Ni una foto

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y no me animo a abrirlos porque sé con el desastre que me voy a encontrar.” La culpa la habían tenido los desubicados de siempre; esos lentos que se malubican en las largadas de las carreras obstaculizando el paso de los veloces, al punto de sacarlos de quicio y obligarlos a tomar decisiones estúpidas. Como la que tomé yo. Es que con tanta congestión que había me fue imposible resistir la tentación. Fue ver el hueco y colarme por la banquina para sobrepasar a tanto lenteja. Seis zancadas me bastaron para sacarlos del paso y, cuando estaba por levantar groseramente el dedo índice, mi pie derecho se metió en un pozo, se dobló, sentí el ruido y caí.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y no me animo a abrirlos porque sé con el desastre que me voy a encontrar: el tobillo inflamado y caliente, y un hematoma cubierto con los tonos grises, rosas y naranjas de una tormenta tropical.” Que estúpido soy. Un año entrenando para el maratón; un año tratando de hacer todo perfecto para conseguir mi tiempo imposible. Pero bastó un segundo de irracionalidad para meter la pata en ese bache minúsculo y ridículo de tierra, y que mi tren delantero se hiciese pedazos a cien metros de la largada y no quedara otra que volver a boxes.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y lloro sin lágrimas porque no soy de lágrima fácil. Sé que no puedo seguir allí tirado mucho más tiempo, porque ahora soy yo, irónicamente, quien está obstaculizando el paso de los lentos.” Mi mente funciona de manera extraña. Porque en lugar de pensar cuán grave sería la lesión, de qué manera llegaría al hospital o la cantidad de sesiones de kinesiología que me indicaría el traumatólogo, la única preocupación que tenía en ese momento era cómo justificar mi fracaso prematuro. Confesar que me lesioné para no perder quince segundos, me parecía imposible. Mentir sobre las verdaderas causas de mi abandono; también. Hay que admitir que a veces uno no sabe para qué lado salir corriendo.

“Aunque tengo los ojos cerrados estoy viendo las estrellas, y ahora que por fin me decido a abrirlos siento una mano en mi tobillo; una mano que se apoya sobre el hueso y las articulaciones heridas, mientras voces de fondo hablan de torcedura, esguince, rotura de ligamentos. La mano no hace nada más que acariciar, pero se ve que algo hace porque tiene efectos analgésicos, desinflamatorios y psicodélicos. Quiero seguir un tiempo más con los ojos cerrados, pero junto fuerzas y los abro. El día está soleado y ya no veo más estrellas sino a una mujer de edad indefinida. Cuando hacemos contacto visual, me pregunta: ¿Querés que te vuelva a poner la zapatilla? Y la empezó a poner sin esperar respuesta.”

Ya no necesitaba pensar en cómo llegar al hospital ni en qué explicaciones dar por la lesión. Estaba de nuevo en carrera. Observaba inquieto como la mujer terminaba de atarme los cordones: hacía tan despacio los movimientos que no cabía duda lo apurada que estaba por liquidar la tarea. Cuando acabó me dio dos golpecitos sobre la lengüeta, y me dijo con voz de mando colegial: “Se acabaron las excusas; a correr”. Estaba por deshacerme en agradecimientos, pero me di cuenta de que era una de esas personas que te ayudan sin esperar nada a cambio. “¿Cómo hiciste lo qué hiciste?”, le pregunté yendo al grano. “Ah; yo no hice nada”, respondió bromista o modesta. Pero en una carrera no hay tiempo para chistes; menos que menos si perdiste tres tontos minutos por meter la pata; menos que menos si estás buscando tu tiempo imposible. Así que no insistí. “¿Corremos juntos?”, me dijo con un tono que me sonó más imperativo que de interrogación. Clásico dilema moral. Tenía que decidir entre mi conveniencia -correr lo más rápido posible- y aquello que me parecía correcto –ser atento y considerado; devolverle el favor. Mientras intentaba ganar tiempo para tomar mi Decisión de Sophie (es una comparación inmunda; lo sé) ella me sonrió, y no sé qué se me pasó por la cabeza, que le dije: “¡Claro!, mirá que buena idea tuviste.” Y al instante me reproché por haber aceptado el convite porque no era linda (aunque tampoco fea), no era joven (aunque tampoco vieja) y no parecía rápida (aunque tampoco lenta). “Le dijiste que sí de bueno”. Pero era mentira; yo no soy bueno.

