Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo catorce.

28

En los primeros días desde su regreso a Buenos Aires, Cecilie sintió los cambios generados por la separación con Jakob. Aunque Camila la esperaba hasta el momento en que ella llegaba a la casa, los niños le reclamaban que estuviera a horas más tempranas. Cuando le pasaba el parte del día, la niñera le contaba que le costaba imponer su autoridad, y que sus hijos utilizaban cualquier excusa para pelear entre ellos: qué canal ver, a qué videojuego jugar o cuánto tiempo le correspondía usar a cada uno la computadora. Cecilie entendía que le estaban pasando factura por el divorcio; de hecho, la mayor le había planteado cuando estaban volando de Oslo a Buenos Aires, que por culpa de ella se habían quedado sin papá. “Eres una mala madre”, le había dicho, con esa brutalidad que los niños emplean cuando quieren hacer daño.

En la charla que había tenido con la embajadora apenas regresó a trabajar, ésta le había recomendado tomarse más tiempo con sus hijos, y ser un poco menos exigente con el trabajo, por lo menos hasta que el tiempo fuera acomodando las cosas. Pero Cecilie hacía exactamente lo contrario. Desarrollaba nuevos vínculos con instituciones gubernamentales argentinas, y redoblaba esfuerzos para ampliar la colaboración con una red de comedores escolares de La Matanza que la embajada venía apoyando desde hacía un año. Las reuniones a altas horas de la tarde eran moneda corriente; su llegada a la casa a la hora de la cena, también.

Las noticias que seguían llegando desde Oslo no eran buenas. La madre de Jakob le contaba a la suya –ahora sin ocultar reproches dirigidos a Cecilie-, que Jakob seguía consumiendo cantidades exuberantes de alcohol. Pero que ahora, además, mostraba signos de depresión: casi no salía de su cuarto, no se bañaba ni afeitaba, se rehusaba a atender los llamados telefónicos, dormía no menos de diez horas diarias, y ni siquiera terminaba la mitad de la comida que le servían. Luego de insistir, sus padres habían conseguido que aceptara la visita de un psiquiatra, que lo diagnosticó con un cuadro de depresión mayor. Debería tomar antidepresivos, ansiolíticos y comenzar lo antes posible un tratamiento para la desintoxicación del alcohol. Jakob les prometió a sus padres que seguiría las instrucciones del psiquiatra, pero les pidió que antes lo dejaran, por último día, tomar a gusto. Mañana sería el primer día de su nueva vida. La madre de Jakob lo abrazo gimiendo, mientras que el padre, luego de darle unas palmadas en la espalda, le dijo que se habían asustado mucho. “Les pido disculpas. Uds. no se merecían pasar por esta situación. No volverá a ocurrir jamás.”

Los últimos dos mails que Cecilie le había escrito a Jakob no habían tenido respuesta, y dadas las noticias que llegaban desde Noruega, eso la preocupó. Pero cuando se enteró que su ex marido había aceptado tratarse, tomó la falta de respuesta como una buena señal: seguramente él comenzaba a procesar la separación, y necesitaba tomar distancia de ella para aceptarla.

