Pura casualidad. Parte uno: Eva

Voy a contar una historia que mantuve en secreto. Ya no puedo seguir postergándolo; me quedan apenas unas semanas de vida. Todo quedará en estas líneas que pondré en un sobre y guardaré en el cajón de mi mesita de luz. En el destinatario no dirá “a quien corresponda”, porque a esta altura ya no le corresponde a nadie. Las personas tienen derecho a morirse y a descansar en paz. Algunas historias no tienen ese derecho. Estamos obligados a contarlas para que nos sobrevivan. Aquí va la mía.

1

Mi vida ha estado signada por las casualidades. A tal punto que podría decirse que nací de pura casualidad. Hace casi sesenta años mis padres se conocieron en circunstancias que nadie dudaría en definir como improbables. Eva Perón, Evita para quienes la amaban e incluso para muchos de los que la odiaban, se había muerto de un cáncer que la devoró en dos años. Ocurrió un 26 de julio de 1952 a las 8:25 de la mañana, momento desde el cual, de acuerdo con el comunicado oficial y luego con la liturgia peronista, María Eva Duarte de Perón pasó a la inmortalidad. El país estaba partido entre peronistas y antiperonistas y, por fuera de esa antinomia, casi no había otra cosa. Vista a la distancia, una de las tantas grietas que asolaron la vida política de la Argentina, desde aquella inaugural que se desató en la segunda década del siglo XIX por la pelea entre unitarios y federales.

Por eso cuando Evita falleció la mitad del pueblo la lloró desconsoladamente e hizo filas interminables para ofrendarle el último adiós, mientras que la otra mitad pintaba en las paredes “que viva el cáncer” y, los que podían permitírselo, descorchaban champagne para brindar.

Los padres de mi padre estuvieron entre quienes brindaron y festejaron; no salieron a pintar paredes porque eso no era propio de ellos. Había otra gente, afortunadamente, que se encargaba, a riesgo de ser arrestada, de hacer el trabajo sucio. Los padres de mi madre, en cambio, engrosaron las filas de quienes estaban tristes y angustiados por la muerte de Eva, y estuvieron horas haciendo cola para ver el féretro y brindarle el último adiós.

Mi abuelo paterno, Julián, provenía de una familia acomodada, casi podría decirse patricia, con ancestros que se remontaban a las primeras décadas del siglo XIX. Él era dueño de un predio de unas doscientas hectáreas ubicado en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, que había heredado de su padre, y que estaba destinado al cultivo de trigo, maíz y cebada. No había terminado sus estudios de abogacía porque estaba más interesado en multiplicar su dinero que en las leyes, pero aunque no era abogado se hacía llamar doctor. Se sabe que los terratenientes y Perón no se llevaron muy bien que digamos durante sus dos primeros gobiernos. El abogado que era terrateniente pero que no era abogado, era antiperonista.

Mi abuelo materno, Ramón, había llegado a Buenos Aires a principios de los años cuarenta proveniente de Tucumán. Los ingenios azucareros estaban en crisis, la paga era escasa y las condiciones de trabajo deplorables. Por eso años Buenos Aires se estaba llenando de industrias, que permitían a muchos migrantes escapar de un destino de miseria en las provincias del interior. Por eso los trenes que llegaban a la ciudad venían abarrotados de personas humildes, que fueron bautizadas, despectivamente, como cabecitas negras y, años más tarde, como aluvión zoológico. Ramón al comienzo trabajó de lo que pudo para comer y pagarse un cuarto en un conventillo. Pero al poco tiempo consiguió empleo en una empresa metalúrgica, aprendió el oficio de tornero y se incorporó a la clase obrera. El tornero que sí era tornero, era peronista.

Era lógico y esperable que Ramón, su esposa Marta y su hija Azucena (mi madre), fueran a llorar y despedir a Evita. Lo raro fue que Julián, su esposa Aurora y su hijo Ernesto (mi padre), también fueran. Claro que Julián no fue a llorarla ni a despedirla. Él quería pasar por al lado de su ataúd para disfrutar que esa mujer con destino de sirvienta, esa puta que aprovechó el terremoto de San Juan para conquistar al dictador y autoproclamarse “la abanderada de los humildes”, esa actriz de poca monta que jamás había obtenido ningún reconocimiento sobre las tablas, había dejado de pertenecer al mundo de los vivos. A Julián le había costado más de media hora convencer a Aurora de asistir al velorio. Ella era tan antiperonista como él, pero le parecía que había que respetar el dolor ajeno.

