Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo doce.

24

Cuando la azafata llegó con el almuerzo, Esteban ya estaba despierto. Le dio a Betina dos golpecitos suaves con el codo, y cuando se despertó le dijo que iba a tener que mandar al service a su despertador estomacal. Ella bostezó, estiró los brazos, y le contestó: “¿Sabés qué? Tu hombro es tan cómodo que daban ganas de seguir durmiendo un ratito más. Cuidalo. No vaya a ser que para hacerte el superhéroe lo termines estrolando contra otra tranquera.” Esteban soltó una carcajada, y le reconoció que en el terreno del humor ácido, ella era imbatible. “¿Viste? Soy rapidita.” Y poniendo voz de ultratumba y los brazos en alto con las palmas hacia abajo, agregó: “Por eso los hombres me temen.” Los dos rieron y se dispusieron a almorzar. Cuando llegó el turno de Esteban, Betina le adelantó que lo sometería a algunas preguntas. “Así que preparate. Empecemos por Lucía. Primero te digo que me cayó muy bien. Mirá que tenía todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda después de lo guaranga que estuve con ella la otra noche. Me pareció una mina que va de frente, muy leal, decidida, independiente y con mucha capacidad de aguante.” Betina dejo pasar un instante y continuó: “¡De aguantarte a vos! ¡Catorce años estuvo esa santa a tu lado!” Esteban meneó la cabeza y se preguntó si el interrogatorio de Betina duraría mucho tiempo. Le contestó que efectivamente Lucía tenía esas cualidades y varias otras más, pero que entre ellos hacía tiempo que la pasión se había adormecido, y que la vida cotidiana se había convertido en una pelea permanente por algunas cosas importantes, pero sobre por aquellas intrascendentes. “Yo empecé a tener miedo de decir lo que pensaba. A ella supongo que le pasaba lo mismo. Pero la autocensura no sirve. Comencé a no hablar sobre temas en los que presentía que no estaríamos de acuerdo, para evitar una escena. Me lo terminaba tragando, y eso tampoco funciona porque a la larga te resiente, y llega el momento en que lo terminás largando de la peor manera. Lo que te quiero decir es que no nos separamos por una bacha de cocina. Sino porque todos los días algo tan absurdo y ridículo como una bacha nos convertía durante horas, o a veces días, en enemigos íntimos. A veces me pregunto si lo que nos pasó a nosotros no le ocurre también a muchísimas parejas. Quizás la diferencia es que algunas lo asumen y se separan, y otras se hacen las distraídas, lo callan, y se ocultan a sí mismas el malestar cotidiano en el que viven. Cómo si la disyuntiva fuera cumplir con el mandato de hasta que la muerte nos separe, o bancarse el dolor de la separación para poder empezar una nueva vida.” Betina escuchaba atentamente a Esteban, pero lo interrumpió para preguntarle si no creía que, en un futuro más o menos cercano, podía volver con Lucía. Él le contestó que durante los pocos meses que llevaban separados, aún durante el proceso de conquista de Cecilie y también cuando se convirtió en su amante, lo había pensado más de una vez. Después de