Pura casualidad – Parte cinco: Iván

Parte uno: Eva.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/04/pura-casualidad-primera-parte/

Parte dos: Ana.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/08/pura-casualidad-parte-dos-ana/

Parte tres: Zaida.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/15/pura-casualidad-parte-3-zaida/

Parte cuatro: Afrodita.

https://pablo-perelman.blog/2019/04/22/pura-casualidad-parte-cuatro-afrodita/

Pasó al menos un mes en el que no supe nada de Zaida. No nos llamamos por teléfono ni nos cruzamos en la Ciudad Universitaria. Preferí no preguntarle nada a Sofía sobre su amiga. Tampoco a Alfredo. De a poco me fui olvidando de ella. Solo la recordaba cuando los parientes y amigos me preguntaban, e inexorablemente se lamentaban de que hubiera dejado partir a una chica tan bella. Yo a veces también me lamentaba. Ya no recibía ningún elogio ni felicitación por carácter transitivo. Pero me bastaba recordar nuestros recurrentes silencios, y su última frase cargada de verdad y resentimiento, para convencerme que la decisión que había tomado era correcta. Aunque en los hechos, más por cobardía que por cuidarla a ella, la decisión no la había tomado yo. Están los que dejan y los que hacen todo lo posible porque los dejen. No hace falta aclarar en qué grupo estaba yo.

Una tarde Iván me llamó por teléfono. No había razón para sorprenderse. Con él estábamos casi siempre juntos: en la facultad, donde nos anotábamos para cursar en los mismos horarios; en la casa de él o en la mía, cuando nos juntábamos para estudiar; viajando en colectivo, porque vivíamos a unas cuadras de distancia; o cuando íbamos al cine o a un recital. Los pocos días que no nos veíamos, hablábamos por teléfono. Esa tarde lo noté raro. Yo le hablaba y parecía nervioso o distraído. Cuando ya hacía unos diez minutos que estábamos conversando, me dijo que tenía que contarme algo que quizás no me gustaría. Le pregunté de qué estaba hablando y me dijo: “Estoy saliendo con Zaida. Hace un par de semanas. No sabía cómo decírtelo ni cómo lo ibas a tomar.” Un frío me recorrió el cuerpo. Me quedé callado. Cuando habían pasado más de quinces segundos, me dijo: «Por favor decí algo.» Rompí el silencio y me despaché con un montón de frases sacadas del arcón de los lugares comunes. Le pregunté qué clase de amigo era, le dije que me había traicionado a mis espaldas, que en la amistad existen códigos que él no había respetado, que quién sabe desde hacía cuánto tiempo que estaba con ella. Y muchas otras cosas que ya no recuerdo. Entusiasmado la teatralización de mi enojo, luego lo insulté de las formas más variadas y, antes de arrojar con todas mis fuerzas el tubo contra el aparato, le dije que ya no éramos amigos, y que de ahora en más para mí él sería invisible.

Por supuesto con Iván me cruzaba todo el tiempo. En las clases de la facultad, en el colectivo, y en reuniones de compañeros y amigos que teníamos en común. Yo hacía lo que le había dicho que haría: no le hablaba, trataba de no mirarlo, lo ignoraba. Reconozco que, durante ese tiempo, él tuvo el cuidado de no llevar a Zaida a ninguna de esas reuniones. De privarse de exhibir la belleza descomunal de mi ex novia que, ahora, era la novia de mi ex amigo. Comencé a preguntarme si, para Iván, Zaida era algo más que una mujer muy bella. Él y yo éramos, después de todo, diferentes en muchos aspectos. A Iván tampoco le importaba demasiado la política. Él no leía demasiado y, ahora que lo pienso, sus gustos literarios estaban muy influenciados por los míos. En la música sí coincidíamos bastante; pero en esa época todos escuchábamos más o menos lo mismo. Quizás Iván no estaba deslumbrado ni obnubilado por la belleza descomunal de Zaida. Después de todo él la conocía desde hacía varios meses, y el deslumbramiento por la belleza, así como el idilio amoroso, tiene fecha de vencimiento. Quizás Iván se había enamorado de Zaida y ella se había enamorado de él.

