Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo diez.

19

Las vacaciones de Cecilie en Noruega transcurrían con relativa calma. En la casa de campo disfrutaba de la compañía de sus hijos, y jugaba mucho con ellos tratando de compensar el poco tiempo que les había dedicado los últimos meses en Buenos Aires. Se aplicó a la lectura de varios de los libros que tenía apilados en la mesita de luz de la casa de San Isidro, nadó sistemáticamente todas las mañanas en la piscina de la finca, y cuando podía dejar a los niños con el matrimonio vecino, salía con la bicicleta a explorar los distintos paisajes de la zona.

Los únicos momentos tensos los sufría cuando Jakob venía a quedarse con los niños. Él iniciaba conversación sobre temas triviales, para luego intentar hablar de la situación en la que se encontraban. Cecilie hacía caso omiso y le decía que no tenía nada que conversar con él; apenas le dirigía la palabra para darle instrucciones sobre aspectos domésticos: que cosas comprar en el supermercado, las comidas que sugería prepararles a los chicos, y de los juegos que había en la finca, cuáles eran los que más les gustaban. Sabía que estaba postergando la charla sobre el divorcio, y comunicarle que no quería que volviera a Buenos Aires. Y aunque estaba enojada y resentida, también sentía culpa. Después de todo Jakob había dejado su trabajo en Oslo para seguirla a Argentina, y lo había hecho enfrentando la oposición de muchos de sus familiares y amigos, que le habían criticado marcharse a una ciudad tan ajena y lejana, en la cual tendría poco y nada para hacer. Y aunque no se lo habían dicho abiertamente, varios habían dejado entrever que en Buenos Aires quedaría opacado a la sombra de su mujer. Ella sabía que el tiempo apremiaba. Faltaban poco más de dos semanas para regresar a Buenos Aires, y no podía informarle su decisión cuando estuvieran al pie del avión.

Cuando Cecilie quería escribirle a Esteban, antes llamaba a Lars para preguntarle si la conexión a Internet funcionaba. La comunicación entre ellos no tenía la continuidad y fluidez que ella había imaginado. Por un lado por los problemas técnicos de la oficina de correo, y por otro lado porque el departamento de Analía carecía de servicio de Internet. Además Esteban seguía postrado por la lesión, y el locutorio más cercano estaba a siete cuadras de su casa. Para trasladarse debía soportar el dolor de la caminata, e incumplir las instrucciones de reposo que le había indicado el traumatólogo. Sucedía entonces que cuando Cecilie iba a la oficina de correos o Esteban al locutorio, muchas veces no encontraban respuesta a su última carta, lo que los llenaba de frustración. La discontinuidad en la comunicación tornó a las misivas esencialmente descriptivas, y las palabras de afecto quedaron relegadas a las despedidas. En parte, porque la distancia y la relación indefinida que tenían, les generaba a ambos miedo e incertidumbre: “¿Me seguirá queriendo y extrañando como yo a él/ella?”, era lo que a menudo pensaban.

El esperado día de la excursión a los fiordos y a la Ciudad de Ålesund llegó. Cecilie primero se trasladó con los niños en el auto hasta la casa de sus padres, y luego su madre los llevó al aeropuerto de Oslo-Gardermoen. Al rato que llegaron y luego de que Cecilie hiciera el check in, escuchó la voz de Mikkel que la saludaba agitando un brazo. Él se acercó a darle un abrazo, saludó efusivamente a los niños, y les dijo que sus hijos tenían más o menos la misma edad que ellos. Laila se levantó de la silla en la que estaba junto a sus niños, y fue también al encuentro de Cecilie. Estaba bien arreglada. Ahora si se parecía a la chica impetuosa, un poco salvaje y bonita que ella recordaba. Ya en el avión Cecilie durmió durante las poco más de dos horas que duró el vuelo entre las ciudades de Oslo y Ålesund. Ni siquiera se despertó cuando la azafata pasó a ofrecer un refrigerio, ni cuando los niños le reclamaron algo de atención. Al aterrizar ambas familias tomaron un autobús proporcionado por la agencia de turismo que los llevó al centro de Ålesund. Allí iniciaron la primera parte de la excursión, que consistía en un recorrido por esa ciudad para apreciar su arquitectura y conocer su historia.

