Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo once.

21

Cuando faltaba una semana para su regreso, Cecilie comprendió que no podía seguir postergando la charla con Jakob. Lo citó a las cinco de la tarde en un bar en el centro de Oslo y, antes de acudir a la cita, dejó a sus hijos en la casa de sus padres. Había estado pensando en cuáles serían las palabras más adecuadas para comunicarle su decisión. En especial los argumentos que le hicieran comprender, a su todavía marido, que la separación era la mejor alternativa para ellos dos y sus hijos. Cuando llegó al bar Jakob la estaba esperando con un whisky en la mano. A Cecilie le pareció que era un poco temprano para estar tomando alcohol, pero prefirió no decir nada. Ella se pidió un cortado, y le contó algunas anécdotas de los niños para ganar tiempo y tomar coraje. Le dijo que la situación entre ellos hacía tiempo que estaba muy mal, que sus sentimientos habían cambiado, y que no imaginaba recuperar las ganas de acostarse con él. Agregó que se sentía culpable de que él hubiera dejado su trabajo en Oslo para seguirla, pero que no dudaba que con su capacidad y antecedentes conseguiría rápidamente otro empleo. También le aclaró que podía utilizar los pasajes que la embajada le daba para visitar asiduamente a los niños, y que si no eran suficientes no tenía problemas en pagarlos ella. Antes de que Cecilie terminara su discurso, Jakob ya se había pedido el segundo whisky. Lejos de aceptar los argumentos de su mujer, le planteó que no iba a permitir que lo alejara de sus hijos, que él había dejado todo para acompañarla a pesar de los consejos de sus familiares y amigos, y que no le importaba lo que ella quisiera: él también regresaría a Buenos Aires. A medida que hablaba su tono de voz era cada vez más fuerte, al punto que las personas que ocupaban las mesas aledañas comenzaron a observar la escena con disimulo. Cecilie intentaba persuadir a Jakob para que se calmara y bajase el tono, pero lo único que conseguía era aumentar su furia. Luego de fracasar en sucesivos intentos le dijo que no podía seguir hablando en esos términos, y que lo mejor sería que terminaran la charla por teléfono. Ella dejó un dinero más que suficiente para pagar la cuenta y, cuando se levantó de la silla, él la agarró de un brazo para retenerla, pero luego se contuvo cuando advirtió que casi todas las personas que estaban en el bar lo miraban con reprobación. Cecilie aprovecho para volver a pararse, tomó su cartera, y avanzó hacia la puerta. Cuando estaba saliendo alcanzó a escuchar que Jakob le pedía al mozo el tercer whisky; deseó que fuera el último.

Durante los últimos días de sus vacaciones en Noruega, Cecilie frecuentó a sus familiares y amigos buscando contención. También habló mucho con sus hijos sobre las razones por las cuales sus padres se estaban separando, y se sorprendió de que ellos lo tomaran con bastante naturalidad. Evidentemente, a pesar de los esfuerzos que había hecho para que no notaran la creciente tensión y el distanciamiento que existía entre sus padres, sus hijos habían percibido con claridad la situación. Las dos conversaciones telefónicas que tuvo con Jakob no fueron mejores que la del bar. Él le reprochaba a los gritos su decisión, y le decía que por más diplomática que ella fuera estaba consultando con abogados para impedir que se llevara a los niños del país. Si bien Cecilie entendía en parte la reacción de Jakob, le preocupaba notarlo desquiciado; nunca antes lo había visto ni escuchado así.