Adiós tiempo soñado; hola chica de los milagros inesperados. Ahora que ya no tenía apuro me dispuse a preguntarle todo sobre la mágica curación. Quería averiguar si era osteópata, kinesióloga, especialista en medicinas orientales, o todas esas cosas juntas. Pero como si hubiera adivinado mis intenciones, me frenó: “Por ahora corramos callados; más adelante, vemos.” “¿Más adelante vemos qué?”, pensé. Pero no le dije nada porque no teníamos confianza, y cuando no se tiene confianza lo mejor es esperar. “Hagamos entonces tazón, tazón, cada uno a su maratón”, me dije y el chiste me gustó.

Pasaron los primeros diez kilómetros y las cosas iban bastante bien. Mi pie estaba impecable; como si no lo hubiese metido en el pozo; como si no se hubiese torcido; como si no se hubiese esguinzado. Sentía la pisada natural, redonda, perfecta. Talón-punta-talón. La respiración relajada. Bebía sorbos de agua o Gatorade cada diez minutos. Chequeaba diez mil veces por minuto el reloj. Escuchaba los gritos de aliento y las bromas de los otros corredores. Lo mismo que en todas las carreras. Llevábamos un ritmo parejo; bastante más rápido del que había imaginado cuando le dije “mirá que buena idea tuviste, nena.” A ella no se la veía agitada. ¿Yo?; mejor imposible. Quizás la decisión no había sido tan mala.

Aunque estuve varias veces tentado con salir del cono del silencio, me mordí los labios y me callé la boca. Cuando sentía que era imperioso comunicarnos –por ejemplo para ofrecerle agua o gomitas- me manejaba con gestos y señas. Ella hacía lo mismo. Ese silencio la volvía a mis ojos enigmática, misteriosa, indescifrable, profunda; callarse le sentaba muy bien. Cuando la compañía es buena, el tiempo se pasa rápido. Y así, de sopetón, nos habíamos comido un montón de kilómetros y estábamos acercándonos a la mitad de la carrera. Miré el reloj y confirmé lo que venía presintiendo: nuestro ritmo era cada vez más rápido, veníamos pasando gente a troche y moche. Lo sabía muy bien porque, como me gusta tanto pasar, iba contando uno a uno a todos los que íbamos dejando en el camino. Para no ser exitista ni engañarme, también contaba a los que nos pasaban a nosotros. “Correr es hermoso, pasar es divino”, les digo pletórico a quienes quieran escucharme. “Que te pasen es algo con lo cual hay que aprender a convivir”, aclaro para evitar sufrimientos innecesarios.

Cuando llegamos a la mitad de la carrera sentí que el logro ameritaba un festejo a viva voz. Entonces la miré y, para que no se notara tanto que estaba rompiendo el voto de silencio, le dije sin estridencias: “vamos re bien…¿cómo era que te llamabas?” Ella sonrió, pero no dijo nada. Yo le sostuve la mirada esperando la respuesta, pero no dijo ni mu. La miré más detenidamente y me di cuenta que en esos veintiún kilómetros que habían pasado desde que me arregló el pié estaba más linda, más joven y más atlética. Quizás era una de esas personas a las que las maratones les sientan bien. “¿A cuántos pasamos en total?”, me preguntó de la nada y como si fuera lo más natural del mundo. “A setecientos quince”, le respondí preciso. “Y a nosotros nos pasaron…”. “Apenas quince”, dije. “Entonces tenemos un saldo de setecientos a favor nuestro”, afirmó mientras levantaba la mano para que se la chocara. Chocamos manos, luego puños y le dije: “Felicitaciones…” pero no pude completar la frase porque seguía sin saber cómo se llamaba, y no volví a preguntárselo porque quizás no quería decirme o se le había olvidado.

