Quince minutos

La mujer está angustiada. Acaba de terminar el entrenamiento con sus amigos en San Isidro y no encuentra la bicicleta que dejó atada en el bicicletero. No sola la angustia la pérdida material, que es considerable. Para ella su bicicleta representa lo mismo que para otras personas las mascotas. Sabe que suena ridículo. Pero le prodiga todos los días diversos cuidados: se fija que las gomas estén infladas, la cadena engrasada, los frenos calibrados, el asiento en la altura justa, las baterías de las luces cargadas, los rayos alineados, que no haga ruidos extraños. Aún no quiere aceptar que se la han hurtado. Prefiere alimentar la duda; suponer que se distrajo y la dejó en otro lugar. Pero sabe que eso es casi imposible. Hace años que tanto ella como sus amigos dejan las bicis frente al bar. Supone, con razonable esperanza, que los empleados –a quienes conoce hace tiempo-, se habrían percatado de la presencia de algún descuidista. La angustia la está matando. Está sola. Sus amigos aún están elongando a la vera del río. Puede divisarlos a lo lejos, pero no quiere gritar. Aun en la desesperación sigue siendo pudorosa. Bajo ningún concepto se permitirá exhibir lo que otros podrían definir como un ataque de histeria.

La mujer está luchando. Empieza a percibir que está y no está en San Isidro. Que le robaron y no le robaron la bicicleta. Lo sospecha porque en el bar no hay clientes ni empleados. Porque a sus amigos ya no puede verlos. La costa está ahora deshabitada y en el río no se avizoran barcos. Intenta movimientos parecidos a los que hacen las personas cuando quieren salir de un pantano, evitar que las olas las arrastren hacia el mar profundo, impedir que las arenas movedizas las devoren, patalear y dar manotazos de ahogado para no hundirse en el agua, o agarrarse con todas las fuerzas a un poste para resistir el paso de un tifón. De a poco su lucha comienza a dar resultado. La mujer logra despertarse y emerge de la pesadilla; tarda unos segundos en darse cuenta que estaba soñando o, como le gusta decir a ella, pesadillando. Porque si los sueños tienen un verbo, las pesadillas también deberían tener el suyo. Se siente aliviada; su bicicleta está a salvo. Disfruta un rato del bien preciado que nunca ha perdido pero que ella igual siente que ha recuperado. Así son las pesadillas: se sufre y después se resurrecciona. Sospecha que esa palabra tampoco existe. Quizás porque sólo Dios es capaz de revivir a los muertos. Se dice a sí misma que después del alivio que supuso escaparse del sueño, esa mañana se va a premiar con un festival de neologismos; va a Cortazariar.

Trata de volver a dormirse pero no puede; le duele mucho la cabeza. Las punzadas la están matando. A los pocos minutos suena la alarma del celular. Antes de eso el teléfono vibra. Luego empieza a sonar la melodía; primero suave y a cada repetición un poco más fuerte. La mujer duda si apagar la alarma deslizando por la pantalla táctil el dedo hacia arriba, o si presionarla para que vuelva a sonar en diez minutos. Pero su marido se anticipa a su decisión, le pregunta qué hora es y le pide que la apague. La mujer apaga la alarma y le dice que son las 6:45. AM, aclara bromeando mientras le acaricia el pelo. El marido le pregunta porque se despertó tan temprano. “Tengo running”, le contesta ella. “Ya sé”, dice él. “¿Pero no te levantás siempre a las 7?”. La mujer le contesta que tiene razón, pero que últimamente siempre llega tarde. Que él ya sabe que a ella le gusta hacer un poquito de fiaca en la cama, que se distrae mientras desayuna y que, aunque procura que la ducha sea rápida, como ella es de colgarse casi nunca lo consigue. Al final el tiempo se le termina escurriendo como arena entre las manos. Necesita levantarse quince minutos antes para luego perderlos. Además, la mujer le dice a su marido que estuvo haciendo cuentas: si logra sostener la conducta en los próximos treinta años, al cabo de ese período habrá ganado 114 días de vida. Porque ella cree que cuando se duerme, salvo en los momentos que se sueña o que se está pesadillando, uno está como muerto.

