La tenía en la mira y no pensaba dejarla escapar. Levantó el pie tratando de hacer el menor ruido, y calibró la fuerza que necesitaba para aplastarla. Sintió que la tenía. Que sólo debía dar el pisotón para que sus patas quedarán inútiles, y ya no pudiera escapar del desenlace fatal. Luego, rematarla sería sencillo. Probablemente, una vez muerta, recurriría a una escoba, la envolvería en un papel, y la arrojaría al inodoro. Pero el insecto debe haber percibido el peligro, que se avecinaba su muerte. O, tal vez, su desplazamiento se debió a la casualidad o a su espíritu inquieto. Porque al tiempo que el pie bajaba en dirección del objetivo, la cucaracha huyó. Entonces mi madre, decidida a liquidarla como fuera, hizo un intento desesperado para corregir la dirección del impacto y pulverizarla. En esa decisión de último momento adelantó demasiado la pierna, el pie de apoyo perdió su frágil equilibrio, y fue a dar pesadamente con toda su humanidad al piso. Trató de pararse, pero no pudo. Ya su movilidad estaba bastante reducida por el paso de los años y algunas caídas anteriores que habia sufrido. Fue la falta de fuerza, más que el dolor, lo que le impidió levantarse. Como no tenía un teléfono al alcance de la mano, tuvo que resignarse a soportar el sufrimiento intenso y la desolación durante casi doce horas, hasta que alarmado porque no contestaba mis llamados, fui a su casa y la encontré muerta de dolor y protestando porque la cucaracha se le había escapado por un pelito. El médico de la ambulancia adelantó una probable doble fractura de cadera y muñeca, diagnóstico que fue confirmado en el hospital. Fue necesario que la operaran dos veces para reparar ambas fracturas, y diez días después la trasladaron a una clínica especializada en rehabilitación kinesiológica y neurológica. Me adelantaron que los avances serían lentos, pero que si se esforzaba saldría adelante.

Su compañera de habitación se llamaba Estela, y era una paciente de unos ochenta años víctima de un ACV. El incidente le había provocado una afasia severa, una hemiplejia, la imposibilidad de alimentarse por vía oral, y dificultades para respirar sin auxilio de oxígeno. Cuando quería expresarse, solo lograba decir “lalala”. Con el lalala ella pedía cosas, contestaba preguntas y hasta mantenía charlas prolongadas. Por supuesto no se le entendía nada, pero uno podía adivinar qué intentaba decir por el tono que usaba, las señas y gestos que hacía, y las expresiones intensas de su cara. Luego de cada “frase” que pronunciaba le sonreía a su interlocutor, y hacía un pequeño silencio para comprobar si éste la había comprendido. Porque Estela entender entendía y, a su manera, hablar hablaba. Sus interjecciones expresaban una paleta amplia de estados de ánimo que iban desde la alegría y el entusiasmo, hasta la tristeza y la desesperanza. De la misma manera se expresaba cuando sus hijos la llamaban por teléfono. Esos eran los momentos en que su problema se tornaba más absurdo y grotesco. Nunca supe si ella se daba cuenta de que era incapaz de darle un sentido semántico a su lalaleo. Por cierto, también había perdido la capacidad de escribir. Al menos nunca la vi intentando expresarse con una birome y un papel.

Su marido la visitaba invariablemente todos los días. Era algo mayor que ella, pero no mucho. A mí me angustiaba verlo junto a su mujer intentando interpretar cada una de sus larguísimas cadenas de lalalas. Sin embargo, él parecía entender todo lo que ella decía y, en no pocas ocasiones, nos traducía frases y párrafos completos a mi mamá y a mí. Cuando Néstor llegaba de visita, Estela parecía esforzarse para estar bien predispuesta y animosa. Él venía siempre al comienzo de la tarde, se sentaba a su lado, la tomaba amorosamente de la mano, y siempre tenía una palabra cariñosa y la respuesta adecuada. La cosa se complicaba cuando el lalala de Estela mudaba a tono quejumbroso, lo cual siempre ocurría. Como si le dijera a su marido «mirá lo que nos pasó, Néstor», y dándole a entender que ella sabía que no era la única que había caído en desgracia. Él la consolaba y raramente perdía la compostura. Yo admiraba su temple, paciencia y perseverancia.

