a los niños ella se quedaría con alguna amiga o con sus padres. Cecilie había decidido comunicarles a sus familiares y allegados la decisión de separarse de Jakob lo antes posible. Aunque sabía que los trámites del divorcio llevarían algún tiempo, su deseo era que él no regresara a Buenos Aires. Si bien la mayoría se sorprendió con la noticia, y la ametrallaron a preguntas sobre los motivos de la separación, su determinación recibió un apoyo unánime. No obstante, muchos no se privaron de reiterarle lo que le habían dicho desde el comienzo: ella era demasiada mujer para él.

Cecilie no había imaginado que la casa de campo no contara con servicio de Internet. Eso dificultaba la comunicación cotidiana que había supuesto que mantendría con Esteban. Solo la oficina de correos del pueblo tenía una conexión, pero quedaba a cinco kilómetros de la casa. Además era tan inestable que al menos la mitad de los días no funcionaba. Utilizarla era, por lo tanto, una cuestión de suerte, a lo que se sumaba la incomodidad de pedir prestado un servicio que no estaba abierto al público. En cambio, la finca tenía un teléfono fijo, pero el costo del minuto de la llamada era, aun para los suculentos ingresos de Cecilie, demencial. Por el momento se comunicaría con él por correo electrónico, y cuando visitará a sus padres o amigos, quizás por chat.

Cecilie salió en la tarde a probar fortuna en la oficina de correo. Antes había dejado a los niños al cuidado de una pareja mayor que vivía en la casa de al lado, y que eran viejos conocidos de sus padres. La mala suerte quiso que le tocara uno de esos días en que Internet estaba caída. El encargado, un hombre afable que se llamaba Lars y que estaba cercano a jubilarse, la alentó a que regresara el día siguiente; incluso le anotó el número de teléfono de su despacho para que lo llamara antes de salir. Cuando estaban por despedirse, Cecilie vio acercarse a un muchacho que saludaba a Lars desde el otro lado de la calle. Éste le contó con orgullo que era su hijo mayor y el único abogado que vivía en el pueblo. Cuando ya estaba a solo tres o cuatro metros, el muchacho se llevó las manos a la cabeza, arqueó las cejas, entreabrió la boca con expresión de asombro y con un leve tono de interrogación exclamó: “Cecilie… ¿eres tú?” Cecilie que nunca había tenido buena memoria para las caras, intentó que su cerebro procesara rápido la información que estaba recibiendo, y mientras tanto se acercó a él para saludarlo con un apretón de manos. Él notó su confusión y fue en su auxilio. “Soy Mikkel, ¿me recuerdas? Fuimos compañeros de colegio desde el preescolar.” Recién ahí Cecilie logró asociar la cara con sus recuerdos. No lo veía desde hacía quince años. Rememoró que Mikkel era un chico que siempre estaba alegre y de buen humor; de esos que son amigos de casi todo el mundo y que raramente tiene algún conflicto con alguien. Pensó que el tiempo lo había mejorado. Era alto, su cuerpo delataba que pasaba mucho rato en el gimnasio, y con los años su cara se había vuelto más interesante que la que tenía en la adolescencia. Luego de abrazarlo, Cecilie le dijo que se alegraba de haberlo encontrado y que se lo veía muy bien. Él le devolvió la gentileza: “Tu siempre fuiste hermosa, pero el paso del tiempo te ha puesto aún más bonita.”

El encargado de correo, que se había puesto contento por la coincidencia, le contó a su hijo que Cecilie necesitaba utilizar Internet, y propuso que ya que eran viejos conocidos, la invitara a su casa para que pudiera resolver el problema. Mikkel en un principio se quedó paralizado por la sugerencia, pero rápidamente se recompuso. “Por supuesto. Vamos ahora y de paso charlamos un poco y conoces a mi familia.” Cecilie intentó negarse, adujo que no quería molestar, y que al fin y al cabo solo era un asunto de trabajo. Pero él se mantuvo firme y le dijo que no aceptaría un no por respuesta. Se despidieron del padre de Mikkel, y caminaron las cinco cuadras que separaban la oficina de correos de la casa de su ex compañero de colegio. En el camino intercambiaron información básica de la vida de ambos y Mikkel le anunció que tenía una sorpresa0.