todo la relación con su ex mujer no había sufrido daños irreparables, él la seguía queriendo, ahora estaba más atractiva que hace cuatro meses, y una reconciliación le permitiría volver a vivir con sus hijos. “¿Sabés lo que pasa? Cuando estás casado y en crisis, todo lo que ocurre entre vos y tu pareja te sirve para confirmar que la mejor alternativa es la separación. Después, sobre todo al que le toca irse, comienza a añorar lo que dejó atrás, y a mirar el pasado reciente con otros ojos. Ya no pensás en la discusión de la bacha; te vienen a la cabeza la luna de miel, una cena para invitados que preparaste junto a tu ex, una siesta compartida en una tarde de calor agobiante, las salidas a cenar con otras parejas; en fin, te podría seguir dando ejemplos hasta que llegáramos al polo norte. Mirá. El otro día me acordé de la frase de una canción de Serrat. Justamente se llama Lucía. Seguro que la conocés. Dice en una parte: el olvido solo se llevó la mitad. Y en mi caso es así. Me acuerdo de las cosas buenas que vivimos; no de la bacha. Recordás lo que te conviene o tenés ganas de acordarte.” Esteban la miró a Betina esperando que le confirmara que la pregunta estaba contestada. En cambio, ella aseveró que el discurso había sido muy interesante, pero que en verdad no se la había contestado. Él le dijo que seguramente a los contadores no les enseñaban a leer entrelíneas, pero dado que él era sociólogo, le iba a ampliar la explicación. Ella lo animó a continuar diciéndole que, de paso, quizás lograra entender para qué sirve la sociología. “Lo que estoy tratando de transmitirte es que responder a tu pregunta no es tan sencillo, no es un asiento contable donde hay que ver qué mandamos al debe y qué al haber. Por supuesto que a quienes más extrañás son a tu ex-pareja y a tus hijos, pero también tenés mucha nostalgia de la que seguís sintiendo tu casa. Nosotros la compramos juntos cuando mi hijo mayor estaba por nacer. Ahí están los muebles y objetos que adquirimos durante años, los cuadros que colgamos, los libros y discos que eran míos y no me llevé, las cartas que recibí. Y otras cosas que no son tangibles pero también extraño como el desayuno que a veces y siempre en los cumpleaños Lucía me llevaba a la cama, los chicos cuando venían por las mañanas a despertarnos con algarabía infantil y se metían la cama, la vista que tenía desde mi habitación cuando me despertaba. Entonces pienso que estoy viviendo en un departamento que me resulta inhóspito, con muebles que yo jamás hubiera elegido, en una zona que no me gusta. Y cuando me pongo a pensar en todo eso la tentación de volver se agiganta. Pero sería un error, una mediocridad. ¿Qué sentirían los chicos si después de dos, tres o seis meses sus padres se volvieran a separar? ¿No estaría regresando más por comodidad que por amor? Lo que tengo claro es que si alguna vez se produjera un acercamiento entre nosotros primero probaría la modalidad cama afuera. Sería una novia muy particular porque todavía sigo casado legalmente con ella, pero una novia al fin.