A su regreso de Toronto, Esteban se puso a organizar su agenda para los escasos siete días que le quedaban antes de volver a partir hacia Canadá. Debía delegar responsabilidades en los proyectos que coordinaba en la Fundación, leer un frondoso material académico que le habían entregado los canadienses sobre los nuevos paradigmas del debate cultural, conversar con Lucía para organizar cómo se comunicaría con sus hijos mientras estuviera afuera, y comprarse una nueva valija y algo de ropa. También debería hacerse un hueco para cenar con Jorge: éste le venía insistiendo, desde hacía al menos dos meses, en saldar la deuda que había contraído con él, luego de perder la apuesta que habían sellado un rato antes de aquella cena en la casa de Cecilie. Cuando le dio el ultimátum, le dijo: “Macho vos sos el único acreedor al que el deudor lo persigue para pagarle.” De todo ese listado, el ítem más importante y esperado era el reencuentro con Cecilie. Con ella había hablado apenas llegó al departamento de Analía, y habían quedado en desayunar en un lugar que Esteban había descubierto cuando ella estaba en Noruega. Cuando Cecilie le preguntó dónde quedaba y cómo se llamaba el sitio, él respondió que era una sorpresa. A lo que ella acotó: “Eso me gusta. Parece que volvemos a los viejos y misteriosos tiempos. Solo espero que no vuele ninguna silla, ni que metas la pata en el barro.” Esteban sonrió a través de la línea, y le adelantó que tenía algo para contarle. “¿Otra sorpresa? ¡Qué intriga!”, le dijo ella. “Algo así. Pero como ya no falta nada para que nos veamos mejor esperemos. Por cierto, nunca te lo pregunté, ¿los nórdicos son personas ansiosas?”, la interrogó. “Los nórdicos no. El problema es que, para bien o para mal, cada día que pasa estoy más argentinizada: me quejo por pavadas, hablo fuerte, y perdí la prudencia que me caracterizaba. ¿De quién será la culpa?”, dijo ella riendo. “Ni idea. Lo mejor sería que diriman el asunto las cancillerías de nuestros países”, le contestó Esteban continuando la broma. “Como dicen Uds., ¿no será mucho?”, preguntó Cecilie. “¿Te parece mucho?, retrucó él. “Lo que me parece mucho es lo que te quiero”, dijo ella pasando del tono jocoso al emotivo. “Yo también. De todas las noruegas que conocí en mi vida, sos la que más quise.” Ella pegó una carcajada, y acotó: “¿Sabes?, eres una de las personas más bobas que conocí en mi vida. Si no fuera por tus trucos y pases de magia, yo no estaría tan expectante y pendiente de ti. Quizás algún día me cuentes cuál es tu secreto.” “Vos sabés que los magos no pueden contar el secreto de sus truco. A nadie. Pero acá no hay magia ni secretos. Sino algo que en estas tierras denominamos la cultura del trabajo. Si querés algo, trabajás de sol a sol hasta conseguirlo. Y si se trata de una rubia escandinava, hacés que el día dure 25 horas”, argumentó Esteban. Entonces ella riendo, le dijo: “Lo estás haciendo de nuevo. Es lo que Uds. llaman hacer el verso. Es como el asado, el dulce de leche, un Boca – River. Cada país tiene cosas magníficas que cuando eres diplomática debes aprovechar. Aunque sé que es otro de tus truquitos, te digo: tócala de nuevo Sam.”

En la tarde noche del miércoles, Esteban fue a buscar a sus hijos para llevarlos a su casa. Lucía bajó sola. Le dijo que a los chicos les faltaba un rato para estar listos, y lo invitó a que se sentaran en el sillón que estaba en el hall de entrada del edificio. “Más allá de los honorarios que te van a pagar, que por supuesto están bárbaros, para vos es una oportunidad profesional fabulosa. Y además te la merecés. Por los chicos no te preocupes. Un mes y medio se pasa enseguida y ya nos vamos a organizar para que estén comunicados. Quedate tranquilo que yo también me voy a ocupar de llamar a tus viejos día por medio para ver cómo están, y contarles lo que sepa de vos.” Esteban le agradeció que le facilitara las cosas, y le contó que estaba un poco ansioso por el viaje. “En cambio a vos se te ve mansa y tranquila. Hasta alegre.” Lucía sonrió con nerviosismo, e intentó cambiar de tema. Pero Esteban no la dejó. “Cómo se llama”, le preguntó. “Cómo se llama quién”, replicó ella. “Tu amigo, amante, compañero, novio o como sea que le digas.” “Se llama Daniel, y no le digo de ninguna manera. Lo conocí hace tres semanas. No es nadie”, se atajó ella. “Pará Lucía. No te pongas a la defensiva. No te voy a decir que tengo ganas de ponerme a bailar en una pata, pero si querés estar con alguien estás en todo tu derecho. Y si gracias a este señor nadie, estás contenta, entonces me alegro por vos.” Lucía puso su mano derecha en la mejilla de Esteban, y le dijo: “Todas las mujeres separadas deberían tener derecho a tener un ex como vos. Te digo más. Cuando una mujer decide casarse, debería pensar cómo será el fulano tanto como marido, como al separarse.” Esteban se quedó unos segundos reflexionando, y agregó: “Mirá que irresponsables que fuimos; nosotros dos no pensamos nada e igual nos salió bien.” Lucía se acercó a Esteban para darle un abrazo, pero éste la frenó. “Un momento. Necesito que negociemos algo.” Lucía lo miró sorprendida, y lo alentó a continuar. “El día que este Daniel deje de ser el señor nadie y lo invites a compartir los que fueron nuestros aposentos, vos te pasás al que era mi lado y él duerme en el tuyo.” A Lucía, que lo conocía como nadie, el pedido de Esteban no la sorprendió. Le contestó que Daniel vivía solo, que probablemente nunca llegaría a ocupar ningún lado de la cama, pero que si ello ocurriese, su lugar quedaría a resguardo. A continuación ella aprovechó el momento de la confesión. Le preguntó si seguía recibiendo llamadas equivocadas de mujeres extranjeras que cortaban, o si la compañía de telefonía le había solucionado el problema. Y sin esperar que respondiera, acotó: “Ahora que me sacaste de mentira a verdad lo de Daniel, me podrías contar algo vos a mí, ¿no?” Como él se quedó callado e incómodo, Lucía decidió no insistir. “Tranquilo. Ya me contarás lo que quieras cuando tengas ganas. Además, por el ruido del ascensor, los chicos ya están bajando. ¡Ah! ¿Te conté que tu amiga Betina me cayó re bien? Un poco loca pero muy divertida. Súper mona además. Seguro que con ella te llevás bárbaro.”