Entonces sucedió aquello que no habría tenido que suceder. En esa larguísima cola que se extendía caracoleando en la Plaza del Congreso y que avanzaba con una lentitud exasperante, mis abuelos se pusieron a charlar. Ramón lagrimeaba y le pedía a Dios por el alma de la Jefa Espiritual de la Nación. Cuando le habló a Julián, buscando compartir su dolor con la persona que tenía más cerca, éste no tuvo otra alternativa que mostrarse compungido, simular un dolor que no tenía, y encubrir la felicidad que lo desbordaba desde las 8:25 del día anterior. Distraído observando la multitud que desfilaba, escuchando los llantos desgarradores de hombres y mujeres de toda edad que se resistían a aceptar su muerte, y viendo escenas en las que personas extenuadas por el dolor se desmayaban y caían al suelo, Ernesto no reparó en Azucena. Hasta que ésta se acercó a él y, casi al oído, le dijo algo que en parte era una afirmación y en parte una pregunta: “Tu papá es gorila, ¿no cierto?” Ernesto se quedó tieso y no supo que contestar. Comprendió que su padre no había logrado engañar a la niña con su dolor impostado; quizás también sus atuendos de hombre rico lo habían delatado. “Sí.”, reconoció con un hilo de voz. Entonces Azucena le dijo: “Bueno. Yo no digo nada.” Y mi padre, que hasta ese momento, a sus 16 años, ni siquiera sabía lo que era el amor, se enamoró de mi madre. Ella sí sabía; no por haberlo experimentado, pero sí por haber leído los folletines de la época que la habían hecho desearlo.

Esas dos frases pronunciadas por mi madre y el monosílabo balbuceado por mi padre, fue todo lo que duró la conversación. Pero mientras la cola continuaba avanzando a ritmo cansino se miraban de reojo. Unas pocas veces cruzaron miradas, pero ambos las desviaron con la velocidad de un rayo. Cuando finalmente llegaron al féretro, Azucena, a sus 14 años, rompió en llanto. Ella había recibido sus primeros juguetes de la Fundación Eva Perón. Su padre le había dicho que era la mismísima Evita quien había leído las cartas que él le había escrito, y decidido que Azucena, que era una niña aplicada en los estudios y que colaboraba con su madre en las tareas del hogar, se merecía esos regalos. Ernesto también se conmovió. No supo si fue solo por las lágrimas de Azucena, que parecía un ángel destrozado. Pensó, también, que si tanta gente la estaba llorando, algo bueno debía haber hecho esa mujer. Cuando ambas familias comenzaron a desconcentrarse para seguir cada una su camino, Ernesto tomó coraje y le preguntó a Azucena: “¿Dónde vivís?” Ella se quedó unos segundos en silencio, mirándolo. Supo que no bastaría con decirle el barrio. Entonces le dijo: “Terrada y Pedro Lozano. En Villa del Parque.” Julián y Ramón se despidieron; ninguno imaginó que unos años después volverían a encontrarse por circunstancias ajenas a la vida política del país.

Un par de semanas después mi padre comenzó su investigación: a qué colegio iba mi madre, en qué momentos salía a la vereda a charlar con sus amigas, cuándo la acompañaba a su madre Marta a la feria a hacer las compras. Pero sobre todas las cosas iba, agazapado, a contemplarla. Hasta que un día se distrajo y ella lo reconoció. Como no sabía su nombre, cuando se acercó a él, le dijo: “Vos eras el hijo del gorila…” “Sí.”, le dijo mi padre. “Me llamo Ernesto. ¿Y vos?” “Azucena”, le contestó mi madre: “¿Y qué hacés por acá’?” “Nada. Vine a verte.”

Así comenzó la relación de mis padres. Por casualidad. O mejor dicho, por una sucesión de hechos que no tendrían que haber ocurrido: era improbable que Evita se muriese tan joven, que mi abuelo antiperonista Julián fuera a ver su féretro y además llevara a su mujer y a su hijo, que hubiese llegado media hora más tarde a causa de las protestas de mi abuela Aurora, que quedara ubicado en la cola al lado de mi abuelo peronista Ramón, que éste le hablara para compartir su dolor, que a su cortísima edad la niña que luego sería mi madre sospechara que mi abuelo Julián era un infiltrado, y que hubiese tenido el desparpajo de preguntarle a mi padre si sus sospecha era cierta. Pero al azar y a la casualidad hay que ayudarlas. Si mi padre no hubiese juntado el coraje para preguntarle a mi madre dónde vivía, si ella no hubiera accedido a darle la dirección, y si él, tiempo después, no hubiese viajado de Recoleta hasta Villa del Parque para buscarla, esas casualidades no hubieran pasado de meras coincidencias. Luego de seis años de noviazgo mis padres se casaron y, dos años después, nací yo. De pura casualidad.

Continuará…

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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11 comentarios

  1. Hola! Son ciertas tus casualidades?
    Muy buenos los relatos, claros y concisos, de vida, me gustaron los tres que leí. Beso!!

  2. Hola creo y’a haber enviado mis comentarios pero no los veo
    Aquí va entonces
    Pablo deliciosa toda la historia y cómo siempre ,,, entiendo,,, continuara. Besos y a seguir disfrutando, vos de escribir y nosotros de seguirte
    Gracias

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