El guía les explicó que Ålesund está edificada sobre siete islas de la costa oeste de Noruega, y que está atravesada por canales. Les contó que en 1904 se produjo uno de los incendios más grandes de la historia de Noruega, que destruyó buena parte de la zona central de la ciudad. Si bien solo murió una persona, alrededor de 10.000 se quedaron sin vivienda. Eso obligó a reconstruir las zonas afectadas utilizando piedra y ladrillo, siguiendo los lineamientos modernistas del Art Nouveau, -el estilo arquitectónico de la época, famoso por sus torrecillas, agujas y ornamentación decorativa-, convirtiéndose así, años después, en uno de los destinos turísticos más importantes del país. Para finalizar el recorrido subieron al mirador del monte Alksla, emplazado a una altura de 130 metros sobre el nivel del mar, donde pudieron apreciar espectaculares vistas panorámicas de la ciudad y de los fiordos noruegos.

Luego la comitiva se dirigió al puerto de la ciudad para iniciar la segunda parte de la excursión, que consistía en navegar en un barco de gran porte por los fiordos, y regresar a la noche a Ålesund para la celebración de la Noche de San Juan. Al mediodía las dos familias almorzaron juntas y Mikkel aprovechó para contarles a los niños la Leyenda de San Juan. Les relató primero que la Fiesta o Noche de San Juan rememora el nacimiento de San Juan Bautista por parte del cristianismo, aunque les aclaró que están los que vinculan la festividad a ritos paganos anteriores. Agregó que en la mayoría de los países la fiesta se celebra el 21 de junio, en coincidencia con el solsticio de verano, cuando la noche es más corta y la luz se extiende hasta casi 22 horas. Sin embargo, en algunos países, como Noruega, se conmemora en la noche del día 23, debido a que se cree que San Juan Bautista nació el 24 de junio. Les contó que la parte más bella de la celebración es cuando a la noche se encienden grandes hogueras, que de acuerdo con el rito es para darle “más fuerza al sol”, ya que a partir de esa fecha los días comienzan a ser más cortos. Luego les anunció que venía la parte más interesante: Ålesund. Pero el almuerzo ya había finalizado, y los niños estaban más impacientes por ir a jugar que en continuar escuchando el relato. Los adultos decidieron que era hora de liberarlos, y que podían terminar de contarles la historia en la merienda.

Aunque en la zona de juegos había tres chicas encargadas del cuidado de los pequeños, Laila, que se confesó temerosa, sugirió que se turnaran para darse una vuelta y chequear que todo estuviera bien. Mikkel se ofreció para cubrir el primer turno. Cecilie y Laila dejaron la mesa, y comenzaron a caminar por la cubierta. Recordaron las épocas en que eran enconadas rivales, y se rieron rememorando los absurdos motivos que provocaban las disputas. Laila le confesó que Mikkel le había comenzado a gustar desde el inicio de la secundaria, pero que a pesar de los esfuerzos que hacía para llamar su atención, nunca lo conseguía. “Quizás estaba más interesado en las voleibolistas.”, bromeó.

Cuando llegó la hora de la merienda, continuaron con el relato de la Noche de San Juan. Cecilie tomó la posta, y contó que en rememoración del incendio de 1904, los habitantes de Ålesund juntan madera durante varios meses para hacer la fogata más alta del mundo A tal punto que un año el fuego había alcanzado una altura de 40 metros. Y que esa noche ellos iban a ver ese espectáculo desde el barco. Mientras tanto, el buque navegaba por el fiordo Geiranger, que es uno de los más bellos del mundo, al punto que fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la humanidad. Se maravillaron con las dos cascadas de las “Siete hermanas” y las “Del pretendiente” y el “Velo nupcial”. Luego de recorrer los 15 km. de largo del fiordo, el barco regresó a Ålesund.