29

Betina retornó del viaje a Toronto con la mente convulsionada. En apenas dos días sentía que habían ocurrido demasiadas cosas. Se sentía satisfecha por haber conseguido los fondos necesarios para que la Fundación continuara funcionando, y del pequeño festejo con el que sus compañeros de trabajo los habían sorprendido a ella y a Esteban al regreso. Se preguntó si las cosas con su compañero de viaje se habían puesto un poco raras, pero enseguida trató de ahuyentar ese pensamiento de su cabeza. En contrapartida, le quedaba aún el sabor amargo de haber firmado el cheque que posibilitó el desfalco perpetrado por Núñez. En su fuero íntimo, se sentía una cómplice que se había dejado amedrentar por un personaje que nunca le había caído bien. Lo que más la angustiaba era saber que lo había hecho por miedo. Ese tema además de preocuparla, la ocupaba. Se comunicaba por lo menos una vez al día con la División de Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal, quienes le aseguraban que estaban investigando tanto el paradero de Nuñez como el de los fondos robados. Como las respuestas que le daban por teléfono no la satisfacían, una vez se presentó en la sede de la División y permaneció sentada hasta que la atendió el Comisario a cargo. Betina le dijo que suponía que él tendría bajo su órbita casos tanto o más importantes que el de la Fundación, pero que para ella ése era su único caso. Y que hasta que no recuperan la plata, si era necesario, la iba a tener haciendo guardia en la sede policial día y noche.

Desde la muerte de su padre, hacía cuatro años, las visitas que Betina le hacía a su madre se habían ido espaciando. Hasta incluso las llamadas telefónicas, que antes eran diarias, ahora se producían cada una o dos semanas. La única razón por la que se había comprado un contestador automático, era para filtrar los llamados de su madre. Todos eran iguales: “Hola Betina. Soy mamá. Llamame. Acordate que sos mi única hija.” A veces cuando prendía el aparato había seis u ocho mensajes de ella que borraba apenas escuchaba su tono monocorde. No se trataba de una cuestión de sentimientos: Betina quería a su madre. Pero sus comentarios insidiosos, los lugares comunes, y las comparaciones con sus primas, la sacaban de quicio. Lo que más le molestaba era que su madre pretendiera que ella cambiara su estilo de vida para presumir con sus amigas. “Saben chicas, Betinita está de novia con un ingeniero. Parece que es de una familia muy bien. No saben lo buen mozo que es. No, fecha todavía no tienen. Pero para mí que en cualquier momento él compra los anillos. Y seguro que en la luna de miel ya se ponen a buscarme un nieto.”

