Pura casualidad – Parte cuatro: Afrodita

Parte uno: Eva.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/04/pura-casualidad-primera-parte/

Parte dos: Ana.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/08/pura-casualidad-parte-dos-ana/

Parte tres: Zaida.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/15/pura-casualidad-parte-3-zaida/

Cuando la belleza es despampanante, como era la de Zaida, provoca efectos notorios en todo el mundo. Es difícil ignorarla, no hablar de ella. Discurrir si esa bendición genética, esa marca de fábrica, ese regalo de Afrodita, está o no acompañada de otras virtudes. Es por tal motivo que las personas bellas deben convivir con esos prejuicios, tantas veces más emparentados con la envidia que con razones que los avalen o justifiquen. Por eso es que estas personas, que en la azarosa repartija de virtudes les tocó la belleza, necesitan demostrar que esa no es su única virtud. Y cuanto más bellas son, el escrutinio al cual son sometidas es mayor. La lupa se acerca aún más cuando la belleza es femenina. Se habla, por ejemplo, de rubias taradas. De rubios tarados nunca escuché.

Pero me estoy yendo de tema. Yo estaba deslumbrado y obnubilado por la belleza de Zaida. Me deleitaba caminar por la calle con ella y sentir que todos la miraban. Pensar que, seguramente, a muchos varones les habría gustado estar en mi lugar para llevarla abrazada o tomada de la mano. Me agradaba ir con ella a fiestas y cumpleaños, y que me felicitaran por tener una novia tan bella. Como si su belleza, por carácter transitivo, me hiciera a mí merecedor de algún elogio o cumplido. También mis padres y mi hermana estaban contentos y no se privaban de mencionarlo: no solo a mí y a ella, sino también a sus amigos, a los parientes cercanos y a los no tan cercanos. Quizás, ellos, también presumían. Porque Zaida además de bella siempre estaba de buen talante, y tenía una sonrisa que le colgaba de la cara y que parecía que ni siquiera se la sacaba para dormir. Yo sentía que estaba enamorado de ella, porque el deslumbramiento por la belleza a veces embriaga y confunde. Como cuando decimos que nos enamoramos de un paisaje.

Pero yo no estaba enamorado de Zaida. Nos costaba tener temas de conversación. Hablábamos de los estudios de cada uno, de los conocidos que ahora teníamos en común para elogiarlos o criticarlos, de mi pasión por la filatelia y la de ella por las cajitas de música. Pero cuando yo trataba de que conversáramos de literatura, no teníamos lecturas en común. Lo mismo sucedía con la música que escuchaba cada uno. La política a ella directamente no le interesaba; a mí mucho. Cuando se presentaban yo intentaba que las desavenencias que existían entre nosotros pasaran desapercibidas, les restaba importancia. Si algo que alguna vez le dije no le cayó bien, no me di cuenta. Yo trataba de que nuestra falta de sintonía no se note. Pero siempre estaba presente. Podía intentar ocultársela, con mayor o menos éxito, a todo el mundo. A todos menos a mí.

El primero con quien compartí mis dudas, fue Iván. Me dijo que ni pensara en dejarla. ¿En qué otra parada de colectivo iba a conocer a una mujer tan bella? Que yo sobrevaloraba la importancia que tenían los gustos o las coincidencias en una pareja. ¿Acaso no suele decirse que los polos opuestos se atraen? Le dije que él sabía que ese era un postulado de la física que solía aplicarse con liviandad a las cuestiones del amor. Al final de la charla Iván me dijo: «Vos sabrás. Yo creo que Zaida no solamente es una mujer muy bella. También tiene otras cosas que quizás no estás viendo. Tené un poco más de paciencia. Ya te vas a dar cuenta.» A esa altura Iván ya la conocía a Zaida casi tanto como yo. Muchas veces ella pasaba por casa cuando estábamos estudiando. Cuando salíamos con Sofía y Alfredo ­—que se habían puesto de novios poco después que Zaida y yo—, Iván solía venir. Incluso bromeábamos que éramos el grupo de los cinco, y nos preguntábamos cuánto faltaría para que fuésemos el de los seis. Pero la situación con Zaida no mejoraba. Al contrario. Por eso cada vez me refugiaba más en esas salidas grupales. De esa forma reducía el tiempo en que estaba a solas con ella, e intentaba disimular nuestra cada vez más evidente dificultad para sentirnos a gusto y comunicarnos.