Cuando los niños estaban en la sala de juegos, los tres continuaban con los turnos rotativos sugeridos por Laila. Cuando les tocó a Mikkel y Cecilie quedar libres, ella le contó la situación que atravesaba con Jakob, y como le estaba costando comunicarle su intención de divorciarse y pedirle que no regrese a Buenos Aires. Mikkel le confesó que a veces él también tenía dudas de su relación con Laila, aunque suponía que después de estar tantos años juntos seguramente eso era normal. Después le dijo que, aunque Laila no lo sabía, él siempre había sido partidario de las voleibolistas. “Bueno, supongo que a esta altura ya no tiene importancia, pero tú me gustabas mucho.” Cecilie se sintió incómoda y trató de cambiar de tema, pero Mikkel insistió: “¿Y tú nunca te fijaste en mí?” Cecilie le contestó que él siempre le había caído muy simpático, pero en verdad nunca lo había visto con otros ojos. Mikkel, que había estado toda la tarde – noche bebiendo vodka, le dijo que no le creía, le pasó la mano por la espalda e intentó besarla. Justo en ese momento llegó Laila, que había finalizado su turno y venía a solicitar el reemplazo. La ex líder de las futbolistas explotó de ira, y comenzó a proferir insultos dirigidos tanto a su marido como a Cecilie. Ésta intentó defenderse, pero enseguida se dio cuenta que no importaba lo que dijera: Laila jamás le creería, simplemente porque era más fácil para ella pensar que su compañero había caído en las artimañas de una bruja, que aceptar que había sido engañada por su marido.

Al rato la fogata de la Noche de San Juan fue encendida. Cecilie fue a buscar a sus hijos para que contemplaran el imponente espectáculo de las gigantescas llamas tratando de besar el cielo. Finalizada la excursión, al regreso evitó todo contacto con Mikkel y Laila hasta llegar a Oslo. Cuando finalmente, luego de permanecer unas horas en la casa de sus padres, retornó a la casa de campo, ya era de noche. Se sentía abatida. Le costó dormirse y se despertó a las cuatro de la mañana sobresaltada por una pesadilla. Sintió que necesitaba imperiosamente hablar con Esteban. No le importó si la llamada le costaría 200, 300 o 400 euros. Marcó el número del departamento de Analía anteponiendo los prefijos y cuando descolgaron el teléfono escuchó la voz de una mujer que decía “hola”. Mecánicamente contestó con otro “hola”. Sintió una punzada en el pecho y colgó.

20

La convalecencia de Esteban se prolongó más allá de los siete días. Cuando fue al control con el traumatólogo, éste le confesó que sabía que necesitaría más tiempo de reposo, pero que como suelen hacer los médicos, no se lo dijo para evitar un bajón anímico. ¿Cuánto tiempo más? No lo sabía con certeza, pero estimaba que con cuatro días adicionales sería suficiente. Su intento de convertirse en campeón amateur de salto con obstáculos le había salido caro.

El día de la consulta fue un miércoles, el mismo que le tocaba que sus hijos fueran a su casa. Ya no los había visto la semana pasada, así que sintió que no podía volver a cancelar. Pensó pedirle a su hermano que los fuera a buscar, pero enseguida recordó que había viajado a Mendoza por trabajo. La segunda opción que le vino a la cabeza fue Jorge. Pero este cenaba sin falta todos los miércoles con su novia que vivía en Temperley. Por último pensó en Betina, pero rápidamente la descartó: Lucía pensaría que él estaba saliendo con ella, y corría el riesgo de pagar un costo por algo que ni siquiera era cierto. Así que se resignó a tomar un taxi e ir a buscarlos. Cuando habló con Lucía por teléfono para coordinar el horario, ella le dijo que de ninguna manera debía interrumpir el reposo: ella se los llevaría alrededor de las 20 hs. Esteban le agradeció, buscó la bolsa de gel frío y se acostó en la cama apoyando la pierna encima de un par de almohadones.

