Argentina 2038: ¿un país de genios, locos o desquiciados?

Cuando en el último penal de la serie nuestro arquero se tiró para el otro lado y la pelota se metió mansita en el arco, me quise morir. Para no vomitar salí corriendo al baño, y llegué justo a levantar la tapa del inodoro antes de hacer un desastre. Mientras esperaba que se me fueran las arcadas, de tanta rabia que tenía me puse a llorar. Sabía que mi vida no volvería a ser la misma. Mucho menos la de mi papá.

¿Pero cómo fue que mi viejo pasó de ser considerado el mejor director técnico de la historia del fútbol argentino a ser el personaje más odiado del país? ¿Por qué los mismos que se habían llenado la boca alabando el juego eficaz y bonito de sus equipos lo consideraban ahora el enemigo público de la Argentina?

Comienzo por el principio. Mi papá, como la mayoría de los directores técnicos, antes de dirigir fue jugador de fútbol. Era un cuatro bastante bueno, pero no buenísimo. No ganaba una fortuna, pero su sueldo era suficiente para que viviéramos bien. A mi mamá la conoció cuando los dos eran muy jóvenes y al poco tiempo se casaron. Enseguida me tuvieron a mí y cuatro años después a mi hermanita. Mi mamá no era ninguna botinera: no entendía nada de fútbol, no iba nunca a la cancha y estudiaba para ser nutricionista. Mi papá también era muy diferente a sus compañeros. En las concentraciones mientras los demás jugaban a la play o al truco, él se quedaba en la habitación leyendo o escuchando música. Le decían “el intelectual”.

Cuando tenía veinticuatro años sufrió una desgracia. Le pegaron una patada terrible en la rodilla y tuvo rotura de ligamentos cruzados. Lo operaron y pasó nueve meses rehabilitándose para volver a jugar. Después que volvió, al mes siguiente, le pasó lo mismo. Y un año después, otra vez. Los médicos le dijeron que la zona había quedado muy dañada, y que lo más probable era que siguiera rompiéndose. Decidió retirarse. Tenía veintiséis años y no sabía qué hacer de su vida. Estuvo tres meses deprimido, yendo a un psicólogo. Hasta que comenzó a salir del pozo y decidió hacer el curso de director técnico.

Santángelo –ese es el apellido de mí padre y el mío- empezó dirigiendo al inicio de la temporada 2030 a Sacachispas, un club de Primera C que queda en Villa Soldati. Yo no había oído hablar de ese club ni sabía dónde quedaba ese barrio, pero papá nos dijo que como no tenía ninguna experiencia era una suerte que le hubiesen ofrecido el cargo. Que aunque le iban a pagar una miseria, eso a él no le importaba porque sería un aprendizaje. Todo en ese club era un desastre: el estado del campo de juego, los vestuarios, la capacidad del estadio, la plata que cobraban los jugadores. La ropa que les daban, incluidos los botines, les tenía que durar todo el año y se la lavaban ellos mismos. Casi todos, además de jugar al futbol, trabajaban. Cuando mi papá agarró el equipo tenían un promedio malísimo, así que el único objetivo era salvarse del descenso. Y se salvaron; por poco, pero se salvaron. Lo que mi papá hizo fue ordenar al equipo, motivar a los jugadores y transmitirles confianza. Además se la jugó poniendo de diez a un pibe que recién había cumplido dieciséis años y la terminó rompiendo: hizo casi todos los goles y Sacachispas zafó de irse a la D.