Luego del llamado telefónico que le había hecho a Esteban y que fue atendido por una mujer, la comunicación entre ellos se había interrumpido. Varias veces había pensado en escribirle; incluso había redactado en su cabeza distintos tipos de cartas, pero no se animaba a escribirlas y mucho menos a mandarlas. Pero cuando faltaban tres días para regresar a Buenos Aires, tomó la decisión de hacerlo. Llamó a Lars para averiguar si la conexión a Internet funcionaba, dejó a sus hijos con el matrimonio vecino y se dirigió a la oficina de correos. Al entrar en el despacho de Lars éste la recibió con la amabilidad de siempre, y le entregó una carta cuyo remitente decía Mikkel. La abrió cuando estuvo frente a la computadora. En resumidas cuentas le pedía mil disculpas por el incidente del barco, y le contaba que Laila, después de varios días sin hablarle, había comenzado a aflojar. Al final le decía que tenía la esperanza de que ella pudiera perdonarlo, y que si eso no llegara a ocurrir lo entendería perfectamente. Cecilie tuvo el impulso de contestarle, pero no lo hizo. Se concentró en el mail a Esteban, puso en el asunto “Tenemos que hablar”, y en el cuerpo del mail solo la frase “Vuelvo en tres días.” Antes de irse se despidió de Lars y le agradeció la deferencia que había tenido con ella. Él sonrió, le dijo anytime, y le dio un cálido apretón de manos con las dos suyas. Al dejar la oficina de correos, Cecilie se arrepintió de la carta que había mandado. Si bien sentía que tenía razones para estar enojada, lo cierto es que tampoco sabía a ciencia cierta quién era la mujer que había atendido la llamada, y si Esteban había estado o no con ella. Si bien Cecilie siempre había pensado que no era celosa, desde el inicio de la relación con Esteban su opinión había cambiado radicalmente. Sabía que él mantenía una relación cordial con Lucía, que ella era una mujer muy guapa y la madre de sus hijos. ¿Acaso no eran suficientes razones para que él flaqueara, dejara el departamento de Analía y volviera a su casa? Y además estaba Betina. Aunque no sabía mucho de ella, le había llamado la atención la manera en la cual le había hablado de Esteban en el casamiento de Gabriela y Fernando. Le había parecido una mujer de una belleza extraña, con un cuerpo muy atractivo, y una determinación y desparpajo que la convertían en una rival peligrosa. Y también el resto de sus compañeras de trabajo, las chicas del gimnasio, sus ex compañeras de facultad y cualquier mujer que se le cruzara por el camino. Como ella estaba enamorada, suponía que él tendría éxito con quien se lo propusiera. Si hasta la torpeza le sentaba bien.

El día anterior a la partida, estando en casa de sus padres, le llegó la respuesta de Esteban. Le contaba sucintamente que habían surgido problemas serios en su trabajo, que su pierna estaba bastante mejor y que esperaba que las vacaciones hubieran sido reparadoras. Hacía caso omiso a la brevedad y frialdad del último mail de ella, le decía que por supuesto tenían que hablar, y terminaba el suyo enviándole besos y abrazos. Cecilie les había pedido a sus padres y a dos amigos que la acompañaran al aeropuerto, porque tenía miedo que Jakob se apareciera y le hiciera un escándalo. Afortunadamente él no se presentó. Subió al avión, acomodó a sus hijos a cada lado de ella, y sintió que por primera vez en la vida su futuro era totalmente incierto. Lo único que tenía claro era que nunca volvería a ser la que era antes de la mesa de la Feria de Buenos Aires sobre exportación de libros y derechos de autor.

