Locura celular

Hace unos pocos días, avanzada la noche, estaba despatarrado en mi cama mientras me paseaba de periódico en periódico revisando las noticias, enviaba whatsapps, husmeaba quiénes se estaban peleando en Twitter, entraba a Facebook para averiguar si tenía que saludar a alguien por su cumpleaños, miraba videos en YouTube, iba de un tema a otro en spotify y descargaba en la app del reloj de running los últimos entrenamientos. Un poco agotado con tanta actividad, procuré recordar cómo era mi vida antes de que irrumpieran los celulares, la PC e internet. La vida analógica. Comencé mi viaje al pasado añorando las cartas escritas a mano, las estampillas y los sobres bajo la puerta; pensé en el curso de dactilografía que hice en la Pitman (…parecía tan útil); tuve melancolía de la calculadora científica que usaba para hacer cuentas; pensé con cariño en la guía Filcar y en los imprescindibles mapas que había que tener a mano para viajar; casi lagrimeo recordando el Wincofon, mi colección de discos de vinilo y el minicomponentes que grababa de casete a casete; recordé con emoción mi primer reloj pulsera a cuerda, un regalo que era una especie de pasaporte a la adolescencia y la única manera de mirar la hora en la calle; hice un repaso por la variopinta e interminable lista de juegos de mesa con los que me divertía; me acordé de esos despertadores con chicharra insoportables; recordé las viejas radios a transistores en las que escuchaba fútbol antes de que empezaran a pasar los partidos en directo por la tele; mi apego por leer todos los días el periódico.

Luego de terminar con la remembranza salí del remanso analógico y me vi arrastrado nuevamente a la selva digital. Intenté resistirme haciendo otras cosas. Probé con un libro, pero me costó leer más de tres renglones sin perder la concentración. Como me estaba poniendo nervioso decidí prender la tele; quizás lograra distraerme de una pantalla cambiándola por otra más grande. No sabía qué ver e inicié un zapping frenético de canal en canal, mientras pensaba que lo mejor sería mudarme a Netflix. Pero casi sin darme cuenta el demonio metió la cola y el celular volvió a mis manos. Ahora el zapping era entre app y app. Muchas no sabía ni para que servían ni por qué las había instalado. Cada vez estaba más inquieto y nervioso. Empecé a recriminarle a mi celular cosas del estilo: “no quiero depender tanto de vos; por favor dejá de invadirme todo el tiempo.” Lo tomé con ambas manos y le grité durante varios minutos, hasta que, como poseído, fui al baño, lo arrojé al inodoro y apreté tres veces el botón. Aliviado, volví a la habitación. Quince minutos después escuché el sonido de lo que parecía una llamada subacuática. Corrí incrédulo al baño y me encontré con el aparatito sonando y vibrando. Con un poco de asco metí la mano y lo saqué. Rascándome la cabeza (con la otra mano), me pregunté si también eran sumergibles y antes de sacar ninguna conclusión lo lancé contra la pared. Lo vi rebotar contra los azulejos y luego caer pesadamente en el piso. Lo levanté y noté que solo se había resquebrajado el vidrió templado, pero que ni el agua ni el golpe parecían haber afectado su funcionamiento. Ya al borde de la locura salí al balcón, cerré los ojos y lo lancé a la calle. Cuando los abrí, un chico de unos quince años blandía orgulloso el teléfono en su mano derecha, y con una sonrisa me gritaba: “¡Te salvé!” Tuve que bajar a buscar el teléfono y darle en agradecimiento quinientos pesos al pequeño y entrometido héroe, y asumir que el celu tenía más vidas que un gato. Subí, traté de tranquilizarme y concluí que el teléfono se había ganado el derecho a seguir viviendo. Agotado me recosté en la cama, hasta que desperté y me di cuenta que todo se había tratado de un sueño. No había tirado el celular a ningún lado; menos aún lo había sumergido en un inodoro o arrojado por un balcón. ¿Era el sueño un mensaje?

