Hace casi sesenta años mis padres se conocieron en circunstancias que nadie dudaría en definir como improbables. Eva Perón se había muerto de un cáncer que la devoró en dos años, un 26 de julio de 1952, día desde el cual, de acuerdo con la liturgia peronista, pasó a la inmortalidad. En aquel entonces el país estaba partido entre peronistas y antiperonistas, y por fuera de esa antinomia no había nada.

Por eso cuando Eva se fue la mitad del pueblo la lloró desconsoladamente e hizo filas interminables para ofrendarle el último adiós, mientras que la otra mitad pintaba en las paredes que viva el cáncer y descorchaba champagne.

Los padres de mi padre estuvieron entre quienes brindaron; no salieron a pintar paredes porque eso no era propio de gente como ellos. Los padres de mi madre, en cambio, engrosaron las huestes de almas dolientes que estuvieron horas haciendo cola para ver el féretro, y brindarle a Eva Duarte el último adiós.

Mi abuelo paterno, Julián, provenía de una familia acaudalada, con ancestros que habían ganado sus tierras guerreando contra malones indómitos durante la conquista del desierto. Él no había terminado sus estudios de abogacía porque estaba más interesado en multiplicar su dinero que en las leyes, pero aunque no era abogado se hacía llamar doctor. El abogado que no era abogado, sino terrateniente, era antiperonista.

Mi abuelo materno, Ramón, llegó a Buenos Aires a principios de los cuarenta huyendo de la miseria. En Tucumán los ingenios azucareros estaban en crisis, la paga era escasa, y las condiciones de trabajo deplorables. Por esos años Buenos Aires se estaba llenando de industrias, lo que era una oportunidad inmensa para miles de migrantes que pretendían vivir aunque sea un poco mejor. Por eso los trenes llegaban a Buenos Aires abarrotados de cabecitas negras y grasitas; que se amuchaban en aluviones zoológicos que a muchos les daban miedo. Ramón al comienzo trabajó de lo que pudo para mal comer y pagarse un cuarto en un conventillo. Pero tiempo después consiguió un trabajo en una empresa metalúrgica, aprendió el oficio de tornero, y se incorporó a la clase obrera. El tornero que sí era tornero, era peronista.

Era lógico y esperable que Ramón, su esposa Marta y su hija Azucena, fueran a despedirla a Evita. Lo raro fue que Julián, su esposa Aurora y su hijo Ernesto, también fueran. Claro que Julián no fue a llorarla. Él quería pasar por al lado del ataúd para disfrutar que esa mujer con destino de sirvienta, esa puta que aprovechó el terremoto de San Juan para conquistar al dictador, había dejado de pertenecer al mundo de los vivos. A Julián le había costado más de media hora convencer a Aurora de asistir al velorio. Ella era tan antiperonista como él, pero le parecía que había que tener un poco de respeto por el dolor ajeno.

Entonces sucedió aquello que no habría tenido que suceder. En esa larguísima cola que se extendía caracoleando en la Plaza del Congreso, y que avanzaba con una lentitud exasperante, mis abuelos se pusieron a charlar. Ramón lagrimeaba y le pedía a Dios por el alma de la Jefa Espiritual de la Nación, y cuando le habló a Julián buscando compartir su dolor, éste no tuvo otra alternativa que mostrarse compungido, simular un dolor que no tenía, y encubrir la felicidad que lo desbordaba desde el día anterior.

Distraído observando la multitud que desfilaba, escuchando los llantos desgarradores de hombres y mujeres de toda edad y condición, y viendo escenas en las que personas extenuadas por el dolor se derrumbaban en el suelo, Ernesto no reparó en Azucena. Hasta que ésta se acercó a él y, casi al oído, le dijo algo que en parte era una afirmación y en parte una pregunta: “¿Tu papá es gorila?” Ernesto se quedó tieso y no supo que contestar. Comprendió que su padre no había logrado engañar a la niña con su dolor impostado; quizás sus atuendos de hombre rico, lo habían delatado. “Sí.”, reconoció él con un hilo de voz. Entonces Azucena, le dijo: “Bueno. Yo no digo nada.” Y mi padre, que a sus 16 años ni siquiera sabía lo que era el amor, se enamoró. Ella sí sabía; no por haberlo experimentado, sino por haber leído en los folletines de la época, historias de amores imposibles que le habían sacudido el alma.