Al rato sonó el timbre. Eran Lucía y los chicos. Se paró para atender el portero eléctrico y se quedó esperando que subieran. Al abrir la puerta sus hijos entraron corriendo casi sin saludar, y fueron directo a la cama de su padre a mirar televisión. Después de saludarlo con un beso, Lucía le dijo: “Ya que estoy acá, ¿puedo chusmear?” Esteban le hizo un cabeceo para que entrara y agregó: “Por supuesto que sí.” Ella le preguntó por dónde empezaba y él le contestó que daba lo mismo. Que tampoco le iba a llevar mucho tiempo la recorrida. “Bueno, ya que estoy acá empiezo por el living.” Elogió las dimensiones, supuso que a pesar de ser lateral el departamento era luminoso, pero objetó los muebles por anticuados. Esteban le dijo que así era todo el departamento, pero que a caballo regalado no se le miran los dientes. Lucía terminó la recorrida y le preguntó que tenía previsto para la cena. Él le contestó que dada su situación iba a pedir delivery de pizza. Pero Lucía se opuso: “No, pizza comieron ayer y también hace dos días cuando cenaron en la casa de mis viejos. Aunque sea día por medio tienen que comer carne.” Lucía se dirigió a la cocina y abrió la heladera. Le dijo a Esteban que tenía tres bifes enormes, y tomate, lechuga y huevos para hacer una ensalada. Entonces afirmó con un tono que no daba lugar a réplica: “Olvidate; yo cocino. ¿Y sabés qué? Como estos bifes son grandes, en pago por los servicios prestados me quedo a cenar.” Puso manos a la obra y ni siquiera le preguntó dónde estaban la plancha bifera, la ensaladera, los cubiertos, la vajilla ni el resto de los accesorios que necesitaba para cocinar y poner la mesa.

Mientras preparaba la cena le hablaba a Esteban de cómo le estaba yendo a los chicos en el colegio, los progresos que estaban logrando en la práctica del básquet y que le preocupaba que el menor se estuviera enfermando tan seguido. Esteban le contestó que había ido a verlos jugar y conversado con el pediatra por teléfono un par de veces. Ella entonces le planteó: “Fuiste a verlos una vez en cuatro meses Esteban. Y me parece bien que lo llames al pediatra, pero al consultorio siempre los llevo yo.” Él reconoció que ella tenía razón. Que habían sido meses difíciles; de muchos cambios. Pero que ni bien superara lo de la pierna se pondría a la altura de las circunstancia. Lucía le contestó que se quedara tranquilo; que no era un día para pasarle facturas. Y riendo le dijo: “Esta pequeña discusión es solo para rememorar los últimos tiempos de nuestro matrimonio. A propósito: quedate tranquilo que ya cambié la bacha.”, concluyó con ironía. Lucía no solo había cambiado la bacha. Al poco tiempo que se fue Esteban decidió pintar el departamento, cambiar todos los muebles del living y el comedor, y comprar varios cuadros y una escultura. También estaba haciendo cuentas para ver si el dinero le alcanzaba para reciclar la cocina y el baño. “Un día cuando vengas a buscar a los chicos subí. Después de todo ese departamento es de los dos.” Mientras Lucía le hablaba desde la cocina, Esteban pensó cuánto tiempo hacía que no la veía tan contenta. Además de las refacciones y los cambios en la decoración del departamento, ella había vuelto luego de varios años al gimnasio, había bajado tres o cuatro kilos y sus brazos – que era lo único que estaba al alcance de su vista – se veían tonificados. Definitivamente estaba mucho más linda y alegre que el día que se fue de la casa. Pensó que quizás estaba con alguien y la idea no le gustó. Que si así fuese, en poco tiempo alguien estaría ocupando el costado de la cama en el cual él había dormido tantos años. O quizás eso ya había ocurrido. Esos pensamientos no le hicieron bien, pero al mismo tiempo sintió que era un egoísta. ¿Al fin y al cabo él no había comenzado la conquista de Cecilie a los pocos días de haberse separado? ¿O no se había acostado con Betina aquella noche que luego de hacer catarsis terminó borracho? Quizás, como le decía su analista, no se había tomado el tiempo suficiente para hacer el duelo. Habían estado catorce años juntos; nadie puede volar esa cantidad de tiempo de un plumazo.

