Convicciones

Cuando me invitaste a pasar no me importó dejar mis convicciones en la puerta de tu casa. Antes me habías explicado que nunca permitirías que tu aroma a frutos rojos quedara atrapado en una mascarilla, ni se diluyese en los gases tóxicos del anhídrido carbónico. Qué me iban a preocupar las partículas de tu aerosol suspendidas en el aire, si yo estaba perdido en las comisuras de tus labios y navegando en las profundidades de tus hoyuelos. Escuché sin quejas tu copla negacionista; puse cara de interés compuesto mientras me explicabas la maldad escondida en las vacunas; fui comprensivo cuando dijiste que preferías morir antes de perder tu libertad individual; y me mostré indignado cuando me ilustraste sobre las aberrantes mutaciones de ADN. Cuando me preguntaste si pensaba besarte con el barbijo puesto, me lo arranqué de un tirón y, después de partirte la boca, lo rocié con alcohol en gel y lo quemé a cielo abierto. Desde entonces vivimos nuestra pasión recóndita como si cada día fuese el último; nos amamos atónitos y ajenos al contagio de los miedos infundados; soportamos estoicos los récords de insensatez sin picos máximos; y caminamos por terraplenes tan mágicos como bastardeados. Un día tuviste los primeros síntomas. Me dijiste que era apenas un resfrío, y yo te creí. Pero una semana después, cuando ya no tuviste fuerzas para resistirte, te internaron. Justo cuando me habías convencido de que yo era tu inmunidad y vos mi rebaño. ¡Ay! No te vayas todavía. Antes quiero besar tus labios moribundos; abrazar tu cuerpo aún caliente. Quiero hacerlo con el secreto anhelo, Julieta, de que este veneno en el que no creímos, alcance para los dos.