La mujer duda si ir a entrenar o volverse a dormir. La cabeza le sigue doliendo mucho; durmió poco y mal. Pero faltar al entrenamiento le da culpa. Ella no es de faltar. Esos días en que vence a la pereza, a los dolores o al sueño, al terminar el entrenamiento se siente doblemente contenta y satisfecha; con la sensación de deber cumplido. En cambio, cuando falta, invariablemente se arrepiente y se reprocha la flaqueza de voluntad. Además en diez días corre una carrera; necesita llegar de la mejor forma. Debe entrenar. Y sabe, además, que si se queda lo más probable es que no logre volver a conciliar el sueño. Faltar sería, a todas luces, un acto de estupidez.

Salta de la cama y va al baño a tomar la ducha. Sabe que a lo sumo durmió unas cinco horas. Ayer tuvo la primera clase (¿encuentro?) del taller de escritura. Está contenta. Por fin después de tanto tiempo se animó a comenzar. Sabe que ayer se quedó un poco excitada y por eso le costó dormirse. Que le quedó dando vueltas en la cabeza la consigna que planteó Hugo: escribir un cuento en tiempo presente. Como El amante, el cuento de Joy Williams que él les leyó a ella y a sus compañeros en la última parte del encuentro (¿clase?). Le parece difícil. Las cosas que se narran por lo general ya han transcurrido. En las ficciones se cuentan historias y para contarlas tienen que haber sucedido. Aun en la ciencia ficción, donde las tramas por lo general transcurren en un futuro más o menos lejano, también suelen ser contadas en tiempo pasado. La mujer piensa que distinto es el caso del cine o de las series televisivas. En el audiovisual casi siempre las cosas suceden mientras las estamos viendo, aunque los hechos narrados transcurran en un pasado remoto o en un futuro lejano. La mujer concluye que quizás es más fácil escribir, si hay que hacerlo en tiempo presente, un guion para un cortometraje que un cuento.

La mujer no puede sacarse el tema de la cabeza. Le parece que la narración en presente solo tiene sentido cuando se describe algo que puede verse o escucharse al mismo tiempo que está sucediendo. Como un partido de fútbol o cualquier otro hecho deportivo. Como una manifestación o cualquier otro hecho político que sucede a la luz del día. Como un terremoto o cualquier otra catástrofe natural. Los hinchas de fútbol desean que el relator grite los goles de su equipo, si es posible un instante antes de que la pelota se meta en el arco; los televidentes pretenden que les digan, aproximadamente, cuántos muertos y heridos produjo el tsunami que está azotando a buena parte del Asia meridional; o quieren saber cuánto tiempo resistirá el gobierno turco el asedio popular. No quieren que se los cuenten dentro de un tiempo; ni siquiera dentro de unas horas. Lo quieren saber ahora. Y si la información no está disponible, si las fuentes no pueden chequearse o son dudosas, prefieren que les mientan o les inventen. Después siempre les podrán decir que los nuevos cables que llegan de Asia meridional ahora dicen que las cifras actualizadas elevan la cantidad de muertos y heridos a tanto y tanto; y que la última información proveniente de Turquía da cuenta que el gobierno habría logrado sofocar el intento de golpe de estado.