Cuando la comida estuvo lista Lucía, sin salir de la cocina, les dijo a los chicos que se lavaran las manos y vinieran a la mesa. Se los notaba contentos y excitados viendo nuevamente a sus padres cenando juntos. A Esteban también le agradaba la situación, pero sentía un poco de culpa por Cecilie. Una culpa que al mismo tiempo le pareció absurda. Al fin y al cabo él siempre había sido tan solo el amante. Su marido era Jakob, y a pesar de que el matrimonio para ella se había convertido en un suplicio, hasta ahora no había tomado la decisión de separarse.

Al finalizar la cena Esteban se disculpó y fue al baño. Se quedó un poco más de tiempo para continuar en soledad procesando sus pensamientos. Ya eran casi las once de la noche y le pareció escuchar el teléfono. Le pareció raro que sonara a esa hora. Ese número no lo tenía casi nadie; seguramente sería su madre. Escuchó que Lucía le preguntaba si quería que atendiera. Pensó en decirle que lo dejara sonar, pero antes de abrir la boca su ex mujer levantó el tubo. A los diez segundos la charla había finalizado. Esteban salió del baño, arqueó las cejas y levantó la cabeza interrogándola por el llamado. Lucía le dijo que la voz era de una mujer, que solamente atinó a decir hola, y que enseguida cortó. “¿Y sabés qué? Estoy segura que era extranjera; tenía un acento muy raro. No me digas que incursionaste en el campo internacional.” Esteban sintió que la frase de Lucía estaba cargada de ironía, peno que no se había puesto celosa. Eso reafirmó la sospecha que había tenido un rato antes: estaba con alguien. Le dijo que seguro se trataba de una llamada equivocada, o que el teléfono se habría ligado. Lucía le contestó que no había nacido ayer, y dio por terminado el tema. Por las dudas, cuando ella levantó la mesa y llevó los platos a la cocina, Esteban desconectó el teléfono de línea y apagó el celular.

Cuando Lucía terminó de lavar los platos se sentó en el comedor del living junto a él. Charlaron animadamente recordando distintos hitos de su vida en común: cómo se conocieron, lo que le había costado a él animarse a darle el primer beso, lo incómodo que fue el día en el que se conocieron los padres de ambos, algunas de las vacaciones que habían pasado juntos, el nacimiento de cada uno de sus hijos, y los sustos en mitad de la noche cuando salían corriendo a la guardia pediátrica. También intentaron ubicar el momento en que la relación entre ellos comenzó a complicarse. Según Lucía él empezó a estar ausente y abstraído; había perdido el interés por ir al cine, al teatro o a cenar con amigos; y que por más que ella comenzó a comprarse lencería erótica para motivarlo, las relaciones sexuales entre ellos se habían hecho cada vez más espaciadas. Esteban no pudo retrucar nada de lo que ella le había dicho. Sabía que tenía razón y solo intentó disculparse. Ella le dijo que estaba todo bien, que era el padre de sus hijos, y que no se imaginaba para ellos uno mejor que él. Entonces se acercó y le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. A Esteban el beso lo tomó por sorpresa y le gustó. Volvió a sentir la suavidad con la que Lucía besaba y reconoció el olor de su piel. Giró su cabeza para que quede enfrentada a la de ella y la miró a los ojos sin pronunciar palabra. Entonces ella le dijo: “Perdón, ¿me zarpé?” Esteban se río, acercó sus labios a los de ella, y la besó. Fue un beso cariñoso y fraterno; para nada sexual. “Parece que el que se zarpó fui yo.” Se dieron un abrazo que prolongaron alrededor de un minuto. Cuando se separaron, ella planteó: “Todo muy lindo, pero no hagamos cagadas. Y menos en presencia de los chicos. Me voy”.

