Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo dieciséis.

34

Esteban se despertó al día siguiente de la cena con Jorge pensando en la lista de pendientes que aún tenía por completar antes de partir rumbo a Canadá dos días después. En primer lugar debía preparar las maletas con la ropa necesaria para una estadía de un mes y medio. A sus hijos iría a buscarlos al mediodía al colegio, y los llevaría a comer pizza y tomar helado. Tenía agendadas varias reuniones en la Fundación para repasar la marcha de los proyectos y delegar los que él coordinaba. Para esto último había quedado juntarse con Gabriela y Jorge a las diez de la mañana, puesto que eran sus personas de mayor confianza y las que estaban al tanto de los proyectos que él lideraba. A las 17, en el sitio donde pretendía volver a sorprenderla, se reencontraría con Cecilie después de casi un mes. Trató de imaginarse qué sentiría al volver a verla, de qué manera se saludarían, y qué rumbo y profundidad tomaría la charla. Luego de esforzarse para que le llegaran las imágenes de lo que aún no había ocurrido, se sintió como un tarotista, un leedor de la borra de café, una bruja o cualquier otra clase de adivinador que lucra con las ilusiones de la gente. Sería mejor dejar de especular y que, como dice su padre, pasara lo que tenga que pasar.

Aprovechando que la sala de reuniones estaba vacía, Esteban se reunió allí con Gabriela y Jorge. Le pidió a la secretaria que salvo un motivo de mucha importancia no los interrumpieran ni les pasara llamados. Los escuchó plantear cómo pensaban encarar la coordinación de los proyectos durante los 45 días que él estaría fuera del país. Cuando terminaron de acordar todos los puntos, Gabriela y Jorge se pararon para volver a sus respectivas oficinas. Esteban les adelantó que quizás al día siguiente volvería a juntarse con ellos, ya no para hablar de delegación de tareas, sino porque ellos eran, además de sus compañeros de trabajo, también sus amigos. No le vendría mal que hablaran un rato sobre bueyes perdidos y otras yerbas.