Dante –así se llama el pibe- había nacido en Soldati e hizo las inferiores en el club. Como se hablaba mucho de él fueron a verlo de varios equipos de primera y llegaron a ofrecer por su pase hasta medio millón de dólares. Pero mi viejo convenció a los dirigentes de que no lo vendieran y el padre de Dante estuvo de acuerdo: dentro de un par de años iba a valer por lo menos diez veces más. Un periodista reparó que Maradona había nacido en 1960, Messi en 1987 y Dante en 2014. La cuenta era sencilla: cada veintisiete años en Argentina surgía un genio para deleite del país y el resto del mundo. Algunos periodistas audaces y los opinólogos que nunca faltan, llegaron a decir que Dante sería aún mejor que Maradona y Messi, pues reunía las mejores virtudes de cada uno de ellos, incluyendo el carácter y liderazgo del Diego, y la corrección y tranquilidad de la Pulga. Por eso varios comerciantes e industriales de la zona sur aportaron dinero para pagarle a la joya del equipo un sueldo que, para Sacachispas, era una barbaridad. A cambio se quedarían con un porcentaje de una futura venta a un equipo del país o del exterior. También lograron que una marca de zapatillas pusiera algo de plata para reforzar el plantel, y con eso los dirigentes compraron varios jugadores de la misma divisional.

Lo que pasó después fue una locura. Dicen que no existen antecedentes de algo así en los anales del fútbol mundial. Ese equipito de un barrio humilde, con un estadio en el que no entran ni cinco mil personas, con un campo de juego lleno de pozos y que tenía un presupuesto de morondanga, ganó tres campeonatos consecutivos: primero ascendió a la B Metropolitana, después al Nacional B y finalmente a la Superliga. Todos los años habían logrado retener a Dante y reforzar el equipo gracias a que empezaron a llover los sponsors y ganaban peso los derechos de televisación. En todo el mundo se hablaba de Sacachispas, del sucesor de Messi y Maradona, y de mi papá. Se decía que el equipo tenía un genio en la cancha y otro sentado en el banco. A mi viejo empezaron a apodarlo el “Loco” Santángelo porque era un obsesivo del trabajo, siempre tomaba decisiones que nadie esperaba o iban contra la lógica, se la pasaba viendo partidos y videos de otras épocas, y era admirador de un director técnico rosarino que había nacido hacía casi cien años: el “Loco” Bielsa. Mi viejo decía que Bielsa era un genio que había logrado combinar la eficacia con la belleza del juego, que casi todos los jugadores que habían sido dirigidos por él lo consideraban el mejor técnico que habían tenido, y que fue muy respetado por anteponer la ética y no dejarse llevar por el ventajismo, las avivadas o la especulación.

Por esa época Argentina venía de ser eliminada en fase de grupos del mundial 2034 que se jugó en Croacia, Serbia y Eslovenia. El país estaba que ardía. Empezó entonces un “operativo clamor” para que mi papá fuera el nuevo técnico de la selección. Él prefería quedarse un año más en Sacachispas para sacarlo campeón de la Superliga. Pero a Dante lo habían vendido –igual que en su momento a Maradona y a Messi- al Barcelona por una millonada de euros, y eso complicaba sus planes. Una noche nos habló a mi mamá, a mi hermanita y a mí, y nos preguntó qué pensábamos. Todos le dijimos que agarrara. Y agarró. Eso sí: les aclaró a los dirigentes de la AFA que solo aceptaría la cuarta parte del dinero que le habían ofrecido. El resto lo donaría para que lo repartieran entre los clubes de las divisiones inferiores. Después de su paso por Sacachispas, él conocía como nadie las penurias que padecían los jugadores, dirigentes y cuerpos técnicos de esos clubes.

Lo que vino fue otra locura. Argentina no ganaba nada importante desde la Copa América que se jugó en 1993 en Chile. ¡Habían pasado 41 años! Después habíamos perdido seis finales de Copa América, cuatro de mundiales (siempre con Alemania) y dos de la Copa Confederaciones. Éramos los eternos subcampeones. Por fin se logró romper el maleficio cuando Argentina salió campeona de la Copa América de 2036. Y, como si eso fuera poco, en la final vencimos a Brasil en el Maracaná con los argentinos en las tribunas cantando el “Brasil, decime qué se siente…” Al año siguiente ganamos invictos las eliminatorias para el mundial de Australia y Nueva Zelanda de 2038, y le sacamos ocho puntos a Brasil y Colombia que quedaron segundos.