Al llegar a la casa él abrió la puerta, y anunció en voz alta que venía acompañado. Primero un perro y luego dos niños pequeños corrieron a su encuentro, mientras él llamaba a su mujer. “Laila, mira con quien he venido.” Cuando ella se presentó su cara se puso lívida. Cecilie la examinó y tardó algo más en reconocerla. Laila y Cecilie habían sido, además de compañeras de colegio, casi enemigas. Cecilie lideraba él grupo de chicas que practicaban vóley, mientras que Laila era la que encabezaba a las que jugaban fútbol. Se peleaban en general para dirimir intrascendencias: cuál de los dos deportes era más divertido, el que traía mayores beneficios para el desarrollo físico, o el que forjaba mejor el carácter. Pero como toda cofradía, las disputas también referían a cuestiones aún más vanas, como por ejemplo quiénes tenían mayor resistencia al alcohol, y si eran las voleibolistas o las futbolistas las que conseguían mayor éxito con los muchachos más guapos del colegio.

Antes de saludar a Cecilie, Laila le reprochó a Mikkel en un tono enojoso, que no pudo o no quiso disimular, que le podría haber avisado que tendrían visitas. Y agregó con acidez si no sabía que se habían inventado unos aparatitos pequeños llamados teléfonos móviles. Cecilie le dijo que no se preocupara, se acercó a abrazarla y para distender el ambiente lanzó la siguiente frase: “Mikkel debe haber organizado este encuentro para que finalmente las voleibolistas y las futbolistas nos reconciliemos.” Todos se rieron de la broma y Laila recogió el guante. “¿Acaso alguna vez estuvimos enemistadas?” Volvieron a reír y la dueña de casa anunció que pasaría al baño para ponerse en condiciones. Mientras dejaba la sala y ahora en tono de broma, amenazó a su marido: “¡La próxima vez que no me avises te mato!”

Cecilie aprovechó para consultarle a Mikkel si podía aconsejarla sobre algún paseo a los fiordos para llevar a sus hijos. Él le contestó que no había nada que pensar. El día de la Noche de San Juan Mikkel había contratado para su familia una excursión para pasar la noche en Ålesund. Más tarde le explicaría los detalles y el porqué de la elección de esa ciudad, pero si no quería perderse el paseo, era necesario reservar los pasajes ahora mismo. Cecilie contestó que le parecía genial y Mikkel marcó en el acto el número de su agente de viajes. “Dag, necesito que me reserves cuatros tickets más para Ålesund el día 23. Si, exacto, para la noche de San Juan.” Cecilie tocó el brazo de Mikkel, negó con la cabeza y extendió los tres dedos centrales de la mano derecha. Él frunció el ceño desorientado, pero ella mantuvo los dedos extendidos y los movió de izquierda a derecha como jugando. Cuando cortó le anunció a Cecilie que justo eran los últimos tres lugares que quedaban; que ya estaba todo resuelto. Luego le preguntó si Jakob estaba enfermo. Cecilie replicó que gozaba de buena salud, que se trataba de una situación complicada y que en otro momento le contaría. Mikkel hizo unas señas con las manos diciendo que no era su intención entrometerse, y la acompañó al escritorio para que utilizara la computadora. Cecilie le agradeció dos o tres veces por todo, y cuando se sentó frente a la pantalla no supo cómo empezar. Finalmente escribió el primer párrafo: “Nunca te lo dije, pero ahora me doy cuenta que me rescataste de un infierno en el cual no me daba cuenta que estaba viviendo. Solo por eso te estaré eternamente agradecida. Y hablando de infierno, aunque no lo creas, no sabes el calor que está haciendo en Oslo. Como dicen Uds., estamos en el horno.”