Esteban hizo una nueva pausa, y antes que Betina dijese algo, se adelantó. “¿Satisfecha?” “Digamos que sí. Te digo que en un momento empecé a sospechar que para que termines de contestarme habría que esperar a los viajes tripulados a Marte.” Él le dijo que era muy graciosa, pero que no olvidara que ella apenas lograba subirse a un avión. “Si alguna vez quisieras viajar a Marte, habría que ver si entre los pasajeros alguno estaría dispuesto a que le claves las uñas. En fin, ahora que te terminé de contestar, ¿me dejás ir al baño?” “Dale”, dijo ella. “Pero tampoco tardes mucho que esto está lejos de haber terminado. Como cuando llegó el baño estaba ocupado, Esteban debió esperar. Se dio cuenta que en realidad no tenía mucha necesidad de usarlo, sino que había sido una excusa para escapar por un rato del asedio de Betina, y del temor que le provocaba pronunciar en voz alta sus propias dudas, temores, contradicciones, anhelos y esperanzas. Cuando a los cinco minutos el baño se desocupó, optó por no usarlo y regresó a su asiento.

“Pasemos entonces a Miss Escandinavius.”, le anunció Betina. “Ahora que ya pasó un buen tiempo desde que empezó esta historia, ¿qué sentís que te pasa? ¿Te gustó porque era la figurita más difícil del álbum, te calentó que estuviera casada, es una genia en la cama, o de verdad te enamoraste?” Él río y le dijo que estaba haciéndole una pregunta que era más difícil que los finales de la facultad, y que no podía responderla como si fuera un múltiple choice. Betina le aclaró que si algo les sobraba era tiempo, así que podía explayarse a gusto y piaccere. Esteban comenzó diciendo que el mes y medio que le había llevado conquistar a Cecilie había sido el período más excitante que recordaba de su vida. Cada día había supuesto un desafío que había que sortear, cómo si se tratase de uno de esos realitys en donde el que pierde queda eliminado. “Finalmente lo conseguí y en ese momento sentí que tocaba el cielo con las manos. Después vino el período de la clandestinidad, de jugar a las escondidas, y de convencerla que no iba a ser más o menos fiel si se acostaba conmigo. Luego empezaron las locuras. Porque además de venir conmigo al casamiento de Gabriela, también hubo otras. Un día nos encontramos en un parquecito de diversiones. Creo que era por Martínez. Ella fue con sus hijos y yo con los míos. Los chicos terminaron jugando juntos, y nosotros hacíamos de padres que recién se estaban conociendo, nos rozábamos las manos, y hasta en un momento en el que los niños estaban en un juego donde no podían vernos, nos besamos. Una locura y una irresponsabilidad, ¿me entendés? Pero cuando estás en una nube de pedo hacés cosas así. Otro día que ella sabía que iba a estar sola porque el marido había llevado a los chicos a un Family day, me invitó a su casa y hasta me cocinó. Cuando terminó el almuerzo me llevó a su cama, que también es la cama de su marido, y lo hicimos ahí. Cuando terminamos me dijo: “Que lástima que quien duerme todas las noches en esta cama es Jakob y no tú.” Y falta la peor; o lo mejor. A fines del mes pasado, me pidió que pasara a última hora por la embajada a buscarla. Ella iba a simular una reunión de trabajo entre nosotros, y cuando se fueran todos me haría un recorrido para que conociera su lugar de trabajo. Cuando todo el personal se retiró hicimos el recorrido, y al terminar me dijo: “Sabes, la embajada de un país es como una parte de su territorio. Y yo quiero acostarme contigo en mi país. Entonces comenzó a desnudarse y siguió: “¿Recuerdas que tú querías afianzar los vínculos entre Noruega y Argentina? ¿O ya perdiste interés en trabajar en ese asunto?” Esteban le contó a Betina que esa noche el sexo había alcanzado una espectacularidad inédita entre ellos. Que por momentos había pensado que podía haber cámaras filmándolos, pero que esa sospecha lo había excitado aún más. “Bravo”, le dijo Betina riendo. “La verdad que tus aventuras vikingas ya dan como para filmar una película de amor, sexo y pasión. Pero hasta que consigas un productor, por qué en lugar de seguir dando vueltas me respondés qué es lo que te pasa y lo que querés con Cecilie.” Esteban asintió resignado, le dijo que haría el intento, pero que antes le diera un respiro y mientras tanto continuara ella con su relato. “Está bien. Sigo yo. Pero si no terminás de largar todo el rollo de este avión no te bajas. Te lo digo como que me llamo Betina.” Esteban río y le dijo: “Como sos vos sospecho que ya conversaste con la toda tripulación que si no hablo no bajo. Así que voy a hablar. Lo que sí necesito volver a ir al baño”. “¿Otra vez?”, preguntó ella. “Pensé que la chica de esta misión extranjera era yo. Dale, andá. Pero te aviso que cuando vuelvas me toca a mí.” En ese habitáculo inhóspito, pequeño y maloliente que son los baños de los aviones, Esteban pensó porque tenía tantas dificultades en contestar una pregunta tan sencilla como la que le había planteado Betina. Y se planteó si acaso esa no había sido una constante a lo largo de su vida. No saber exactamente qué es lo que quería, porqué hacía o dejaba de hacer ciertas cosas, o si acaso la ambigüedad o la indefinición eran terrenos en los que sentía más cómodo o seguro. Esa síntesis, lejos de dejarlo tranquilo lo alarmó. Esteban descubría a un Esteban que no le gustaba; él no quería ser así. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un par de golpes, y la voz de Betina que le preguntaba si planeaba quedarse a vivir en el baño. Cuando abrió la puerta él le preguntó si iba a tener que acostumbrarse a ese nivel de asedio, o si tan solo era algo pasajero. Ella le pidió que no dijera pavadas y que le dejara el baño libre. “Salvo que quieras que lo hagamos acá. Aunque supongo que después de haber tenido sexo en una embajada, el baño de un avión para vos sería como descender a Primera C.”

