Si la maté, no me acuerdo.

—Se lo pregunto por tercera vez, señor Ventura: ¿qué estaba haciendo el lunes pasado entre las ocho y las diez de la noche? —dice el comisario mientras tamborilea con su mano derecha sobre el escritorio.

—Ya se lo he dicho, comisario. Sinceramente, no me acuerdo. Créame que hago el esfuerzo por recordar, pero no me viene nada a la memoria.

—Apenas pasaron cinco días…

—Tiene usted toda la razón del mundo; cualquier persona normal y en su sano juicio se acordaría, tendría un vago recuerdo, quizás una agenda para revisar. Pero ya le he dicho que desde hace unos años tengo estas lagunas; las tengo todo el tiempo, todos los días. Cada mañana al despertarme ni siquiera recuerdo lo que hice el día anterior. Y nada de lo que ha sucedido en los tres últimos años, cuando mi memoria se interrumpió y dejó de acumular datos. Todo el mundo tiene problemas, comisario. ¿No cree? Digamos que este es el mío.

—A ver si comprendo mejor. ¿Tiene usted un problema de memoria reciente?

—Sí. Algunos también la llaman memoria de corto plazo; póngale el nombre que quiera. Pero para serle honesto yo no estoy seguro de que mi problema sea ese. Más bien creo que a mí la memoria se me agotó.

—Se le agotó la memoria… —repite el comisario mientras enciende un cigarrillo y le ofrece otro a Ventura.

—No; le agradezco. Desde que perdí la memoria por suerte también me olvidé de fumar. No ponga esa cara, comisario; es una broma. Yo nunca fumé —dice Ventura mientras se acomoda en la silla. —Le explico. Yo recuerdo, por darle un ejemplo, todas las estadísticas del fútbol argentino de los últimos treinta años: las formaciones de los equipos, el resultado de los partidos, que jugadores hicieron los goles, los que se fueron expulsados, si hubo lesionados. Mis amigos siempre me dicen que debería anotarme en Odol pregunta; que seguro ganaría el millón de pesos. Pero soy un hombre tímido. Me tararía sabiendo que del otro lado de la pantalla me están mirando cientos de miles de televidentes.

—Y además de las estadísticas de fútbol, ¿qué otras cosas guarda en su memoria sana?

—Memoria sana…nunca había pensado en dividir a mi memoria por su estado de salud. Le robo el concepto, si me permite. Por ejemplo me sé al dedillo la historia del imperio romano o cualquier cosa que quiera saber sobre cine francés. Pregunte si quiere…

—Por ahora no hace falta. Vamos a suponer que lo que me está diciendo es cierto. No termino de entender qué quiere decir con que se le agotó la memoria. Convengamos que es raro que alguien se acuerde de todo y de nada al mismo tiempo.

—Se agotó porque se llenó la capacidad, comisario; colapsó. Tiene bastante lógica. Si usted tiene un depósito y lo vive llenando de cosas, por más enorme que sea, llega un día en que ya no entra nada más. La única posibilidad que le queda es sacar lo que ya no usa o comprarse otro depósito. El problema es que yo no sé cómo sacarme de la cabeza esos datos inútiles que almaceno, y tampoco puedo comprarme una memoria nueva. Quién le dice; quizás algún día se consigan.

Se hace un pequeño silencio. Al comisario le cuesta clasificar a Ventura. Si se deja llevar por lo que el tipo dice, tiene que ser un fabulador o un mitómano. Sin embargo, en apariencias parece una persona totalmente centrada y, sin dudas, inteligente. Lo más probable es que le esté tomando el pelo con fines distractivos o por puro placer.

Mientras el comisario intenta sondear la mente de su sospechoso, Ventura se deja llevar por el sonido que emana de la máquina de escribir tecleada por el ayudante del comisario. A pesar de la falta de técnica e instrucción mecanográfica, el joven cachetea las teclas con sus índices produciendo sonidos de malambos, de danzas africanas o maoríes al ritmo de corcheas y semicorcheas, con descansos de redondas con puntillo puntillosamente dibujadas en un pentagrama imaginario. Le gusta y mucho el sonido que producen la vieja Underwood y sus oficinescas circunstancias: el declinante ruido que se genera cuando el oficial golpea contra el escritorio el sándwich de hojas blancas y amarillas relleno con papel carbónico brillante y negrísimo; el que se desprende de la meticulosa introducción de las hojas en la máquina para que queden perfectamente alineadas; el sonido que emite el rodillo al mover sus engranajes, tan parecido al de “dar cuerda”, y que traslada a Ventura al reloj Omega que a los catorce años le regaló su padre. Una vez que se realizan los últimos ajustes con el rodillo, para que las hojas queden a la altura perfecta, el sándwich recibe el golpeteo desordenado de los tipos, que se alternan para desteñir la hoja blanca en coautoría con la cinta negra entintada. Piensa, Ventura, que los tipos emiten notas agudas, intermedias y graves según estén ubicados en los costados derecho, izquierdo o en el medio, y en el protagonismo estelar que tienen los que cargan en sus puntas a las letras a, s y o. En cambio, un papel de reparto les toca a la k y a la w, pobres cenicientas del alfabeto castellano —cuánto mejor les habría ido si hubiesen recalado en manos sajonas—. El tipo tiene —piensa Ventura— un movimiento repentino y veloz parecido al del látigo, mas carece de su elegancia y armonía. Hay en su ir y venir un dejo espasmódico y rígido similar al de las personas que saltan de la cama cuando advierten que se han quedado dormidas. Los tipos se elevan de la misma manera que lo hacen los martillos del piano, para luego caer pesados sobre las cuerdas y que estas vibren, suenen y fabriquen música. Tienen los tipos una caja de resonancia a techo abierto parecida a la platea de un teatro o a la bandeja de una cancha de fútbol, razona Ventura extasiado. Son los tipos quienes consiguen, cada vez que pegan sus latigazos sobre la hoja, que el pesado carro se mueva y llegue una y otra vez al límite, a ese punto exacto en donde se acaba la hoja, el mecanismo se atasca y no hay manera de seguir escribiendo. Cuando eso ocurre y seguir golpeando las teclas es inútil, suena el sonido agudo y breve del timbre marginal —que rememora a Ventura al del triángulo de las clases de música infantiles—, que antes de apagarse por completo se queda vibrando como un minúsculo timbal; y es tan bella esa nota que no hay bien nacido que pueda desearle el ocaso. Cuando aún el timbre sigue sonando, toca arrastrar de costa a costa al carro para que viaje en dirección oeste sobre los rieles de la máquina; si se presta atención, no cabe duda de que esa fricción emite un sonido parecido al del cierre relámpago del pantalón de un traje hecho a medida por un sastre inglés. Carro y riel transportan a Ventura a los trenes de juguete eléctricos con los que se divierten los niños ricos (y él lo sabe bien porque fue uno de ellos) y los millonarios excéntricos. Cuando el carro está listo, antes de volver a partir con dirección este, resulta imprescindible accionar el espaciador para pasar al renglón siguiente (o al siguiente del siguiente, si se trata de un punto y aparte), no sea cosa de escribir encima de lo recién escrito, y que la pobre hoja termine hecha un bollo que, con suerte y buena puntería, será arrojada y embocada en el cesto de basura. A Ventura el sonido del espaciador le recuerda al de su madre rayando queso sardo, aunque en este caso no está del todo seguro que sea ése y no otro. La máquina de escribir, se dice a sí mismo, más que un artefacto musical es una orquesta en la que cada instrumento se alterna con otros en el protagonismo solista, pero en la que también todos se unen para alcanzar momentos de gloria sinfónica. Arguye, por último —y este es el razonamiento que más lo atrapa—, que esas innumerables orquestas dormidas en cada oficina, en cada casa, en cada despacho gubernamental, en cada escuela, en cada hospital, pueden ser ejecutadas y dirigidas por personas tan sencillas como el joven agente, un oficinista aburrido, un ama de casa que escribe sonetos o un aspirante a escritor. Y que estos improvisados músicos no precisan del virtuosismo ni de los años de estudio de los eximios pianistas, violinistas o guitarristas, para copiar sus manuscritos o volcar sus dictados.

—Oiga, Ventura, lo felicito por su memoria. Realmente ha logrado impresionarme. El problema es que su ex mujer fue asesinada hace cinco días. Muchos testigos han declarado que la relación entre ustedes era muy mala, por no decir pésima, y además cada vez más violenta. Encima, para su desgracia, es un hecho objetivo que su ex mujer y usted mantenían una disputa económica por la división de bienes. Una disputa muy cuantiosa, diría yo. Ustedes no tuvieron hijos, legalmente seguían casados y ni siquiera habían hecho la división de bienes. Eso significa que al morir ella, usted es su único heredero. Supongo es consciente de que la falta de una coartada no lo favorece. ¿No habrá manera de que le preste un poquito de su memoria enciclopédica a la que tiene descompuesta? Después de que lo ayude a sacarlo del brete en que está metido se la devuelve con intereses. ¿Qué le parece? —pregunta el comisario con tono provocativo mientras enciende el segundo cigarrillo y hace el gesto mecánico de ofrecerle otro a Ventura.

—Gracias, comisario; pero le acabo de decir que no fumo. No me va a decir que usted también tiene un problema de memoria. No ponga esa cara, no se enoje. Ya se habrá dado cuenta de que me gusta bromear. Mire; usted parece un tipo ingenioso. Y por lo que veo tiene también un fino sentido del humor. Lo que me dice en broma yo lo pienso todo el tiempo. Ojalá fuera posible hacer un préstamo de una memoria a otra. Podría satisfacer su curiosidad y también la mía. O se piensa que yo no estoy también intrigado; que no me gustaría saber dónde estuve entre las ocho y las diez de la noche del día del crimen. Entiendo perfectamente que mi problema a usted le parezca absurdo, ridículo, poco creíble. Si yo estuviera en su asiento pensaría exactamente igual. Pero volviendo al tema que nos atañe, espero que mi falta de memoria, o la ausencia de una coartada no sean suficientes para incriminarme en un asesinato —dice Ventura mientras vuelve a acomodarse en la silla esperando que el comisario confirme o desmienta su hipótesis.

—Tiene algo de razón; razón a medias le podría decir. La falta de una coartada no es en sí mismo un problema grave. La mayoría de las veces las coartadas se utilizan para descartar a personas sobre las cuales no existen sospechas muy fundadas que digamos. Pero como le acabo de decir, ese no es su caso. Usted tenía sobrados motivos para matarla y, además, por el momento es el único sospechoso. Yo le diría que si fuese usted y no encontrara una coartada, estaría preocupado y mucho. Además, como usted seguramente sabe, los policías y los fiscales necesitan resolver la mayor cantidad de casos posible, mejorar sus estadísticas. Y, a veces, en ese afán, de tanto en tanto se cometen injusticias. Por eso es importante que los sospechosos aporten la mayor cantidad de pruebas para evitar ser incriminados; para que los sabuesos vayan con sus hocicos a otra parte. No solo es importante ser inocente, sino también parecerlo. Yo no soy su enemigo, Ventura; estoy tratando de ayudarlo. Pero para eso es importante que usted también se deje ayudar —dice el comisario mientras llena los vasos de agua y le hace señas al oficial para que traiga una nueva jarra lo más fría posible.

— ¿Sabe qué, comisario? Usted sin dudas es un tipo inteligente. Le confieso que siempre estuve lleno de prejuicios frente a cualquier sujeto que lleve charreteras en los hombros y un arma enfundado en un estuche de cuero. O bien siempre estuve equivocado con la institución a la cual pertenece, o es usted la excepción a la regla. Sepa que me inclino más por lo segundo que por lo primero.

—Mire, Ventura. Le agradezco la deferencia. Pero le pido que no nos distraigamos del tema que nos ocupa. Su ex esposa fue asesinada y, como le dije, usted es hasta ahora el único sospechoso. Sabe que la puerta de entrada al departamento de la occisa no fue violentada, que nada estaba revuelto; es decir, todo indica que no se trató de un robo. Indudablemente ella le abrió la puerta a una persona que conocía. O la abrió usted mismo con su viejo juego de llaves: ¿se enteró que la cerradura de la puerta principal y la del servicio no fueron cambiadas ni modificada en, por lo menos, los últimos diez años? Tampoco la del portón del edificio.

—No me sorprende. Ella no tenía razones para pensar que yo fuera un peligro. Al menos al momento de la separación. Después no sé; pero si cambió de opinión fue por lo menos dos años después. Para ese momento seguramente había olvidado la cuestión de las cerraduras. Tiene usted razón; conservo mi antiguo manojo. Ahí está, junto con los otros, colgado en la pared del hall de entrada. Ella nunca me lo pidió y yo no se lo ofrecí. Tampoco se me ocurrió tirarlo a la basura o arrojarlo al río. Ya bastante contaminado está, ¿no cree?—.

El comisario deja pasar la chanza, se sonríe y retoma la palabra. —A ver; si el móvil no era robar, muy probablemente estamos ante un asesinato premeditado. Un asesinato ejecutado por alguien de confianza de la víctima, y lo suficientemente bien consumado para no haber llamado la atención de los vecinos en un horario en que la mayoría de la gente está en casa. Por ahora no han aparecido testigos. Debo reconocer que ese es un punto a favor suyo o de quién la haya asesinado.

—Déjeme hacerle un comentario, comisario. Nunca entendí porque una escena donde todo está en aparente orden, sin cosas revueltas, necesariamente indica que el móvil no era asesinar. Supóngase un ladrón que conociera perfectamente dónde la víctima guardaba cierta cantidad de dinero o una joya valiosa. En ese caso solo habría que abrir un cajón o una caja fuerte (teniendo la llave o conociendo la combinación), y asunto terminado; siempre y cuando…

—Siempre y cuando… —repite el comisario dándole pie a Ventura para que continúe.

—Siempre y cuando algo no hubiese salido como se pensaba, y el ladrón fuese descubierto con las manos en la masa. Piense que estamos suponiendo que el delincuente era un conocido de la víctima. Por lo tanto, no podía arriesgarse a ser delatado, ni siquiera dejando el botín intacto. Menos que menos si la víctima tenía una animosidad en contra de él. En ese caso, puede que el asesinato sea una consecuencia no deseada, algo que se tornó inevitable. Si fue esto lo que sucedió, si la pretensión fue callar a la víctima para impedir la delación, no lo sabemos. Porque tampoco podemos constatar la falta de ese dinero o de esa joya, porque ignoramos su existencia—.

Ventura bebe un sorbo de agua y le pregunta al comisario:

— ¿Puedo terminar de redondear la idea?—. El comisario asiente con la cabeza.

—Siguiendo el mismo razonamiento, una escena donde todo está revuelto, con cajones abiertos, cosas desparramadas por el piso, muebles dados vuelta, ¿constituye garantía de que estamos en presencia de un delito cuyo móvil era robar? ¿Acaso no podría ser ese caos —que ciertamente para montarlo lleva un tiempo del cual hay que disponer—una pantalla para despistar a los sabuesos y establecer un punto de partida equivocado para la investigación? Así como es cierto que yo tenía un móvil para matarla, si ese dinero o esas joyas habrían estado en un lugar del departamento que yo conocía, también hubiese tenido un móvil para robar.

Luego de escuchar y sopesar con atención los argumentos de Ventura, mientras juega con su bigote, el comisario dice:

—Es cierto. Aunque el aspecto de la escena del crimen es altamente predictivo, no pueden extraerse conclusiones automáticas, simplistas o apresuradas. Pero no nos distraigamos. Volvamos a su hipotético papel en este crimen. Quiero sacarme una duda. Si debido a su problema no recuerda nada, ¿puede estar seguro de que no fue usted el autor material del asesinato? Me refiero a que no recuerda haberla matado, pero tampoco recuerda no haberla matado. No recuerda haber estado en la casa de su ex mujer asesinándola, pero tampoco recuerda no haber estado en esa casa ni en ningún otro lugar con otras personas. Si no tiene posibilidad de recordar aquello que no hizo, ¿cómo puede estar tan seguro de que es inocente? —dice el comisario engolosinado con su razonamiento.

—Me parece interesante el punto que plantea, comisario. En algo tiene razón. Yo no estoy seguro de nada. Le digo más. Si se compromete a que sigamos la charla sin incluir de ahora en más lo que conversemos en mi declaración, me encantaría explayarme sobre varios aspectos y conjeturas que rodean a este caso. Quizás entre los dos podamos arribar a ciertas conclusiones. Con viento a favor, hasta podríamos resolver el caso ¿Qué le parece? Siempre es un placer conversar con personas inteligentes.

El comisario se queda callado unos instantes, luego asiente con la cabeza, cierra despacio su cuaderno de notas, y le hace una seña al oficial mecanógrafo para que se retire del despacho. Ventura piensa que extrañará el sonido de la máquina de escribir: el precio a pagar por la confidencialidad. Cuando finalmente el oficial abandona el despacho, Ventura prosigue.

—Le agradezco, comisario. Antes de que comencemos le hago una preguntita. Me imagino que será usted un cultor de la novela policíaca deductiva. ¿Tiene algún detective favorito? ¿Hércules Poirot, Sherlock Holmes, Philipe Marlow, el padre J. Brown, Miss Marple, Charles Dupin… algún otro que yo no recuerde o conozca? El comisario examina con cuidado los nombres, cavila unos segundos, y dice:

—De todos esos, creo me quedo con Holmes.

— ¿Sabe que yo también? Además de sus deslumbrantes habilidades deductivas, siempre aprecié algo que pocos conocen del personaje: su manejo del violín. Aunque no es un músico profesional, se defiende; y la música, en mi modo de ver, enriquece a las personas, las hace más interesantes. También me seduce que trabaje en equipo y, ya que viene al caso, es lo que me gustaría que hiciéramos juntos. Quédese tranquilo que no voy a decirle “elemental, mi querido comisario”.

El comisario ríe y piensa para sus adentros que nada tiene que perder; la mayoría de los interrogatorios finalmente no conducen a nada. Al menos, en este caso, quizás pueda divertirse.

—Ok., Ventura. Veamos adonde nos conduce la investigación colaborativa entre policía y sospechoso. Si funciona bien, le prometo que les presentaré a los altos mandos de la institución un proyecto para modificar la metodología de los interrogatorios—.

— ¿Ya le dije que me gusta su sentido del humor, comisario? Comencemos, entonces. Usted me preguntó varias veces dónde estaba entre las ocho y las diez de la noche del lunes, cuándo fue la última vez que vi a mi ex esposa, en qué circunstancias. Pero creo que nunca me preguntó si quería o no matarla; si alguna vez fantasee con la idea de acabar con su vida; si estoy contento, aliviado o triste con su muerte. ¿No le parece que deberíamos empezar por ahí?

—No es que no me interese, Ventura. Pero uno debe distinguir entre las cosas que le generan curiosidad, y aquellas otras que tienen un valor concreto para la causa. Es cierto que a veces los límites son difusos, grises. Y está en la habilidad del investigador no detenerse en cuestiones que, a la corta o a la larga, son una pérdida de tiempo. Tampoco, por supuesto, obviar aquellas que pueden parecer improcedentes o literalmente estúpidas, pero que al final terminan resolviendo un caso. Como es obvio, para la justicia el deseo de matar en sí mismo no constituye un delito. Desde luego, muchas personas terminan confesando ese deseo cuando el caso ya fue resuelto, y no quedan dudas de que son los autores de un homicidio, o que colaboraron para que se materialice. Porque la mayoría de los asesinos esgrimen el deseo o la necesidad de matar a modo de justificación: “La maté porque me engañaba”, “La maté porque quería dejarme”, “yo no quería matarla, pero después de lo que me hizo no me quedó alternativa”. El deseo suele estar atado a hechos “objetivos” que al homicida le sirven como razones para terminar con la vida de otro; factores que desde su perspectiva asesina considera aberrantes, inaceptables, humillantes. Póngale todos los etcéteras que quiera; le aseguro que las justificaciones son infinitas. En la lógica del asesino, la víctima merece ser castigada. Es la forma de relativizar su culpabilidad, y de entender porque muchos ni siquiera se arrepienten en las cárceles, cadalsos y patíbulos. Yo sé que en las películas norteamericanas muchos de los sospechosos declaran, con cinismo, “no la maté pero me alegro de que esté muerta”. Pero en la etapa en que el culpable aún es sospechoso, lo más probable es que se muestre desolado cuando se trata de la pérdida de un ser amado, y que no esté dispuesto a reconocer las ganas que tenía de matar para no confesar que tenía un móvil, para no despertar sospechas que lo incriminen, para intentar que la investigación se desvíe. Admitir el deseo o las ganas de matar suele ser el paso previo a la confesión; el instante en que los homicidas se quiebran porque las pruebas son abrumadoras o la culpa insoportable; el momento en que los asesinos mendigan un poco de comprensión para aquello que la sociedad y las leyes consideran incomprensible, inadmisible, inaceptable —concluye el comisario y estira los brazos para hacer crujir los huesos de las manos. Luego toma un nuevo cigarrillo que, luego de la perorata, cree haberse ganado.

—Pensamos muy parecido, comisario; pensamos muy parecido. Por supuesto que para la justicia el deseo de asesinar no reviste ningún interés. Como usted dice es incomprobable y, si así no lo fuese, no alcanzarían todas las cárceles del país para recluir a los malintencionados, y evitar que lleven a cabo sus horrorosos planes. Los deseos de matar son de todo tipo, se originan en un amplio abanico de frustraciones, odios y resentimientos. Quién no sintió una vez deseos fugaces de matar a alguien; deseos originados en nimiedades de todo tipo; pensamientos que ahuyentamos de la cabeza con la velocidad del rayo porque nos sentimos avergonzados de nosotros mismos. Una patada a destiempo en un partido de fútbol; una gresca en una oficina porque alguien estuvo hablando media hora por teléfono a grito pelado o se quedó a vivir en el baño; una discusión entre dos automovilistas por un raspón, un bocinazo o una frenada en la bocacalle; un punguista que es pescado robando en el colectivo y alguien decide hacer justicia por mano propia. Le podría incluso dar ejemplos más estúpidos y absurdos, pero no hace falta: usted los conoce mucho mejor que yo. Es cierto que solo una ínfima proporción de estos incidentes termina con un muerto. La mayoría logramos reprimir antes de que sea tarde nuestro instinto asesino. Pero como esos episodios son tan frecuentes, aunque la proporción de los que efectivamente mueren es bajísima, si usted aplica un porcentaje pequeño a un número muy grande, se obtiene un número de muertos importante. Muertos que nadie tenía previsto matar. Muertos que antes de morir salieron de sus casas convencidos de que regresarían. Muertos que no debieran morir pero que mueren todos los días porque, a ciertas personas, se les activa el deseo de matar; un deseo que muchos se pasan reprimiendo toda la vida, y que basta con relajarse un minuto de un día cualquiera para convertirse en un asesino, y para que otro muera y devenga en víctima, y hasta incluso en mártir. No me malinterprete. No los estoy justificando—. Ventura se detiene y mira al comisario invitándolo a hacer un comentario.

—Lo sigo, Ventura. Aunque no me queda claro todavía a dónde quiere ir. Continúe y haga el esfuerzo de no dar tantas vueltas.

—Ah, en eso si quiere téngame cortito. Soy de los que se van por las ramas y las ramitas también. Retomo los de los pequeños incidentes y grescas. ¿Usted se da cuenta de que muchos asesinos potenciales se salvan porque alguien calma o separa a los contendientes de una riña a tiempo? ¿O porque después de una piña de nocaut la víctima cae al suelo de manera afortunada? La diferencia entre desnucarse y pegarse un raspón está muchas veces determinada por circunstancias que poco tienen que ver con los asesinos y los asesinados: por ejemplo, las características del piso, los objetos duros o cortantes con los que choca un cuerpo al caer, si un tercero consigue detener la caída antes de que sea tarde, si el arma se traba antes de que salga el disparo o el cuchillo no tiene suficiente filo. El azar mete siempre la cola, y ante una misma acción la diferencia entre las consecuencias puede ser abismal, y van del extremo de la muerte a mantener la vida intacta. En el medio se puede quedar tullido, inválido, ciego o convertido en vegetal. Fíjese que el ejemplo que acabo de darle puede aplicarse a innumerable hechos intrascendentes de la vida cotidiana, pero que cuando nos ocurren los vivimos como pequeñas catástrofes: si una tostada se nos cae puede hacerlo del lado del queso, la mermelada o la miel, o del lado que no hemos untado. Cuando aún está en el aire, o al borde de aterrizar en el suelo o en la ropa, a lo único que aspiramos es a que caiga del lado correcto. En esas décimas de segundo —en las que todo se dirime a suerte y verdad—, la tostada se salvará (y si no somos muy quisquillosos hasta nos la comeremos) o irá a parar al tacho de la basura, deberemos limpiar el piso, eventualmente sacar la mancha del pantalón o camisa, y preparar una nueva tostada. Le pongo el ejemplo de la tostada, pero hay cientos parecidos: ¿será gol o pegará en el palo?, ¿llegará a frenar o colisionarán?, ¿el último pétalo de la margarita me dirá que me quiere o que no me quiere?, ¿empezará a llover antes o después de que llegue a casa? A lo que voy con la anécdota de la tostada, es que muchos de estos asesinos potenciales —con sus pequeños y circunstanciales deseos de matar—, terminan o no convirtiéndose en tales por imperio o la falta de fortuna. En cambio, otros ni siquiera llegan a visitar una comisaría en toda su vida, solo porque tuvieron suerte. Yo por eso desayuno café negro. A menos del infortunio de la tostada que cae del lado de la mermelada, estoy liberado, ¿no le parece?—.

—Yo también desayuno sin sólidos; mate en mi caso. Su análisis es interesante; si no fuera a olvidarlo podría compartirlo o vendérselo a los fabricantes de pan, mermeladas o tostadoras. Pero quiero recordarle que estamos aquí para intentar resolver un crimen —dice el comisario mientras prende el ventilador y se afloja la corbata.

—Téngame paciencia, comisario. Lo que me interesa, y quizás también obsesiona, es la relatividad de los conceptos de inocencia y culpabilidad; en qué medida pueden incidir, como le decía recién, el azar, la fortuna, la buena suerte, y —permítame la autorreferencia— la ventura en el destino de las personas. Fíjese por ejemplo el caso de los homicidios que, como usted sabe, se castigan de manera mucho más severa que los intentos de matar. Eso significa, en mi humilde opinión, que la justicia premia a los asesinos fallidos por su falta de puntería, los errores de cálculo, la mala planificación o la ineptitud. No cabe duda que matar, terminar con profesionalismo la vida de otra persona si ser descubierto, no es algo para nada sencillo. Por eso me cuesta entender que se premie al amateur o a los profesionales que fracasan total o parcialmente en su objetivo. Coincidirá conmigo que eso no tiene ningún sentido: al menos yo no conozco actividad alguna que les pague mejor a los que se equivocan —concluye Ventura y toma un sorbo de agua con el mismo placer que si bebiera un whisky.

—Tampoco es para tanto. No conozco que exista ninguna comisión de homenaje para galardonar a los criminales fracasados. Tienen una pena inferior; eso es cierto. De todas maneras, coincido con su punto de vista. Fíjese que las personas que son atrapadas por un delito, suelen estar sumamente pendientes de lo que sucede en las salas de terapia intensiva de los hospitales, cuando las víctimas que ellos han herido se debaten entre la vida y la muerte. Saben que en el momento en que el corazón les deje de latir, el fiscal pedirá el cambio de carátula; que si son hallados culpables, la pena será mayor. Se da la paradoja de que esas personas, a las que quisieron matar, son las mismas que ahora rezan para que sobrevivan. De todas maneras, no sé a dónde quiere llegar. Recuerde no irse por las ramas.

—Discúlpeme. Créame que es una lucha de toda la vida. Lo que quiero decir es que así como algunos se convierten en asesinos por una pavada que se sale de control, hay otros que actúan con premeditación y alevosía, y se salen con la suya. Consiguen plasmar sus deseos de matar sin ser descubiertos; sus crímenes quedan impunes. No sé si son muchos o pocos. Ni cuántos de los que logran evadir a la justicia viven libres de reproches o atormentados. Pero de lo que estoy seguro es que si las personas tuvieran la certeza de asesinar sin ser descubiertas y luego condenadas, el mundo sería una carnicería a cielo abierto.

—Ahí introdujo un elemento que me parece interesante para profundizar en su caso; o en nuestro caso, como usted prefiera —dice el comisario guiñándole un ojo a Ventura.

—Nuestro; sin duda, nuestro. Ahí estamos yendo, comisario. Pero déjeme antes preguntarle algo. ¿Usted alguna vez tuvo el deseo de matar a alguien? No digo un deseo efímero o fugaz. Me refiero a un deseo intenso, un deseo que uno siente irrefrenable. Imagino que usted porta todo el tiempo un arma, el que está en el estuche. Si alguna vez sintió deseos de matar, habrá tenido que luchar para no materializarlos. Salvo que tenga problemas de memoria, debería recordarlo —dice Ventura.

—Hablando de recordar, le recuerdo que es usted quien está aquí para responder. Le devuelvo la pregunta. Suponiendo que no la asesinó, ¿le hubiera gustado matarla?, ¿le da bronca que alguien haya hecho el trabajo que tanto deseaba hacer usted?

—Por supuesto que quería matarla. Pero no de ahora, sino desde hace muchos años. Incluso desde antes que nos separáramos, le diría. Por ese puedo contestarle sin ambages ni rodeos. Si no se tratara de un deseo añejo, seguramente no lo recordaría. Ningún deseo puede ser nuevo para mí; salvo que lo haya experimentado hoy mismo. No se olvide que para mí todo prescribe luego de doce o dieciséis horas. El tiempo que pasa entre que me despierto y me vuelvo a quedar dormido. Mire, comisario; ella terminó convertida en una persona horrorosa, irritante, ambiciosa, detestable. Por supuesto que no tiene usted que creerme. Es mi palabra contra la de una muerta que no puede defenderse. Pero créame que desde hacía años me hacía la vida imposible; mucho antes de separarnos. Tenía que lidiar con sus cartas insidiosas, sus reclamos absurdos, sus llamados telefónicos a horas insólitas, su estudio de abogados, las cartas documento. Entre nosotros, hacía mucho que la odiaba con toda mi alma, y durante las pocas horas en que mi memoria funciona de manera continua, seguía creciendo. La odiaba por todo lo que le dije, y porque quería quedarse con propiedades y dinero que no le correspondían. Dinero que heredé de mi padre y que mi padre heredó del suyo. La odiaba tanto que su asesinato —no puedo negárselo— representa para mí un alivio. Y, antes de que me lo pregunte, le confieso que si hubiese podido matarla sin que me pescaran, no lo habría dudado, lo hubiese hecho. Ya ve como me salgo de los cánones del sospechoso. Sí; definitivamente, la habría matado.

—Usted comprende que tanto en la indagatoria como en el caso de llegar a juicio, estas especulaciones mucho no lo favorecen…

—Por supuesto —dice Ventura antes de que el comisario termine la frase. Tengo problemas de memoria, pero no soy tonto. Tenga presente que no estoy siendo indagado, sino que apenas estamos manteniendo una conversación de mutuo acuerdo. Una conversación muy agradable y productiva, por cierto. Además, supongo que cumplirá con el compromiso de no agregar mis opiniones y comentarios en su informe. Le diría que de eso no tengo dudas. Ya le dije que usted me inspira confianza.

—Quédese tranquilo, Ventura. Siempre cumplo con la palabra empeñada. Dígame, ¿tiene alguna esperanza de recordar lo que estuvo haciendo la noche del crimen?; es decir, ¿le parece factible conseguir una coartada?

—Mire, comisario. Cómo le dije mi memoria está colapsada. De tanto acumular resultados deportivos, nombres de plantas y animales, y una ristra de datos inútiles, ya no tengo esperanza de recobrarla. Se agotó; está llena. Si pudiera eliminar algo de toda esa información intrascendente, quizás habría lugar para comenzar a recordar lo que me suceda de ahora en más. Pero aun así, dudo que me sirva para los recuerdos de estos últimos años. Eso sería como recordar cosas que no he vivido, porque lo que no puedo recordar para mí es como si no hubiera existido nunca. Fíjese que paradoja; esos momentos sí pueden ser recordados por las personas que los compartieron conmigo. Eso es muy raro: lo que para mí no existió puede haber sido trascendente para otros.

—Tan trascendente como ser asesinado…

Touchée, comisario —dice Ventura sonriendo. —Pero fíjese que en este caso no hay manera de llamar al testigo a declarar —replica el sospechoso con otro comentario mordaz.

— ¿Y qué dicen los médicos de su problema y, en particular, de su teoría de la memoria colapsada? ¿Están de acuerdo? —pregunta el comisario intrigado.

—Los médicos no tienen mucho para decir. No están de acuerdo ni en desacuerdo. No podrían estarlo porque, luego de confirmada mi dolencia, nunca quise profundizar en las causas del problema. No me mire así; hay una explicación. Al principio me daba miedo. Tenía pavor de que me dijeran que nunca me curaría, que jamás volvería a ser el de antes. No ponga esa cara; ya sé que es una estupidez indigna de alguien medianamente inteligente y culto. Lo cierto es que tiempo después me convencí de que mi memoria había colapsado, y también de que ningún médico, por más eminente que fuera, podría curarme; mucho menos a aceptar mis razones. Mire; yo no tuve un accidente que desencadenara mi dolencia, ni abuse de las drogas o el alcohol, ni tuve problemas de depresión, no soy epiléptico; es decir, no fui afectado por ninguna de las causas que desembocan en la pérdida de memoria reciente consignadas en los libros de medicina. La única explicación que encuentro es la que le di: mi memoria está colapsada. Qué sentido tendría consultar a un médico, y después a otro y a otro. Los médicos en cierto sentido son como los policías: necesitan acertar con el diagnóstico y obrar en consecuencia. Y si no lo consiguen, no lo dejan a uno tranquilo. No quiero ser un sospechoso de violar la sabiduría médica. Ya con ser sospechoso de asesinar a mi ex mujer, tengo suficiente, ¿no cree?—.

—Entiendo. Quiere decir que aunque lograra borrar diez o veinte partidos de fútbol, cincuenta nombres de plantas o ciento sesenta películas francesas, nada cambiaría.

—Lamentablemente, no. De todas maneras, no me quejo. Aunque mucha gente me compadece, sé que mi situación podría ser infinitamente peor. Hay personas a las que la memoria no les dura más de una hora; hay casos extremos en los que no pasa de diez minutos. Muchos se encuentran de la noche a la mañana con este problema y sin un peso. Tienen que vivir con un subsidio miserable del estado por discapacidad. Como usted sabe yo estoy lejos de tener problemas económicos; puedo vivir sin trabajar. Que quiere que le diga: prefiero perder la memoria a vivir en la calle. Ahora, comisario, ¿no cree que aunque no tenga una coartada mi problema de memoria podría ser un motivo suficiente para exculparme? Por supuesto siempre que no apareciera un testigo afirmando haberme visto en las inmediaciones de la escena del crimen o si se encontrarán mis huellas en la casa.

—No quiero desilusionarlo, Ventura. Pero ya le dije que su problema principal es que, al menos hasta donde sabemos, es la única persona que tenía motivos, intereses y, como usted mismo agregó, el deseo de que ella muriese. Había un móvil económico muy claro, a lo que hay que sumar la animadversión que usted sentía por ella y que varios testigos han corroborado.

—Comisario, dígame la verdad. ¿Usted piensa la maté?

—Lo que yo piense carece de importancia; por otra parte lo mío no es la adivinación. Todavía en la academia esa materia no la pusieron—.

Se produce un silencio. El calor es asfixiante y el comisario se pregunta si tiene demasiado sentido continuar con ese interrogatorio/charla/investigación conjunta. Ventura le parece un mitómano, alguien que no está en sus cabales, o un actor improvisado. Pero también reconoce que el tipo le cae simpático y le despierta curiosidad.

—Mire, comisario. Me doy cuenta que se está impacientando. Seguramente tendrá otros asuntos que atender o quizás lo aburrí. Mejor dejemos de dar vueltas y resolvamos este caso, ¿le parece?

—Me parece muy bien —dice el comisario mientras enciende el enésimo cigarrillo.

—Déjeme primero que le cuente algunos aspectos de mi vida; de cómo se las arregla para vivir una persona como yo sin que nadie la ayude, sin un acompañante que le resuelva cuestiones prácticas. Como le he dicho, cada vez que despierto no recuerdo nada de lo acaecido el día anterior ni de los días anteriores de los últimos tres años. Imagínese lo complicado que es despertarme y no reconocer siquiera el lugar donde vivo. Por suerte me llevé unos pocos muebles de mi casa —la que compartía con mi ex mujer antes de que nos separemos—; así al menos tengo algo que me resulta familiar. Yo uso anteojos desde muy joven, así que lo primero que hago luego de desperezarme, es estirar el brazo para ponérmelos. Y allí, debajo de los anteojos y sobre la mesita de luz, me encuentro con un cartel escrito con mi letra, que dice: “Tranquilizate, Norberto. Abrí el cuaderno y empecemos a pavimentar los baches de la memoria”. El cuaderno es una especie de manual que fui escribiendo para afrontar los problemas cotidianos que me producen mis amnesias. Por supuesto, las primeras páginas son una introducción en la que me explico a mí mismo el problema que tengo. El tono está muy cuidado para evitar la lógica desesperación que produce enterarse de una noticia tan trágica. Pero además tiene distintos capítulos que me ayudan a afrontar las más variadas situaciones de la vida: desde aquellas triviales, hasta las más trascendentes. Por suerte, como le dicho, mi memoria está impecable hasta el día en que se llenó. Y eso sucedió luego de que me separara, lo cual supongo es relevante para la tarea que nos ocupa. El cuaderno me ayuda mucho para anotar los nombres y características de las mujeres que conozco…No me mire con esa cara, comisario. No pretenderá que a causa de mi dolencia me convierta en célibe, me retire del mercado de las damas y las doncellas. Como mis relaciones son todas eventuales, lo que hago es ponerles a las mujeres un puntaje entre uno y diez, y eso me ayuda a decidir a cuáles volver a ver y a cuáles no. Hay otras cosas que son más sencillas, pero no por eso menos útiles: saber dónde quedan la carnicería, la panadería y la verdulería del barrio en las que conviene hacer las compras; un restaurante donde hagan una buena paella; un espectáculo al que hace tiempo tengo ganas de ir. En fin, todas las cosas que me recomiendo a mí mismo, así como también aquellas que debo evitar por todos los medios. Por supuesto tengo que recordarme también cuestiones vinculadas con la vida social: un amigo que no veo hace tiempo, algún evento familiar. Y, ya lo debe estar imaginando, los problemas que tengo —debería decir tenía—con mi ex mujer, que a pesar de conocer perfectamente mis dificultades, no se privaba de agregar un nuevo conflicto cada día. Todo eso me lo anoto; es necesario hacerlo. Supongo que de no ser por esa bitácora, mi odio hacia ella se hubiese mantenido acotado; quizás incluso se habría diluido. Lo que es seguro nunca hubiera escalado hasta llegar a cumbres borrascosas—. Ventura hace una pausa y el comisario aprovecha para llenar los dos vasos de agua.

—Gracias, se me estaba secando la garganta. Por supuesto, si quiere interrumpirme no dude en hacerlo.

—Siga, siga —le dice el comisario por toda respuesta.

—Gracias. En esta charla hemos hablado de muchas cosas vinculadas con los asesinatos. Del deseo de matar, de cómo la ley premia a los criminales que fracasan, de cómo producto del azar algunas personas mueren y otras se salvan, y como eso, a su vez, determina que algunos malhechores terminen libres de toda culpa, y otros que simplemente se dejaron llevar por un impulso desafortunado, condenados. Pero sabe de lo que creo que casi no hemos hablado: de la culpa. No sé qué piensa usted al respecto, pero yo creo que la culpa es uno de los grandes motores de la humanidad. La gente hace cosas en función de su fe, de la solidaridad, del amor y, por supuesto, también del odio. Fíjese que algunas personas abrazan la fe o la pierden cuando son grandes; el amor, por más pasional que haya sido, casi siempre se termina extinguiendo o devaluado en cariño; las personas no nacen solidarias, sino que se vuelven por algún hecho que las marca o porque han recibido una buena educación; hasta el odio más horrible con el tiempo, al igual que el amor, desaparece o se transforma en desprecio. En cambio, yo creo que la culpa, cuando se origina en hechos que son deleznables para nuestra cultura, nos acompaña toda la vida. Es tan fuerte la culpa que lleva a que las personas confiesen lo que parece inconfesable; y no me refiero solamente a los homicidios y otros crímenes aberrantes, sino también a las infidelidades, las mentiras triviales, las deshonestidades. Las personas confiesan para expiar sus culpas. Incluso, van presas y padecen las vejaciones de la cárcel para poder convivir con lo que hicieron, y para, no digo liberarse, pero si al menos alivianar el peso que las aplasta. Le dije, si no recuerdo mal, que para mí la gente confiesa más por culpa, que por temor a ser descubierta. O hacen todo lo posible para que las descubran, y así no tener otra alternativa que confesar. Y yo, comisario, no creo ser diferente al común de las personas.

—Discúlpeme, Ventura. ¿Me está diciendo que quiere confesar?

—De ninguna manera, comisario. Nada más alejado de mis intenciones. Estoy tratando de avanzar como supongo lo hubiesen hecho el mismísimo Sherlock Holmes y su inseparable doctor Watson. No me malinterprete; no quiero parecer presumido. Pero como estamos cerca del desenlace, estoy algo emocionado. A ver. Ya coincidimos en que yo tenía varios móviles para asesinarla, y que esa es la razón por la que todos los reflectores apuntan hacia mí. No hubo robo. No hay en la mira ningún otro sospechoso. No tengo la más mínima coartada. Todos elementos que juegan en mi contra. Por el contrario, de mi lado tenemos que, hasta el momento, nadie me vio en las inmediaciones ni mucho menos en la escena del crimen, y aunque no me lo ha dicho, supongo que los de la científica no han encontrado aún ninguna huella o rastro que me comprometa. Evidentemente, quien la mató fue extremadamente cuidadoso. Es cierto que podría aparecer un testigo en un par de semanas, un mes o un año que me incrimine. Pero hoy no existe, y yo, por razones más que obvias, vivo el día a día.

– ¿Entonces, Ventura? No es que esté perdiendo la paciencia. Es solo que tengo miedo de que usted se quede dormido. No me gustaría que se convierta en calabaza desmemoriada y tener que empezar mañana con todo este asunto desde cero.

– Tranquilo, comisario. Ya estamos llegando. Seguro sabe que soy músico; violinista, para ser más preciso. Por supuesto que ya no trabajo con el violín, pero sigo despuntando el vicio en mi casa. Además del placer, me ayuda a mantenerme ocupado. Como músico, ¿sabe qué me ha llamado siempre la atención? La falta de percepción que algunos aspirantes amateurs tienen entre el sonido que emana de sus instrumentos y la calidad de las ejecuciones. Pongamos el caso de los cantantes, que usan como instrumento su propia voz. Pensemos en un joven cantante de tango o de rock and roll, que ahora está tan de moda. Está haciendo sus primeras armas, y está convencido de que realiza bien su faena, que canta lindo. Hasta quizás tenga la fantasía de dedicarse al canto profesionalmente. Su familia lo alienta cuando canta en las fiestas familiares, sus amigos hacen lo propio en reuniones sociales. Lo alientan a pesar de que desafina todo el tiempo, tiene problemas con los agudos y los graves, la voz a veces ni siquiera le sale y se la termina pidiendo prestada a un gallo. Su familia y sus amigos lo alientan porque lo quieren, pero también porque se dan cuenta de que él ignora lo patético que es; nadie quiere darle la mala noticia. Su maestra de canto tampoco le dice la verdad; no quiere perder un alumno en tiempos de escasez. Toda esa mentira funciona por una razón: el cantante no tiene el más mínimo oído. No es que sea un negador; realmente no es capaz de distinguir una nota de otra. Para ninguna cosa tiene menos talento que para el canto; pero gracias a ese pacto de silencio que involucra a tantas personas, él vive feliz. Ignora hasta qué punto tortura los oídos de sus auditorios… Oiga, comisario. Ya sé que está pensando que otra vez me estoy yendo por las ramas, pero confíe en mí: esta vez no es así.

—Confío en que me prometió que faltaba poco… —dice el comisario mientras refunfuña porque el paquete de cigarrillos se le terminó y no puede enviar al oficial de compras porque ya se ha retirado.

—Veo que se le acabaron las provisiones, comisario. Ahora sí que voy a tener que acelerar el paso si no quiero terminar en el calabozo. Volvamos a la culpa, ese aguijón que nos lastima a todos. Ya le dije que para mí es el sentimiento que mueve al mundo. Fíjese que tanto el cristianismo como el judaísmo se apoyan casi tanto en la fe como en la culpa. No conozco mucho del Islam, pero apostaría que en ese sentido es igual ¿El miedo a Dios no es acaso eso? Qué otra cosa le genera más culpa a un creyente que violar los pecados capitales. Acabamos de resumir los elementos que están a mi favor y en contra. Aquellos que podrían ser utilizados por mi abogado defensor y a los que recurrirían los representantes del Ministerio público y la querella. Pero continuemos con la culpa. Usted me dirá con razón que es un sentimiento que en mayor o menor medida afecta a todos los acusados, pero que resulta imposible mensurarla. Y que, aunque fuera posible medirla, no podría ser utilizada como prueba en ningún tribunal. Algo parecido a lo que ocurre con el deseo de matar. Sin embargo, en este caso es diferente. Como le decía, la culpa tiene para mí una característica que la hace única, y que es su resistencia al paso del tiempo, su perdurabilidad. Puede permanecer hasta el instante anterior al último suspiro, quizás incluso sobrevivir a la muerte, para aquellos que creen en la reencarnación. Pero qué pasaría si uno tuviese la capacidad de olvidar las causas que la originaron; si solo se necesitara irse a dormir y luego de unas horas de sueño nada hubiera ocurrido. Bastaría con no anotar nada en un cuaderno que consigne aquello que prefiere ser olvidado. Es cierto; usted podría decirme que a través de la policía, un amigo o la prensa, más temprano que tarde llegarían noticias que remuevan aquello que la memoria escondió. Es verdad, pero en el peor de los casos, el remordimiento duraría apenas unas horas y se evaporaría durante el sueño nocturno. Nunca anoto en el cuaderno aquello de lo que quiero olvidarme. A mí me pasa lo mismo que al cantante. Mi falta de memoria es equivalente a su falta de oído. Los dos nos beneficiamos de la carencia de atributos que nos gustaría tener (él la afinación; yo la memoria) y que no tenemos chance alguna de poseer: yo porque perdí definitivamente mi memoria; el cantante porque nunca tuvo oído. Él se salva de la vergüenza y la frustración que le provocaría descubrir que no tiene ninguna aptitud para el canto. Yo de padecer el karma que me produciría enterarme de un acto aberrante cometido, de un acto que probablemente cometí. Lo que puedo decirle es que si la maté, no me acuerdo. Y que es muy factible que la haya matado: porque la odiaba, porque deseaba matarla y porque, si lo hice, puedo olvidarme, y desterrar la culpa hasta el día en que vaya al infierno. Fíjese que he utilizado los términos “factible” y “probable”: por un lado, porque no puedo estar seguro de nada; por el otro, porque no quiero pecar de soberbio. No sé qué piensa usted, comisario. Pero para mí el caso está resuelto—.

El comisario mira fijo a los ojos a Ventura; se queda unos instantes callado eligiendo las palabras que dirá. Le gustaría tener un cigarrillo para llenar de humo ese momento de silencio. Finalmente, dice.

—Los argumentos parecen sólidos y contundentes, Ventura. Pero como usted dice, no dejan de ser conjeturas, por seductoras e interesantes que parezcan. Tanto usted como yo sabemos que faltan pruebas: ni el odio, ni el deseo de matar, ni la posibilidad de quedar eximido de la culpa, por sus desmemorias, bastan para que termine condenado. Si quiere mi opinión, así como están las cosas, este caso ni siquiera irá a juicio. Como usted dice, hemos llegado a una resolución muy probable del caso. Pero déjeme decirle que el plural que utilizó, me parece injusto: usted ha hecho casi todo el trabajo.

—Mire, comisario. No se lo digo por modesto; realmente no lo soy. Pero sin usted yo no hubiera podido resolver nada. ¿Sabe por qué? Porque hay cosas que yo necesito hacerlas acompañado. Imagínese si todas estas elucubraciones las hubiera hecho en solitario. Mañana no quedaría nada de ellas. No hubiera tenido ningún incentivo para tomarme este trabajo. Todo se habría evaporado para mí en unas horas. En cambio, usted se despertará mañana, y, aunque no viole el pacto de confidencialidad que me prometió, seguirá buscando pistas, porque, ahora está seguro de que yo la maté y, aunque hayamos congeniado, su trabajo es resolver casos, entregar a los sospechosos en bandeja al fiscal, colaborar con la querella. Quizás nos volvamos a ver más de una vez. Intente recordarme nuestra amistad. Entenderá que de esta charla que tuvimos no puedo transcribir ni un ápice en el cuaderno. De todas maneras, me agrada pensar que nuestra disputa continuará luego de que mis recuerdos se desvanezcan. Supongo que es parte del riesgo que decidí correr. Ahora sí le parece bien, y no tiene motivos para demorarme, me gustaría irme a mi casa. Estoy muy cansado. No estoy acostumbrado a semejante trajín.

—Por supuesto, Ventura. No tengo ninguna razón para retenerlo. ¿Pero antes de que se retire, le puedo hacer una pregunta?

—Por supuesto.

— ¿Me podría decir cómo salió el partido entre Vélez Sarsfield y Huracán en el Campeonato de 1938? – pregunta el comisario mientras inclina ansioso el cuerpo hacia adelante.

—Se jugó en la cuarta fecha. Ganó Vélez siete a dos. Como el resultado lo expresa, fue un baile. ¿Quiere que le diga cómo formó cada equipo, qué jugadores hicieron los goles, quién se fue expulsado?

El comisario no es una persona que entienda demasiado de fútbol. Mucho menos alguien capaz de recordar resultados y estadísticas de partidos. Pero de ese se acuerda muy bien porque es hincha de Vélez, y esa fue la última vez que estuvo alentándolo en el Fortín.

—No hace falta —contesta el comisario. Como se dice, para muestra basta un botón. ¿Sabe qué? Debería reconsiderar su participación en ese programa de preguntas y respuestas. Estoy seguro de que le iría bien.

Publicado por pabloperelman

Soy economista, casi demógrafo, runner aficionado, distraído crónico, padre de una niña de 15 años y escritor de Correlatos. Aunque, para ser sincero, todo eso no dice mucho de mi. En verdad, no creo en el "about me", pero después de un año y medio de blog llegó el día de completarlo.

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4 comentarios

  1. Uh. Muy bueno. Creo que de las mejores cosas tuyas que leí hasta ahora. Parece policial pero es tremendamente psicológico, con un muy buen ritmo de ida y vuelta en la conversación, mezclando ironías de las que me encantan. No sé. Capaz empezó a disminuir mi amor por la literatura japonesa.

  2. Genial, Pablo. Sumamente inteligente y bien relatado. Cautiva; lo empecé a leer y no puede parar hasta llegar al último renglón. Abrazo y gracias.

    José.

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