Néstor era una persona afable y educada, pero también de carácter fuerte y expresión firme. Infundía respeto desde su elevada estatura, y a pesar de sus años era un hombre enérgico, y que seguía manteniendo el cuerpo bien erguido. Se disculpaba a menudo y de mil maneras con mi madre y conmigo cuando Estela extendía hasta una hora, o incluso más tiempo, su monótono canturreo. Aunque su problema habría desbordado a la mayoría, él siempre estaba pendiente y solícito de las necesidades de mi madre: la ayudaba prendiendo o apagando el televisor, cambiando los canales, sacándole el celofán a las bandejas de comida, o llamando a las enfermeras cuando estas no respondían al timbre. Supongo que en parte lo hacía como retribución: mi mamá también lo ayudaba a distraerse y distenderse, y a animar a Estela en sus momentos más críticos. Además, con mi madre Néstor podía hablar en castellano puro.Con su mujer, apenas lalalear.

Cada vez que yo iba de visita a la clínica, Néstor trataba de acaparar mi atención. El tiempo, la familia y la situación política del país eran, en ese orden, sus temas predilectos. Tanto necesitaba hablar que a veces me resultaba difícil interrumpirlo para prestarle atención a mi madre, jugar con ella a las cartas o al ajedrez. A menudo también charlábamos en el hall que conectaba a las distintas habitaciones del piso. Eran los momentos en que Néstor aprovechaba para expresar la angustia que lo afligía desde hacía cuatro meses, cuando su mujer se descompuso al bajar de un colectivo. La ambulancia había tardado en venir más de la cuenta, y Néstor pensó que ella moriría antes de llegar al hospital. Estela estuvo una semana en coma sin moverse ni pronunciar palabra. Cuando se despertó, con la alegría de quien siente que volvió de la muerte, Estela pronunció sus primeros lalalas. Al comienzo su marido pensó que sería pasajero. Pero cuando le preguntó a los médicos si cuánto tardaría en recuperar el lenguaje, éstos le dijeron que no sabían, que aún era muy temprano para arriesgar hipótesis, que había que esperar. Tres meses después le seguían diciendo lo mismo, y las reuniones de seguimiento con el cuerpo médico eran cada vez más espaciadas. Él decía que ya casi había perdido la esperanza, pero como era un hombre de fe, todas las noches antes de dormir, rezaba. Ya no confiaba en los médicos, pero sí en un milagro.

Cuando los conocí ya habían pasado más de tres meses desde el inicio de la convalecencia de Estela en la clínica. En ese período no había mostrado ninguna mejora, ni señales de respuesta al tratamiento para revertir la afasia. El día que se cumplieron los cuatro meses de internación, Néstor me confesó en el hall que ya no tenía fuerzas, que no soportaba ver a su esposa en ese estado, y que, aunque la adoraba, no podía imaginarse el resto de su vida al lado de una persona cuya única forma de expresarse era ese canturreo incomprensible y —eso lo pensé yo—, insoportable. Además sus hijos venían cada vez menos de visita; él no se los reprochaba, pero se sentía muy solo. En varias de nuestras anteriores charlas lo había visto al borde del llanto, pero siempre había logrado abortarlo y contener las lágrimas. Luego se declaraba abochornado y me pedía disculpas. Pero esa tarde la angustia fue demasiado grande y estuvo llorando un buen rato. Yo traté de darle aliento y le dije que en poco tiempo las cosas mejorarían. Aunque supo que le estaba mintiendo para calmarlo, me lo agradeció con afecto y me abrazó.

Unos días después, al entrar en la habitación, me encontré con una escena violenta e inesperada. Néstor estaba a los gritos reprochándole algo a una de las enfermeras. Estaba tan alterado que temí que tuviese un ataque cardíaco o se descompusiera. Estela gritaba en modo lalala, y con una velocidad y desesperación que nunca antes le había visto. Mi madre intentaba calmarlo sin fortuna: estaba fuera de sí. Al verme, Néstor me puso al tanto de la situación, buscando ponerme de su lado. La enfermera le había dicho que, de acuerdo con las normas de la clínica, los acompañantes de los pacientes no podían estar saliendo y entrando a la habitación con tanta frecuencia como lo hacía él. Adujo, como justificación, un supuesto riesgo de contagio de alguna de las pestes que circulan en los hospitales. Desconozco cuán valederos eran los argumentos de la enfermera o si había exagerado porque había tenido un mal día. De lo que sí estaba convencido era que, para una persona en la situación de Néstor, no poder salir cada tanto a respirar un poco de aire puro, era casi inhumano. Escuchar sin descanso el constante lalaleo de un ser querido, es algo que puede horadarte casi tanto como la gota china.

