Dos litros de bananas

Hacía un montón que le insistía a mamá para que me deje salir a la calle sola, pero siempre me decía lo mismo: “Cata esperá un poco, Cata todavía no, Cata tené un poco de paciencia.” Hasta que por fin un día, poniendo cara de misteriosa y ojos achinados, me dijo: “¿Te animás a hacer unas compritas?” “Más vale que me animo, mami”, le dije canchera aunque el corazón me empezó a latir a todo lo que da.

“Bueno; escuchame bien. Esperás en la esquina tranquila hasta que el semáforo se ponga en rojo. Recién cuando ves que todos los autos pararon y que la gente empieza a cruzar, ahí cruzas vos también. Y ya sabés: en la calle no hablás con nadie; sos muda y sorda. ¿Estamos?” “Si, ma. Estamos. Lo practicamos mil veces. Me lo sé de memoria”, le dije haciéndome la grande pero loca de contenta por dentro. “Bueno. Tomá la lista. Comprá exactamente las cosas que anoté y te volvés enseguida a casa. ¿Estamos?”, me preguntó mientras me alcanzaba la bolsa verde y rosa (que es mi favorita), me ponía plata en el bolsillo y me daba unos besos ruidosos e interminables.” “Estamos, ma”, le dije y me fui chocha de compras.

Bajé por el ascensor y cuando llegué a la puerta del edificio me dio bronca que no estuviera el encargado para verme. Siempre a esa hora está ahí paradito barriendo la vereda o hablando con otros encargados y justo esa tarde se le dio por no estar…¡cosa de mandinga!, como dice mi abuela. En la calle había un montón de gente y a mí me pareció que todos me miraban. Yo no podía más del orgullo y trataba de caminar elegante para que pareciera que hago las compras sola desde los dos años.

Seguí todas las instrucciones y llegué a “El almacén de Don Jorge” que, además de almacén, también es verdulería y carnicería, y según mamá sirve para salir del apuro y los precios no están nada mal. Cuando llegué estaba vacío. Don Jorge hizo que abría los ojos grandes y haciéndose el sorprendido, me dijo: “Veo a una nena con una bolsa verde y rosa pero no la veo a la mamá…” “Vino la nena sola”, le dije yo muerta de risa. “Pero yo no puedo venderle nada a los niños menores de diez años”, me dijo Jorge poniendo cara de “y ahora qué hacemos”. “Qué mentiroso. Igual te aviso que cumplí diez la semana pasada. No te acordás que compramos frutillas para hacer con crema”, le dije muy seria. “Tenés razón. Eran diez frutillas por cada año y se llevaron cien”, me dijo poniendo cara de hacer memoria y cuentas. “Pero vos las contaste mal porque cuando llegamos a casa había ciento una”. “Las conté bien, Cata. Te di una de yapa por tu cumple: te conozco desde que naciste. Vos no te acordás porque los bebés son olvidadizos”, me dijo revolviéndome el pelo que ya estaba bastante revuelto.

“Bueno, bueno. Antes de que se me llene el negocio, ¿qué vas a llevar?” “Acá tengo la lista”, le dije mientras se la extendía. “A ver, a ver, a ver…”, dijo Jorge mientras leía y se rascaba la cabeza. “En esta lista hay una sola cosa y una cosa muy rara. ¿Dos litros de bananas?”, dijo el almacenero mientras lanzaba una carcajada. “Tu mami se equivocó; debe querer que le lleves dos kilos”. “Pero ahí dice dos litros”, dije yo señalando el papelito y aclarando que quería llevar exactamente lo que me habían encargado. “Ahí dice dos litros pero las bananas se venden por kilo, Cata. Cuando yo era chico se vendían por docena … ¡pero por litro nunca! Seguro que estaba distraída y se confundió. Confiá en mí y comprale dos kilos: es lo que lleva siempre.” Seguro que mi hermano Santi habría aceptado enseguida el consejo. Dice mi mamá que los varones prefieren no pensar demasiado porque tienen miedo de que se les gaste la cabeza. Aunque me parece que eso lo dice en chiste para cargarlo a mi papá o cuando están enojados.

La cuestión es que mi mamá me había dicho que comprara exactamente lo que anotó. Ella siempre dice que hay gente que trata de cambiarte gato por liebre o peras por manzanas; como si fuera todo lo mismo. Así que con lo inteligente que es se iba a dar cuenta enseguida que yo trataba de cambiarle litros por kilos. Además por ahí las bananas de litro eran una variedad, como las Cavendish, o una marca, como las Dole, o un país, como Ecuador o Brasil. Mamá siempre dice que el almacen de Don Jorge es muy bueno para salir del paso, pero que le falta un poco más de variedad; por ejemplo casi nunca hay mangos, ni papayas, ni cocos, ni ninguna de esas frutas tropicales raras que les gustan tanto a mi tío Andrés y a mi prima Delfina.

Se ve que Don Jorge vio que no estaba muy convencida que digamos de llevarme los dos kilos, así que trató de convencerme: “Mirá Cata: por litro se lleva la leche, la coca cola o la cerveza. Pero de las frutas y las verduras, ninguna. A lo sumo te las venden por bandejas (como los champiñones), por unidad (como las paltas), o por docena (como los huevos).” Yo casi le digo que el huevo no es una fruta ni una verdura, pero me callé a tiempo. “A ver Cata si resolvemos el problema. ¿No querés llamarla a tu mami por teléfono y nos sacamos la duda?” “Es que celular todavía no me dieron. Voy a tener que esperar hasta cumplir los once o cuando termine quinto, si me porto bien. ¿A vos te parece?”. Don Jorge se rió y me dijo: “Una barbaridad. ¿Cata y si vas a tu casa y le explicás a tu mamá que no vendo bananas por litro? Yo igual hasta las ocho estoy abierto”, dijo y me pareció que se estaba poniendo un poco impaciente porque justo entró otro cliente. Yo no sabía qué hacer: no quería volver a casa con las manos vacías pero tampoco comprar cualquier cosa justo la primera vez que me mandaban sola.

Le agradecí a Jorge y me fui sin comprar nada. Pensé en ir a la verdulería que está a la vuelta. Mi mamá dice que en esa te dan siempre las manzanas machucadas y con gusto a nada, y que encima todo te lo cobran carísimo. Pero el verdadero problema era que tenía que cruzar otro semáforo más y ese nunca lo habíamos practicado. Así que no me animé. Cuando estaba llegando a la esquina pasé por la dietética y me paré a mirar la vidriera porque ahí venden las cosas que más me gustan: soy fanática de las castañas de caju, de todas las granolas (hay muchas) y de las aguas saborizadas raras. Aunque no iba a comprar nada entré para chusmear y estuve un rato mirando las frutas secas, los condimentos y los chocolates. Cuando llegué a la parte de las bebidas vi una que seguro era nueva porque yo me las conozco todas: “agua de plátano”. La etiqueta decía: “sana, rica e ideal para reemplazar a las gaseosas”. Lo mismo que dice siempre mi mamá, pensé… “¡Lo mismo que dice siempre mi mamá!”, dije casi gritando como una loca. Por suerte en el colegio aprendí que en otros países a las bananas les dicen plátanos. Las botellitas decían “contenido neto: 500 centímetros cúbicos”, pero mi abuelo dice que le ponen así para hacerse los gourmet; que esa medida equivale a medio litro. Así que agarré las últimas cuatro que quedaban en la heladera antes de que se las lleve otro y junté los dos litros que me había pedido mamá. “¡Bingo!”, dije levantando los puños como hace papá. Fui a pagar a la caja y la plata me alcanzó justito. Más suerte no podía tener.

A mamá le encanta hacerme pruebas de ingenio. Como esa era bastante difícil seguro pensó que no la iba a poder resolver. Así que volví a casa saltando loca de contenta y haciendo que jugaba a la rayuela. Eso sí: fui muy precavida porque tenía miedo de pisar cáscara de banana, caerme, que se me rompieran las botellas y, después de tanto esfuerzo mental, echar todo a perder. Me salió todo tan requeté perfecto, que cuando llegué el encargado estaba en la puerta: “Esperá que te abro, Cata; mirá con la bolsa pesada que venís.” “Muy amable, Esteban”, le dije con una sonrisa. Igual como le dice siempre mamá.

Cuando entré a casa le mostré las botellas y le expliqué todo. Entonces ella se emocionó y me dijo: “¡Ay, hija! Me viniste al mundo con kilos de materia gris.” Yo me puse re contenta pero me quedé pensando si sería mejor tener kilos o litros. Le voy a preguntar a mi primo Joaquín que está en primer año; ese sí que se las sabe todas.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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9 comentarios

  1. Muy simpática Cata y muy simpático el cuento. “Kilos o litros de materia gris?” Buenísimo!

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