Esperanza

—Buen día, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Me dijeron que aquí ofrecen planes familiares para…
—Así es. Cuénteme cómo es la composición de su grupo familiar.
—Somos mi mujer, mis tres hijos y yo.
—Vamos a ver qué me queda. Estas semanas tuvimos un aluvión de ventas. Parece ser que todo el mundo se acordó a último momento.
—Bueno; tampoco es fácil…
—Nadie dijo eso. Mire; creo que tengo algo para usted. Son cinco parcelas contiguas con sol de mañana, y una arboleda de pinos y cedros que les dan sombra a la tarde.
—¿Y qué precio tienen?
—Se lo puedo dejar en 250.000 dólares. Está incluído el servicio fúnebre y el oficio religioso, si es que le interesa.
—Se me va un poco de mis posibilidades. ¿No podría hacerme una atención?
—Imposible. Como se Imaginará estos precios se rigen por la ley de la oferta y la demanda.
—Pero dígame, ¿qué sentido tiene ser tan codicioso? En pocos meses estaremos todos muertos.
—Supongo que mi codicia responde a la misma razón que su avaricia: ninguno de los dos ha perdido la esperanza.