22

Esteban se despertó al día siguiente de la visita de Lucía, el llamado sorpresivo de Cecilie y la llegada intempestiva de Betina, preguntándose si en verdad todas esas cosas habían sucedido en la misma noche. Mientras que se preparaba un café para despabilarse, llegó un SMS de Betina preguntándole si ya se había levantado. Y que si no le contestaba en cinco minutos le tiraba la puerta abajo y lo despertaba tirándole un balde de agua fría en la cara. Esteban sonrió, y por las dudas se apresuró a contestar el mensaje. Mientras desayunaba comenzó a tomar conciencia de la situación en la que se encontraba. Si la Fundación no tenía fondos para pagar los sueldos, en la práctica eso equivalía a estar desocupado, y con la incertidumbre de cuánto tiempo tardaría en encontrar un nuevo empleo. Además dudaba en conseguir uno que le gustara y en el cual tuviera responsabilidades e ingresos similares a los que tenía en la Fundación. Repasó los escasos ahorros de los que disponía, cuánto podían darle por el auto si necesitara venderlo, y pensó que en el peor de los casos – aunque era lo último que deseaba hacer -, podía pedirle un préstamo a sus padres. Se alivió al recordar que en el departamento de Analía no pagaba alquiler, y pensó dónde se quedaría durante los quince días que ella vendría para las fiestas. Justo cuando terminaba de vestirse, Betina lo llamó al celular diciéndole que estaba abajo. Cuando se subió al auto, ella comenzó a darle el informe de situación ampliado. Le explicó que en los últimos años para retirar fondos del banco se necesitaba la firma conjunta de Nuñez y Ferrini. Pero la semana pasada, cuando este último renunció a la Comisión Directiva, el único que se había quedado con firma era Núñez. Entonces habían decidido que hasta que se eligiera a un nuevo miembro para firmar los cheques, la segunda firma la tendría ella. Hacía dos días Nuñez le había dicho que la financiera de un conocido les pagaría una tasa de interés por el depósito a plazo fijo en dólares sustancialmente más alta. “Yo al principio me negué a firmar. Me pareció muy arriesgado pasar de la seguridad de un banco a la incertidumbre de una financiera, pero el hijo de puta me empezó a presionar. Me llegó a decir que él manejaba a su antojo a la Comisión Directiva, y que si planteaba que era conveniente cambiar al contador nadie se lo iba objetar. Al final, como una boluda, firmé. Lo que nunca me imaginé es que el garca ni siquiera iba a depositar la plata en la financiera. Seguro que esa guita ya está en una offshore.” Esteban le contó que más de una vez había escuchado rumores sobre que Nuñez era un jugador, y que durante un tiempo había intentado superarlo yendo a un grupo de autoayuda para ludópatas. “¿Y cómo yo nunca me enteré? Me siento más boluda que las palomas.”, se lamentó Betina. Esteban le pidió que dejara de darse con un caño. Que ahora lo importante era salir del atolladero en el que estaban. “Sabés que de vez en cuando, muy de vez en cuando tenés razón. Debe ser que al menos diez minutos sacaste la cabeza de Escandinavia.”, ironizó Betina. “Muy graciosa. Al menos la mía sabemos que apunta en sentido noreste. Pero la tuya volvería loca hasta a la brújula más sofisticada.”, se vengó Esteban.

