Patapúfete

La cachetada sonaba seca, fuerte, amplificada. Podía ser Pepe Galleta (el único guapo en camiseta), Pepe Curdele (abogado, jurisconsulto y manyapapeles), Narciso Bello (beldad de fama universal), el Guapo del 900 y tantos otros. Sus personajes se iban alternando a lo largo de cada una de las emisiones de ese programa icónico de la televisión argentina de los años sesenta, que fue “Viendo a Biondi”, y que hizo desternillar de la risa a varias generaciones. Claro; mi recuerdo es borroso. No solo porque pasó mucho tiempo, sino más que nada porque en la época en que yo lo miraba era un purrete de siete u ocho años. Pero me acuerdo. Me acuerdo porque me hacía reír hasta quedarme sin aire, utilizando una infinidad de recursos payasescos que manejaba a la perfección. La manera de mover los ojos de lado a lado a una velocidad asombrosa, sus desplazamientos torpemente calculados, y como se desarmaba su cuerpo después que recibía los infaltables cachetazos. El humor inocente, hilarante, casi infantil. Sus frases que, no por repetidas, dejaban de despertar risa: “Que suerte para la desgracia”, “Qué fenómeno, m´hijo”, “Usted es loco, se hace el loco o qué le pasa” y, por supuesto, el onomatopéyico y musical “Patapúfete”.

Pepe Biondi fue, para mí, el capo cómico más grande que tuvo la Argentina, y eso que tuvo muchos. Mis recuerdos son de finales de la década del sesenta, cuando el país se paralizaba para ver «Viendo a Biondi», un programa que llegó a alcanzar más de 66 puntos de rating, un registro histórico que ninguna emisión televisiva volvió a conseguir con la excepción de los partidos en mundiales de la selección argentina, y de la pelea entre Oscar Bonavena y Mohamed Alí. Viendo a Biondi terminó en 1970, y ya Pepe no volvería a actuar.

La historia de Biondi no fue fácil. A su padre, un napolitano que había llegado al país apenas iniciado el siglo XX, con la intención de hacer la América, le habían dicho que en Buenos Aires los empedrados eran de oro. Pero cuando llegó comprobó que eso no era cierto, que no había empedrados, y que si quería comer debía empedrarlos él mismo. Y además, que la prosperidad era para unos pocos, y la pobreza para la mayoría un capítulo a superar cuando se bajaban de los barcos que llegaban de Europa.

Cuando Biondi tenía siete años, su familia vivía al lado de un circo. El dueño lo había observado haciendo piruetas y payasadas cuando pedía monedas en la calle, y le ofreció a sus padres llevarse al niño para que aprendiera el oficio de acróbata. Los padres aceptaron, no tanto porque estuvieran convencidos de que esa podía ser una salida laboral para Pepe, sino porque eran tan pobres que al menos así tendrían una boca menos que alimentar. Él era el tercero de ocho hermanos, y el país sufría de rebote la crisis económica provocada por la primera guerra mundial.

El proceso de aprendizaje fue durísimo. Chocolate, un payaso brasilero que era el dueño del circo y estaba a cargo de su instrucción en el arte de la acrobacia, le daba unas palizas tremendas. No solo porque consideraba que ese era el mejor método para que el niño aprendiese las piruetas, sino porque se la pasaba borracho casi todo el tiempo y, el pequeño Pepe, era el blanco predilecto de su furia. Muchísimos años estuvo en ese circo sin ver a sus padres, recorriendo pueblos, perfeccionando sus gracias, aguantando los golpes, extrañando a los suyos. Hasta que un día se cansó del maltrato, y se escapó. Muchos años después, refiriéndose a aquella época, dijo: “Nadie que no la haya vivido se imagina lo que es la soledad de un niño. Por eso me alegra la inocencia infantil, porque sé lo que cuesta mantenerla. Ellos son los únicos que me devuelven la alegría de vivir, que he ido perdiendo poco a poco en el camino. Siempre digo que tuve una infancia de Lassie: de perra, de perro. Muy triste. Mi niñez pereció ahogada entre las dificultades y las luchas de mi familia para sostener el hogar.” Yo era uno de esos niños a quienes Biondi les devolvía la alegría, aunque él no lo supiera. Y ahora que leo esto me doy cuenta que, aunque “Viendo a Biondi” era un programa para grandes (lo pasaban al menos durante la época que recuerdo a las 21:30), en la devoción por Pepe yo no debía ser el único niño que se colaba en la cama de sus padres para ver, en el único televisor que teníamos, de 20 pulgadas y obligadamente blanco y negro, el programa que miraban todos.