Cuando Esteban y Cecilie se comunicaron una hora antes de la cita prevista, ella le preguntó cómo haría para llegar al sitio sorpresa número dos. Él le contestó que usarían un método tradicional y conservador: le daría la dirección. “Como yo tengo una puntualidad escandinava y la tuya cada vez se parece más a la argentina, seguramente te estaré esperando.”, le dijo Esteban. “Ya veremos quién llega antes. Te aviso que desde comencé a jugar al vóley me volví muy competitiva.”, replicó ella. Ambos llegaron diez minutos antes de la hora prevista y se encontraron en la puerta del El escandinavo, un bar que Esteban había descubierto por San Telmo unos días atrás. Se saludaron con un beso en la mejilla que denotaba las semanas que habían pasado sin verse, y también el carácter indefinido que ahora tenía la relación entre ellos. Cecilie le dijo que ella no conocía el sitio, y que tampoco sus colegas de las embajadas de Suecia y Finlandia se lo habían mencionado. Tranquilamente podía pasar por un bar cualquiera de Oslo. Optaron por una mesa que daba a la ventana, miraron la carta, y una vez que decidieron llamaron al mozo para ordenar. Ella pidió un vodka solo; él un Negroni. Mientras les traían los tragos Cecilie lo actualizó de la situación de Jakob. Esteban notó si bien las últimas noticias la habían aliviado, el tono de su voz seguía más emparentado con la bronca que con la angustia. No se animó a mencionárselo. Cuando llegaron los tragos ella propuso cambiar de tema. Ya retomarían el asunto, pero después de dos días de estar absorbida por la situación de su ex marido, necesitaba distraer su mente aunque más no sea por un rato. “Pero antes hay algo que debes saber. La cancillería noruega tiene ciertas reglas frente a situaciones de salud tan graves como la de Jakob. Tienes la opción de regresar a Noruega por tres meses, que pueden ser renovados si la situación lo amerita. Y si bien no estás obligada a volver a tu país, está muy mal visto que no aproveches la oportunidad que te dan. Por otra parte es claro que a Jakob le hará bien tener a sus hijos cerca y a mis hijos les hará bien estar cerca de su padre. En cuanto a mí, seguramente él verá como un éxito que yo regrese para apoyarlo. Supongo que eso le creará la ilusión de que aún seguimos juntos o, lo que es lo mismo, que nunca nos separamos. Yo ya tomé la decisión de volver. Como te dije siento que no tengo otra alternativa. Y lo peor de todo es que no sé cuándo podré regresar o si alguna vez regresaré.” Cecilie hizo una pausa para tomar un trago de vodka y lo miró a Esteban esperando que dijera algo al respecto. Él apenas se limitó a preguntarle cómo se sentía. “Me siento mal; muy mal. Yo pensé que había dado una vuelta de página definitiva a mi relación con Jakob. Tenía y tengo muy claro que mi interés hacia él como pareja se extinguió hace un rato largo. Incluso mucho antes de que tú aparecieras, o mejor dicho, de que te metieras de prepo en mi vida. Todo lo que tenía programado desde que era una adolescente se derrumbó como un castillo de naipes. Ahora las cartas están tiradas y ni siquiera tengo la más mínima idea de cómo recogerlas.” Cecilie tomó un nuevo trago de vodka, esta vez más largo que el anterior. “Te imaginarás que este no será el único vodka que voy a tomar. Estamos en horario  de happy hour y lo pienso aprovechar. Ahora me llamo a silencio pero, antes de callarme, voy a decirte algo que me ronda por la cabeza en estos últimos días todo el tiempo. Algo estúpido: ¿Por qué será que tú apareciste en mi vida y yo en la tuya?” Esteban sonrió, le dijo que seguramente él también aprovecharía el happy hour, y se dispuso a hablar. “¿Sabés lo que pienso? Vos y yo vivimos un idilio amoroso; también podemos llamarlo un romance. Cuando eso sucede es muy difícil reflexionar. No hay otra posibilidad que dejarse llevar por ese torbellino en el que se mezclan la atracción, la pasión, la admiración. Durante el idilio todo parece perfecto. Sentís que el otro estaba destinado a cruzarse con vos en algún momento de la vida. Lo nuestro era sumamente improbable. Vos tenías que optar por la carrera diplomática, que en tu primer destino te enviaran a Buenos Aires, que te interesaran los temas culturales, haber tenido contacto con Silvana. Y en mi caso yo debía haberme separado recientemente, investigar