18

El mismo domingo que el avión de Cecilie voló a Oslo, Esteban y sus compañeros de trabajo fueron invitados a comer un asado a la quinta de una compañera, Alicia, en la localidad de San Fernando, ubicada a unos 27 km. al noroeste del centro de Buenos Aires. Esteban había llegado un par de horas antes en su auto con Betina y Jorge, porque ambos varones se habían comprometido a hacer el asado. La excusa de la reunión era el festejo de los veinte años cumplidos por la Fundación días atrás. Más allá del agasajo oficial que había tenido lugar en la semana, ellos querían tener el suyo sin la presencia de los jefes ni de los miembros de la Comisión Directiva. Luego de comer un asado acompañado con abundante vino tinto, Esteban y Jorge recibieron y agradecieron el tradicional aplauso para el asador. Una de las chicas reclamó pidiendo que también aplaudieran a “las que hicimos las ensaladas”, preguntando si acaso esa tarea no tenía la misma o incluso mayor importancia que tirar unos pedazos de carne sobre las brasas. Su pedido fue festejado por todos y retribuido con risas y batida de palmas. Después de una sobremesa que duró alrededor de una hora y media, Alicia les dijo que no podían perderse la excursión al río. Les indicó que debían caminar cerca de media hora por un sendero de tierra que los llevaría directamente a la ribera, aclarándoles que era imposible que se perdieran. A los quince minutos de marcha a ritmo cansino, se toparon con una tranquera que impedía el paso. Cuando uno de los muchachos estaba por abrirla, Esteban le pidió que no lo hiciera. Ante la sorpresa generalizada, anunció que quería saltarla por encima y les pidió a todos que prestaran atención. Dos de las chicas le suplicaron que no lo hiciera y Betina, menos diplomática, agregó: “Boludo te vas a estrolar“. Por su parte Jorge le preguntó si estaba seguro y le advirtió que correría un riesgo innecesario. Alguna vez cuando era pequeño, Esteban había practicado salto en alto en el club, y los profesores les habían transmitido a sus padres que él tenía muchas condiciones para esa disciplina. Ahora, preso de un ataque de vanidad, e insuflado por las endorfinas que le proveía su relación con Cecilie, quería lucirse delante de sus compañeros, y demostrarse a sí mismo que todo aquello que se proponía lo conseguía. Se colocó a unos veinte metros de la tranquera, puso los brazos en jarra y esperó unos cuantos segundos buscando concentración. Utilizó la visión periférica para mirar las caras expectantes y en algunos casos temerosas de sus amigos, soltó los brazos y los movió buscando aflojarse, y se lanzó en un pique a toda velocidad. Cuando estaba llegando a la tranquera dio un último paso más largo con el pie derecho, levantó la pierna izquierda flexionada para saltar sobre el obstáculo y un par de décimas después hizo lo propio con la derecha. Llegó a sentir el placer de estar volando por encima de la tranquera, y alcanzó a imaginar en ese instante las miradas de admiración y las felicitaciones que recibiría. Pero lo que sucedió fue otra cosa. La punta del pie izquierdo se enganchó con el travesaño de la tranquera, y la tibia de la pierna derecha pegó de lleno en el mismo. Esteban sintió un golpe tremendo y cayó con violencia al piso. El dolor era bestial, pero el orgullo mayor. Cuando sus compañeros se acercaron a socorrerlo se paró por sus propios medios, les dijo que no había logrado pasar por uno o dos cm., que había cometido un error de cálculo y que no era nada para preocuparse. Continuó caminando hacia el río con el grupo intentando disimular la renguera. Cuando llegaron se sentó alejado de la costa, al tiempo que contemplaba en solitario el paisaje ribereño. En tanto sus compañeros jugaban pasándose en ronda una pelota de vóley. Ante la insistencia para que se sumara, Esteban eludió la invitación afirmando que ese era el juego más aburrido del mundo.

A cada rato comprobaba como la tibia se le iba hinchando y que el dolor, en lugar de amainar, crecía en intensidad. Se esforzaba para que su cara no denotara padecimiento ni preocupación. Ante las reiteradas preguntas de sus compañeros él seguía negando la dolencia, y apenas confesaba una ligera molestia. En un momento Betina se acercó y se sentó a su lado. “Boludo vos te hiciste mierda. El golpe que te diste hasta hizo ruido. A los demás deciles lo que quieras, pero a mí salame contame la verdad. Te estás muriendo de dolor, ¿no cierto?” Esteban se limitó a asentir y puso el dedo índice de la mano derecha perpendicular a sus labios pidiéndole silencio. Ella le dijo que se quedara tranquilo, que no lo iba a delatar.

