¡Basta de hacer cola para ir al baño!: una propuesta feminista. Versión recargada

mujeres en el baño

Aviso: estoy por publicar algo que escribí hace más de cinco años. Preferiría no hacerlo; no debería hacerlo, pero tengo algunos atenuantes.

Cómo quizás algunos y algunas hayan escuchado, me acabo de mudar. Mi nueva casa es un caos de cajas y cosas tiradas por todos lados. Dudas sobre qué guardar, regalar o tirar. No soy muy bueno para todo lo que requiere ser práctico y ordenado.

Así que no sé cuándo podré retomar la escritura y Uds. la lectura de Un romance escandinavo. Pensé, entonces, publicar algo que hubiera escrito en las primeras épocas de este blog, y que además fuese un texto al que le tuviera cariño (uno no quiere a todos por igual). Elegí lo que leerán a continuación. Saqué dos o tres párrafos que ahora me parecieron innecesarios. Pido disculpas a quiénes ya lo hayan leído. Sin embargo, para volver a la novela, les propongo a los lectores de Un romance…, hacer el siguiente ejercicio una vez que hayan terminado con la lectura. ¿Qué harían Cecilie, Lucía o Betina si estuviesen en una larga cola para ir al baño con la necesidad acuciante de hacer pipí? ¿Y qué les sugeriría Esteban frente a tal eventualidad?

Ahora sí: ¡Basta de hacer cola para ir al baño¡

¿A quién no le pasó de tener que hacer alguna vez cola para ir al baño? Pero si sos mujer seguramente te pasó muchas veces y lo más probable es que te siga pasando. Sin embargo, ¿tener qué hacer cola para esas necesidades básicas e impostergables es algo inexorable como la lluvia o el paso de los años? Quizás muchos de Uds. estén pensando que este tema es una bobada, y qué bien podría estar invirtiendo mi tiempo y el de los lectores en otros menesteres más importantes. Sin embargo, les garantizo que el tema tiene ribetes más que interesantes, y que perfectamente podemos enmarcarlo dentro un asunto tan serio e importante como el de la discriminación de género.

Pero antes de ir al grano, repasemos un poco, aunque sea obvio, las razones por las cuales la gente continúa haciendo cola, qué cambios se produjeron en los últimos años y los que probablemente se producirán en un futuro cercano.

Podemos analizar la cola utilizando algunos elementos básicos de economía. Así, “hacer cola” es el desequilibrio entre la cantidad de personas que demandan algún tipo de servicio, y la oferta que existe para satisfacerla. Cuanto mayor es ese desequilibrio, más larga será la cola.

Cotidianamente hacemos cola (o sacamos número) para las situaciones más diversas. Tantas que enumerarlas todas sería tedioso y poco útil, pero vamos a repasar algunas de ellas. Se hace cola para que nos atiendan en un negocio, y luego para pagar por las cosas que compramos. Se hace cola en el cine y los teatros, y también a veces para conseguir una mesa en un restaurante concurrido. Por supuesto se hace cola para pagar las cuentas en el banco, y colas larguísimas para comprar entradas para ver un recital o ir a ver un súperclásico. Se hace cola para esperar el colectivo o para cargar la tarjeta Sube. En el supermercado suelen atacarnos dudas existenciales sobre en cuál de las colas nos conviene ubicarnos y, ley de Murphy mediante, siempre terminamos eligiendo la equivocada. Hubo a principios de este siglo colas legendarias frente a las embajadas de países del viejo continente para conseguir la ciudadanía de la Unión Europea, y por esas épocas surgió el efímero oficio de colero, para el que no se necesitaba ninguna capacitación. Teniendo en cuenta la malaria que había en aquel tiempo, era un trabajo bastante redituable para aquellos que estaban dispuestos a congelarse en una cola a las 2 de la mañana. Lo que se dice una carrera corta y con salida laboral inmediata.