sobre temas culturales, que me hubieran pedido organizar esa mesa en la Feria del Libro, que Silvana me sugiriera contactarme con una diplomática noruega, y que vos aparecieras por cortesía para saludar unos minutos antes de que la actividad comenzara. ¿Te das cuenta? Así planteado nuestro encuentro era casi imposible. Y sin embargo ocurrió por una cadena de hechos azarosos. Con que uno solo de ellos no hubiese ocurrido, jamás nos habríamos conocido. No hubiera existido ni idilio, ni romance, ni las consecuencias que tuvo para cada uno de nosotros el encuentro. No estábamos destinados a tenerlo. Ese pensamiento mágico me parece absurdo. Simplemente los hechos se fueron acomodando para que nos conozcamos. Hasta ahí todo fue azar, casualidad, eventualidad, contingencia. Podés llamarlo cómo más te guste. Pero lo que pasó después fue buscado, deliberado, perseguido. Es cierto que yo tomé la iniciativa. Pero después ambos decidimos jugar el juego. Yo el del conquistador; vos el de la mujer que a regañadientes y contra toda previsión, se dejó conquistar.” Esta vez el trago largo lo tomó Esteban, y al terminarlo se quedó callado esperando que Cecilie tomara la palabra. “Mira, he pensado mucho durante las últimas semanas sobre lo que dices. Te diría que empecé a hacerlo apenas llegué a Noruega y tomé distancia de Jakob. Lo primero fue tratar de entender cómo y por qué llegué a esta situación. Ya te dije varias veces que yo planifiqué cómo quería que fuera mi vida desde muy joven. Mi idea era continuar siendo la chica exitosa, la que se destacaba en todos los ámbitos, la que si era necesario se llevaba el mundo por delante. Ahora comienzo a sospechar que el amor no estaba entre de mis prioridades. Jakob es una persona que desde el comienzo tuvo devoción por mí. Cuando ya estábamos juntos bastó una charla acompañada de una amenaza velada para que él dejara de consumir alcohol en las cantidades que lo hacía. Que ahora que lo pienso no eran demasiado diferentes a las que ingiere un joven noruego promedio. Pero a mí los promedios no me interesaban. Sí él quería estar conmigo yo no iba a aceptar que cada tanto tuviera una borrachera; menos que menos que terminara en la guardia de un hospital por una intoxicación con alcohol. Fíjate lo irónica que termina siendo la vida. Mucho de aquello que yo intenté controlar desde el vamos, ahora se presenta con el peor de los rostros: ya no se trata de excesos o de las travesuras de un adolescente, sino de un hombre que se convirtió en alcohólico, cayó en una depresión profunda y en su desesperación intentó quitarse la vida. Ese hombre, por decirlo de alguna manera y aunque no suene bien, durante muchos años me resultó funcional. Siempre estuvo dispuesto a aceptar mis decisiones sin cuestionarlas: aceptó casarse en el momento que yo dispuse, vivir conmigo en la casa que yo elegí, tener a nuestros hijos en los momento que yo quise y, sobre todas las cosas, consintió que yo eligiera la carrera diplomática sabiendo que algunos años después debería seguirme adónde fuera que la cancillería noruega me enviara. Y seguirme también implicaba resignar su trabajo, su profesión, el contacto frecuente con su familia y sus amigos, para llegar cada cuatro o cinco años a un lugar ajeno y muchas veces lejano. A eso agrégale que sobre el recaerían la mayoría de las responsabilidades vinculadas con el cuidado de los niños. Ya hemos hablado que Noruega es una sociedad muy avanzada en la paridad de género. Que hay leyes que favorecen que los hombres se ocupen en igual medida de las tareas domésticas y de los niños. Pero en la práctica eso no resulta tan sencillo. Hace poco leí un estudio que demostraba que en Noruega las parejas en donde el reparto de esas actividades es más igualitario, se divorcian en mayor medida que aquellas con un esquema de responsabilidades tradicional. Y ese estudio no tenía un sesgo ideológico, sino más bien lo contrario; lo había hecho una reconocida ONG feminista que esperaba obtener resultados opuestos. En mi caso puedo decirte que más que valorar las tareas de las que se hizo cargo Jakob, sucedió todo lo contrario: su imagen para mí se fue desvalorizando. Él cada día era menos el hombre que yo deseaba que fuera. Ya ves: tampoco en ese campo las cosas resultaron tal como yo las había imaginado.”