25

Cuando los dos retornaron a sus asientos, Betina retomó el relato autobiográfico desde el punto en que lo había dejado. Le contó que la única persona que sabía que se iba a operar era el cirujano plástico. Él le había insistido que fuera acompañada a la operación aunque sea por una amiga, pero ella se negó: le dijo que para eso estaban las enfermeras. “Al final llegó el día de la intervención quirúrgica. Estaba un poco cagada en las patas, pero todo salió perfecto. Pasé de que mi pecho fuera un desierto, a estas lolas redondas, paraditas y de un tamaño respetable pero no exagerado. En realidad no sé porque te las describo tanto si vos las conocés bien.” Esteban sonrió, asintió y la alentó a continuar. “Después que pasó el post operatorio, fui a un gimnasio y le dije al profe que me transformara en una potra; en seis meses mi cuerpo era otro. Ahí comencé a comportarme como una depredadora sexual. Me acostaba con pibes de mi edad – yo tenía 25 -, con pendejos de hasta 18 y tipos de 50 o incluso más. Hasta con una mina tuve sexo una vez. Por supuesto que muchas veces no me gustaba. Más de una vez hasta sentí asco. Pero yo necesitaba comprobarme que ahora podía ganarme a quién quisiera. Qué ya no era la chica desgarbada, sin tetas y acomplejada. Ya lo ves. Me convertí en la Betina que conocés.” Esteban agregó que todo eso era cierto, pero que la Betina que él conocía, por más que lo ocultase, también era una mina sensible y querible. Y que quizás esa actitud depredadora era una forma de taparlo, de ponerse un escudo, una coraza. Ella trató de ocultar cierta emoción y le contestó: “¿Ahora te convertiste en mi psicoanalista?” “Algo así”, contestó Esteban, y luego dijo: “Agradecé que no te cobro la consulta. A 10.000 pies de altura cuesta como mínimo el doble.” Betina batió palmas reconociéndole el chascarrillo, y retomó la palabra. “Aprovechando que hoy estás en psicólogo, te voy a contar algo que me empezó a pasar hace un tiempo. Vos sabés bien que a mí eso de tener una pareja estable, casarme o tener hijos jamás me importó. Y nunca fue una pose; no me importaba de verdad. Pero últimamente me siento agotada. Me empieza a joder estar siempre sola. O acompañada de tipos que cuando me despierto a la mañana a veces ni siquiera me acuerdo quiénes son. ¿Vos pensás que yo sería capaz de tener una pareja? ¿O de ser madre? Esteban se quedó callado mirándola, y antes de que pudiera abrir la boca, ella lo interrumpió. “Disculpame; estoy diciendo boludeces. Se ve que el avión se despresurizó y estoy más chiflada que de costumbre.” “Yo diría que más que chiflada estás más humana. A veces dejar el personaje de lado es difícil. Pero sostenerlo todo el tiempo imposible.” Betina esta vez no replicó. Se quedó callada y después de unos segundos lo abrazó. Él le retribuyó el abrazo y cuando se soltaron, ella dijo: “Te debo una. La sesión no te la voy a pagar porque con el recargo por la altura se me va de presupuesto. Pero de verdad, gracias.” Hizo una pausa y continuó “En fin. Todo muy lindo pero ahora le toca de nuevo a quién…Sí, ¡a vos!”