Biondi conformó durante veintitrés años un dúo muy exitoso con Dick, un acróbata y payaso ruso que, como él, provenía de una familia de extrema pobreza. Una de las anécdotas más lindas del dúo, fue la que vivieron a fines de los cuarenta en México. Contratados para un show en el que había estrellas como Cantinflas, el número de Dick y Biondi tuvo tanto éxito que se prolongó durante cuarenta minutos más de lo previsto. La cantante Josephine Baker estaba furiosa, porque la que seguía era ella, y parece que la paciencia no era algo que le sobrara. Lo cierto es que Biondi y su partenaire fueron contratados por tres meses. La Baker, solo por dos semanas más.

En ese mismo país debutaron en la televisión en 1952. Empezaron teniendo un bloque en un programa, pero el éxito fue tan extraordinario que les ofrecieron un programa especial. De la televisión mexicana Biondi llegó a la cubana convocado por Goar Mestre, ahora para trabajar de manera individual. El día del primer programa, Biondi no llegaba y nadie se explicaba cuál podía ser la razón. Pero había una: había sido secuestrado y rápidamente liberado por miembros del “Movimiento 26 de julio”, la organización comandada por Fidel Castro, bajo la consigna “Cuba no debe reír”. Tiempo después de que la revolución triunfara, sus mismos secuestradores se presentaron en un programa en el que los artistas cubanos lo despedían del país en el que había actuado durante años. Lo que se dice una vida de película.

Los últimos años de Biondi no fueron fáciles. Los golpes del payaso Chocolate cada vez le pasaban más facturas, y tenía tantos dolores que a veces le costaba dormir acostado. Murió joven, a los 66 años. En ese arcón de los recuerdos que es YouTube, quedan muchos de sus programas del ciclo “Viendo a Biondi”. De su dúo con Dick, lamentablemente, casi nada: solo una participación brevísima en Cándida, una película protagonizada por otra actriz icónica: Nini Marshall.

El otro día le mostré a mi hija un video de Pepe Curdele. Pensé que a los quince segundos se iba a aburrir, pero no paraba de reírse. Igual que yo a los siete años. Así son los clásicos: no tienen edad ni época. No pasan nunca de moda. Como Buster Keaton, los Hermanos Marx o Tato Bores, más acá.

Muchacha (variación)*

Ay, muchacha,
empapelada de ojos,
adónde vas,
quédate hasta el alba.

Ay, muchacha,
no corras más
y calienta con tus pequeños pies los míos
que hace frío,
y aún falta para el alba.

Ay, muchacha,
hazte pequeña y sueña un sueño despacito
entre mis manos.
Sueña y no despiertes,

que todavía no ha salido el sol.

Ay, muchacha,
pinta con tu piel de crayón tus ojos de papel,
pero no corras que también
se correrá la pintura de tus ojos.
Quédate conmigo,
muchacha,
tu tiempo es hoy.

Ay, muchacha,
no hables más,
no corras
quiero que tu corazón de tiza
se detenga
y te duermas
y sueñes despacito
para que pueda robarte un color.

Ay, muchacha,
voz de gorrión
¿Cómo harás para levantar vuelo si tus pechos desbordan de miel?
Baja del árbol,
muchacha,
y quédate conmigo hasta que se haga el día.

Ay, muchacha
duerme tranquila
y sueña despacito,
que quiero construir un castillo
con tu vientre,
y que el sol te haga reír,
muchacha,
hasta llorar.

Ay, muchacha,
no hables más,
no corras,
caliéntame con tus pequeños pies,
duerme,
sueña un sueño despacito
entre mis manos,
dame tu vientre
para que te haga un castillo,
muchacha,
antes de que salga el sol.

Ay, muchacha,
me despido,
ya está en la ventana subiendo el sol.
Te irás corriendo
quién sabe adónde
sé que ya no te veré.
Quiero que sepas
que cuando desfallezca
en las noches,
muchacha,
dormiré abrazado al color que te robé.

*Variación de Muchacha (Luis Alberto Spinetta).