Lalala

La tenía en la mira y no pensaba dejarla escapar. Levantó el pie y calibró la fuerza que necesitaba para aplastarla. Pero cuando empezaba a sentir que la tenía liquidada, la cucaracha huyó. En su intento desesperado por pulverizarla, mi madre pisó mal, perdió el equilibrio y terminó tirada en el piso. Trató de pararse, pero no pudo. Como no tenía un teléfono al alcance de la mano, tuvo que resignarse a soportar el sufrimiento y la desolación durante casi doce horas, hasta que alarmado porque no contestaba mis llamados, fui a su casa y la encontré muerta de dolor y protestando porque la cucaracha se le había escapado por un pelito. El médico de la ambulancia adelantó que tenía doble fractura de cadera y muñeca. En el sanatorio confirmaron el diagnóstico, la operaron para reparar ambas fracturas, y diez días después la trasladaron a una clínica especializada en rehabilitación kinesiológica y neurológica. Me adelantaron que los avances serían lentos, pero que si se esforzaba saldría adelante.

Su compañera de habitación se llamaba Estela, una paciente de unos ochenta años víctima de un ACV que le había provocado una afasia severa, una hemiplejia derecha, la imposibilidad de alimentarse por vía oral (tenía conectada una sonda gástrica) y dificultades para respirar sin auxilio de oxígeno. Cuando quería expresarse, solo lograba decir “lalala”. Con el lalala ella pedía cosas, contestaba preguntas y mantenía “charlas” prolongadas. Uno podía adivinar qué intentaba decir por el tono que usaba, las señas que hacía y las expresiones de su cara. Luego de cada “frase” que pronunciaba hacía un pequeño paréntesis para ver si el interlocutor la había comprendido, le sonreía y esperaba su respuesta. Porque Estela entender entendía y, a su manera, hablar hablaba. Sus interjecciones expresaban una paleta amplia de estados de ánimo que iban desde la alegría y el entusiasmo, hasta la tristeza y la desesperanza. De la misma manera se expresaba cuando la llamaban por teléfono. Esos eran los momentos en que su problema se tornaba más absurdo y grotesco. Nunca supe si ella se daba cuenta que era incapaz de darle un sentido semántico a su lalaleo. Por cierto también había perdido la capacidad de escribir. Al menos nunca la vi tratando de expresarse con una birome y un papel.

Su marido la visitaba todos los días. Era algo mayor que ella, pero no mucho. A mí me angustiaba verlo junto a su mujer intentando interpretar cada una de sus cadenas de lalalas. Sin embargo, él parecía entender todo lo que ella decía y, en no pocas ocasiones, nos traducía frases a mi mamá y a mí. Cuando Néstor —así se llamaba—, llegaba de visita, Estela parecía esforzarse para estar bien predispuesta y animosa. Él venía todas las tardes, se sentaba a su lado, la tomaba amorosamente de la mano, y siempre tenía una palabra cariñosa y la respuesta adecuada. La cosa se complicaba cuando —ese momento siempre llegaba— el lalala de Estela mudaba a tono quejumbroso. Como si le dijera a su marido «mirá lo que nos pasó», y dándole a entender que ella sabía que no era la única que había caído en desgracia. Él la consolaba y raramente perdía la compostura. Yo admiraba su temple, paciencia y perseverancia.

Néstor era una persona afable y educada, pero también de carácter fuerte y expresión firme. Infundía respeto desde su muy elevada estatura y, a pesar de sus años, su cuerpo seguía manteniéndose bien erguido. Se disculpaba a menudo y de mil maneras con mi madre y conmigo cuando Estela extendía hasta una hora, o incluso más tiempo, su monótono canturreo. Él siempre estaba pendiente y solícito de las necesidades de mi madre: la ayudaba prendiendo o apagando el televisor, cambiando los canales, sacándole el celofán a las bandejas de comida o llamando a las enfermeras. Supongo que mi mamá también lo ayudaba a distraerse y distenderse: con ella podía hablar en castellano puro; con su esposa apenas lalalear.