Aun cuando ya había pasado un buen rato desde que la discusión había terminado, Néstor seguía exaltado; parecía un perro encerrado. Le sugerí que salgamos un rato al hall. Me contó que en el pico de la pelea con la enfermera a él le había parecido escuchar que le había dicho «…igual ustedes dentro de poco se vuelven a casa.» Me dijo que no sabía cómo haría para arreglárselas sólo con una mujer que no podía caminar, ni hablar, ni alimentarse, ni bañarse, ni respirar por sí misma. Tampoco tenía posibilidades económicas para solventar la contratación de una persona que lo ayudase. Yo me ofrecí a acompañarlo a la dirección de la clínica para que nos confirmaran o desmintieran la versión de la enfermera, pero me dijo, con resignación, que igual no serviría de nada. Creo que prefería seguir con la incertidumbre, antes de que le confirmaran una mala noticia.

Ese día con Néstor salimos juntos de la clínica y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Cuando salimos a la calle sentí que había logrado reponerse. Me contó que vivía en un barrio de la zona sur del conurbano bonaerense, que según él estaba lleno de ladrones, narcotraficantes y drogadictos. Que hacía tiempo que los políticos les venían prometiendo que iban a mejorar la iluminación y la seguridad, pero que eso seguía siendo tierra de nadie. Cuando le pregunté si le daba miedo volver tan tarde a su casa se abrió el saco, me mostró un cuchillo y me dijo que miedo iba a tener el que quisiera hacerse el vivo con él. No me animé a decirle nada y nos despedimos. Cuando estaba por subir al colectivo me dijo que al otro día iría a la mañana temprano; que como yo siempre iba a la tarde quizás no nos veríamos.

A la mañana siguiente me llamaron de la clínica para pedirme que fuera urgente. Les pregunté qué le había pasado a mi mamá y me contestaron que de salud estaba bien, pero que se encontraba muy alterada porque había sucedido algo horrible. Pedí explicaciones pero me dijeron que solo me las darían personalmente. Me tomé un taxi y llegué en quince minutos. En la entrada había varios policías que al saber quién era me dejaron pasar. Subí a la habitación del cuarto piso que compartían mi mamá y Estela, y me encontré que tenía una cinta perimetral amarilla impedía el paso. Alcancé a ver que las paredes, el piso y las sábanas estaban ensangrentados. Me informaron que Néstor había llegado temprano a la clínica y que, momentos después, había intentado degollar a su mujer. Creyéndola muerta, luego se había suicidado, seguramente con el mismo cuchillo que me había mostrado la tarde anterior. En la nota que les dejó a sus hijos, decía que esperaba que Dios lo absolviera de sus pecados; a ellos, les pedía perdón y comprensión: él ya no podía consigo mismo, y esa tampoco era vida para Estela. En otra nota dirigida a mi mamá y a mí, nos pedía perdón y nos agradecía por la compañía y consuelo que le habíamos dispensado.

Luego de ser sometida a dos intervenciones quirúrgicas en un hospital de la zona, Estela salió del coma en el cual había estado durante ocho días. Cuando habló con la primera enfermera que acudió a su llamado, le dijo: «¿Y mi marido? ¿Dónde se metió? Por favor llamalo.»

En cuanto a mi madre, de acuerdo con los médicos aparentemente se encontraba en estado de shock post traumático, que por el momento le impedía pronunciar palabra. Lo bueno es que no se advertían signos de daño orgánico, ni mucho menos riesgo de vida. Cuando pregunté cuánto tiempo tardaría en recuperar el habla, me dijeron que no sabían, que aún era muy temprano para arriesgar hipótesis, que había que esperar. Estuvo así toda una semana. Hasta que al octavo día, el mismo en el que Estela había salido del coma y recuperado el habla, me llamaron de la clínica para contarme que había comenzado a emitir algunos sonidos, a hacer señas y pedir cosas. También me dijeron que hacía un buen rato estaba señalando el teléfono. Les dije que me comunicaran con ella. Seguramente querría hablar.

5 comentarios en “Lalala

  1. “Porque Estela entender entendía y, a su manera, hablar hablaba”
    Extraordinario.

    Sos un gran artesano de historias.

    El final me dejó intrigada. Será que tu mamá quedó en modo lalala?!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s