Empecé a concentrarme un poco más en la carrera porque dentro de todo veníamos bastante bien. No lo suficiente como para llegar a mi tiempo imposible, pero sí al menos para terminar con un registro decoroso y así evitarme tóxicos auto reproches: “mirá todo lo que entrenaste al divino botón, Ignacio. Todas las cosas que te perdiste de hacer para sumar kilómetros, para ir al gimnasio. Las delicias y los licores que te privaste de comer y beber para hacer esas dietas sanísimas y de eficacia dudosa. Todo para terminar haciendo el mismo tiempo de porquería de siempre.” Decidí que era mejor olvidarse del tiempo y concentrarme en el nombre de ella. Si por la razón que fuere no quería decírmelo, hasta que cambiara de opinión le podía poner uno provisorio. Se supone que un nombre que a lo sumo durará veinte kilómetros no debería insumir mucho esfuerzo, pero yo me lo tomé muy en serio. Primero pensé que lo mejor sería acertar el suyo y me dije: “esta chica seguro se llama María a secas, o María seguida de otro nombre, u otro nombre seguido de María. Pero enseguida me dije que si le iba a poner un nombre transitorio, lo mejor sería elegir uno que fuera bien con ella. Pero aunque pensaba y pensaba ninguno me parecía adecuado. Por suerte muchas corredoras habían impreso sus nombres en las remeras de competición, así que los leía a todos, los examinaba y descartaba porque ninguno le iba bien. La tarea se hacía cada vez más difícil porque a medida que los kilómetros pasaban ella se iba poniendo cada vez más linda, más atlética y más joven. El mismo nombre que me había parecido perfecto en el km. 27, le quedó ridículo al llegar al 32. Al final, confundido hasta el caracú, me concentré en recordar algunos de los nombres que estuve por ponerles a mis hijas, y no tuve dudas: su nombre perfecto era Nathalie; así en francés. Cualquier otro sería una irreparable equivocación de sus padres. Mi única aprensión fue que, al terminar la carrera, el nombre me siguiera pareciendo tan maravilloso como en el kilómetro 35, porque a cada paso ella se ponía más y más preciosa.

Llegamos al kilómetro 40. Faltaban dos más y 195 ridículos metros. Ahora que Nathalie tenía nombre me sentía mucho más unido a ella. Y pensar que había estado a un tris de tomar la decisión equivocada. Ella continuaba con su proceso de embellecimiento, sus músculos estaban cada vez más marcados, de tan joven casi parecía una niña. Cuando la miraba se me iba en suspiros el aire que necesitaba para correr. No solo porque su hermosura estaba llegando a niveles extravagantes o por lo lindas que le quedaban las calzas y el top. Sino también porque ahora Nathalie corría como una gacela, todas sus zancadas eran igual de largas, armónicas perfectas, y sus piernas parecían no tocar nunca el asfalto. Necesitaba hablarle y le dije si quería Gatorade. Pero en lugar de responderme, retrucó: ¿“Cómo te llamás?” “Ignacio”, le dije. “Ya me imaginaba”, dijo ella sin explicar razones. “¿Y no te gustaría saber cómo me llamo yo?” “Ya sé cómo te llamás”, le respondí esperando a que ella me dijera: “a ver, ¿cómo me llamó?”, pero lo único que hizo fue reírse y ponerse aún más linda, más atlética y más joven. Un rato después, me dijo: “Ignacio, falta nada más que un kilómetro. Vamos por eso que vinimos a buscar.” Me pegó una cachetada chiquita en la cola y salió despedida como un cohete a la luna. Ahora ya no parecía una gacela sino un guepardo. Yo tardé unas décimas en reaccionar y salí como pude a perseguirla, aunque me resultaba imposible seguirle el paso. Miré el reloj, hice cuentas, y me di cuenta que mi tiempo imposible era posible. Solo tenía que perseguir a Nathalie, tratar de imitar su felina zancada, su manera de correr flotando, respirar como ella, y correr más rápido de lo que había corrido nunca.