Llegaron a la Fundación y la reunión comenzó unos minutos después de las 8:00. Betina les informó a todos lo mismo que le había transmitido a Esteban durante el viaje en auto. Algunos se lo tomaron con calma, otros con nerviosismo, y unos pocos perdieron el control terminando en gritos, llantos o lágrimas. Luego de un debate que duró casi dos horas, decidieron que había que llamar a los principales donantes de los fondos, empezando por los canadienses. Debían contar exactamente lo que había sucedido, explicándoles que ya habían radicado la denuncia, y que hasta que no recuperaran los fondos no podían seguir funcionando ni cumpliendo con las investigaciones que ellos financiaban. En palabras de Esteban, “…si nosotros no podemos seguir funcionando para ellos también es un problema. Tenemos que lograr que lo vean así.” Decidieron que el llamado lo hiciera Gabriela, -que recién había vuelto de la luna de miel-, puesto que era la que mejor hablaba inglés. Cómo nadie tenía la direcciones electrónicas de los directivos de la institución canadiense, optaron por mandar un fax para coordinar el horario del llamado. Repasaron durante un rato el speech que diría Gabriela, y justo cuando estaban terminando llegó el fax de los canadienses: en quince minutos podían llamar. La comunicación duró unos siete minutos. Gabriela se manejó con mucha soltura, contó que la habían escuchado atentamente, y que en cuatro o cinco horas tendrían noticias suyas. Tres horas y media después llegó otro fax: les financiarían a dos personas pasajes y viáticos para viajar a Toronto, y los esperaban en dos días. Después que Gabriela terminara de leer el fax hubo vivas, aplausos y algunos abrazos. Jorge dijo que ahora tenían que definir quiénes viajarían, y que para eso se necesitaban criterios claros. Luego de un breve silencio, Jorge volvió a tomar la palabra. “Esteban tiene que ir. Él coordina dos proyectos que justo son los que financian los canadienses, y además cuando ellos estuvieron acá se reunieron con él. Lo conocen.” Gabriela opinó que Jorge tenía razón, y como no hubo objeciones se aprobó que él fuera uno de los emisarios. Esteban agradeció la confianza, y dijo que ahora debían elegir al otro “enviado”. Otra vez se produjo un silencio. Ahora la palabra la tomó Gabriela y dijo que en su opinión tenía que ir Betina. “Es la que conoce al dedillo los movimientos de fondos de la Fundación. Tanto lo que entra como lo que sale. Además los canadienses le dan mucha bola a la paridad de género. Que vayan un varón y una mujer les va a caer bien.” Nuevamente no hubo objeciones. Entonces Betina tomó la palabra y dijo: “Gaby vos estás en pedo. Y todos Uds. también. Igual les agradezco la confianza. Si no nos dan la guita, con Esteban cometemos un canadicidio.” Todos rieron y dieron por terminada la reunión. Cuando los canadienses enviaron los pasajes, Esteban cayó en la cuenta que su partida coincidiría con la llegada de Cecilie. Afortunadamente en su último correo le había adelantado que la Fundación estaba afrontando problemas, así que decidió ir a su oficina y escribirle nuevamente para que ella asimilara con tiempo la noticia. Al recibir el mail Cecilie se encontraba en la casa de sus padres, y decidió contestarlo inmediatamente. Esta vez se explayó. Le contó que había decidido separarse de Jakob, la situación complicada que había soportado en el bar, y que estaba regresando a Buenos Aires sola con los niños. Le decía que quizás se abriera una etapa nueva para ellos, y que ella deseaba que así fuera. Al recibir el mail de Cecilie Esteban se sintió aliviado y reconfortado. El episodio del llamado parecía haber quedado atrás, y a él también lo entusiasmaba la posibilidad de iniciar una nueva etapa. Luego de la adrenalina de los dos primeros meses, la clandestinidad lo había agotado. Y aunque la situación en las últimas semanas se había relajado, estaba harto de ocultarse. Luego vio que en la bandeja de entrada había un mail de Lucía. En el asunto leyó “Tranqui”. Le decía que no se preocupara. Que seguramente el problema de la Fundación se iba a solucionar. Y que si no fuera así, ella suspendería la remodelación del baño y de la cocina, y achicaría gastos que no fueran imprescindibles cómo comprar ropa, cenar afuera e ir al gimnasio. Y que si aun así no les alcanzara, le proponía volver por un tiempo al departamento y dormir en el living o en la dependencia. En su respuesta, Esteban le recordó que en lo de Analía no pagaba alquiler, pero que de todas maneras le agradecía el gesto. Le contó sobre el viaje a Canadá, y que era razonablemente optimista en que se hallará una solución.