Cada vez que yo iba de visita a la clínica, Néstor trataba de acaparar mi atención. El tiempo, la familia y la situación política del país eran, en ese orden, sus temas predilectos. Tanto necesitaba él hablar que a veces me resultaba difícil interrumpirlo para prestarle atención a mi madre, jugar con ella a las cartas o al ajedrez. A menudo charlábamos en el hall que conectaba a las distintas habitaciones del piso. Eran los momentos en que Néstor aprovechaba para expresar la angustia que lo afligía desde hacía cuatro meses, cuando su mujer se descompuso al bajar de un colectivo. La ambulancia había tardado en venir más de la cuenta y Néstor pensó que ella se moriría antes de llegar al hospital. Estuvo una semana en coma sin moverse ni pronunciar palabra. Cuando se despertó, con la alegría de quien siente que volvió de la muerte, Estela pronunció sus primeros lalalas. Al comienzo su marido pensó que sería pasajero. Cuando le preguntó a los médicos si recuperaría el lenguaje, le dijeron que no sabían, que aún era muy temprano para arriesgar hipótesis, que había que esperar. Tres meses después le seguían diciendo lo mismo y las reuniones de seguimiento eran cada vez más espaciadas. Él decía que ya casi había perdido la esperanza, pero como era un hombre de fe, todas las noches antes de dormir, rezaba. Ya no confiaba en los médicos, pero sí en un milagro.

Cuando los conocí a Néstor y Estela ya habían pasado más de tres meses desde el inicio de la convalecencia de ella en la clínica. En ese período no había mostrado ninguna mejora ni señales de respuesta al tratamiento para revertir la afasia. El día que se cumplieron los cuatro meses de internación Néstor me confesó en el hall que ya no tenía fuerzas, que no soportaba ver a su esposa en ese estado y que, aunque la adoraba, no podía imaginarse el resto de su vida al lado de una persona cuya única forma de expresarse era ese canturreo incomprensible y —eso lo pensé yo—, insoportable. Además sus hijos venían cada vez menos de visita; él no se los reprochaba, pero se sentía muy solo. En varias de nuestras anteriores charlas lo había visto al borde del llanto, pero siempre había logrado abortarlo y contener las lágrimas. Luego se declaraba abochornado y me pedía disculpas. Pero esa tarde la angustia fue demasiado grande y estuvo llorando un buen rato. Yo traté de darle aliento y le dije que en poco tiempo las cosas mejorarían. Aunque supo que le estaba mintiendo para calmarlo, él me lo agradeció con afecto y me abrazó.

Unos días después, al entrar en la habitación, me encontré con una escena violenta e inesperada. Néstor estaba a los gritos reprochándole algo a una de las enfermeras. Estaba tan alterado que temí que tuviese un ataque cardíaco o se descompusiera. Estela gritaba en modo lalala, y con una velocidad y desesperación que nunca antes le había visto. Mi madre intentaba calmarlo sin fortuna: estaba fuera de sí. Al verme, Néstor me puso al tanto de la situación, intentando ponerme de su lado. La enfermera le había dicho que de acuerdo a las normas de la clínica, los acompañantes de los pacientes no podían estar saliendo y entrando a la habitación con tanta frecuencia como lo hacía él. Adujo, como justificación, un supuesto riesgo de contagio de alguna infección intrahospitalaria. Desconozco cuán ciertos o valederos eran los argumentos de la enfermera. De lo que sí estaba convencido es que, para una persona en su situación, no poder salir cada tanto a respirar un poco de aire, era inhumano. Escuchar sin descanso el constante lalala de un ser querido, es algo que puede horadarte casi tanto como la gota china.