La mujer es consciente que se ha ido de tema. Le pasa seguido cuando se deja llevar por sus pensamientos. Se siente la reina de la asociación libre. Le alivia pensar que tiene licencia para escribir cualquier otra cosa y en el tiempo verbal que quiera. Además ella es una alumna (¿discípula?) nueva. Seguramente nadie espera mucho de ella. Por otra parte nunca escribió un cuento. Mira el reloj y advierte que, producto de sus devaneos, la ducha le ha consumido largamente los quince minutos extra. Sale de la bañera y toma el toallón para secarse con premura. Ahora debe apurarse. Abre el cajón de la cómoda buscando una calza y no encuentra ninguna. El marido le recuerda que hace días que el lavarropas no funciona; que no le va a quedar otra que revolver el cesto de ropa sucia para elegir aquella que esté menos sucia. Y agrega: “Mejor no hablemos del asunto.” Ella le sonríe mientras elige una calza negra con vivos rosas. No sabe si es la que está menos sucia pero es la que más le gusta. Por suerte remeras y medias limpias tiene de sobra. La mujer le dice a su marido que va a hacer el desayuno; que si va a levantarse lo prepara para los dos. “Dale”, le dice él. “Vamos a ver qué tal le sale el desayuno a la runner de calzas sucias.” La mujer le sonríe, termina de vestirse, va a la cocina y abre la heladera. Toma nota que desde hace dos días no tienen pan ni leche. Tampoco galletitas. Ni yogur. Ni naranjas. Lo único que puede preparar para ella y su marido es café. Anoche había pensado en comprar provisiones, pero el taller de escritura termina a las 21. Cuando llegó a su casa la panadería había cerrado hacía rato. Al chino no llegó apenas por unos minutos. Podría ir ahora a la panadería. Al chino no porque recién abre a las 8. Iría más que nada por su marido. Pero le llevaría no menos de diez minutos. Si no hubiera consumido el tiempo extra en la ducha podría ir. Pero lo consumió.

Cuando su marido está por sentarse a la mesa la mujer se apresura a decirle que hoy van a empezar una nueva dieta. Él la mira con una media sonrisa y le dice: “A ver con qué salís ahora.” “¿Oíste hablar de la dieta del café? Lo tomás solo en el desayuno sin leche, ni tostadas, ni galletitas, ni yogur ni jugo de naranja ni nada. Solito y solo. Y con eso bajas mínimo dos kilos por mes. A vos no te vendría mal. Y si no te venís a running conmigo. Acordate que el clínico dijo que tenés que hacer algo aeróbico.” “Ok.”, le dice él. “Yo hago la dieta del café si vos te rendís con el lavarropas y lo llamamos al encargado para que vuelva a poner la bendita puerta que vos desarmaste para cambiar la manija.” “Ni se te ocurra”, replica ella. Se quedan un rato en silencio. Mientras su marido mira las noticias en su teléfono, la mujer recuerda que cuando era una niña su padre le dijo que tenía que aprender los rudimentos básicos que se necesitan para hacer pequeñas tareas y arreglos hogareños: colgar un cuadro, cambiar un enchufe, perforar con el taladro un techo o una pared, cambiar los cueritos de una canilla. Le enseñó cómo son y para qué sirven los distintos tipos de tornillos, clavos, tarugos, tuercas y mechas; cómo utilizar martillos, pinzas, destornilladores, pela cables, busca polos, la cinta aisladora. Cuando había que colocar algún artefacto eléctrico nuevo, cambiar una lamparita o colgar un cuadro, el padre instaba a la niña a hacer el trabajo bajo su supervisión. “Vas a ver que cuando seas grande te van a decir que tu papá fue un feminista pionero”, le decía su padre. Mientras bebe su café la mujer piensa que los esfuerzos de su padre para independizarla de los hombres cayeron en saco roto. Al menos en su caso no tiene que depender de ningún marido –el suyo no se da maña para nada-, pero sí de plomeros, electricistas, gasistas, arregla tutis y encargados de edificios.