Pero la tecnología promete eliminar las colas o al menos reducirlas en cantidad y tiempos de espera. De hecho, en estos años han sido muchas las innovaciones puestas en práctica. Se pueden pagar casi todos los servicios del hogar debitándolos de una tarjeta de crédito, con débito automático a una caja de ahorro, o pagándolos por internet. También manejando el mouse podemos comprar entradas para el cine, teatro y recitales, y hasta elegir el lugar en el cuál queremos sentarnos, aunque para ello hay que abonar un pequeño recargo. Los corredores nos inscribimos y pagamos casi todas las carreras a través de la red. Hoy podemos hacer las compras del súper llenando el changuito virtual y va a llegar un día, no muy lejano, en que los códigos de barra serán reemplazados por un “identificador por radiofrecuencia” (RFID en su sigla en inglés), que es un sistema de almacenamiento y recuperación de datos que no requiere visión directa entre el emisor y el receptor. Eso significa que podremos pasar el changuito entero por la caja mientras este sistema identifica, automática y simultáneamente, todos los productos que estamos llevando, calcula en instantes el monto de la compra, imprime un ticket y nos pide que cancelemos con una tarjeta de crédito. Todo, por supuesto, sin necesidad de que haya empleado alguno de por medio.

Como vimos, los avances tecnológicos conseguidos por la humanidad y los que vendrán, amenazan con pasar a mejor vida a muchas de las colas que todavía seguimos haciendo. Pero hay una que goza de muy buena salud y que no parece estar sometida ni al más mínimo riesgo. Y claro, adivinaron todos: estamos hablando de la nunca bien ponderada cola para ir al baño. Porque, al menos que yo sepa, aun no se han inventado retretes virtuales, ni medicamentos que sustituyan las ganas de hacer pis. Pero si bien estamos obligados a continuar yendo al baño por los siglos de los siglos, la pregunta del millón es si también estamos condenados a tener que esperar para obtener el desahogo que produce hacer pipi.

Ninguna cola es agradable, pero convengamos que en ciertas ocasiones la del baño puede tornarse dramática y angustiante si uno está apurado, y ni hablar si además nos ponemos nerviosos.

Pero volvamos al principio. Salvo contadas excepciones, como por ejemplo cuando un micro hace una parada en la ruta, la cola para ir al baño solamente la hacen las mujeres. Y si queremos encontrar una solución al problema, antes necesitamos de un buen diagnóstico. Para eso, nuevamente, tenemos que volver a echar mano a rudimentos básicos de economía, y específicamente a la ley de la oferta y la demanda.

Empecemos entonces por la demanda. Los que leyeron el post de hace dos días sobre solos y solas, se anoticiaron que en Buenos Aires hay más mujeres que varones (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/18/cuando-los-numeros-cantan-es-verdad-que-en-buenos-aires-hay-mas-mujeres-solas-que-hombres-solos/?fb_source=pubv1). Y si bien en esta ciudad es donde el desequilibrio demográfico está más acentuado, en varios de los centros urbanos más importantes del país ocurre algo parecido. Lo mismo que en Nueva York, Paris o Berlín.

Las mujeres no solamente son más, sino que además tienen más motivos para ir al baño. Son la gran mayoría de las veces las que cambian los pañales de los bebés (por ejemplo en muchos shopping centers los cambiadores solo están instalados en los baños de mujeres), y las que acompañan a los niños más pequeños. También necesitan (¿cómo se dirá delicadamente esto?), varios días al mes, cambiar cada tanto toallitas con o sin alas. Y bueno, ya que están ahí quizás aprovechan para retocarse el maquillaje. Según me dijo mi odontóloga, si es que le entendí bien, las mujeres tienen menor capacidad para retener líquidos, lo cual les provoca la necesidad de orinar con mayor frecuencia. Un amigo una vez me dijo que otro problema que yo no había contemplado, es que las mujeres aprovechan la excursión al baño para charlar. Yo no me animo a agregar este ítem a las causas, pero tengo que decir que siempre me llamó la atención que cuando una chica anuncia su intención de ir al baño, muchas veces hay otra que le dice estas dos palabras: “te acompaño”.

Los hombres, además de ser menos, por lo general hacen su trámite de manera muy expeditiva. En conclusión, aunque en este caso no tengo ninguna estadística oficial, mi estimación es que la demanda total para ir al baño está compuesta en un 70% por mujeres y en un 30% por varones. Porque son más y también porque le dan más usos.

Veamos ahora qué pasa con la oferta diferenciada por sexo. Cuando los arquitectos diseñan los baños de restaurantes, complejos de cines o shopping centers, hacen algo sumamente sencillo: la mitad del metraje es para el de varones y la otra mitad para el de mujeres. Pero esta decisión, aparentemente neutral, es groseramente equivocada, porque aun suponiendo que la demanda fuera idéntica, lo que vimos que no es cierto, el miti y miti en verdad tampoco es tal, porque en los baños de varones además de los inodoros hay mingitorios. En consecuencia, la cantidad de “puestos totales” de los baños masculinos es muy superior a los femeninos. En muchos restaurantes es habitual que el baño de mujeres tenga un solo inodoro, mientras que en el de varones, además del retrete, haya dos mingitorios; es decir, una relación de tres a uno. Esto lo sé porque durante muchos años, cada vez que estaba con una mujer en un bar o restaurante, y llegaba el momento en que ella anunciaba (siempre llega ese momento) que tenía que ir al baño, yo le pedía que se fijara cuántos puestos tenía, y después o antes, cuando llegaba mi turno, los contrastaba.