Todo el mundo decía que éramos los favoritos; hasta los alemanes y los brasileros. Dante ya era considerado el mejor jugador del mundo y había ganado el balón de oro el año anterior. Argentina arrasó en la fase de grupos jugando bien y venciendo en todos los partidos por goleada. En cuartos de final nos tocó con Inglaterra. Los periodistas rememoraban los triunfos en los mundiales de México 1986 (con Maradona en su plenitud) y Francia 1998 (por penales), pero también las derrotas en Chile 1962, Inglaterra 1966 (donde nos terminaron gritando animals, animals) y Corea – Japón 2002 (aquel mundial en el que dirigió el Loco Bielsa y quedamos eliminados, contra todo pronóstico, en fase de grupos). La gente estaba como loca porque, en cada partido contra ellos, parece que fuéramos a jugar la revancha de la guerra de Malvinas. Entonces se produjo otro milagro. Íbamos ganando 1 a 0 cuando Dante agarró la pelota sobre el andarivel derecho de la mitad de la cancha, puso primera, empezó a eludir a toda velocidad a los ingleses que se le cruzaban en el camino, hasta que se sacó de encima al arquero con un amague y definió con el arco vacío. Dante, al igual que Messi, volvía a hacer casi cincuenta años después el mismo gol que Maradona les había hecho a los ingleses en el Mundial del `86. No uno parecido; el mismo. El pibe se había convertido en el nuevo “barrilete cósmico”, y nos iba a llevar, que duda cabía, como Diego en el `86 al título. En la conferencia de prensa mi papá dijo riéndose que, por suerte, Dante había copiado ese gol y no el de la “mano de Dios”.

Llegamos a la final y nos tocó, otra vez, enfrentar a nuestro eterno verdugo: Alemania. Nadie quería jugar contra ellos, pero no quedaba otra. Los más viejos hablaban de un tal Codesal, un árbitro mexicano que decían que nos robó la final del mundial de 1990 en Italia. Otros recordaban que, si Rodrigo Palacio cuando estaba por terminar el partido, habría tirado la pelota por abajo del arquero, en la final de Brasil 2014 hubiéramos sido campeones. Encima los alemanes también nos habían ganado en las finales de Qatar 2022 y Marruecos, Túnez y Argelia 2030. Por no mencionar otros partidos en los que nos eliminaron en octavos y cuartos. Nos tenían de hijos. Pero finales son finales y hay que jugarlas dentro y fuera de la cancha. El partido era en Sidney. La ciudad estaba copada por los argentinos y el estadio lleno de banderas celestes y blancas. Nadie sabe cómo hicieron con la crisis que hay para viajar a un lugar que queda tan lejos. Pero los argentinos son así; como dice mi madre, cuando llega el mundial con tal de ver a la selección se gastan hasta lo que no tienen.

El partido empezó y desde el primer minuto Argentina jugaba bien, dominaba y generaba situaciones de gol. Pero se fue el primer tiempo y seguíamos cero a cero. Encima a Dante, que lo estaban matando a patadas, apenas comenzado el encuentro le habían sacado una tarjeta amarilla por protestar después de una infracción. En la tribuna la gente seguía alentando y les pedían a los jugadores que pusieran un poco más de huevo. Pero apenas empezó el segundo tiempo a Dante, luego de eludir a dos jugadores, lo bajaron en la medialuna del área. Él mismo clavó el tiro libre en un ángulo. Golazo. A los veinte vino el segundo después de otro jugadón de nuestra estrella, que se la dejó al nueve para que definiera con el arco vacío. Argentina seguía atacando y dando espectáculo; los alemanes no daban pie con bola. A los treinta y cinco llegó el tercero o, mejor dicho, debería haber llegado, pero en realidad lo que llegó fue la debacle. En una jugada de contragolpe cayó un centro en el área, Dante pegó un salto y pareció que había puesto la cabeza antes de que el arquero pudiera despejar la pelota con los puños. Mientras la pelota entraba en el arco y todos en Australia y en Argentina festejaban anticipadamente el final del maleficio, una de las cámaras lo mostraba al Loco Santángelo hablando con el cuarto árbitro y diciéndole –eso se supo después- que Dante había hecho el gol con la mano. Nadie había visto nada: ni los alemanes ni la terna arbitral. Había escondido tan bien la mano que solo un obsesivo detallista como mi padre pudo verla. Cuando le avisaron al juez fue a ver la repetición de la jugada en el VAR. Al volver no solo anuló el gol, sino que también lo expulsó por doble amarilla. Nos quedábamos sin el ancho de espadas. Cuando la cámara lo enfocó a mi viejo se estaba agarrando la cabeza. Camino al túnel, Dante pasó a su lado y ni lo miró. Los periodistas más memoriosos recordaron que, diecinueve años atrás, en 2019, el Loco Bielsa había hecho algo parecido, con la diferencia de que se trataba de un partido de la segunda división del fútbol inglés, no de la final de un mundial.