El marido le pregunta si durmió bien; le dice que tiene mucha cara de dormida. “Más o menos.”, le contesta la mujer. “En realidad más menos que más. Me dormí tarde porque estuve insomniando. Y no me pongas esa cara como si estuviera loca. Uno puede estar dormido o estar insomne. Entonces si el que el que está dormido está durmiendo, el que está insomne está insomniando. ¿Tengo razón o no? Bueno. No importa. No nos vamos a poner a discutir sobre neologismos a esta hora de la mañana. Viste que yo cuando estoy muy desvelada prefiero levantarme y hacer otra cosa para no seguir dando vueltas en la cama. Ayer Hugo –el profesor (¿coordinador?) del taller se llama Hugo- nos leyó un cuento de Borges. Entonces me dieron ganas de leer a Borges porque la verdad que mucho de él todavía no leí; una vergüenza. Pero por lo menos no soy de esas que presumen haber leído toda su obra y que en realidad lo que hacen es aprenderse sus frases más célebres –y posiblemente las más trilladas-, para aparentar una cultura que no tienen. Lo cierto es que cuando fui a la biblioteca recordé que nuestras Obras completas están, en verdad, incompletas. Me parece que nunca te conté; incluso yo tenía esa anécdota perdida en algún recoveco de la memoria. Hace más de veinte años conseguí un nuevo trabajo. Mis compañeros me organizaron una despedida y me regalaron las Obras incompletas de Borges editadas por Emecé. Me dijeron que solo habían conseguido los tomos II y III. En cambio, el I, que reúne la obra recopilada entre 1923 y 1949, no la habían podido hallar por más que recorrieron varias librerías. Me explicaron que mucha gente compra el primer tomo para leer a Borges cronológicamente, pero como después apenas lo tocan, una buena parte de los otros dos tomos se quedan a vivir en los anaqueles de las librerías, mientras que el primero es, a menudo, inhallable. “Se ve que los de Emecé todavía no se avivaron de hacer una tirada más grande del primer tomo. Ellos son editores, no economistas como nosotros.”, me dijo el tipo que se había encargado de juntar la plata y comprar el regalo. En aquel momento pensé que lo que en verdad había ocurrido, es que la plata que juntaron no les había alcanzado para comprar los tres tomos. Pero enseguida me reproché haber tenido ese pensamiento. Al fin y al cabo en ese trabajo solo estuve un poco más de un año, y no merecía que me compren mucho más que la novelita que estaba de moda. Pero no fue lo único que me obsequiaron. También recibí el regalo más bizarro y provocador de mi vida. Hoy también se diría sexista: una bombacha firmada por todos los varones de la oficina con varios piropos subidos de tono que en aquel momento me gustaron y hoy me perturbarían. Vos aún no me conocías pero viste fotos y te habrás dado cuenta –quiero creer-, que en aquella época yo era una mujer muy apetecible.” “Y lo seguís siendo”, le dice su marido.” “Gracias por mentirme”, le dice ella.

“Lo cierto es que nunca compré el tomo que faltaba. A Borges seguro le habría divertido que a alguien le obsequien sus Obras incompletas. Quizás al enterarse habría dicho que los obsequiantes se habían ahorrado dinero, y el obsequiado de leer la producción de un Borges aún demasiado joven e inmaduro. Joven e inmaduro como el Borges de El otro”, agrega la mujer murmurando, como si hablara consigo misma. Su marido se la queda mirando esperando una explicación. Entonces la mujer retoma el hilo: “Borges escribió un cuento que se llama El otro. Estoy casi segura que está en el tercer tomo de la Edición de Emecé y que es el que abre El libro de arena. Un Borges maduro de setenta años dialoga, en 1969, con un Borges joven e inexperto de 19 años que vive en 1918. Una genialidad. El Borges maduro habla desde el presente con alguien que está en el pasado; mientras el Borges inexperto habla desde otro presente con alguien que está en el futuro. Aunque están dialogando a una distancia de, si no hago mal la cuenta, 51 años, no existe el pasado ni el futuro; solo dos presentes. Quizás eso me sirva para el cuento”, dice la mujer volviendo a hablar consigo misma. “¿Qué cuento?”, le pregunta el marido. “Olvidate”, le dice ella. “Ahora no tengo tiempo. A la noche te cuento lo del cuento.” “Así que entonces el responsable de tu cara es Borges”, le dice el marido. “Antes que Borges, Hugo y sus consignas. Pero creo que el principal responsable es mi bólido de dos ruedas, o más bien aquellos que mueven los hilos siniestros de las pesadillas.” La mujer está por contarle el sueño pero mira el reloj, pega un alarido contenido y le dice a su marido que con tanta tertulia se le hizo tardísimo. Deja su café sin terminar y se prepara para irse. A las apuradas se lava los dientes, busca el casco de la bicicleta, toma algo de dinero de la mesita de luz y piensa dónde habrá quedado su juego de llaves. Un clásico: buscar donde están los documentos, las llaves y el celular. Se despide de su marido soplándole un beso y se alegra cuando comprueba que el ascensor está estacionado en su piso. Saluda con la mano al encargado, pero no puede evitar verlo como un enemigo que está al acecho, esperando que ella capitule. Saca la bicicleta del garaje, se monta en el asiento y se dice que, si no quiere llegar tarde, o demasiado tarde, tiene que ir a las chapas.