En esa situación estaba cuando me enteré que una tía —la hermana de mi madre— en poco tiempo cumpliría sesenta años y lo festejaría en un salón. Algunos sobrinos estábamos invitados; entre ellos yo. Mi tía, que había visto un par de veces a Zaida en mi casa, me dijo que no dejara de llevarla a la fiesta. Yo también quería llevarla. Al fin y al cabo esas eran las ocasiones en que más me gustaba estar con ella; cuando podía exhibirla como un trofeo. En esa fiesta tendría la oportunidad de hacerlo delante de mis tíos, de mis primos y del resto de la parentela. También pensé, no exento de culpa, que después de ese cumpleaños terminaría con la relación. Como se decía en aquella época, le diría que lo mejor para los dos era “cortar”. Lejos estuvo Zaida de decepcionarme esa noche. Ella nunca se maquillaba y se vestía de manera muy sencilla. Pero para la fiesta se había puesto un poco de rimel en las pestañas, un lápiz labial en un rojo suave, se había hecho un brushing que jamás le había visto y la madre le había prestado un vestido azul largo, que resaltaba sus curvas sin que pareciera que ese era el efecto buscado. Aunque para mí la belleza es una categoría que no conoce de matices, debo admitir que nunca la había visto tan bella. Cuando pasé a buscarla la esperé unos diez minutos hasta que bajó. Me preguntó sí estaba bien maquillada y vestida para una fiesta familiar. Yo me quedé unos segundos mirándola y le dije la cosa más estúpida de todas las cosas estúpidas que dije en mi vida: «Te amo.» Ella sonrió, bajó levemente la vista y dijo un poco incómoda: «Mejor apurémonos que si no vamos a llegar tarde por mi culpa.»

Como bien suponía en la fiesta recibí los elogios y felicitaciones a los que me había acostumbrado En muchos casos delante de Zaida; en otros sin que ella los escuchara. Estos elogios y felicitaciones por lo general venían acompañados de palmadas en la espalda cuando eran prodigados por mis tíos, y de besos ruidosos y suspiros cuando venían de parte de mis tías. Mis primos, por su parte, me preguntaban de dónde la había sacado; mis primas, usando otras palabras, también. En todo caso, eran elogios y felicitaciones que no me correspondían recibir a mí, sino a ella. Mientras bailábamos o conversábamos con las personas con las que compartíamos la mesa, por momentos sentía que me desdoblaba en dos personas: una que disfrutaba que la miren junto a su bella novia; otra que contaba los días para finalizar una relación en la que nunca se había sentido ni cómodo ni feliz. La fiesta terminó muy tarde. Cuando la llevé a la casa, a diferencia de lo que era costumbre, no me dijo de subir. Mucho menos, como también era habitual, que me quedara a dormir. «No te enojes, pero a mis viejos no les gusta que nos despertemos tan tarde y ya son las seis.» Le dije que no se preocupara; que para mí también esa era una situación incómoda.

Luego del cumpleaños me pareció que lo mejor sería esperar unos días. No quería que pensara que había postergado la disolución de nuestra relación solo para llevarla a la fiesta. No quería que pensara la verdad. Porque si se daba cuenta de eso comprendería que, exhibir su belleza, había sido el motivo principal, quizás el único, que me había unido a ella. Pasaron diez días y yo todavía no me había animado a hablarle. Mientras tanto nos seguíamos viendo y continuamos con la misma rutina de siempre. Esa noche, la del día diez, conversamos por teléfono y ella me pidió que pasara a buscarla por su facultad para ir a tomar algo. Me dije que tenía que tomar coraje y despacharme con el discurso que tenía preparado desde incluso antes de la fiesta de cumpleaños. No tuve tiempo. Apenas el mozo dejó sobre la mesa los cafés que habíamos pedido, Zaida me preguntó cuáles eran las cosas que más me gustaban de ella. Y me aclaró que no se refería a su aspecto exterior. «No hace falta que me digas que soy muy linda; eso ya lo sé.» No esperaba que me hiciera un planteo semejante. Me sentí turbado, desconcertado y, lo peor, paralizado. Ella me clavó sus ojos hermosos en los míos y me di cuenta que no estaba dispuesta a aflojar. Titubeando le dije que además de su belleza me gustaban un montón de cosas, pero cuando ella me pidió precisiones no fui capaz de mencionar ninguna. Cuando ya era tarde para responder le dije que era muy simpática y cálida. Fue peor que no decir nada. Zaida me dijo que quería que nos separemos, y lo hizo dando razones parecidas a las que desde hacía tiempo yo venía pensando. La diferencia es que yo las habría expuesto de manera culpógena y timorata, mientras que ella lo hizo con firmeza, convicción y cierta bronca, probablemente contenida. Yo asentía, intentaba mostrarme compungido y me sentía aliviado de que hubiera sido ella la que planteara lo que hacía tiempo era obvio; lo mismo que yo no me había animado a plantear. Todo iba bien hasta que, cuando ya habíamos pedido la cuenta para irnos y yo pensaba de qué manera nos despediríamos, y si correspondía o no que la acompañara a su casa, ella me dijo: «La próxima vez que quieras un juguete comprate un autito Matchbox, un juego de ajedrez o un yo-yo. Las que jugamos con las Barbies somos las chicas.» Ahí terminé de abrir los ojos. Me di cuenta que aquello que yo creía haber mantenido en las tinieblas había estado brillando a la luz del día. Zaida se paró antes de que el mozo nos trajera la cuenta, y se despidió con un chau seco que sonó como un hasta nunca.

Continuará…

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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2 comentarios

  1. es arte que tenes para contar las cosas que pasan muchas veces a todos y cada uno, y no lo digo por el tema de la belleza, lejisima estoy de eso. felicitaciones !
    Andrea

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