Teníamos dos goles de ventaja y había que aguantar apenas diez minutos. Los periodistas pedían que los jugadores se colgaran del travesaño. Pero las indicaciones de Santángelo fueron claras: no había que meterse atrás, el equipo debía seguir atacando. Cuando se reanudó el partido, en una jugada de contraataque en la que un delantero de ellos se iba derechito al gol, el arquero argentino lo derribó en el área: penal y expulsión por la ley del último recurso. Argentina se quedó con nueve y, como no tenía más cambios, no quedó otra que mandarlo al arco al cinco, que por lo menos había atajado un año en inferiores. Ellos metieron el penal y quedamos 2 a 1 arriba faltando tres minutos para que se cumplieran los noventa. Había que aguantar como sea. Cuando se jugaba el último minuto adicionado por el árbitro, en un intento desesperado el diez de ellos pateó desde afuera del área y al arquero, que no era arquero, se le coló la pelota entre las manos. Para ese mundial se había eliminado el tiempo suplementario, así que fuimos directo a penales con un guardavallas improvisado. Los creyentes rezaban en el estadio y en los hogares de cada rincón de la Argentina. Otros hacían promesas de todo tipo. Muchos se pusieron de espaldas a los televisores para no ver. Los relatores ponían sus voces más melodramáticas. Los comentaristas decían que solo quedaba esperar un milagro que, finalmente, no ocurrió. Fue 5 a 2. Perdimos, nuevamente, con los alemanes. Otra vez éramos subcampeones. Lo mismo que nada.

En la conferencia de prensa mi padre dijo que no se arrepentía de lo que había hecho. Que si hubiésemos ganado con un gol con la mano habría sido una vergüenza para el país, una indignidad. En cambio ahora, aunque habíamos perdido el título, podíamos irnos con la cabeza en alto. Que además Dante era muy joven y que, lo que le había pasado, le serviría de aprendizaje para no repetirlo, y ser un jugador y un hombre más completo. De todas maneras, como no se había conseguido el objetivo, aunque su contrato vencía en 2042, había decidido presentar su renuncia con carácter indeclinable. Por supuesto los periodistas lo acribillaron a preguntas, le descargaron artillería pesada y más de uno estuvo al borde de insultarlo, pero él se mantuvo firme y dijo que, si pudiera volver atrás, tomaría la misma decisión.

