Cita a ciegas

El hombre entra al bar, mira a las mujeres que están sentadas en las mesas y hace contacto visual con una de ellas. Se acerca, y le dice:

— ¿Sos vos?

— Si vos sos vos, yo soy yo — le dice ella.

— Yo también soy yo — le dice él mientras se aproxima para saludarla con un beso.

Él se sienta y se quedan mirándose unos segundos, como si estuvieran estudiándose. Él le dice: — Bueno. Aquí estamos. ¿Te parece que hagamos un ping pong para romper el hielo?

— Prefiero otros deportes, pero dale. ¿Empezás vos?

— Empiezo yo. ¿Qué edad tenés? Personalmente parecés más joven que en las fotos.

— ¡Insolente! — dice ella lanzando una carcajada. — ¿No sabés que a una dama no se le pregunta la edad?

— Pensé que eso era así en tiempos del patriarcado…

— Por si no te enteraste, todavía seguimos en tiempos del patriarcado. Y vos, ¿cuántos años tenés? — contraataca ella.

— Calculo que el doble que vos, menos siete. Pero cuando se termine el patriarcado te puedo dar una estimación más precisa.

— Medio grandecito. Ahora que lo decís en las fotos también parecés más joven — dice ella mientras las mira en el celular. — ¡Pero este ni siquiera sos vos! — dice indignada mientras le muestra la pantalla.

— Definitivamente no soy yo. Sabés que yo también te veo distinta… Disculpame, ¿cómo te llamás?

— ¿Me estás jodiendo? ¡Clara!

— No te puedo creer. Yo soy Julio y quedé en encontrarme con Agustina.

— Y yo con Francisco. Esto es absurdo. ¿Vos te das cuenta que esos dos nos clavaron?

— Sí. Increíble. Yo pensé que estas cosas solo pasaban en las películas ¿Y ahora qué hacemos?

— Que se yo; no sé — dijo ella resoplando. — Sinceramente me parece que sos un poco grande para mí. Decí que no tenés muchas arrugas, no se te cayó el pelo y apenas tenés un poco de panza. Pero yo siempre salgo con gente más o menos de mi edad … como Francisco.

— Olvidate de Francisco. Ni siquiera fue capaz de venir a la cita. ¿Te avisó al menos que se le había complicado?

— No — dice ella mientras chequea los mensajes en el celular.

— Agustina tampoco — dice Julio mientras revisa el suyo. — Qué raro. Chateamos un rato largo; parecía entusiasmada. Esta es la primera vez que me clavan. ¿A vos?

— ¡A mí también! ¿Te parece que soy una mina para dejar plantada? — dice ella mientras se tira el pelo hacia atrás y le hace ojitos.

— Para nada. No te enojes. Pregunté por preguntar…

— Che, todavía no pedimos nada. Tengo que pasar por el baño. ¿No pedirías para los dos? Me gusta que me sorprendan.

Al regresar del baño ella se sienta y le dice con sigilo: — No te vayas a dar vuelta. Están en la mesa que está al lado de la puerta.

— ¿Quiénes?

— ¿Quiénes van a ser, boludo? Agustina y Francisco.

— ¡Me estás jodiendo! — dice él transformando la exclamación en un murmullo. — Me acabás de decir que te gusta que te sorprendan; no te podés quejar — dice él esperando que ella le festeje la broma.

— Sí; me encantan las sorpresas — dice ella después de lanzar un par de carcajadas. — Pero no te parece que esto es un poco too much ¿Vos decís que nos vieron? A mí me parece que no; pero no estoy del todo segura.

— No creo. Si nos hubieran visto estarían un poco nerviosos; se sentirían observados. ¿Qué hacen?

— Qué van a hacer. Charlan, toman algo … ¿Vos al final pediste?

— Si; cerveza. ¿Está bien o hubieses preferido un cortado descafeinado?

— Está perfecto — contesta ella riendo. — Decime, ¿vos estás pensando lo mismo que yo?

— ¿Qué cosa? ¿Sí deberíamos decirles?

— Claro — asiente ella.

— ¿Qué se yo? No nos apresuremos. ¿Por qué ya que estamos acá no vemos qué onda nosotros? Por ahí esto es un golpe de suerte, o el destino que teníamos escrito.

— Pará. No te entusiasmes. Ya me está dando miedo que me preguntes de qué signo soy o si tengo la luna en escorpio. Ahí viene la cerveza. Tiene buena pinta la pinta.

— Eso parece — dice Julio riendo. ¿Sabés una cosa? Por lo que estuve chateando con Agustina todo indica que sos mucho más simpática y graciosa que ella. Y más inteligente también.

— Es probable. Aunque, nobleza obliga, ella algunos puntos a favor tiene.

— ¿Por ejemplo?

— Y, es un poco más alta y definitivamente más flaca. Aunque si bien eso depende del gusto, yo diría que le falta un poco más de…

— ¿Tetas? — la interrumpe él.

— Y de culo también — dice ella reprimiendo la risa y gesticulando en silencio para que él le lea los labios.

— ¿Alguna observación más?

— Por ahora no — dice Clara. — ¡Tampoco abuses de mis intuiciones! Apenas la estoy espiando hace dos minutos.

— ¿Y de él qué podemos decir? — pregunta Julio.

¿De Francisco? Está realmente bueno. Mucho gym, músculo por todos lados, la barba perfectamente recortada, ropa cara. Me da un poquito metrosexual, nada más.

— Sos buena haciendo descripciones, ¿eh? Agustina es modelo. ¿Y vos? ¿A qué te dedicás?

— ¿No me digas que sos de los que salen con modelos?

— La verdad es que nunca salí con ninguna. Hoy tenía cita con la primera pero pasaron cosas. Ahora la tengo a cinco metros con un tal Francisco. ¿Ellos qué toman?

— Te confieso que de lejos no veo un pomo. No me puse los anteojos porque son bien culo de botella y los lentes de contacto no los tolero. Lo mío casi es una cita a ciegas en el sentido estricto de la palabra — dice riendo. — Sí querés que te diga lo que están tomando me los voy a tener que poner.

— ¡Dale!

Ella asiente, le hace señas para que espere, busca los lentes en la cartera y se los pone.

— ¡Te quedan divinos! No me contestaste ¿Sos socióloga, filósofa o historiadora?

— Ninguna de las tres. No todas las miopes somos intelectuales. Tampoco todas las modelos son bobas, en defensa de Agustina. Preguntale a Francisco: me llevó media hora explicarle a qué me dedico.

— Bueno; más tarde le pregunto. Pero vayamos por partes. ¿Qué están tomando?

— A ver…Ella un Cosmopolitan; bien de mina. Él una tónica con limón…

— Bien de mina… — dice Julio.

— Pará. ¿Estás tratando de tirármelo abajo a Fran? ¿Por qué no pensar que está mal del estómago o que es un alcohólico recuperado?

— Bueno; tampoco sería tan grave que le guste. Tengo un amigo que vive a tónica con limón. Es más aburrido que chupar un clavo pero una excelente persona.

— Tarado — dice ella riendo mientras hace un bollo con una servilleta de papel y se lo arroja en la cara.

Julio le hace señas al mozo para que traiga otras dos cervezas y le dice a ella: — Perdón que te saque el tema de la nada. Vos no serás de esas minas que solo les interesa un touch & go y después desaparecen.

— Por qué me lo preguntás. ¿No me digas que querés casarte conmigo? — dice ella riendo.

— Quizás — dice él encogiéndose de hombros. — Pero necesito un poco más de tiempo para decidirme. Además como pensé que me iba a encontrar con Agustina no traje anillo. Este bar tampoco da para arrodillarse con ese piso sucio y percudido. Así que no te pongas nerviosa: hoy no me voy a arrodillar.

— Menos mal que además de bobo sos divertido. Me doy cuenta que me estás haciendo el numerito del macho sensible. Pero igual me hacés reír.

El mozo trae las cervezas y retira las anteriores. Cuando se va Clara dice exagerando la división de las palabras en sílabas: — No—lo—pue—do – cre—er.

— ¿Qué cosa?

— Se están tomando de la mano — dice ella abriendo grande sus ojos, que de por sí son grandes.

— Pero recién hace cuarenta y cinco minutos que se conocen. ¿Le habrán puesto algo al Cosmopolitan y a la tónica con limón?… Pará. Ya sé lo qué pasa — dice él.

— ¿Qué?

— Para mí a estos dos lo único que les interesa es coger. A lo sumo dentro de quince minutos se van a ir, se van a revolcar media hora en un hotel, y se van a despedir prometiéndose un nuevo encuentro que jamás ocurrirá. Yo creo que ni siquiera se dieron cuenta que están en la cita equivocada. Ojo; me parece perfecto. Pero nosotros queremos otra cosa, ¿no es cierto?

— ¿Nosotros? Por ahora no hay ningún nosotros — dice ella riendo. — De todas manera, te propongo algo. Salgamos de acá y vayamos a un lugar que tenga un poco más de onda. A éste lo eligió Francisco.

— Y Agustina — agrega él.

— ¿Entonces nos vamos?

— Sí. Pero antes aguantame un toque: es mi turno — dice Julio mientras señala el camino en dirección al baño.
Cuando regresa, Clara le dice: — ¿Viste? Los muy turros ya se fueron.

— Sí. Ni siquiera se terminaron el Cosmopolitan y la tónica.

Cuando el mozo trae la cuenta, Clara le dice a Julio: — Perdón; tengo que ir de nuevo al baño. Pagá esto que yo me hago cargo del próximo. Te conviene: vamos a ir a un lugar mucho más lindo y caro.

Julio revisa la cuenta y advierte que además de las cuatro pintas están incluidos un Cosmopolitan y una tónica con limón.

— Me parece que hay un error — le dice al mozo. — Nosotros solo consumimos las cervezas.

— Disculpe, señor. El señor de la mesa seis le dejó esta nota.

Negro, pagame la consumición que me quedé sin efectivo. Divina, Clara, ¿no? Agustina tampoco está mal. Pero me parece que esta vez saliste ganando. Tratá de no hacer cagadas. Y si las hacés, avisame. Ya sabés que soy un experto en la reparación de tus daños.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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