Cuando volvieron a lo de Alicia, Betina fue directo al freezer de la heladera y vació las cubeteras de hielo. Metió los cubitos en una bolsa de nylon y le sugirió a Esteban guiñándole un ojo: “Aunque no te duela por las dudas ponete un rato esto. O preferís que te la sostenga yo.” Entonces él estiró los brazos para tomar la bolsa, se levantó la parte de abajo del jean y se la colocó en la tibia de la pierna golpeada. Cuando pasaron los quince minutos que duró la aplicación de frío, Betina sugirió que se fueran lo antes posible, pero Esteban se negó. Para él irse significaba reconocer que le había mentido a sus compañeros sobre la gravedad del golpe y eso era algo que no se podía permitir. Se dispuso a soportar estoicamente las dos horas que pasaron entre merienda y charla, para recién ahí emprender la vuelta. Betina le pidió las llaves del auto y le dijo que manejaría ella. Cuando lo dejaron a Jorge en la esquina de su casa, ella dictaminó que era hora de concurrir a la guardia de traumatología del hospital. Como era domingo, el servicio estaba atiborrado de pacientes, la mayoría de ellos futbolistas. Cuando hacía más de una hora que estaban esperando, Esteban se empezó a marear, notó que las manos le transpiraban, que una taquicardia lo tomaba por asalto y que el pecho se le oprimía dificultándole la respiración. Fue lo último que sintió. Cuando se despertó estaba en una camilla y un médico le explicaba que había tenido un ataque de pánico. “No te preocupes. Es un mecanismo de defensa natural contra el dolor. Pasando a la pierna, ¿tan habilidoso sos para que te hayan pegado ese patadón?” Esteban se río y optó por no desmentir la versión del médico. Después de todo era mucho más decorosa que la verdadera. Le dijeron que el golpe había sido fortísimo, que era un milagro que no se hubiera fracturado y que como mínimo precisaba una semana de reposo con la pierna para arriba, y tomar calmantes y desinflamatorios. Le sacaron una radiografía y una resonancia magnética para descartar una fractura, y le dieron una inyección para aliviarle el dolor.

Luego Betina llevó a Esteban al departamento de Analía, y cuando llegaron le preguntó si quería que esa noche le hiciera de enfermera. Él le agradeció el ofrecimiento, pero le señaló que lo único que quería era dormir. A lo cual ella replicó. “Bueno, de todas maneras acá no tengo el uniforme. Ahora yo digo, ¿puede ser que seas tan nabo? ¿Hacía falta que te hicieras delante de todos el guacho pistola? ¿O como la vikinga se fue estás más pelotudo que de costumbre?” Esteban sonrió y contestó lo siguiente: “Y sí. Soy medio nabo y un poco guacho pistola. Y que se haya ido la vikinga me tiene medio pelotudo. Menos mal que te tengo a vos. Si tuvieras el uniforme de enfermera hubiera aceptado el ofrecimiento. Pero como no lo tenés, tomatelas.” Los dos rieron, Betina le revolvió el pelo con la mano, le dio un beso en la frente y le hizo prometer que si el padecimiento se volvía insoportable o tenía un nuevo ataque de pánico, la llamara a cualquier hora. Antes de irse le preguntó si quería que le comprara algo en el súper. Él le dijo que no hacía falta, que aún le quedaban provisiones y le agradeció efusivamente por todo. Por último, le dijo: “Sos tan insoportable como amorosa. Bajá ahora antes de que se vaya el encargado.” Betina se llevó los dedos pegados de la mano derecha a la sien imitando el saludo militar, abrió la puerta y se fue.

Esteban se acostó en la cama y pensó como en unas horas la vida podía cambiar en forma tan abrupta. Cecilie se había ido a Noruega por tres semanas, y producto de la vanidad, o más bien de la estupidez, estaba postrado por una lesión absurda. Sintió ganas de llamar a Lucía para contarle lo que le había pasado, pero imaginó que recibiría reproches varios del estilo: “Siempre buscando la forma de llamar la atención. Tenés 44 años. A esta altura vos no aprendés ni cambiás más. ¿No hablamos mil veces de que antes de hacer estas pavadas se te tiene que prender la alarma de la sensatez?” Luego de escuchar el diálogo imaginario con su ex mujer, desistió de hacer la llamada. Como la merienda había sido abundante y su voluntad de prepararse algo para cenar nula, puso la pierna lesionada sobre un par de almohadones, apagó la luz y trató de ahuyentar los pensamientos autoflagelantes. Sintió frío y por primera vez tomó cuenta que el departamento de Analía no tenía ningún tipo de calefacción. Comparado con las tribulaciones de ese día, la baja temperatura de la noche le pareció irrelevante. Ya en la semana compraría una estufa. Se tapó con la sábana, un par de frazadas y el acolchado. Al rato se durmió.