Aprovechando que la azafata llegó con la merienda, Esteban volvió a solicitar tiempo. Betina se lo concedió. Cuando les retiraron las bandejas y los vasos, ella le dijo que ya no tenía excusas, y que era mejor que concretara de una vez. Él retomó los pensamientos que habían surgido en el baño, y le confesó que tenía un matete en la cabeza que necesitaba descular. “Te voy a decir algo de lo que no me orgullezco. Pero a veces no sé si me atrae más el proceso de conquista, que estar en pareja con la conquistada. Como decís vos, Cecilie era la figurita difícil del álbum; casi un imposible. Conquistarla fue como tener, además del trabajo de la Fundación, otro laburo part-time. Cada cosa que se me iba ocurriendo y me salía bien, era como ganar una batalla. Ahora que gané la guerra y conseguí de trofeo la bandera noruega, me pregunto – como se preguntarán quienes combaten en las guerras de verdad-, si todo esto valió la pena.” Esteban hizo una pausa, y como Betina permanecía en silencio, continuó. Ojo, Cecilie me encanta, es muy atractiva, nos llevamos muy bien en la cama, a pesar que tenemos distintas lenguas maternas hablamos de todo, y cuando no la veo la extraño. Pero otra cosa que me preocupa son las diferencias ideológicas o culturales, y cómo conciliar los distintos objetivos de cada uno para que la relación se sostenga o prospere. Hasta el momento fue fácil, porque ella estaba casada, pero ahora que dejó al marido en Oslo, todo va a cambiar. Te doy algunos ejemplos. Un día estábamos charlando y no sé cómo salió el tema de las Malvinas. Ella me preguntó si me refería a las Falklands, y te imaginás que eso ya no me gustó. Encima después me dijo que entendía el sentimiento de los argentinos, pero también había que contemplar la opinión de los isleños y su derecho a la autodeterminación. Como estábamos en la primera época, no quise provocar una discusión y se la dejé pasar. En otra ocasión salió el tema de la cancelación de la deuda de los 10.000 millones de dólares con el FMI que se hizo el año pasado. Cecilie dijo que le parecía una buena iniciativa, pero que dado el historial de la Argentina, no le extrañaría que en diez o quince años el país volviera a endeudarse, el riesgo país se fuera por las nubes, la inflación otra vez se desbocara y que se pidiera un nuevo salvataje al Fondo. Esa sí se la discutí a muerte. Pero ella insistía en que somos un país que cíclicamente comete los mismo errores, y que no había razones para suponer que eso no volvería a ocurrir. Lo peor es que en algún punto yo pensaba que quizás tenía razón. La diferencia es que ella hablaba con la distancia y frialdad de una noruega, y creo que eso fue lo que más me molestó. Por último, como te decía, están las diferencias de objetivos. O para decirlo de otra manera, las limitaciones que tenemos. Ella el día que termine su misión diplomática en Argentina se vuelve a Noruega, o quizás la mandan a la Conchinchina. Más de una vez me insinuó que si nos casamos yo podría conseguir trabajo en su país. Y claro, también llegado el momento, acompañarla adonde la Cancillería noruega la mande. Pero te imaginás que yo no quiero ser un nuevo Jakob. Yo también tengo hijos y no los voy a dejar.” Esteban hizo el gesto de haber terminado, y le preguntó a Betina si estaba satisfecha. “La verdad que me sorprendiste. Te pondría un muy bien diez felicitado, pero como sos de agrandarte te vas a tener que conformar con un beso de la depredadora”. Esteban puso la mejilla, recibió un beso ruidoso de Betina y escucharon que el comandante anunciaba que se estaban aproximando al aeropuerto. Ella le recordó que iba a necesitar que le dé otra vez la mano. Esteban cantando le dijo: “Dame la mano, dame la otra, dame un besito sobre mi boca,” Betina se río a carcajadas y le contestó: “Vos no te hagas el banana porque te rompo la boca,” Esteban le dijo que entonces solo le diera la mano, y cuando el avión terminó de aterrizar, agregó: “El vuelo de las confesiones terminó y no preparamos la charla con los canadienses. Mirá. Yo no creo en nada. Pero vos que en el primario fuiste a colegio de monjas, por favor rezá para que nos den la plata.”