23

El día de la partida a Toronto, Esteban pasó a las 4 AM a buscar a Betina por su casa para ir a Ezeiza. Llegaron un poco retrasados pero no tuvieron problema con el embarque. Cuando ya estaban en la nave, Betina le confesó a Esteban que le tenía fobia a los aviones. Que más que fobia era pánico y le pidió que cuando despegaran por favor le diera la mano. Él asintió y trató de serenarla. Cuando el avión empezó a carretear Esteban sintió como la mano transpirada de ella cada vez apretaba más la suya hasta clavarle las uñas. Una vez que el avión se estabilizó, Betina le soltó la mano y le dijo: “¿Ves? Hasta para viajar en avión soy medio loca.” Rieron, él le comentó que esa fobia la tenía mucha gente, y que era muy fácil de superar. Ella le informó a Esteban que con las escalas tenían unas 12 horas de vuelo, siempre y cuando no hubiera ningún retraso. Él le dijo que por suerte se había traído un par de libro, y que además estaban las películas que pasaban en el avión; que si tenían suerte por ahí les tocaba alguna potable. A lo que Betina la contestó: “Que libros, ni películas, ni que ocho cuartos. Debemos pensar cómo encarar la reunión con los canadians. Y si nos queda tiempo tenemos un montón de cosas para charlar de vos y de mí. Te apuesto a que hay varios aspectos que no conocemos el uno del otro. Esteban le dijo que le parecía bien, sugirió que dejarán para más adelante la preparación de la reunión, y que empezara ella a hablar de las cuestiones desconocidas. Betina tomó el guante y le advirtió que se preparara para conocer su lado B. Le contó que durante todo el secundario ella había sido una chica acomplejada. Era muy alta, flaca, algo desgarbada y casi no tenía tetas. Sus compañeros, especialmente los varones, la cargaban todo el tiempo. “Como se dice ahora me hacían bullying. No sabes cómo sufría cuando esos tarados me decían flaca destetada. Me la pasaba llorando en el baño del colegio o encerrada en mi cuarto. Solo tenía una amiga, pero la verdad muy piola que digamos no era. Por supuesto que no tuve ningún novio. Ni siquiera alguno que se interesara por mí. Imaginate; salir conmigo era un quemo total. En la Facultad la situación mejoró un poco. No te voy a decir que era una chica popular, pero por lo menos nadie se metía conmigo ni con mis diminutas lolas. Hasta una vez un pibe me invitó a salir. Mucho no me gustaba pero le dije que sí. Y recién ahí debuté. Debuté con un chabón que no me interesaba nada, pero lo que yo más quería era dejar de ser virgen. Eso me hizo tomar un poco de confianza, pero igual continuaba siendo una chica acomplejada. Me seguía rebotando en la cabeza todas las guarangadas que me decían esos turros en la secundaria. Entonces con el primer trabajo que tuve empecé a ahorrar. Todo lo que podía lo guardaba para hacerme las lolas. Cómo me daba miedo fui a uno de los mejores cirujanos plásticos que hay en Buenos Aires. Obvio que te rompía el orto, pero yo no me iba a arriesgar yendo a la clínica del Dr. Cureta. Entonces cuando terminé de juntar la guita fui a verlo, agendamos la fecha más cercana y me hice estas tetazas. A vos no tengo que explicarte nada porque ya las conoces. Tenía 25 años. Ahí me transforme.” Betina hizo una pausa y justo llegó la azafata para ofrecerles un refrigerio. Ella dijo que aprovecharan para tomarse un respiro, y que después vendría el turno de él. Esteban le dijo que le parecía bien, pero que antes necesitaba dormir un rato. Qué si no se despertaba antes le avisara para el almuerzo. “¿Pero vos me viste a mi cara de despertador? Yo también voy a apolillar un rato. El despertador lo tengo en el estómago, así que despreocupate. Ah, ¿sabés qué?, me olvide la almohada. ¿Vos me alquilarías un par de horas tu hombro derecho?” Esteban le dijo que el suyo era muy huesudo, pero que si no tenía demasiadas pretensiones se lo cedía sin cargo. Entonces Betina apoyó su cabeza en el hombro prestado, dijo algo bostezando que él no alcanzó a entender, y se quedó dormida en el acto. A Esteban en cambio le costó conciliar el sueño. Pensó en leer. Dudó si sacar una novela que tenía abandonada hacía meses, o un informe que el mismo había redactado sobre el avance de las investigaciones financiadas por los canadienses. Deshecho las dos alternativas. El contacto entre su hombro y la cabeza de Betina comenzaba a agradarle, al punto que no le molestaba el peso que ejercía sobre el mismo. Ella cada tanto cambiaba de posición acercándose más a su cuello. Y con sus movimientos parecía que usaba su mejilla para acariciarlo. Él empezó a dudar si realmente estaba dormida y esos movimientos eran inconscientes, o si por el contrario los estaba haciendo adrede para provocarlo. Sintió que le gustaba. Entonces decidió que también quería un apoyo. Él le había cedido su hombro sin cargo, así que bien podía concretar un trueque. Inclinó su cabeza para apoyarla sobre el pelo negro de Betina, y mientras se familiarizaba con el aroma de su shampoo y comenzaba a disfrutarlo, en menos de lo que canta un gallo se quedó dormido.

Continuará…

Link al capítulo doce

https://pabloperelman.wordpress.com/?p=3998

 

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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11 comentarios

  1. Me encantó!!! Muy bueno Pablo! Siempre me quedo con ganas de seguir leyendo!!!!

  2. Ante tan buen relato, acepto la intriga con la que nos dejas ! Hasta el próximo!!

  3. Mmmh, me perdí un poco 🤔 pero igual lo disfruté, lo que si tengo claro es que me urge saber en qué termina!! Jajajaja
    Pablo, tus relatos salvan mi insomnio, lo hacen mucho más llevadero 🙏🏼🙂

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