La AFA le aceptó la renuncia de inmediato, y aclaró que no le pagarían ni un peso por lo que restaba del contrato. Los mismos hinchas que estaban esperando que terminase el partido para ir a festejar al obelisco, se aparecieron en la puerta de mi casa para putearlo a mi viejo y tirar piedrazos. Una semana después un grupo de barrabravas de distintos clubes se organizó para escracharlo todos los martes hasta que se fuera del país. Se quedaban hasta la madrugada y nos hacían la vida imposible. La policía tuvo que ponernos seguridad y empezamos a trasladarnos en autos blindados. A mi hermana y a mí nos cambiaron de colegio porque nuestros compañeros no paraban de hacernos bullyng. Mi mamá perdió a casi todos sus pacientes. Durante un tiempo largo en los programas deportivos y en los de interés general no se hablaba de otra cosa que del –ahora rebautizado-“Desquiciado” Santángelo. Un día mientras cenábamos le dije a mi papá con bronca que quería empezar a usar el apellido de mi mamá. Ella me dio vuelta la cara de un bife y me dijo: “No te va alcanzar la vida para arrepentirte de haber dicho eso.” Mi padre le dijo a ella que no fuera exagerada, me abrazó y me dio un beso.

Con el paso del tiempo el Loco Santángelo se deprimió y casi no salía de la cama. A él no le importaba ni lo que decían los periodistas, ni los hinchas, ni las manifestaciones en la puerta de casa. Lo que sí le dolía era la condena pública que le habían hecho los jugadores y, en especial, el desprecio de Dante. Mi viejo trató de mil maneras de comunicarse con él, pero nunca tuvo repuesta. Por culpa del Desquiciado Santángelo él no había salido campeón mundial y se había ido expulsado de la final. Unos meses después mi papá empezó a recibir propuestas para dirigir a equipos europeos importantes. Era una manera de escaparnos de la Argentina y terminar con el asedio, pero justamente por eso las rechazó todas. Hasta los pocos amigos que le quedaban empezaron a decir que el loco se había vuelto un desquiciado.

Un año después de la final de Sidney, cuando sus ecos ya habían empezado a apagarse, en un partido de Champions Dante se rompió los ligamentos cruzados. El país se paralizó; la gente entró en pánico. Tenía, como todos los que sufren esa lesión, que operarse y esperar los nueve meses de rehabilitación. Cumplido el plazo volvió a jugar y, al tercer partido, se los volvió a romper. Vino una nueva operación y otros nueve meses de rehabilitación. Y, al mes y medio, nuevamente la fatídica lesión. Los periodistas empezaron a hablar de la maldición del Loco Santángelo. Ahora no solo lo acusaban de haber perdido el título y dejar al país en ridículo, sino de aplicar alguna suerte de magia negra para que el pibe de oro terminara su carrera igual que él.

Mi padre volvió a intentar comunicarse con Dante enviándole un mensaje en el que le daba ánimos. Por primera vez recibió una respuesta, que aunque escueta, rompía el silencio: “Gracias”. Una semana después en una conferencia de prensa Dante anunciaba, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, que se retiraba del fútbol. Los medios de todo el mundo estaban presentes. Le preguntaron una y otra vez si creía que la maldición del Loco Santángelo era cierta. Dante eludió la pregunta varias veces hasta que, fastidiado, contestó que ya era hora que dejaran tranquilo a ese hombre. También dijo, aunque nadie se lo había preguntado, que todo lo que sabía de fútbol se lo había enseñado él. Agregó que lo más importante que había aprendido de mi padre era cómo manejarse en la vida y remató diciendo que si Argentina tuviera más Santángelos sería un país mucho mejor. Le preguntaron entonces si había cambiado de opinión sobre lo que había hecho el director técnico en la final de Sidney, y respondió: “Creo que los dos nos equivocamos. Yo porque quise emular lo que habían hecho Maradona y Messi, y él por querer imitarlo al Loco Bielsa. Lo importante es ser uno mismo. Fuimos unos boludos.”

Cuando una periodista le preguntó qué haría con su vida después del retiro, ya que apenas tenía veintiséis años, contestó: “Voy a hacer el curso de director técnico. Mi sueño algún día es dirigir a Sacachispas y devolverle al club un poco de lo mucho que me dio.” Cuando los periodistas se peleaban por hacerle la próxima pregunta, Dante se paró, les agradeció a todos la presencia y dio por terminada la conferencia de prensa. A diez mil kilómetros de distancia, el Loco Santángelo no paraba de llorar.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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