Continuará…

Link al capítulo diez

 

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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14 comentarios

  1. Muy interesante! me inquieta no saber que pasa con los sentimientos de Esteban. Hasta ahora sé que responde al estereotipo de varón: Proveedor, la cuota alimentaria es superior a la esperada , Predador exitoso se propone conquistar a la rubita, apuesta con su amigo y consigue los dos objetivos, Protector se banca el histeriqueo para evitarle sufrimientos culposos a la esposa y madre Fuerte soporta el dolor fisico frente a los demás. Varón argentino de pies a cabeza
    Ojala el desenfado de Betina le mueva un poco la estructura. Espero ansiosa el próximo capítulo

    1. Gracias! Si. A Esteban se le están complicando un poco las cosas. Puede que siga como ahora, pero también que entré en crisis. Ya veremos. Besos!

  2. Bien que la historia sigue! No me convence mucho el lenguaje tan “porteño” de algunos personajes pero es solo un detalle…veremos para dónde viran las historias!!!!!! Ahhh, tanto machismo a estas alturas me hace ruido: …asado los varones, ensalada las chicas…” pero son sólo detalles no? La historia sigue buena…

    1. Te debes referir a Betina por el lenguaje porteño, ¿no? Es que ella es medio bestia y malhablada. Con respecto al machismo lo tomo, pero hago una aclaración que creo que está implícita en el relato. Los hechos transcurren hace casi 15 años. Se envían SMSs, hay videoclubes, se habla del conflicto con las papeleras finlandesas. No quise poner la época de manera explícita, pero más o menos son casi 15 años. Gracias Marga.

  3. Bueno… En principio, enhorabuena! Volvió mi must en la combi.
    Voy al capítulo:
    Y sí…las mujeres solemos conmovernos con las torpezas de los hombres.
    Lejos de mí plantear desde este lugar, algún disparador para inicio de debate feminista-machista. No dan los 50.000 grados que amedrentan a las paletas de los ventiladores de techo. Escribo este comentario mientras espero la comida, ya sentada a la mesa en una parrilla en Canning. En casa no hay luz.
    Cómo decía, impactan en nuestras fibras más tiernas los “tropiezos” de Esteban y evidentemente, Ceci y Bettina adhieren a este colectivo.
    Estas situaciones como vemos, juegan a favor del joven. Tanto en la “Reserva” como en “Sanfer” (perdón…es mi zona de influencia y me permito llamarlo así), las chicas respondieron desde la ternura y el cariño….y ubicado ahí, Esteban queda siempre muy bien perfilado para el avance. (“Capria” le dicen en el barrio).
    Qué va a pasar en tanto, allende los mares y en territorios de Odín…We don’t know…Los problemas técnicos que reducen o inhabilitan la disponibilidad tecnológica en la comunicación, suelen (como paradoja) acercar a las personas. Vaya si es así…
    Llegó mi entrañita. Bye.

    1. Hay muchos comentarios sobre Esteban, que lo motiva, su torpeza. No sabemos en verdad si esta última característica, la torpeza, además de ser un defecto que arrastra de toda la vida, la utiliza además como herramienta de seducción. Probablemente sí. Que mejor que usufructuar el beneficio secundario de la “enfermedad”.
      Aprovecho tu comentario para decir algo que vengo pensando desde hace tiempo, y que llegado el momento me explayaré más. Estar escribiendo un cuento o cualquier formato de ficción al tiempo que los seguidores del blog lo leen, inevitablemente influye en la escritura. Hablo de los comentarios en el blog, pero también de tantísimos más que llegan por otras vías. Lo que me lleva a pensar que esta forma de escribir tiene una característica que me gusta: la interactividad. Y habrá que ver cómo influye a partir de ahora, que deberé tomar algunas decisiones, imaginar desenlaces, hacer equilibrio entre lo que supongo que desean los que leen, y cómo me gustaría terminarlo a mí, si supiera cómo terminarlo. Mas no se asusten: terminará.

  4. Sr autor, usted definitivamente esta alterando mi rutina con su cuento, ahora leo mientras almuerzo.
    Despues de tantos comentarios tan interesantes y debido a la falta de tiempo (hay que volver s trabajar), mas adelante le cometare humildemente. Solo diré, sigo siendo #teamCecilie

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