Después de mucho “trabajo de campo”, mi conclusión fue que la oferta total de puestos se compone de 70% destinada a los varones y solo 30% a las mujeres. Como imaginarán, la combinación es explosiva, y la consecuencia ineludible, es la bendita cola.

Yo sé que el movimiento feminista de la Argentina está muy ocupado en asuntos más trascendentes como la planificación familiar, la violencia de género, la discriminación salarial, la sobrecarga de trabajo doméstico, el llamado “techo de cristal” (que les dificulta a las mujeres acceder a cargos directivos en las empresas o en la administración pública) y tantos más. La verdad es que al lado de todos ellos, la cola para ir al baño puede parecer una frivolidad.

Sin embargo, para mi es una muestra de como en una cuestión tan elemental y fácil de solucionar, la arquitectura piensa con cerebro masculino. No me cabe duda, por ejemplo, que dentro de los equipos que diseñan los baños de los grandes paseos de compras hay arquitectas mujeres, que obviamente sufren este error de cálculo como usuarias de esos baños que diseñan. ¿Nadie se dio cuenta que el problema se arreglaría haciendo más grandes los baños de mujeres a costa de sacrificar una parte de la superficie que se destina a los de varones? ¿Cuánto más grande? Lo suficiente para que la oferta de puestos se invierta: 70% para las damas y 30% para los caballeros. Eso sería lograr igualdad de género y lo mejor de todo es que nosotros los varones no perderíamos prácticamente nada. A lo sumo, quizás alguna que otra vez, nos tocaría hacer cola a nosotros también, pero en ese caso estaríamos contribuyendo a una buena causa, cual es reducir drásticamente la degradante espera a la que tantas veces deben someterse nuestras parejas, hijas, amigas, abuelas o sobrinas. Después de todo, si ellas tardan mucho tiempo en el baño, no nos queda otra que esperarlas hasta que salgan.

Sí algún lector de este blog conoce a alguien en la Sociedad Central de Arquitectos o en el Centro Argentino de Ingenieros, por favor traten de que lea este post.

Por último, hay una forma de solucionar el problema de un día para el otro, y es eliminando los baños para varones y mujeres. Bastaría con sacar los cartelitos que cuelgan con variados diseños en sus puertas, y si no hay disponibilidad en uno, probaríamos en el otro. Y recién en el caso que estuviera todo ocupado, nos pondríamos a hacer una cola unisex. Pero si tengo que ser honesto, me parece que para que una medida así tenga aceptación social, se necesita tiempo y que exista un profundo cambio cultural. A juzgar por los carteles que están abajo, en algunos lugares del mundo esto ya se estaría implementando. ¿Y en este país? Creo que cuando llegue ese día este blog y quién lo escribe probablemente ya no van a existir.

Si querés comenzar a leer Un romance escandinavo, para imaginar que harían Cecilie, Lucía y Betina en la cola, clickeá acá.

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/12/un-romance-escandinavo-parte-uno/

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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3 comentarios

  1. Perdón, se disparo sin terminar, algo así puede pasar cuando hacemos largas colas en los baños de mujeres. Bueno siguiendo con la encuesta del autor / bloguero / orginal que es quien pide respuestas para seguir sumando a sus estadísticas ( me cabe la duda si sus estudios de economía se han disparado para el lado de los porcentajes, no soy economista, trabajo en turismo y quizás me haya equivocado en mi apreciación) Al grano,
    Betina, no me cabe duda alguna entraría al baño de hombres y pediría a cualquier mujer de la cola que cuide la entrada, y luego ella la cuidara para que vaya la otra,
    Cecilie aguantaría la cola, siempre pensando cómo han resuelto ese problema en su país, obviamente los baños de mujeres son mas amplios que los de hombres.o mixtos cuando no hubiera espacio
    Lucia haría la cola con sus chicos y pensaría como hará Esteban para que su hija vaya al baño mientras el va al de hombres
    Beso y buena semana

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