Betina interrumpió el diálogo imaginario entre su madre y sus amigas, y pensó que ni siquiera le había avisado del viaje a Toronto. Incluso para los estándares de una mala hija, eso quizás había sido demasiado. Tomó coraje, levantó el tubo del teléfono, y la llamó. Quedó en pasar a tomar el té por su casa a la salida del trabajo, y le dijo que no se preocupara por preparar ni comprar nada. Ella le iba a llevar las masitas de su confitería predilecta. A las 17:30 Betina llegó a la casa de su madre. Saludó al encargado, quien, mientras le abría la puerta, le dijo que hacía mucho que no la veía. Ella le contestó que era cierto, y que eso se debía a que estaba con muchísimo trabajo. Cuando estaba por tomar el ascensor, él agregó: “También a tu mamá la estoy viendo menos. Se ve que no está saliendo tanto como antes.” A Betina la observación le llamó la atención, pero no continuó la conversación y se limitó a saludarlo.

Cuando tocó el timbre, su madre le dijo gritando desde la cocina que entrara con su llave. Antes de saludarla, apagó el mechero de la pava, se secó las manos con el delantal, le indicó que dejara las masitas en la mesa del living, y le dio un beso ruidoso. Betina pensó que, definitivamente, esa característica poco glamorosa la había heredado de ella. Lo primero que su madre le dijo es que estaba preciosa, y que no entendía cómo una chica tan linda todavía no se hubiera casado. “Vos viste lo que son las hijas de mis amigas. Ninguna te llega ni a los talones. Lo mismo tus primas. Y todas ya van por el segundo o el tercer hijo.” Betina respiró profundo, y le pidió a su madre que por favor cambiaran de tema. Y aprovechando el comentario que le había hecho el encargado, le insinuó: “Me dijo Julio que últimamente no te estuvo viendo mucho, ¿estás saliendo menos?” “Ese es un metido. Qué sabe cuando salgo o dejo de salir. ¿Y sí salgo a la hora que él toma la siesta?”, le contestó. Betina sintió que el tono del enojo que había generado el comentario en su madre era desmedido. Por otra parte, ella siempre decía que tenerlo a Julio de encargado era una bendición. Decidió cambiar de tema y preguntarle por aquello que más le gustaba hablar: sus amigas, o como ella las llamaba, “las chicas”. Escuchó por enésima vez las mismas historias, intentando simular interés. En los casos en los que se había producido alguna novedad, como el nacimiento de un nieto, preguntaba qué nombre le habían puesto o cuanto había pesado al nacer. Cuando Betina ya estaba pensando en finalizar la visita, su madre le anunció que debía pasar al baño. Le dijo que si quería más té calentara agua; seguramente ella tomaría una taza más. Betina se quedó mirando el living de la casa en la que había vivido tantos años. Seguían estando los mismos muebles y objetos de decoración que había cuando ella era chica. Las mismas cortinas. El mismo aparato de televisión que ahora parecía un armatoste vetusto. De pronto su mirada se topó con un sobre de análisis clínicos. Lo abrió. Tomó nota que habían sido solicitados por una médica oncóloga. Se apresuró a leerlos, y notó que muchos de los indicadores estaban fuera del rango normal. Escuchó que su madre estaba por salir del baño. Dobló el sobre y se lo guardó en la cartera. Cuando ella le preguntó si había calentado el agua, le dijo que la disculpara pero que se tenía que ir. “¿Encima que no venís casi nunca te vas a ir tan rápido?”, se quejó su madre. “Disculpame mami; tenés razón. Cuando estabas en el baño me llamaron al celular. Hay un lío bárbaro en la oficina y me necesitan urgente. Te prometo que vuelvo pronto. Te quiero ma.” “Bueno nena, dale. Si es urgente andá. Y llamame de vez en cuanto que estoy cansada de hablar con ese aparato. Yo también te quiero.”

Cuando salió de la casa, pensó que a la noche llamaría a una amiga cuyo novio era oncólogo, para pedirle que leyera los análisis clínicos y le informara la gravedad del cuadro. Al llegar al lugar donde estaba estacionado su auto, se puso a mirar la vidriera de una zapatería para distraer la cabeza. Vio unos zapatos que le llamaron la atención y entró. Eran negros, de charol y con mucho taco como le gustaban a ella. Pidió probárselos. Se paseó por el local para asegurarse que le quedaban cómodos, y se miró varias veces en el espejo buscando despejar toda duda. La vendedora le dijo que no lo pensara; que estaban hechos para ella. Cuando fue a la caja a pagar sacó la tarjeta de crédito, pero aunque vació el porta documentos, no logró encontrar el DNI. Se puso nerviosa y comenzó a buscar sin suerte hasta en el último recoveco de la cartera. La vendedora le dijo que seguramente lo debía tener en su casa y que si ella quería le guardaba el par. “No, no. Me los llevo igual. El pasaporte te sirve, ¿no? Justo lo tengo encima porque volví de un viaje.” “Entonces vamos a hacer de cuenta que sos una turista”, bromeó la vendedora. Luego le devolvió el pasaporte y la tarjeta de crédito, le dio la bolsa con los zapatos, y cuando se despidió le dijo que se quedara tranquila; seguro que el DNI había quedado en otra cartera.