Saben los que corren que hay momentos en los que se produce una batalla sin cuartel entre el cuerpo y la mente. Mi cuerpo no podía más y le pedía a gritos a mi mente que la dejara ir a Nathalie. Pero mi mente orgullosa no aceptaba rendirse y cuando sintió que el cuerpo estaba por colapsar, le dijo: “No pensemos más; corramos hasta llegar o morir.” Me lancé entonces a suerte y verdad y, a la dulce conjunción de mente y cuerpo, le sumé por las dudas el alma. Hacía lo imposible por seguir el paso de Nathalie, pero, aunque continuaba teniéndola en la mira, cada vez se alejaba un poco más. Tenía sentimientos encontrados: por un lado sentía que estaba perdidamente enamorado de ella; por otro la odiaba porque ella no iba ni agitada. Me di cuenta de que me estaba haciendo de liebre y yo, en lugar de estarle agradecido, me sentía humillado, porque, seamos sinceros, así de estúpido puedo ser. Pensaba todas esas cosas porque en ninguna agonía se deja de pensar, y las carreras de finales dramáticos no son la excepción. Pensaba esas y otras tantas tonterías cuando empecé a ver, como en cámara lenta, que Nathalie se estaba por caer. Me dije que estaba viendo mal porque las diosas no caen, pero en el cuadro siguiente me lo tuve que tomar en serio porque su cuerpo se estaba yendo al suelo. En el tercer cuadro se veía cómo intentaba con su mano derecha amortiguar la caída, y en el cuarto cómo rodaba espantada por el piso temiendo ser pisada por una manada de corredores extenuados y sedientos de gloria.

En el quinto cuadro la vi tirada en el suelo, con lágrimas en los ojos, gestos inocultables de dolor y más bella que nunca. Aunque seguía corriendo a mi límite no dejaba de hacer foco en ella. Estaba por disminuir la velocidad para detenerme y socorrerla, cuando noté que hacía que no con la cabeza. Sé que algunos podrían haber interpretado esa seña como “no puedo más del dolor” o “no puedo creer que me esté pasando esto a trescientos metros de la llegada”, pero yo entendí que me decía: “No, Ignacio; estás ahí de conseguirlo. No se te ocurra parar; hacelo por los dos.” Me di cuenta de que nunca había amado tanto a nadie. Con tanto amor ya no harían falta mente, ni cuerpo, ni alma, ni espíritu santo, ni vergüenza deportiva, ni actitud, ni garra, ni nada de nada, porque…el amor lo es todo. De ese amor saqué fuerzas para cruzar la meta acompañado del aliento del público que no paraba de vitorear. Alcé los brazos, miré al cielo, me dejé disparar por mil cámaras y algunos flashes, vi cómo se me acercaba un remolino de periodistas y fotógrafos, vi a un par de keniatas que se agarraban la cara y mascaban derrota, me pareció ver a un amigo abrazándose con una prima lejana y a un pibe del primario que me decía: “Ganaste la maratón, papá…” Hasta que salí del aturdimiento, y me dije: “¿Qué carajo hiciste, Ignacio?”

No era cierto que ya no podía más, porque cuando caí en la cuenta de que la había abandonado aparté con rudeza al chico que quería colgarme la medalla de finisher, y salí corriendo contra la corriente huyendo de reporteros y fanáticos. Corría y le pedía como un enajenado en voz alta perdón a Nathalie, e intentaba encontrar una excusa que no sonara demasiado burda. Cuando llegué al lugar en donde se había caído, no estaba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos; tres minutos? Empecé a preguntarles a todos los que estaban por allí si se la había llevado una ambulancia o había logrado irse por sus propios medios. Pero nadie había visto a ninguna mujer tirada en el piso; mucho menos dolorida y a la espera de ayuda. ¿Se habría enojado tanto conmigo como para pedirle a todo el mundo que ignorase mis preguntas?