La mujer siente el placer de pedalear, de hacer los cambios, de pasar los semáforos en rojo, del viento de frente en su cara. Cree que un día morirá en un accidente. Le preocupa que el titular del diario diga “Murió una ciclista de 48 años”, como si el hecho de morir pedaleando la convirtiera, después de muerta, en una ciclista profesional. Piensa que si muere corriendo, el titular dirá que murió una corredora. O que si sufre un ACV jugando al tenis, los medios lamentarán la muerte de una tenista. Que sencillo es tomar el atajo de la muerte para ser recordada como ciclista, corredora o tenista. La muerte elimina el amateurismo de los deportistas vivos y los transforma en profesionales cuando exhalan el último aliento. La mujer se dice a sí misma que no importa la infinidad de cosas que hayas hecho, cuán exitosa hayas sido en cada una de las actividades que emprendiste. Si te morís en un accidente practicando un deporte obtendrás un título post mortem que no merecés y te quitarán aquellos por los cuales tanto trabajaste. En cambio, sí te morís escribiendo un cuento en tiempo presente, nadie dirá que se murió una escritora. Para que eso suceda tenés que haber publicado un libro, vender una cierta cantidad de ejemplares, ser reconocido por la crítica especializada, tener prestigio. Y si fuera posible todo eso junto. Por eso son pocos los escritores que mueren.

La mujer dobla a la izquierda y ese giro provoca que también sus pensamientos giren. La puerta del lavarropas vuelve a asaltarla. Hasta que no la arregle no podrá ver, a través del vidrio, como gira para un lado y para el otro la ropa enjabonada; el ruido del agua cuando la canilla llena el tambor y el que se produce durante el desagüe; y, por último, la fase que más le gusta: el centrifugado que anuncia que el lavado está por finalizar, con sus vueltas frenéticas a veces acompañadas de temblores, y de un sonido agudo y sibilante parecido al de un torno. Piensa que debería asumir que ni el dominio para pegar con el martillo, ni la destreza para girar el destornillador, ni la precisión para cortar con la pinza, son habilidades con las que ha sido bendecida. En ese terreno ella solo se destaca en el arte de desarmar. Fue buena de niña desarmando muñecas, en la adolescencia desarmando relojes, y, ahora, en la edad adulta, desarmando puertas de lavarropas. Quizás tenga razón su marido: debería asociarse con alguna banda de piratas del asfalto y regentear un desarmadero.

La mujer ya está llegando al punto de encuentro. Piensa que al final no se le hizo tan tarde. Los primeros alumnos que llegan primero charlan entre sí esperando que lleguen los que están retrasados. Le sorprende no ver a nadie. No ha llegado el profesor, ni los alumnos que vienen casi siempre, ni los que vienen la mitad de las clases, ni los que vienen de vez en cuando. Tampoco ve estacionado el auto del profesor ni los autos de sus compañeros. Ni están apoyadas en el árbol las bicicletas. No tiene sentido. Se fija en el celular si hay algún mensaje avisando la suspensión de la clase. Nada. El último es de hace dos días. Entonces se sobresalta. Quizás está teniendo una nueva pesadilla. Quizás haya pesadillas que vienen en capítulos, como si fueran parte de una serie. Una serie de terror. Se da palmaditas en la cara, huele el asiento de la bici, siente el calor del sol, sus pisadas sobre el pasto, el olor a eucaliptus. Definitivamente está despierta. Se sienta apoyando la espalda en el árbol donde dejan las bicis. Cierra los ojos para que la mente divague. Recuerda que hoy es 21 de marzo. El verano quedó atrás; empieza el otoño. Se alegra pensando que al otro día es viernes; que termina la jornada laboral. La mujer se lleva las manos a la cabeza y exclama: “¡Mañana es viernes! No puedo ser más estúpida. Los martes y jueves no hay clase. Por eso no hay nadie.” La mujer está furiosa consigo misma, pero al mismo tiempo la alivia que el misterio esté resuelto. Se tiene por cuerda pero, a veces, tiene miedo de terminar, como su madre, volviéndose loca. “¿Y ahora qué hago?”, se pregunta la mujer. “Ya que estoy acá voy a correr unos seis o siete km.; no más que eso. Así dentro de 45 minutos me vuelvo.”