Decidí llamarlo por teléfono y terminar con el conflicto artificial que había generado. Le dije a Iván que no le guardaba rencor, que él sabía que nunca había estado enamorado de Zaida, y que mi enojo estaba más emparentado con el orgullo que con el dolor. Que le pedía disculpas por los insultos que le había dicho aquella tarde, y que si él quería volveríamos a ser los amigos de siempre. Iván me dijo que no podía estar más contento. Propuso que al otro día, a la salida de la facultad, nos fuéramos a tomar unas cervezas. Y así quedamos.

Al día siguiente yo salí un rato antes. Quería probarme unas zapatillas que había visto en un negocio a unas cuadras de mi casa. Cuando estaba por entrar lo veo venir a Iván. El negocio estaba al lado de la parada en la que él tomaba el colectivo para ir a la facultad. Yo lo tomaba en la anterior. Cuando se acercaba me puse en guardia de boxeo bromeando sobre nuestra pelea y distanciamiento. Él hizo lo mismo y jugamos un rato a arrojarnos golpes al vacío. Hasta que yo bajé los brazos y me acerqué a darle un abrazo, que precedí por un empujoncito que ponía fin a nuestra pelea simulada y a la real. Antes de que pudiera abrazarlo, Iván retrocedió, producto del empujón, y pisó una baldosa floja. Trató de mantener la vertical pero no pudo. Cuando me di cuenta que se estaba cayendo traté de sostenerlo pero mi intento fue tardío y fallido. Iván fue a dar con todo el peso de su humanidad al suelo. El golpe de su cabeza sobre el cordón de la vereda sonó como un estruendo. Él ni siquiera llegó a gritar. Me di cuenta que estaba inconsciente y comencé a pedir ayuda desesperado. En poco tiempo un grupo de personas estaba rodeándolo. Un médico decía que no lo movieran mientras intentaba maniobras para reanimarlo. Yo lloraba sin lágrimas. A los diez minutos llegó una ambulancia que habían pedido los del negocio de zapatillas. Cuando llegó al hospital estaba muerto.

La muerte de Iván se había alimentado de una cadena de casualidades Todas ellas de ocurrencia muy improbable: las que llevaron a mi nacimiento, las que incidieron en mi elección de la carrera de física a la que lo arrastré a él, las que desencadenaron en que conociéramos a Zaida y, por último, mi decisión de pasar por el negocio de zapatillas, nuestra pelea callejera simulada, ese empujoncito estúpido que cargo como una cruz y un secreto a nadie contado, y esa maldita baldosa que provocó que Iván trastabillase y perdiera la vida.

He pensado mucho en una casualidad que apenas mencioné al pasar, y que quedó perdida como una más entre tantas: la del cumpleaños de noventa de la abuela de Iván, que le impidió venir a la salida en la que fue reemplazado por Alfredo. Quizás si hubiera venido, el que se habría quedado con Zaida hubiese sido él; no yo. Después de todo, a ella y a mí nos había unido una casualidad; no la afinidad, menos aún el amor. Yo nunca vi en Zaida más que a una chica de una belleza descomunal. Iván, que sí la amaba, que no se obnubiló por su belleza y vio otras cosas que yo nunca pude ver, apenas pudo disfrutarla un par de semanas. Se murió a los veinte años. Nunca sabré si por mi culpa o de pura casualidad.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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5 comentarios

  1. El autor nos pone en una circunstancia….. y ahora…..? Cómo se sale de ésta….? En tus manos quedamos.

  2. Que circunstancias !! como te animaste a tanto ??, logras hacer que espere siempre la próxima, aun con mas expectativa que cuando uno tiene el libro en la mesa de luz. no puedo echar mano a nada. solo esperar. ! Espero , lluego leo. Beso y felicitaciones. Andrea

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