Cuando llegaron al hotel eran casi las 12 de la noche. Se dirigieron a la conserjería, y luego de registrarse y recibir las llaves, un botones cargó las valijas y los acompañó a la habitación. Esteban le preguntó a Betina si no tenían una para cada uno. Ella le contestó que con los viáticos miserables que les habían dado los canadienses, para dormir separados tendrían que haber ido a un albergue de la juventud. Cuando el botones abrió la puerta Esteban vio que había una cama doble. Ella se anticipó y le dijo: “Como reservamos con tan poca anticipación, solo quedaban habitaciones con camas dobles. Además es una King. Cada uno a su rincón como los boxeadores y se terminó el problema.” Ella le dio una propina al botones, sacaron de las maletas la poca ropa que habían traído y la fueron acomodando en el placard. Como Betina aún no había terminado de guardar la suya, Esteban le preguntó si no le molestaba que se diera una ducha. “Obvio que no. Mientras voy a averiguar si el servicio de habitación está funcionando para pedir que nos traigan unos sándwiches y gaseosas. O preferís vino o cerveza”, preguntó Betina. Esteban le recordó que la última vez que habían tomado cerveza juntos, él había terminado borracho, dormido y tirado en el baño de su casa. Ella pegó una carcajada y sentenció: “Entonces nada de cerveza. Una botella de vino, los sándwiches, un agua con gas y otra sin. ¡Ah! Y si tienen un chocolate pasable lo pedimos de postre.” Esteban no llegó a escuchar la última frase de Betina. Se metió en la ducha, disfrutó del agua tibia, del ruido que hacía al caer, de la espuma del shampoo y de la blancura perfecta de la bañera. Luego de quince minutos cerró los grifos y se secó el cuerpo sin apuro con una enorme toalla blanca. Agradeció haber traído un pijama, ya que habitualmente no los usaba. Cuando lo vio, Betina le preguntó si ahora a los chicos les organizaban pijamadas a las que también invitaban a los padres, y si estaba practicando para ir a alguna. Esteban sonrió pero prefirió cambiar de tema. “¿Tenemos o no tenemos cena?” “Tenemos”, respondió ella. “La traen enseguida, así que yo me baño después.” “Más te vale, olí las sábanas y están inmaculadas”, dijo él. Los sándwiches no eran gran cosa, pero se dejaban comer. El vino, en cambio, estaba más que bien. Cuando Esteban le preguntó cuánto había costado la botella, ella contestó: “Qué se yo. Ni me fijé. Igual no tengo ni idea cuánto vale un dólar canadiense.” Esteban acotó: “Menos mal que sos la contadora”, a lo que ella replicó: “Contadora sí, ¿pero vos me viste cara de arbolito?” Finalizada la cena ella anunció que ahora le tocaba ducharse. A los veinte minutos salió del baño vestida con un camisón diminuto que resaltaba todas las virtudes de su cuerpo. Mientras se secaba el pelo, le preguntó a Esteban: “Vos pensás que si tuviera una hija me invitarían a la pijamada conjunta de nenas y mamis,” Él le contestó: “Depende. Si el objetivo fuera conocer las potencialidades de la industria de la silicona para combatir el bullying, estarías invitadísima.” Ella lanzó simultáneamente una carcajada y una almohada que aterrizó sobre la cabeza de Esteban. Él se defendió y se pusieron a librar una batalla de almohadas y almohadones. Al rato se dieron cuenta que era tardísimo y decretaron un empate. Solo les quedaban unas pocas horas para dormir. Cada uno se acostó en su rincón de la cama, apagaron los veladores y se dijeron buenas noches. Unos diez minutos después, cuando Esteban ya se había dormido, Betina le habló murmurando: “Esteban…Esteban. Despertate.” Cómo él no la escuchaba, ella fue elevando en cada llamado su tono de voz. Hasta que finalmente él le respondió medio dormido. “Qué pasó. Estaba totalmente dormido”, le reprochó. “Boludo nos olvidamos de comernos el chocolate. Viene con avellanas. Yo ya lo probé y está buenísimo. Acerquémonos un cachito que si no vamos a llenar de miguitas la cama. ¿Venís vos o voy yo?” Desperezándose, Esteban respondió: “Voy yo. No hay peor desgracia que se te llene de miguitas la cama.”