La mujer ata la bicicleta a un poste de luz. A ella no le gusta correr dando vueltas. Prefiere alejarse unos kilómetros y luego regresar al punto de partida. Pero ahora tiene miedo que le roben por segunda vez en el día la bicicleta. Piensa que no lo podría soportar. Entonces, aunque no le gusta, decide dar vueltas a la plaza. Entre 15 y 18, calcula la mujer. El día está ideal para la actividad deportiva. No hace frío ni calor. Una vez que empieza a trotar la mujer se pone a repasar en todo lo que pensó desde aun antes de despertarse. Porque en los sueños y en las pesadillas también se piensa. Quizás es un pensamiento que no se puede gobernar. Que a veces se disfruta y otras se padece. Le viene a la mente un cuento de Cortázar; El perseguidor. A la mujer siempre le gustó mucho ese cuento. En particular los pensamientos delirantes de Johnny, el personaje que protagoniza la ficción. Johnny es, según Bruno –el crítico de jazz que lo venera y a la vez lo padece -, el más talentoso de los saxofonistas. Pero cada tanto pierde su saxo, es adicto a las drogas, no puede cumplir con los compromisos asumidos. Johnny está obsesionado con el tiempo. Cree que el tiempo es como una bolsa en la que entran más cosas de lo que parece posible. Para ejemplificarlo, Johnny cuenta un viaje que hace en el Metro de París. Le relata a Bruno todas las cosas que pensó y las imágenes que se le cruzaron en el trayecto entre dos estaciones contiguas: Saint-Michel y Odéon Le pide que calcule cuánto tiempo aproximadamente podría llevar pensar lo que él pensó, visualizar las imágenes que él visualizó. “Unos quinces minutos”, estima Bruno. “Entonces cómo pude hacerlo en un minuto y medio que es lo que tarda el metro en ir de una estación a otra”, lo desafía Johnny.

La mujer piensa que a ella esta mañana le ha pasado lo mismo. Ha pensado una cantidad indecible de cosas: pensó mientras pesadillaba; pensó en los neologismos; pensó en las Obras incompletas de Borges y en la bombacha firmada por sus compañeros de trabajo; pensó en lo que diría Borges a propósito de las Obras incompletas; pensó en el cuento El otro; pensó en la ropa sucia y el lavarropas sin puerta; pensó en la instrucción impartida por su padre para que no dependiera de ningún hombre; pensó en el miedo a capitular a manos del encargado del edificio; pensó en la falta de pan y leche, en la panadería y el chino; pensó en los titulares que ponen los diarios cuando muere en un accidente un deportista amateur; pensó en cómo dilapida el tiempo cada mañana; pensó en el tiempo presente que tienen los relatos deportivos, los de las catástrofes naturales y los de algunos hechos políticos; pensó en Cortázar, en el cuento El Perseguidor, y en Johnny y su teoría del tiempo; pensó en donde se habrían metido sus compañeros y el profesor hasta que cayó en la cuenta de que era jueves. Y sobre todo pensó en el cuento en tiempo presente. Definitivamente, reflexiona la mujer, no hay mejor manera de invertir el tiempo que pensando. Quince minutos rinden aproximadamente dos horas. Ni comprando dólares ni acciones, ni depositando dinero a plazo fijo, ni trabajando, ni viajando, ni practicando deportes, ni yendo al cine o al teatro, ni visitando a familiares y amigos, ni haciendo ninguna otra cosa de las infinitas cosas que pueden hacerse a lo largo de una vida, se puede aprovechar tanto el tiempo como pensando; ninguna inversión rinde tanto.

Mientras termina de recopilar todo lo que ha pensado en el pasado inmediato, la mujer decide que es tiempo de volver. Va hasta el poste de luz donde ha dejado la bicicleta y la desata. Piensa en pasar por la panadería y el chino para reponer las provisiones. Se toca el bolsillo del buzo para asegurarse que ha puesto plata. El dinero está, pero las llaves no. Vuelve a tocar el bolsillo. Nada. Se toca el resto del cuerpo buscando algo que sabe que no va a encontrar. Resignada, se monta a la bici.

La mujer sabe que no encontrará en casa a su marido. Que él no se ha ido ni tampoco se ha quedado. Porque ella no tiene marido. De vez en cuando le gusta jugar a que tiene. No solo a este marido. También le gusta jugar a que tiene otros. En el terreno de la imaginación la mujer es polígama. También a veces juega a que tiene hijos. Pueden ser uno, dos o hasta cinco. Porque a veces le atrae la idea de la familia numerosa. También le gusta jugar a que tiene perros. Cuando juega a que tiene muchos, se imagina como una rescatista de animales que se queda con aquellos ejemplares que nadie quiere. La mujer no tiene marido, pero tuvo. La mujer no tiene hijos, pero le hubiera gustado tener. La mujer no tiene perro, pero tuvo uno cuando vivía con sus padres. La mujer no está loca; su problema es que tiene mucha imaginación y le gusta pensar. E inventa personas y animales para tener charlas imaginarias con ellos. Porque cree que esas charlas son pensamientos disfrazados, y que esos pensamientos disfrazados son mejores que los pensamientos en solitario.

La mujer se dice: “Tiene razón Johnny. Estuve pensando mucho más de lo que se supone que podría haber pensado desde que empecé a pesadillar hasta ahora. Así es mi vida, los pensamientos nunca me abandonan, siempre están presentes.” La palabra le queda rebotando en la cabeza. Presentes, presentes, presentes. Entonces se dice: “Claro, ¡presentes! Uno siempre piensa en el presente, no se puede pensar en el futuro ni pensar en el pasado. Hay cosas que ya se pensaron y otras que se pensaran. Yo pensé cuando era más joven y pensaré cuando sea más vieja. Aunque solo sea unos segundos más joven o unos segundos más vieja. Si puedo reconstruir los pensamientos caóticos que tuve en las dos últimas horas, tendré mi cuento en tiempo presente. Ahora lo único importante es hacer memoria y después encontrar las palabras adecuadas.”

La mujer ahora se siente relajada. Solo la ofusca saber que deberá pedirle al encargado la copia del juego de llaves de su casa, que él le guarda por si ella olvida o pierde el suyo. Porque la mujer cuando está demasiado abstraída en sus pensamientos olvida o pierde cosas, confunde los horarios, pierde el turno con el médico o con el dentista, llega tarde a todos lados. Pero hoy necesita organizarse. Trata de planificar lo que hará el resto del día. Pasará por la panadería y comprará pan. Pasará por el chino y comprará leche. Le pedirá la llave al encargado y entrará a su casa. Preparará por segunda vez el desayuno, esta vez para ella sola y como se merece. Se duchará sin prisa porque ha llegado a su casa quince minutos antes que cuando tiene entrenamiento. Se perfumará. Se vestirá con ropa elegante. Irá a trabajar. Cuando regrese a su casa le volverá a dar batalla a la puerta del lavarropas; no confía en sus aptitudes, pero cree que puede ayudarla un golpe de suerte. Y después que lo consiga, mientras el lavarropas barra con la suciedad de sus calzas y el resto de la ropa apilada en el cesto, la mujer se pondrá a reconstruir sus pensamientos, y los conjugará en tiempo presente para escribir un cuento. Avanzará todo lo que pueda, pero no se quedará despierta hasta muy tarde. Quiere acostarse temprano. Mañana tiene running.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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