35

Llegado a ese punto de la conversación el vaso de Cecilie ya estaba vacío, y aunque el de Esteban no se había terminado por completo, éste llamó al mozo para ordenar que les trajeran una segunda ronda. Luego le anunció a Cecilie que pasaría al baño. Al meterse pensó que ya en el viaje en avión con Betina había utilizado ese recurso para hacer una pausa y clarificar sus ideas. Era un lugar poco amigable para reflexionar, pero el único que había tenido a mano en ambas ocasiones. Tomó nota que hasta el momento ambos habían postergado la conversación referida a la relación entre ellos. Y que aún no le había mencionado la oferta que le habían hecho los canadienses y que él había aceptado. Intentó adivinar lo que Cecilie estaba pensando, como si su planteo o sus respuestas dependieran de lo que ella fuera a decirle. Pensó que su problema siempre había sido lidiar entre sus propios deseos y la necesidad de agradar a los otros, de no decepcionarlos, de que lo quisieran. No quería en este caso hacer lo mismo, pero lo cierto es que no tenía miedo que una vez más en su vida colisionaran lo que el sentía que debía con lo que quería hacer. Se dio cuenta que el tiempo razonable para permanecer en el baño se había agotado, se lavó las manos y regresó a la mesa. Cecilie bromeó preguntándole si había estado retocándose el maquillaje o tenido que auxiliar a alguien que había tomado demasiado. Él sonrió pero prefirió no responder la broma. Una vez que Esteban se sentó ella le dijo que era hora que le revelase la otra sorpresa que le había anticipado por teléfono y que tan intrigada la tenía. “Quizás sorpresa no es la palabra más adecuada, aunque sí podría decir que para mí lo que sucedió fue sorpresivo. No voy a aburrirte con los detalles. En resumidas cuentas cuando viajé a Toronto para que la Fundación no desaparezca, los canadienses me ofrecieron participar de una red de expertos en cultura integrada por personas de los cincos continentes. No voy a mentirte. Me eligieron en reemplazo de un chileno que a último momento adujo motivos personales que le impedían viajar. Como esa noticia coincidió con mi estadía en Canadá fui “seleccionado” en su lugar. Me dieron dos horas para contestarles, y una semana para resolver mis asuntos en Buenos Aires y regresar a Toronto. En dos días me voy por un mes y medio. Como ves no sos la única que viajará de manera inesperada e inminente. Después si querés podemos retomar el tema de mi viaje a Canadá y del tuyo a Noruega. Pero hay otras cosas que quiero contarte. Siempre hablamos mucho de tu matrimonio con Jakob y ahora de tu separación. Es lógico. Nosotros nos convertimos en amantes cuando él era tu marido. La persona que debíamos evitar que se enterara lo que estaba sucediendo entre nosotros, la persona que vos pensabas que estabas traicionando y la persona con la que sentías que habías fracasado. Cada vez era más evidente que, utilizando tus propios términos, no podrías mantener a tu familia intacta. En cambio, pese a que yo me había separado hacía tan solo unas semanas, poco y nada hablamos de mi relación con Lucía. No creas que te lo estoy achacando; nunca lo sentí como una falta de interés de tu parte. Es cierto que estabas abrumada, pero yo tampoco tenía muchas ganas de pensar. El torbellino al que me subí luego de conocerte me sirvió para postergar toda reflexión sobre mi separación. Porque al igual que a vos te sucede con Jakob, también sentí que Lucía y yo habíamos fracasado. ¿Pero qué significa fracasar? ¿Por qué cuando una pareja se separa tanto los protagonistas como aquellos que opinan desde afuera le ponen a la ruptura ese rótulo? Aquí yacen los restos de la pareja entre Fulano y Mengana. Se conocieron, se enamoraron, tuvieron hijos, durante equis años fueron felices, luego se empezaron a llevar mal, se alejaron y el amor se terminó. Que en paz descansen.

Hace unos meses, por una investigación que estamos haciendo, estuve mirando las estadísticas de divorcio en países de todo el mundo. Pero mi curiosidad se concentró en aquellos de mayor nivel de desarrollo. Para mi sorpresa esos eran los países con las tasas más altas de disolución matrimonial. En Noruega casi la mitad de las parejas se divorcian. Peor están los finlandeses y los islandeses. Ni hablar de Bélgica: a siete de cada diez parejas belgas no las separa la muerte, sino trámites entre abogados, litigios, mediaciones, acuerdos entre las partes. Pero volvamos a Noruega: ¿vos realmente pensás que un país que lidera los rankings de desarrollo económico, humano y social puede tener a la mitad de su población fracasada? Todas las relaciones humanas están sometidas al riesgo de la disolución. Uno pierde o se distancia de amigos que en otro momento de la vida fueron entrañables; también en las familias hay problemas que alejan a los hijos de los padres, peleas entre hermanos. ¿Por qué el matrimonio es un contrato que uno debe firmar a perpetuidad? ¿Quién compraría una propiedad o cualquier objeto de valor si le dijeran que nunca podrá venderlos? Por supuesto que las personas no son objetos. Nadie puede vender a un marido o a una esposa salvo en países donde todavía rigen los matrimonios arreglados, y las deudas muchas veces se saldan entregando a una hija al mejor postor. Lo que quiero decir es que si el contrato matrimonial no estuviera acompañado de la fatídica consigna de hasta que la muerte los separe, y se viviera como una contingencia que puede ocurrir o no, quizás al divorcio no le colgarían el cartel de fracaso.”, concluyó Esteban luego de su extensa exposición. “Mira Esteban. Todo lo que me estás contando me parece muy interesante”, dijo Cecilie. “También te agradezco que en este speech me ilustraras sobre los divorcios en Noruega, y así saber que no formo parte de la mitad de la población que se resignó a esperar que la muerte la separe. Pero dijiste que ibas a contarme sobre tu relación con Lucía y las causas que desembocaron en tu divorcio, no que ibas a darme una clase de estadísticas sobre divorcios. Así que espero que esto solo haya sido la introducción. Créeme que tengo muchas ganas de escucharte.” Esteban asintió sonriendo y continuó. “Tenés razón; para variar me fui por las ramas. Hay algo que nadie sabe; ni siquiera se lo conté a Jorge. Unos meses antes de mi separación me invitaron a un congreso en Río de Janeiro. Le habían puesto un título rimbombante: La cultura en América Latina: ¿el final de una época o el nacimiento de algo nuevo? Llevé un paper que ya tenía escrito y que dada la vaguedad de la convocatoria me pareció adecuado. Vos debés saber que esos congresos están compuestos de infinidad de mesas redondas, de algunas charlas magistrales y de eventos sociales como cenas, bailes, visitas a las atracciones turísticas de la ciudad anfitriona, etc.  Durante esas cenas y bailes la conocí a Ana, una porteña que al igual que yo había sido invitada al congreso. Era amiga de una conocida mía y por eso nos pusimos a charlar. De entrada tuvimos empatía. Íbamos a las mismas mesas redondas, a las mismas charlas magistrales y a los mismos eventos sociales. Por casualidad nos tocó viajar en asientos contiguos en el vuelo nocturno de regreso a Buenos Aires. Fue un viaje corto, pero nos la pasamos hablando y riendo durante todo el trayecto. Cuando estábamos haciendo migraciones le pregunté si se tomaría un remise para ir a su casa, y me contestó que la iba a buscar su marido. Ni ella ni yo habíamos hablado nunca de nuestra situación sentimental. Casi al pasar, cuando estábamos esperando que nos entreguen las valijas, me preguntó si yo estaba casado. Le contesté que sí y me dijo: “Ah, entonces estamos igual.” Debí olvidarme de ella, pero al otro día lo que hice fue enviarle un mail para preguntarle si había llegado bien. Durante un tiempo nos escribimos, nos confesamos cosas, hablamos de nuestros problemas, de lo mucho que nos gustaba esa relación epistolar, pero nunca llegamos a vernos. Un día Lucía se encontró con un mail que yo dejé abierto y que ella nunca debería haber visto. Por supuesto leyó cada una de las cartas que fueron y vinieron durante casi dos meses. Aunque Ana fue menos descuidada su marido algo sospechó. Decidió revisar su correspondencia electrónica y se encontró con los mismos mails que Lucía. Te imaginás lo difícil que fue convencerla que ni en Río ni en Buenos Aires había sucedido nada. Pero lo cierto es que esa era la pura verdad. El problema fue que Lucía, con razón, me dijo que hubiera preferido que yo tuviera un desliz por una borrachera o una calentura, que una relación que por más virtual que fuera había llegado a ser intensa y profunda. De Ana nunca supe más nada. Ninguno de los dos volvió a escribir y hasta ahora no me la volví a cruzar en ninguno de los ámbitos académicos que ambos frecuentamos. Durante un tiempo Lucía no me habló y me exigió que durmiera en el living. Luego fue aflojando y un día me dijo que me había perdonado. Organizamos unas vacaciones en las sierras de Córdoba para sellar la reconciliación, pero enseguida me di cuenta que ella seguía enojada. Quería perdonarme, pero la bronca y el dolor que tenía eran más fuertes. Cuando regresamos a Buenos Aires vino la última etapa: me convenció que la mejor manera de acercarnos era que pusiéramos lindo el departamento. Para eso hizo un listado de todas las cosas que debíamos hacer: pintar la casa, comprar cuadros, algunos muebles, y reciclar la cocina y los baños. Lo más urgente era reemplazar la bacha de la cocina, que hacía meses que perdía agua. Creo que esa parte de la historia ya te la conté. El día que teníamos que ir a comprar la bendita bacha yo le dije que no tenía ganas, que era sábado, que lo dejáramos para otro momento. Ahí Lucía estalló y me pidió que me fuera. Y así como en los libros de historia se dice que la Primera Guerra Mundial se desató por el asesinato de un archiduque en Sarajevo, en nuestra historia un observador apresurado podría concluir que nos separamos por una bacha. Pero la bacha fue tan solo un desencadenante. Podría haber sido por un mal tono, una llegada tarde a casa, una pelea originada por una prenda tirada en el piso o por no regar las plantas. Lo cierto es que la separación con Lucía desde que descubrió los mails era inexorable. Si se prolongo fue porque ambos necesitábamos tiempo para asumirla o porque tampoco queríamos fracasar.”

Cecilie, que había estado callada durante el largo discurso de Esteban, le dijo que para ella más que el bar El escandinavo, la verdadera sorpresa era lo que él le estaba contando. “Mientras hablabas pensaba cuantas más cosas sucedieron en tu vida que en la mía. Yo me casé muy joven con el primer novio que tuve, y no me relacioné con otro hombre hasta que te conocí. Y mira que en el ambiente diplomático las proposiciones no te faltan, sino más bien todo lo contrario: es un mundillo masculino, las mujeres escasean, muchos hombres están solos y, otros que están casados o en pareja, buscan aventuras constantemente. Tuve decenas de oportunidades, pero siempre mis prioridades fueron el trabajo y mantener unida a mi familia. En mi caso creo que el error fue apresurarme: yo era una chica inexperta y apurada por comenzar a cumplir cada una de las etapas que me había trazado: casarme joven, prepararme para ingresar en el cuerpo diplomático, tener hijos. Supongo que en aquel momento lo que sucedió fue que el amor no estaba entre mis prioridades. No sé si Jakob fue una mala elección; en realidad fue la elección adecuada para cumplir con los objetivos que me había propuesto. Si ahora me cuestiono esa elección es porque también me cuestiono el camino que elegí. Tú te casaste con Lucía a la misma edad que yo tengo ahora. Tuviste mucho tiempo para experimentar, para tener relaciones intensas y otras circunstanciales. Cuando la elegiste a ella tenías los elementos para concluir que era la mujer adecuada. Te digo más: comparando mi matrimonio con el de Uds., todavía no entiendo por qué se separaron.” Esteban comprendió que el comentario de Cecilie ameritaba una respuesta y retomó la palabra. “Mirá. Hace unos meses leí un libro de un antropólogo italiano. Ahora no me acuerdo el nombre, pero ya me va a salir. Está enfocado a analizar las separaciones y en particular por qué la gente se separa tan mal. Había leído una reseña en una revista de sociología y como me interesó lo compré. Algo que me llamó la atención es una clasificación que hace sobre los diferentes tipos de separaciones. Las tres primeras son obvias: cuando dejás, cuando te dejan y cuando es de común acuerdo. Pero él menciona una cuarta: cuando hacés todo lo posible para que el otro te deje a vos. Ahora me doy cuenta que eso hice yo con Lucía: estaba retraído, nada me entusiasmaba, no quería salir con ella ni con nuestros amigos, y dejé un mail abierto que me delataba. Esa fue una manera cobarde de resolver la separación: no poder plantear de frente lo que me estaba pasando y tirarle el fardo a ella. Son los hombres los que más utilizan esta vía. Como te dije es por cobardía, pero también por culpa, porque postergan la decisión o porque son casi siempre, cuando hay hijos de por medio, los que tienen que dejar la casa. Por eso en casi el 70% de los casos quienes toman la iniciativa de separarse son las mujeres.” Cecilie miró la hora y le preguntó a Esteban si se había dado cuenta que hacía cuatro horas que estaban conversando, y que ni siquiera habían hablado una palabra sobre qué ocurriría entre ellos dos. Esteban asintió y sugirió que lo mejor sería continuar la charla en otro lugar. Ella le dijo que le parecía bien, pero que antes debía pedirle a Camila que se quedara a dormir. Luego de hablar con la niñera le dijo: “Ya podemos irnos. Sigamos el próximo capítulo en otro sitio.” Mientras se paraba Esteban exclamó: “¡Franco La Cecla!” Ella lo miró extrañada y le preguntó de qué estaba hablando. “Es el nombre del antropólogo italiano. Y el libro se llama Déjame (no juegues más conmigo).

Continuará…

Link al capítulo 17

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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3 comentarios

  1. Excelente! Cuánto para reflexionar de mi propia historia de vida!!! Atrapante!!! Bravo!!!

  2. Margarita, sera que todos tenemos experiencias similares, que el matrimonio es algo difícil y que esta lleno de matices según vamos madurando , creciendo ? También me sentí identificada en alguna parte de este capitulo, Bravo Pablo!!!, que bien planteadas la situaciones que comienzan como algo natural y nos pueden llevar a un laberinto de sensaciones. Nada es para siempre !! Felicitaciones,

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