Pero, ¿cuándo empezó esta historia? En Argentina hace treinta años, un primero de noviembre de 1999. En los mismos días que caía el muro de Berlín, una ex funcionaria a la cual le gustaba envolver su cuerpo en pieles y posar semidesnuda, le hizo un llamado a un ex presidente patilludo (que había asumido unos meses atrás prometiendo salariazo y revolución productiva), desde un aparatoso teléfono cuya novedad era que no requería estar conectado a la red de telefonía fija. Es decir, se podía andar por la calle –siempre que se tuviera la suficiente fuerza para transportar la valijita que oficiaba de batería y pesaba unos insólitos cuatro kilos- haciendo llamados como los hacía el súper agente 86 desde su legendario zapatófono (millennials y centennials, googlear). Lo que aquí era novedoso en Japón ya había comenzado a funcionar diez años antes y, en los países nórdicos, ocho. Es decir; llegamos un poco tarde, pero nos encargamos de recuperar rápidamente el tiempo perdido.

Pronto esos aparatos imposibles con los que se realizaron las primeras llamadas, y que solo fueron adquiridos por unos pocos miles dispuestos a desembolsar más de dos mil dólares de aquella época (al menos unos tres mil de ahora) más otros 450 para comprar la línea, fueron reduciendo su tamaño, hasta que apareció el Motorola Dyna Tac 8000X, más conocido como el “ladrillo”, que pesaba medio kilo. La ventaja de esta reliquia es que además de recibir y enviar llamados, si la situación lo requería, también podía oficiar como arma de defensa personal. Pero claro, no era demasiado apropiada para el bolsillo del caballero ni la cartera de la dama. ¿Por qué entonces la gente estaba dispuesta a pagar tanto dinero por estos aparatos incómodos y líneas que lejos estaban de ser –como ahora- gratis? En buena medida, y por supuesto que no en todos los casos, por status: en esos inicios tener un teléfono celular –en la mano o en el auto- les permitía a sus propietarios pavonearse como si estuviesen –exagero un poco- al volante de un auto deportivo último modelo. Era no más más cuestión de exhibirlos para que los curiosos quisieran verlos de cerca, tocarlos, tenerlos entre sus manos y fantasear: “Algún día yo tendré uno de estos….”

De esos primeros aparatos, claro está, casi no queda nada. En lo único que se parecen es en que sirven para realizar llamadas telefónicas. En el medio fueron incorporando una ristra de novedades: los obsoletos SMSs; las cámaras, que pasaron de sacar fotos muy rudimentarias y de bajísima definición a los prodigios que son hoy; los videojuegos, que tuvieron un recorrido parecido al de las cámaras. Pero fue con la llegada del smartphone que comenzó la verdadera revolución. Como en el sueño, muchas de las cosas que antes hacíamos con las PCs, los televisores, las radios, los periódicos, los relojes, las cámaras de fotos y los equipos de música, entre otros soportes, ahora las hacemos con esos dispositivos que, además, ya no son más esos aparatejos de antaño, sino pequeños adminículos súper veloces, cada vez dotados con mayor memoria y refinados diseños. En otras palabras, los celulares son nuestra piedra filosofal, la poción mágica que todo lo cura, nuestros deseos cabiendo en la palma de la mano.

Pero…¿son realmente la panacea? ¿Es realmente indiscutible que somos ahora más felices que antes de que esta mezcla de plásticos, chips, cables, vidrios y superconductores llegaran a nuestras vidas? De tantas cosas que nos solucionan, ¿no nos habremos vuelto demasiado dependientes o adictos al celular? ¿No tienen todas estas maravillas a las cuáles nos hemos acostumbrado ciertas contrapartidas peligrosas a las cuales habría que prestarles un poco de atención?

Continuara…

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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14 comentarios

  1. Excelente Pablo. Es un relato realista y algo preocupante de cómo nos cambió la vida el celular. Y no siempre para bien. Un abrazo

  2. somos vida dependientes y eso incluye malo y bueno, cada uno sabra darle su valor. me gusta la agilidad de tu pluma y como siempre te digo me gustan tus ocurrencias. Gracias por esta entrega. Andrea ex Bettina

  3. Qué bueno volverte a leer!! Te extrañaba!
    El Movicom como símbolo de status…Se decía que había gente que se paseaba con el “ladrillo” en la mano pero ¡no tenía línea!

    Quiero saber más del “continuará…”

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