Continuará…

Link al  capítulo trece

https://pabloperelman.wordpress.com/2019/02/01/un-romance-escandinavo-un-cuento-por-entregas-parte-trece/

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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14 comentarios

  1. Y bueno…ya lo dijo el Nano.

    Los amantes
    debutantes
    empezaron a bailar ayer.
    Van girando,
    preludiando
    la sinfonía del hombre y la mujer.
    Con sus rizos
    primerizos
    la ternura les tejió una red
    y un soneto
    que en secreto
    les lee Bécquer para abrevar su sed.
    Y nada vale nada a su alrededor
    creen que inventaron el amor.
    Guardan la llave del misterio
    a medias con el adulterio.
    Tierno alarde
    que en la tarde
    cobija el parque o la catedral.
    Primaveras
    callejeras
    que anidan cuando anochece en un portal.
    Despedidas
    a escondidas.
    El primer beso, el primer adiós.
    Y vuelta a casa,
    donde pasan
    las horas lánguidamente en un rincón.
    Susurran aquel nombre como una oración
    y se acurrucan en su habitación,
    para vestir el dulce anzuelo
    con un manto de terciopelo.
    A mi juicio
    falta oficio
    y es por eso que, sin más ni más,
    se marchitan
    y a una cita
    uno de los debutantes no vendrá.
    Desconsuelo
    que el pañuelo
    de alguien que llega consolará.
    Y la noria
    de la historia
    sigue, del fondo del pozo hasta el brocal.
    Buscando terciopelo en la mirada
    y abrazarse contra la almohada,
    con un amor de contrabando
    pasas la vida DEBUTANDO…

    No más preguntas Su Señoría…

  2. Muy bien llevado el relato, veo como se destaca Betina, me encanta su personaje, creo que muchas nos podemos sentir idenficadas.
    Quien más adora a Betina?? Formemos un club de fans, a ver a donde la llevamos!
    Loca como Betina me arriesgo como Presidente del Club de Fans de Betina.
    Gracias Pablo,

    1. Ah No! Si vamos a jugar una guerra entre tocayas, yo voy por Ceci. Me identifico absolutamente.
      Quién va por Cecilie?
      Baila Ceci al 1111!

  3. Vamos con Betina, yo creo lo mismo que muchos de Uds antes o despues de la miguitas veremos la pelicula. quizas ayude a que Esteban consiga su equilibrio y encuentre la respuesta a su laberinto
    Baila Betina al 6969
    .

  4. Atrapante!!! Me encanta cómo va la historia!!!! Y mirando los comentarios voto por Bettina!!!! Vamos por ella!!!!

  5. Bueno. Parece que se desató la guerra. Me pregunto si Esteban leerá estos comentarios. Si los lee, ¿se sentirá presionado? Espero que esto no termine con un fuego más grande que el de Ålesund el día de la noche de San Juan.

    1. Mas allá de lo que decida muestro presionado autor, yo propongo última entrega en el Rex, teatralizada. Y desde ya les aviso, apenas se abra el casting, me presento para personificar a Cecilie. Vamos por la noche de San Juán en la avenida Corrientes! (próximamente angosta).

  6. Me encanto la idea. yo obviamente quiero a representar a Betina, y puedo elegir quien hará de Esteban ??, no se si tendremos candidatos asique deberemos elegir entre nosotras.

    1. Me parece muy bien lo del Gran Rex. Supongo que lo pagaremos con los adelantos para la versión del cuento en Netflix. Ya casi tenemos la primera temporada arreglada. Eso si. Si quieren hacer la teatralización, hay que buscar actores para todos los personajes. Así que sugiero que empiecen por casting de galanes para Esteban.

  7. Yo opino que podría ser alguien como Hugh Grant con esa cara de desorientado que tenía en Notting HIll. así esta el pobre Esteban, la vida misma,. Sdos

  8. cito a María Gainza ” Alfonso es del tipo que piensa que si uno vive·su vida sin enamorarse de nadie, será amado por todos” ¿Es así Esteban?

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