Pura casualidad – Parte tres: Zaida

Unos años después con Iván nos preparábamos para rendir el final de Física 2, una materia correspondiente al segundo año del plan de estudios. Era diciembre, estábamos estudiando en mi casa y hacía mucho calor. A cada rato nos desconcentrábamos y nos poníamos a hablar de cualquier cosa. Sobre todo de las vacaciones que teníamos planeadas para ese verano en el sur. Más que estudiar hacíamos como que estudiábamos. En un momento, luego de la enésima interrupción, él sugirió: “¿Y si la dejamos para marzo?” Me apresuré a decir que sí y los dos nos sentimos liberados. Ya podíamos dedicarnos de lleno al tema de las vacaciones. Un rato después salimos con rumbo a la Casa de la provincia de Chubut para recabar información sobre qué lagos visitar, cómo nos convenía viajar y en qué campings alojarnos. Estuvimos un rato largo esperando: solo estaba atendiendo un empleado; su compañera había dado parte de enferma. Luego nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos. Sí que el mozo, a pesar de nuestro reclamo reiterado, se demoró una cantidad indecible de tiempo para traernos la cuenta y luego para cobrarnos. A tal punto que dudamos si correspondía dejarle o no propina. Nos fuimos del bar y caminamos hacia la parada del colectivo para regresar.

Mientras esperábamos vimos a una chica de una belleza descomunal. La vimos fugazmente porque, mientras ella bajaba de su colectivo, nosotros teníamos que subirnos al nuestro. En eso escucho una voz que me llama por mi nombre. Era Sofía, una amiga de mi hermana. A su lado estaba la chica bella. No hubo presentaciones; ni siquiera llegué a escucharle la voz. Pero recuerdo que no dejó de sonreír ni un momento. Sofía comentó que se habían pasado un par de paradas y que si no se apuraban llegarían tarde al cine. Cuando vino nuestro colectivo nos despedimos. Ya arriba con Iván nos miramos y coincidimos: nunca habíamos visto a una mujer tan bella.

Al llegar a mi casa le conté a mi hermana lo que había ocurrido y le pedí que me pasara el teléfono de Sofía. La llamé, le pregunté quién era su amiga y si podía presentármela. Me dijo que iba a consultarle a Zaida, pero que si ella estaba de acuerdo lo mejor sería que saliéramos de a cuatro. “Por ahí podés traerlo al pibe que estaba con vos”, me dijo. “¿Cómo se llama?” Le conté a Iván, enseguida aceptó y bromeando dijo: “A ver quién se queda con Zaida y a quién le toca Sofía.” Quedamos para el viernes siguiente. Un par de horas antes de la cita Iván me llamó para decirme que no podía ir. Se había olvidado que tenía el cumpleaños de noventa de su abuela. De ninguna manera podía faltar; él era su único nieto. Me angustié. Cómo iba a conseguir a alguien que reemplazara a Iván con tan poco tiempo de anticipación. Qué iba a decir Sofía sobre el cambio inconsulto de candidato. Tomé la agenda y comencé a hacer llamadas. Muchos de mis compañeros de facultad estaban en pareja, varios eran impresentables y los pocos que me parecían potables no podían. En mi desesperación busqué la lista de mis compañeros de secundario. Con la obvia excepción de Iván no había vuelto a ver a ninguno desde el día en que nos entregaron el título de bachiller. Llamarlos era absurdo. Pero los llamé. Luego de cuatro intentos fallidos me comuniqué con Alfredo, el último de la lista de los que me parecían aceptables. Luego de ponernos al día e intercambiar las preguntas y comentarios de rigor, le dije que tenía para presentarle una chica ideal para él. Me dijo que esa noche la tenía libre, así que aunque no fuera la chica ideal no tenía nada que perder. Corté con Alfredo y respiré aliviado.

Esa noche fuimos al cine a ver Fama. Luego a un restaurant que se adaptaba a nuestros flacos bolsillos de aquellos tiempos. Durante la cena debatimos sobre la película –que a todos nos había gustado mucho-, y luego conversamos de los estudios universitarios de cada uno. Sofía y Zaida estaban en primer año de arquitectura; Alfredo en segundo de odontología. Zaida no intervenía mucho en la conversación, pero me desarmaba cada vez que reía. Y reía todo el tiempo. Al terminar la cena llevé, con el auto que le pedí prestado a mi padre, a cada uno a su casa. A Zaida la dejé para lo último porque era la que vivía más cerca de la mía. Una coincidencia fortuita. Cuando estábamos por despedirnos y yo no sabía qué decir ni qué hacer, ella hizo una pregunta. Pero la hizo con tal suficiencia que más que a pregunta sonó a afirmación: “¿Segunda cita?” “Segunda cita”, repetí yo. Entonces sacó una birome de la cartera, me tomó la mano y escribió en ella su número de teléfono. “Así no lo perdés”, dijo antes de bajarse del auto, y dejarme con el corazón latiendo por encima del límite de velocidad y unas mariposas aleteándome en el estómago.

La segunda cita ocurrió el fin de semana siguiente. Esta vez fuimos directamente a cenar y luego caminamos hasta llegar a una plaza. Fuimos a la zona de juegos y ella se hamacó un rato mientras yo la miraba. Me dijo que la acompañara y estuvimos un buen rato a la par tomando envión con las piernas hacia adelante, y planeando con nuestros cuerpos estirados cuando íbamos hacia atrás. La penumbra de la plaza le daba un encanto aún mayor al juego infantil. Cuando terminamos de hamacarnos Zaida se quedó un instante sentada, y luego extendió la mano para que la ayudara a pararse. Cuando estuvo erguida no se la solté, me acerqué para besarla y así fue que empezamos a noviar. De pura casualidad.

Si esa tarde no hubiera hecho tanto calor, si Iván no hubiese sugerido rendir el final de Física 2 en marzo, sino hubiésemos pensado en irnos de vacaciones al sur, si en la Casa de la Provincia de Chubut una de las empleadas no hubiese dado parte de enferma, si no hubiéramos ido con Iván a tomarnos unas cervezas, si el mozo no se hubiera demorado en traer la cuenta y después en cobrarnos, y si Sofía y Zaida no se hubieran pasado dos paradas, nunca la habría conocido. Visto así, nuestro encuentro era casi imposible. Tanto o más que mi nacimiento. Lo cierto es que ocurrió y que, más tarde, tendría consecuencias que marcarían el resto de mi vida. Quizás el peligro de cruzarse con una chica de belleza descomunal.

Continuará…

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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