Esas dos frases pronunciadas por Azucena y el monosílabo balbuceado por Ernesto, fue todo lo que duró la conversación. Pero mientras la cola continuaba avanzando a ritmo cansino, se miraban de reojo. Unas pocas veces cruzaron miradas, pero las las caras les hirvieron y tuvieron que desviarlas con la velocidad de un rayo. Cuando llegaron al féretro, Azucena, a sus 14 años, rompió en llanto. Ella había recibido sus primeros juguetes de la Fundación Eva Perón y, según le había contado su padre, fue la misma Eva quien decidió que Azucena, que era una niña buena y aplicada en los estudios, merecía esos regalos. Ernesto también se conmovió. No supo si fue solo por las lágrimas de Azucena, que parecía un ángel destrozado. Pensó, también, que si tanta gente la estaba llorando, algo bueno debía haber hecho esa mujer. Cuando ambas familias comenzaron a desconcentrarse, Ernesto tomó coraje y le preguntó a Azucena: “¿Dónde vivís?” Ella se quedó unos segundos en silencio, mirándolo. Entonces, mirando para abajo, le susurró: “Terrada y Pedro Lozano; Villa del Parque.” Julián y Ramón se despidieron; ninguno imaginó que unos años después volverían a encontrarse por circunstancias ajenas a la vida política del país.

Un par de semanas después Ernesto comenzó su investigación: a qué colegio iba Azucena, en qué momentos salía a la vereda con sus amigas, cuándo la acompañaba a su madre a la feria. Pero sobre todas las cosas, iba, agazapado, a contemplarla. Hasta que un día se distrajo, y ella lo reconoció. Se acercó a él, y le dijo: “Vos no sos el hijo del gorila…” “Sí.”, le contestó él. “Me llamo Ernesto. ¿Y vos?” “Yo, Azucena, ¿Y qué hacés por acá’?” “Nada. Vine a verte.”

Así comenzó la relación de mis padres. Por una sucesión de casualidades. Dados arrojados a una mesa donde salían siempre las combinaciones menos probables. La obra de Dios o del azar.

Es que todas las circunstancias fueron muy extrañas: que Evita se muriese tan joven, que mi abuelo Julián, que la odiaba, quisiera ver su féretro, y que además insistiera en llevar a su mujer y su hijo. Que hubiesen llegado media hora más tarde a causa de las protestas de mi abuela Aurora, que Julián quedara ubicado en la cola al lado de Ramón, y que mi madre sospechara que mi abuelo Julián era un infiltrado, Pero al azar, la casualidad o a Dios, hay que ayudarlos. Si mi padre no hubiese juntado el coraje para preguntarle a mi madre dónde vivía, si ella no hubiera accedido a darle la dirección, y si él, tiempo después, no hubiese viajado de Recoleta hasta Villa del Parque, todos los hechos relatados hubiesen quedado disueltos en la intrascendencia.

Luego de seis años de noviazgo, mis padres se casaron, y, dos años después, nací yo. La gente, como en 1952, está dividida: los que me quieren, dicen que nací gracias a Santa Evita; otros, irónicos, sostienen que Eva es la razón de mi vida. Los que me detestan, en cambio, repiten por lo bajo que soy su última desgracia, un acto diabólico ejecutado post mortem.

Lo cierto es que allí, en los contornos de la grieta de aquella plaza del Congreso, y en las de todas las grietas que siguen abriéndose y nunca se pueden suturar, los espíritus de mis abuelos continúan entregados a la danza inútil e interminable de argumentos y razones.

De aquella grieta, nació la relación entre mis padres. Y por esa alquimia intergeneracional de odios encontrados, y una historia de amor infantil dispuesta a atravesarlos, vine a este mundo.

Que Julián y Ramón, descansen en paz.

11 comentarios en “La razón de mi vida

  1. Hola creo y’a haber enviado mis comentarios pero no los veo
    Aquí va entonces
    Pablo deliciosa toda la historia y cómo siempre ,,, entiendo,,, continuara. Besos y a seguir disfrutando, vos de escribir y nosotros de seguirte
    Gracias

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