30

Cecilie estaba ordenando su escritorio para abandonar la embajada, cuando vio que Camila la estaba llamando desde el teléfono fijo de su casa al celular. Atendió preocupada y escuchó que la niñera le decía que había recibido una llamada del exterior. Enseguida se dio cuenta que una mujer le hablaba en noruego, porque de tanto escuchar a los chicos ya estaba familiarizada con el idioma. Luego ella pasó a un inglés que según Camila era muy básico. Le pareció entender que el marido de Cecilie estaba internado en un hospital. Lo que si comprendió perfectamente, porque la mujer se lo repitió varias veces, era que le avisara urgente a ella. Cecilie colgó y marcó inmediatamente el número de la casa de sus padres. Su madre atendió, pero como no cesaba de llorar, le pidió que le pasara el teléfono a su padre para que éste la informara de la situación. Jakob había intentado suicidarse con una sobredosis de antidepresivos mezclada con alcohol. Sus padres lo habían encontrado inconsciente al mediodía en su habitación, y llamaron a una ambulancia que lo llevo al hospital más cercano. Enseguida le practicaron un lavaje de estómago, le colocaron suero y lo mantuvieron en un coma inducido. El pronóstico era reservado: podía salir ileso, salvarse pero quedar con daños neurológicos irreversibles o morirse. Cuando les preguntaban a los médicos cuál era el escenario más probable, solo contestaban que había que esperar. Probablemente en 48 hs. el panorama fuese más claro. Cuando cortó la comunicación, Cecilie sintió que un camión le había pasado por encima. Se sentía preocupada y enojada al mismo tiempo. Cómo haría, si pasara lo peor, para contárselo a los niños. Y qué pasaría, si aun salvándose, su ex marido quedara con una discapacidad mental o motora permanente. Le pareció que estaba recibiendo un castigo desmesurado e injusto por intentar seguir su camino y ser feliz. Ahora entendía perfectamente a todos los parientes y amigos que siempre le habían dicho que Jakob no era una buena elección. ¿O acaso la equivocada había sido ella por pretender escapar de la monotonía en que se había convertido su vida y tener una existencia más plena y emotiva? Se sorprendió a sí misma por no haber derramado ni una sola lágrima. Se dio cuenta que el sentimiento de odio hacia Jakob era mucho mayor que el de compasión. Le pidió al chofer de la embajada que la llevara a su casa. En el camino lo llamó a Esteban para contarle lo que había ocurrido. Él le dijo que confiaba que Jakob superaría el estado crítico en que se encontraba, y se ofreció para reunirse en el momento y en el lugar que ella quisiera. Cecilie le agradeció el ofrecimiento, pero le explicó que necesitaba ir a su casa para estar con sus hijos, y pegarse al teléfono para estar al tanto de las novedades que llegaran desde Oslo. También le confesó, que aunque hacía años que no concurría a la iglesia luterana en la cual se había casado, rezaría por la salud de su ex marido. Antes de cortar, Cecilie le propuso a Esteban que quedaran tentativamente en encontrarse en la tarde del día siguiente. Si no recordaba mal, él tenía pensado volver a sorprenderla. Y a ella le habían empezado a gustar las sorpresas.

Continuará…

Link al capítulo quince

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

Participa en la conversación

4 comentarios

  1. Muy bueno, la intriga continua, y aun sintiéndome re abettinada no se sabe hacia donde viran los personajes. Muy bueno, le diste un golpe a Betina! Mi personaje, me gusta! Muchas gracias Pablo

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

M T

Poesías, prosas y cuentos

Correlatos

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

Semana 52: Espartatlón

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

ES DOMINGO Y NO TENGO NOVIO

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

A %d blogueros les gusta esto: