Anoche nos emocionamos con los aplausos que bajaban de los balcones, los que partían desde los zaguanes de las casas, con los de aquellos que por un instante apoyaban las bolsas de compras en el suelo para liberar sus manos, con los automovilistas que acompañaban con sus bocinas. Los destinatarios eran los médicos, los técnicos, las enfermeras y el resto del personal de la salud. Pero también, creo, fue una forma de agradecerle a mucha otra gente, y de darnos ánimos. Estamos viviendo la situación más temida e impensada. La mayoría de las generaciones nace y muere sin enfrentar una pandemia global de las características que tiene la actual. Mientras las cosas suceden, como en toda tragedia, hay acciones heroicas. Para empezar la del médico chino que sospechó que algo estaba ocurriendo, lo denunció a las autoridades sanitarias, y para que dejara de hablar fue detenido. Murió a los 31 años sin saber la enorme cantidad de vidas que seguramente salvó al adelantar la tipificación del virus, y la implementación de las medidas para combatirlo. En nuestro país no solo hay que agradecerle al personal sanitario. Hay muchos otros que se arriesgan todos los días desde lugares menos visibles: los que trabajan en farmacias, supermercados y comercios de proximidad; los que lo hacen en los medios de transporte, incluyendo los aviones que siguen rescatando argentinos varados en el exterior; los cuidadores y cuidadoras que acompañan a adultos mayores y niños; los que nos siguen informando desde los medios de comunicación; los trabajadores jerárquicos de todos los niveles de la administración pública que delinean las medidas para afrontar lo que está pasando; el gobierno que toma las decisiones y la oposición que acompaña: después de más de una década, por primera vez se ha logrado ponerle a la grieta, al menos puntos suspensivos. Si la lucha contra la pandemia se trata de una guerra —aunque a mí esa analogía mucho no me gusta —, tendríamos un ejército integrado por generales, coroneles, sargentos, cabos y soldados rasos. Todos formamos parte de esa tropa. Todos tenemos asignado un rol en la batalla, aún aquellos que solo deben respetar la cuarentena, mantenerse aislados en sus casas. El problema es que desde el principio el escuadrón ha sufrido deserciones, traiciones, hay una pequeña pero poderosa minoría que se pasa de bando, que juega para el enemigo. Ha habido casos notorios; muchos otros anónimos. Quien más, quien menos, conoce alguno. Hemos asistido impávidos a la golpiza que un energúmeno le propinó a un vigilador que le pedía que no saliera de su edificio, que cumpliera con su deber. Fue imputado por lesiones leves y amenazas, y desobediencia a las leyes que protegen la salud. Nos enteramos que del otro lado del charco, una mujer que volvió de Europa con síntomas, fue a un casamiento al que asistieron más de 500 personas. Bailó, abrazó y besó a muchas de ellas. Para eso la gente va a los casamientos; sino mejor quedarse en casa cuidándose. Uruguay no tenía casos; ahora, con una población quince veces menor, tiene casi la misma cantidad que Argentina. Se cree que en el festejo se habrían contagiado al menos veinte personas ¿Cómo adjetivar el comportamiento de esta mujer? ¿Cómo calificarla a ella? Ayer un hombre regresaba en Buquebus de Colonia a Buenos Aires, junto a 400 pasajeros e integrantes de la tripulación. Comenzó a sentirse mal, le tomaron la fiebre, le hicieron preguntas. Hasta que finalmente, confesó. Había llegado con síntomas de Europa a Uruguay, eligió ese destino para eludir la cuarentena al regresar a nuestro país. No conforme, como lo obligaron a internarse en un hospital de Colonia, se escapó. No le dieron el alta; se escapó. Migraciones de Uruguay emitió el alerta a las autoridades argentinas. Conclusión: de acuerdo con el protocolo de la Ciudad de Buenos Aires, los 400 pasajeros tienen que permanecer internados catorce días en un hotel. Esta persona ha puesto en riesgo potencial la vida de todos los pasajeros, los ha obligado a confinarse dos semanas en un hotel, ha generado un gasto millonario al erario público que deberá pagar por todas las habitaciones. Dinero que podría estar destinándose a comprar alcohol en gel, respiradores, a mejorar el funcionamiento de los hospitales, a la construcción de otros nuevos para la emergencia, a paliar la recesión. ¿Cuál es la pena que debería corresponderle a semejante comportamiento criminal? ¿No debería al menos pagar con el último centavo de sus pertenencias el daño económico que ha provocado? ¿Qué ocurriría si la situación se agravara, el sistema colapsara y comenzaran a necesitarse camas que no deberían estar ocupadas? Seguramente las consecuencias que esta persona sufrirá, serán muy leves, por la siguiente razón: el código penal no fue pensado para tiempos de pandemia; no hay penas acordes con este tipo de delitos. El virus se multiplica; el egoísmo se puede transformar en una forma atípica de asesinato en serie. No tenemos hoy los castigos ejemplares que se necesitan para disuadir a personas que, si las tildamos de estúpidas, imbéciles, necias o malvadas, seguramente nos estamos quedando cortos. Nadie puede alegar ignorancia en un momento así. Desde hace semanas que no hablamos de otra cosa. Vuelvo al sujeto del Buquebus. Lo que hizo a mí me parece cien veces más grave que la paliza que le dio el matón al vigilador, por más aberrante que haya sido ésta. ¿Por qué? Por las diferencias enormes entre las consecuencias potenciales de una y otra. Sin embargo, tanto en los medios como en las redes sociales, la difusión ha sido inversamente proporcional. Ayer, indignado, me preguntaba por qué. La respuesta es sencilla. De lo que sucedió en Vicente López hay imágenes que muestran la discusión, los golpes impiadosos, el nocaut, al vigilador levantándose para pedir ayuda. Luego, a través de los medios y las redes, hemos visto esas imágenes hasta el cansancio. En cambio, de lo que ocurrió en el Buquebus, al menos hasta el momento, no hay fotos ni videos. Y es que en la era actual, lo que no podemos ver, en cierta forma no existe, no llega con la misma fuerza, no tiene la misma entidad, veracidad ni credibilidad. No se entiende sino por qué del golpeador conocemos nombre, apellido y todos los aspectos de su vida personal y profesional, y del hombre que cruzó infectado el Río de la Plata, nada. Recién ahora, mientras reviso estas líneas, veo perdido en un rinconcito de un portal de noticias, que se trataría de un joven de 21 años. Es mayor que los asesinos de Villa Gesell, por si alguno está pensando que su juventud es un atenuante o debiera eximirlo de responsabilidad. A propósito de la mención, reflexionemos sobre el aberrante crimen en manada ocurrido en esa localidad balnearia. ¿Habría tenido la misma trascendencia, la misma condena social, política y mediática sino hubiéramos visto las filmaciones en las que se aprecia con nitidez cómo asesinan a Fernando a patadas en la cabeza? ¿Habrían enviado los medios durante semanas móviles para seguir el minuto a minuto de los acontecimientos? ¿Se habría movido con la misma celeridad la justicia? Sabemos que no. Vivimos en la era de las imágenes de Instagram, de los 240 caracteres de Twitter, de los mensajitos de WhatsApp. Son tantas las cosas que ocurren, que necesitamos informarnos rápido para poder pasar de un grupo de chat a otro, de una red social a la siguiente. “No hay mejor imagen que mil palabras”, dice un viejo adagio de una época en la que aún no existían las selfies. Pero qué pasa cuando las imágenes no están. Vivimos en una era en la que ya no hacemos zapping con el control remoto de un televisor, sino con pulgares que rebotan a toda velocidad en las pantallas táctiles de nuestros celulares. Todos participamos de este juego. Los que tuvimos que aprenderlo de grandes, y aquellos que nacieron en la era digital. Por eso tenemos que hacer un esfuerzo para registrar las cosas importantes que quedan fuera de nuestro radar, las que no podemos ver. Hace mucho tiempo que los contenidos se viralizan aun con mayor velocidad que el Coronavirus. Quizás habría bastado con que cinco o diez personas hubieran compartido los hechos del Buquebus para que estos se multiplicaran. Para que la barbarie no quede socialmente impune. Y eso seguramente habría ocurrido si la noticia hubiese estado acompañada de un video que mostrara a este sujeto mintiendo, resistiendo la detención, afectado por los síntomas, increpado por los pasajeros. Si algo nos conmueve, se lo mandamos a todos nuestros contactos; caso contrario, a ninguno. En el medio, a veces hay poco y nada. ¿Está bien que una persona reciba una mayor o menor condena por haber tenido la buena o la mala suerte de haber sido filmado? Aunque la enorme mayoría esté haciendo las cosas bien, una minoría ínfima puede hacer un desastre. Hemos escuchado una y otra vez a los expertos hablándonos de la enorme contagiosidad de este virus, y de cómo puede expandirse en progresión geométrica. Estamos viendo día a día lo que pasa en España, Italia y otros lugares donde la situación es grave. Debemos evitar como sea, que nos ocurra lo mismo. Por eso, así como ponderamos las actitudes de los grandes y pequeños héroes, dediquemos un tiempo similar a denostar a aquellos que pueden destruirlo todo. Recordemos que así como hay héroes, también hay villanos con un enorme poder de fuego y aniquilación. Que sepan que, más allá de que las leyes no permitan que tengan el castigo que se merecen, recibirán la condena de todos los que los conocen y la condena pública de los que no los conocen. Y eso, no es poco.

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