Cuando Lucía terminó la frase sintieron que alguien estaba tocando el timbre y golpeaba la puerta. Irónica, Lucía le preguntó si ahora también se trataba de una equivocación. Esteban preguntó quién era y desde el otro lado de la puerta escuchó la voz de Betina: “Soy yo boludo. Te estoy llamando al teléfono y al celular y no atendés. Abrime de una vez. Esteban abrió la puerta y Betina entró hecha una tromba. Ignoró a Lucía y sin preámbulos dijo: “Nuñez nos cagó. Se llevó toda la plata que teníamos en el banco. Un vaciamiento. No tenemos ni para pagar los sueldos de este mes. Hay que convocar a una reunión general para comunicarles a todos la situación y ver qué podemos hacer. Mañana te paso a buscar 7:30; la reunión es a las 8.” Luego la miró a Lucía y le dijo: “Disculpame, ¿vos quién sos?” “Entre otras cosas la madre de los hijos de este señor”, contestó molesta. “¡Lucía! ¡Si habré escuchado hablar de vos! Ojo, siempre bien, eh.” Veo que me ahorraron las presentaciones”, dijo Esteban tratando de distender el clima. Y dirigiéndose a Lucía, le aclaró. “Ojo, Betina es así; las normas de urbanidad no son su fuerte”. “Es verdad, soy una bestia. Disculpame, pero estoy muy nerviosa. Me voy.” “Saludo a los chicos y yo también me voy.”, dijo Lucía. “Entonces si se van las dos juntas hago un solo viaje. Quién les dice que se hacen amigas.”, bromeó Esteban. “¿Por qué no? Si no estás con auto te llevo”, le dijo Betina a Lucía. “Dale, acepto. De paso aprovechamos para sacarle un poco el cuero a éste. Entre las dos debemos tener material de sobra”, río Lucía. “Un arsenal”, le contestó Betina. Los tres rieron, luego bajaron y Esteban observó, apoyando casi todo el peso de su cuerpo en la pierna sana, cómo se alejaban juntas. Pensó que siempre había querido tener una vida intensa y apasionada, pero lo acontecido durante esa noche había sido demasiado.

Continuará…

Link al capítulo once

 

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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8 comentarios

  1. Seguramente Esteban ha leído “Vidas Líquidas” de su colega, Zygmunt Bauman.
    En ese como en varios de sus trabajos, el sociólogo pone en el portaobjeto, la labilidad de los vínculos humanos en el mundo actual.
    Y sí… (quién más, quién menos) nos relacionamos en el marco de este formato posmoderno y los personajes de esta historia son sólo el reflejo de lo que pasa ahí fuera…a la vuelta de cada una de nuestras esquinas.
    Entiendo que tanto Lucia, Esteban, Bettina como Cecilie, Joan, Mikkel y Laila cuentan con el apoyo terapéutico imprescindible para sostenerse en esta verdadera suelta de barriletes que, como se sabe, colean en demanda del hilo que les permita encontrar un límite, y del tirón que la vida les pegue, cuando arriba sople demasiado el viento.

    1. Claro. Por supuesto leyó a Bauman. Esteban era muy estudioso y aplicado hasta que en los últimos meses su vida se complicó demasiado. Ahora ya no leé ni las Correrías de Hijitus. Por ahora no están contando con apoyo terapéutico. Para mí les convendría una terapia de grupo, donde el grupo sean ellos. El problema es que no pude encontrar ni siquiera un terapeuta de ficción.

  2. Jajaja muy bueno!!!! Ni idea para dónde va a virar la historia!!! Genial!

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