Aun cuando ya había pasado un buen rato desde que la discusión había terminado, Néstor seguía exaltado y parecía un perro encerrado. Le sugerí que salgamos un rato al hall. Me contó que en el pico de la pelea a él le había parecido escuchar que la enfermera le había dicho: «…igual Uds. dentro de poco se vuelven a casa.» Me dijo que no sabía cómo haría para arreglárselas solo con una mujer que no podía caminar, ni hablar, ni alimentarse ni respirar por sí misma. Tampoco tenía posibilidades económicas para solventar la contratación de una persona que lo ayude. Yo me ofrecí a acompañarlo a la dirección de la clínica para que nos confirmaran o desmintieran la versión de la enfermera, pero me dijo, con resignación, que igual no serviría de nada. Creo que prefería seguir con la incertidumbre, antes de confirmar una mala noticia.

Ese día con Néstor salimos juntos de la clínica y lo acompañé a la parada del colectivo. Cuando salimos a la calle sentí que había logrado reponerse. Me contó que vivía en un barrio en la zona sur del conurbano bonaerense, que según él estaba lleno de ladrones, narcotraficantes y drogadictos. Que hacía tiempo que los políticos les venían prometiendo que iban a mejorar la iluminación y la seguridad, pero que eso seguía siendo tierra de nadie. Cuando le pregunté si le daba miedo volver tan tarde se abrió el saco, me mostró un cuchillo y me dijo que miedo iba a tener el que se quisiera hacer el vivo con él. No me animé a decirle nada y nos despedimos. Me dijo que al otro día iría a la mañana temprano; que como yo siempre iba a la tarde quizás no nos veríamos.

A la mañana siguiente me llamaron de la clínica para pedirme que fuera urgente. Les pregunté qué le había pasado a mi mamá y me contestaron que de salud estaba bien, pero que se encontraba alterada porque había sucedido algo horrible. Pedí explicaciones pero me dijeron que solo me las darían personalmente. Tomé un taxi y llegué en quince minutos. En la entrada había varios policías. Mostré mi documento y me dejaron pasar. La habitación del cuarto piso donde estaban mi mamá y Estela tenía una cinta perimetral amarilla que impedía el paso. Alcancé a ver que las paredes, el piso y las sábanas estaban totalmente ensangrentados. Me informaron que Néstor había llegado temprano a la clínica y que, momentos después, había intentado degollar a su mujer. Creyéndola muerta, luego se había suicidado. En la nota que les dejó a sus hijos les decía que esperaba que Dios lo absolviera por sus pecados; a ellos, les pedía perdón y comprensión: él ya no podía consigo mismo y esa tampoco era vida para Estela. En otra nota nos pedía perdón a mi mamá y a mí, y nos agradecía por la compañía que le habíamos dispensado.

Luego de ser sometida a dos intervenciones quirúrgicas en un hospital privado de la zona, Estela salió del coma en el cual había estado durante ocho días. Cuando habló con la primera enfermera que acudió a su llamado, le dijo: «¿Y mi marido? ¿Dónde se metió? Por favor llamalo.»

En cuanto a mi madre, de acuerdo con los médicos aparentemente había sufrido un shock post traumático que por el momento le impedía pronunciar palabra, aunque según ellos no se advertían signos de daño orgánico ni mucho menos riesgo de vida. Cuando les pregunté cuánto tiempo tardaría en recuperar el habla, me dijeron que no sabían, que había que esperar. Estuvo así una semana. Hasta que al octavo día, el mismo en el que Estela había salido del coma, me llamaron para contarme que había comenzado a emitir sonidos, hacer señas y pedir cosas. También me dijeron que hacía un buen rato estaba señalando el teléfono. Les dije que me comunicaran con ella. Seguramente querría hablar.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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5 comentarios

    1. Y bueno. As{i son los finales abiertos. Para que los lectores los completen como más les gusta. Hay muchos alguiens últimamente comentando. Gracias!

  1. “Porque Estela entender entendía y, a su manera, hablar hablaba”
    Extraordinario.

    Sos un gran artesano de historias.

    El final me dejó intrigada. Será que tu mamá quedó en modo lalala?!

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