El robo

Hacía un año que me venían robando el diario, y aunque no veía la hora de atrapar al miserable que se informaba a costa de mi bolsillo, tenía sensaciones encontradas: ¿Por qué amargarme por un pasquín cuyas noticias ya no me interesaban ni mucho menos leía? ¿Acaso ese infeliz no me estaba haciendo un favor al evitarme una lectura tan insulsa como soporífera?

La decisión era sencilla: tenía que cancelar la suscripción. Pero antes me propuse sorprender a ese granuja con las manos en la masa, para luego arrojarlo a las fauces siempre ansiosas de chismes de los vecinos.

El domingo siguiente me levanté tempranísimo y me puse a esperar. Tres horas después sentí el sonido breve y seco del periódico arrancado del piso. Abrí enseguida la puerta y me encontré con la imagen improbable de la chica del sexto. La de la belleza lejana y etérea; aquella que me distraía con su mirada errante en las reuniones de consorcio; la que me preguntaba siempre, con algo de malicia, a qué piso iba. Me quedé  mirándola. Llevaba puesto un suéter largo encima de nada, sus pies descalzos parecían entumecidos, y una gomita le domaba a medias el pelo.

Ni el ruido de la puerta ni mi presencia, la inmutaron. Apenas me miró mientras continuaba, impávida y hermosa, leyendo titulares. De pronto, como si regresara de un trance, hizo un gesto de fastidio, se desperezó en cámara lenta, sonrió somnolienta o quizás sonámbula, y extendiéndome el periódico, me dijo: “No te ofendas, pero me llevo sólo la revista: este diario no se puede leer más.