Pura casualidad. Parte dos: Ana

Voy a contar una historia que mantuve en secreto. Ya no puedo seguir postergándolo; me quedan apenas unas semanas de vida. Todo quedará en estas líneas que pondré en un sobre y guardaré en el cajón de mi mesita de luz. En el remitente no dirá “a quien corresponda”, porque a esta altura ya no le corresponde a nadie. Las personas tienen derecho a morirse y a descansar en paz. Algunas historias no tienen ese derecho. Estamos obligados a contarlas para que nos sobrevivan. Aquí va la mía.

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Como dije al principio, mi vida ha estado signada por las casualidades. Así que la que determinó mi nacimiento no fue, por cierto, la única. A esa primera casualidad que me trajo al mundo se le sucederían muchas otras. Relatarlas todas sería muy extenso y, probablemente, carente de interés. Pero hay algunas que no puedo ni debo omitir.

Yo estaba cursando el último año del bachillerato, faltaban apenas un par de semanas para que terminaran las clases y caí en cama afectado por un resfrío fuerte. “No es gripe”, dictaminó mi madre. “Pero tenés que guardar reposo y quedarte por lo menos un par de días en cama. Total, con los promedios que tenés ya sabemos que no te vas a llevar ninguna materia. Y faltas te sobran a rolete. Me salió, con perdón de tu abuelo Ramón, un Sarmiento. Aprovechá y quedate en casa leyendo o mirando la tele.” Le contesté que lo único que me daba pena era que el colegio había organizado un ciclo de charlas informativas para ayudarnos a elegir una carrera universitaria, y que ese día justo venía el padre de un compañero que era abogado. “Pero si vos ya sabés que vas a estudiar derecho desde por lo menos tercer año.”, dijo mi madre. Y agregó: “Como tu papá y tu abuelo.” “Como mi papá sí.”, dije yo. “Pero como mi abuelo no. Ya hace rato que nos enteramos que él nunca terminó la carrera.” “Es cierto. Pero para el caso es lo mismo. Si ya sabés que querés ser abogado, que no tenés que levantar la nota de ninguna materia y que te sobran faltas, ¿para qué vas a ir?”, remató mi madre con una lógica difícil de rebatir.

Lo cierto es que al otro día me levanté un poco menos congestionado. Como iba al turno tarde mis padres no estaban. Decidí que iría al colegio por temor a aburrirme si me quedaba encerrado en casa. La charla no me interesaba mucho y que me pusieran falta me tenía sin cuidado. Ese día no debí haber ido al colegio, pero fui.

Cuando llegó la cuarta hora, nos avisaron que el abogado que iba a conversar con nosotros no vendría: había tenido que viajar de manera urgente e imprevista a Montevideo. Nos pedía disculpas y prometía reprogramar su disertación. De todas maneras, para no cancelar esa jornada del ciclo de charlas, luego de fatigar los teléfonos de los padres de mis compañeros para encontrar un reemplazante, habían conseguido que la madre de Iván – mi mejor amigo-, que era física, viniera a darnos la charla. Tiempo después me enteré que a Ana le había pasado justamente lo contrario que al abogado. Un seminario al que debía asistir había sido cancelado, y aceptó venir a último momento porque esa tarde la tenía libre.

Aunque había sacado buenas notas, la física nunca me había llamado la atención. Habíamos tenido un profesor que estaba al borde de la jubilación, que desarrollaba bien sus clases, y que llenaba el pizarrón con anotaciones claras y fórmulas prolijas. Pero su tono era monocorde y aburrido. Daba la sensación que venía repitiendo la misma cantinela desde hacía por lo menos treinta años, y que lo aliviaba saber que en unos pocos más ya no tendría que repetirla más.

Ana nos contó que cuando ella decidió estudiar física en su casa primero le dijeron que estaba loca; luego al verla tan decidida trataron de desalentarla. Le explicaron que esa no era una profesión para mujeres y, que aunque lograse terminar la carrera, le costaría mucho conseguir trabajo. Mejor sería optar por el magisterio o una carrera humanística. Sin embargo, ella desoyó los consejos de sus padres y se mantuvo firme en su decisión. En algo, sin embargo, ellos habían tenido razón: sus compañeras ni siquiera se contaban con los dedos de una mano. A ella eso tampoco le importó: fue medalla de oro y se recibió con el mejor promedio de su promoción.

El apasionamiento de Ana por la física estaba en las antípodas que la de nuestro profesor. Con una voz entusiasta que acompañaba con movimientos ampulosos de sus manos, la madre de Iván nos contó que la física era considerada por muchos como la más antigua de las disciplinas académicas, toda vez que los primeros estudios astronómicos se valieron de algunos de sus postulados. Ella hablaba muy rápido desgranando términos como energía, materia, espacio-tiempo, y las interrelaciones que existían entre cada uno de ellos. La describió como una ciencia que no es solo teórica sino también aplicada, y nos mencionó a algunos de los más eminentes físicos de distintas épocas de la historia como Aristóteles, Galileo Galilei, Isaac Newton, Albert Einstein y Werner Heisemberg. Finalmente dijo: “Por supuesto hay muchos más. Todos hombres. Era verdad lo que decían mis padres. Son muy pocas las mujeres que estudian física. A ver si alguna de las chicas se me suma.”

Ninguna chica se sumó, pero cuando Ana terminó su charla yo supe que el derecho no me interesaba; quería ser físico. Cuando salimos al recreo se lo comenté a Iván, que me dijo: “Pero te volviste loco. Es verdad. Mi mamá es una apasionada. Le encanta su trabajo y es capaz de convencer a cualquiera. Pero con su sueldo de investigadora desde que mi viejo nos abandonó apenas vivimos. ¿No íbamos a estudiar abogacía juntos?” Le dije que su madre nos había aclarado que además de la física teórica estaba la aplicada, y que eso abría el campo para trabajar en empresas privadas. “Me parece que si seguís queriendo que en la universidad estudiemos juntos, va a ser más fácil que yo te convenza a vos de que sigas física que vos a mí de seguir abogacía.” Mis padres no opusieron resistencia a mi decisión. Solo mi abuelo, por entonces un hombre de edad muy avanzada, se quejó argumentando que yo estaba interrumpiendo una tradición familiar. Solo porque ya estaba muy viejo y lleno de achaques, me privé de enrostrarle que tal tradición no existía.

Una semana después con Iván nos anotamos en la licenciatura en física. De pura casualidad. Yo el día que estaba engripado no tendría que haber ido al colegio. Si el abogado no hubiese viajado de improviso habría dado su charla, y si a Ana no le hubiesen cancelado el seminario no habría podido dar la suya. Tres hechos improbables e imprevisibles se habían combinado para provocar una decisión, la mía de seguir la carrera de física, que se tornó inevitable. Igual a como había sucedido cuando mis padres se conocieron 23 años antes. Ahora estaba por comenzar una carrera que en seis años terminaría y en la cual trabajaría durante toda mi vida. Yo no debía haber nacido; pero nací. Yo debía haber estudiado derecho; pero estudié física. Y por añadidura lo arrastré a Iván.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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