Pasé un tiempo yendo de un lugar a otro. Los del servicio de emergencias me aseguraron que en toda la mañana no habían tenido que trasladar a nadie a ninguna clínica, y que apenas le habían tomado la presión a un par de personas que se habían mareado. En el medio de mis averiguaciones escuché que me llamaban por tercera vez para la ceremonia de premiación, pero no pude ir porque se supone que en el podio tenés que llorar de felicidad y no de tristeza. Cuando llegaron a la meta los últimos, y ya no quedaban ni los de la organización, me fui a mi casa devastado. Tardé tres horas hasta que logré darme una ducha y comer algo.

Al otro día apenas comenzó la atención al público llame a la organización para que me ayudaran. Por suerte tengo muy buena memoria para los números y me acordaba perfectamente que Nathalie tenía el dorsal 7075. “No puede ser…”, me dijo el operador con el que estaba hablando. “Cómo que no puede ser. Corrí con ella toda la carrera; me cansé de verle ese número. Estoy totalmente seguro”, dije envalentonado. “Discúlpeme, señor. Le digo que no puede ser porque en total eran 5000 inscriptos contando los participantes internacionales. Si me dice el nombre y apellido de la persona quizás lo pueda ayudar…” “El apellido no me lo acuerdo; se llama Nathalie, con h después de la t e i latina y e al final.” “A ver; me fijo…Gracias por esperar, señor. Mire, lamentablemente no tenemos a ninguna persona inscripta con ese nombre.”

Nunca más volví a saber nada de Nathalie. Durante dos años me anoté en todas las carreras habidas y por haber. La busqué en grupos de running, en redes sociales afines al deporte, en cines, en teatros, en medios de transporte, en manifestaciones políticas de todo signo, en la calle. Podría decir que de a poco la fui olvidando, pero mentiría. Conseguir ese tiempo imposible, me hizo imposible la vida. Lamento no tener mucho más qué decir. Siento que hayan llegado hasta aquí con mejores expectativas; quizás pendientes de un desenlace más romántico o de un vuelco fatal. Pero ya que hemos compartido las más de tres mil palabras que componen este relato, me permito pedirles un favor: si creen conocerla o se cruzan con una mujer de una belleza remotamente parecida a la de ella, no duden en escribirme. Agradecería mucho que acompañasen sus misivas con algunas fotos: nada me duele más que no haberme quedado con ninguna.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

Participa en la conversación

16 comentarios

  1. Ay Pablo! Qué buen relato. Engancha del principio al fin. Tiene de todo y en su punto justo. “Tazón, tazón” me sacó una carcajada.
    Sos un genio.
    Tu fan number one

  2. Pablo querido, hace mucho que no leía algo tuyo. Este relato es brillante.👏👏👏. Que empieces bien el año. Cristobal

  3. Creo sentir que este “correlato” es de el que más atrapó de que te leo.
    Todo lo bueno está por llegar… Felicidades.

  4. Hola Pablo, así son las ilusiones… y que estas ilusiones nos den fuerza para ir al más allá en el nuevo decenio… Feliz año y un abrazo, Cristina

  5. Buenisimo esto de crearse un incentivo y creérselo, como siempre, agil y ocurrente, te felicito .
    Bettina.

  6. Buenísimo! Atrapante de principio a fin!!!! No dejes de escribir!!!! Muy buen nuevo año!!!! Marga

Deja un comentario

Responder a Anónimo Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

M T

Poesías, prosas y cuentos

Correlatos

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

Semana 52: Espartatlón

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

ES DOMINGO Y NO TENGO NOVIO

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

A %d blogueros les gusta esto: