Convicciones

Cuando me invitaste a pasar no me importó dejar mis convicciones en la puerta de tu casa. Antes me habías explicado que nunca permitirías que tu aroma a frutos rojos quedara atrapado en una mascarilla, ni se diluyese en los gases tóxicos del anhídrido carbónico. Qué me iban a preocupar las partículas de tu aerosol suspendidas en el aire, si yo estaba perdido en las comisuras de tus labios y navegando en las profundidades de tus hoyuelos. Escuché sin quejas tu copla negacionista; puse cara de interés compuesto mientras me explicabas la maldad escondida en las vacunas; fui comprensivo cuando dijiste que preferías morir antes de perder tu libertad individual; y me mostré indignado cuando me ilustraste sobre las aberrantes mutaciones de ADN. Cuando me preguntaste si pensaba besarte con el barbijo puesto, me lo arranqué de un tirón y, después de partirte la boca, lo rocié con alcohol en gel y lo quemé a cielo abierto. Desde entonces vivimos nuestra pasión recóndita como si cada día fuese el último; nos amamos atónitos y ajenos al contagio de los miedos infundados; soportamos estoicos los récords de insensatez sin picos máximos; y caminamos por terraplenes tan mágicos como bastardeados. Un día tuviste los primeros síntomas. Me dijiste que era apenas un resfrío, y yo te creí. Pero una semana después, cuando ya no tuviste fuerzas para resistirte, te internaron. Justo cuando me habías convencido de que yo era tu inmunidad y vos mi rebaño. ¡Ay! No te vayas todavía. Antes quiero besar tus labios moribundos; abrazar tu cuerpo aún caliente. Quiero hacerlo con el secreto anhelo, Julieta, de que este veneno en el que no creímos, alcance para los dos.

El robo

Hacía un año que me venían robando el diario, y aunque no veía la hora de atrapar al miserable que se informaba a costa de mi bolsillo, tenía sensaciones encontradas: ¿Por qué amargarme por un pasquín cuyas noticias ya no me interesaban ni mucho menos leía? ¿Acaso ese infeliz no me estaba haciendo un favor al evitarme una lectura tan insulsa como soporífera?

La decisión era sencilla: tenía que cancelar la suscripción. Pero antes me propuse sorprender a ese granuja con las manos en la masa, para luego arrojarlo a las fauces siempre ansiosas de chismes de los vecinos.

El domingo siguiente me levanté tempranísimo y me puse a esperar. Tres horas después sentí el sonido breve y seco del periódico arrancado del piso. Abrí enseguida la puerta y me encontré con la imagen improbable de la chica del sexto. La de la belleza lejana y etérea; aquella que me distraía con su mirada errante en las reuniones de consorcio; la que me preguntaba siempre, con algo de malicia, a qué piso iba. Me quedé  mirándola. Llevaba puesto un suéter largo encima de nada, sus pies descalzos parecían entumecidos, y una gomita le domaba a medias el pelo.

Ni el ruido de la puerta ni mi presencia, la inmutaron. Apenas me miró mientras continuaba, impávida y hermosa, leyendo titulares. De pronto, como si regresara de un trance, hizo un gesto de fastidio, se desperezó en cámara lenta, sonrió somnolienta o quizás sonámbula, y extendiéndome el periódico, me dijo: “No te ofendas, pero me llevo sólo la revista: este diario no se puede leer más.

Figuritas

Antes de dormirse el ritual era siempre el mismo: mirar el álbum, acariciar las figuritas pegadas, estudiar las que faltaban para llenarlo, repasar el pilón de las repetidas, y soñar con la número cinco de cuero que te daban de premio si lograbas completarlo con los jugadores de cada equipo. Una tarea difícil, pero no imposible. Porque uno se abocaba todos los días en pos del objetivo: había que pedirle a tus viejos que te trajeran paquetes cuando volvían del laburo, o a abuelos y tíos cuando caían de visita (qué expectativa al abrirlos; qué amarga decepción si eran todas repetidas); estar atento a los amigos que tenían las que a vos te faltaban; entrenarte en las destrezas que se necesitaban para enfrentar rivales en los recreos y ver quién se quedaba con el pilón del otro y quién seco. Quedarte con los bolsillos vacíos, era, una sensación casi equivalente a que te desplumen en el casino.

Era linda esa vida alternada con juegos de bolitas; autitos de plástico rellenos de masilla guiados por cucharitas que se desplazaban en una pista dibujada con tiza sobre las baldosas del patio del colegio; de juegos solitarios como el balero y el yo-yo pero que si eras bueno tenían público; de piedritas lanzadas al aire de los que se entretenían jugando al tinenti; aterrizadas sobre lomos curtidos a fuerza de golpes cuando llegaba la hora de cachurra montó a la burra. Mientras las chicas saltaban a la soga o al elástico, o lo hacían a lo largo de rayuelas pintadas con tizas de colores que iban de la tierra al cielo. También estaban, claro, las que ocupaban su tiempo de recreo cambiando figuritas de princesas aterciopeladas con brillantina. Yo no lograba entender cuál podía ser la gracia de coleccionar a personajes imaginarios que no hacían gambetas ni atajadas extraordinarias, pero se ve que a ellas les encantaba.

Las figuritas se jugaban en desafíos en los que había que darlas vueltas de un golpe con la mano ahuecada, al espejo (había que voltear una figurita apoyada contra una pared lanzando otra con el dedo pulgar envuelto en el puño), al punto (había que arrojarlas con la misma técnica para dejarlas lo más cerca de la pared), o en la tapadita (había que tapar, desde un metro de distancia, con una figurita otra del rival, y el que ganaba se quedaba con todas).

Cuando llegaba el momento de intercambiar las repetidas por las difíciles había que demostrar virtudes propias de comerciantes o agentes inmobiliarios. Lo mejor era que no se supiera la cantidad que tenías en el pilón, de manera de llevarte las difíciles con el menor costo posible. Aunque si se trataba de alguna de las que no salían nunca, era preferible entregar todo, no sea cosa que viniera otro con un pilón más grande que el tuyo, y te quedaras pagando y con la ñata contra el vidrio en el recreo siguiente.

Conseguir la más difícil de todas, era una tarea denodada. Picardía para que siguieras comprando paquetes o no te ganaras nunca la de cuero. Que les pregunten sino a los que jamás encontraron a Willington en el ’66, a Rojitas en el ’70, a Carrascosa en el ’76, a Enzo Ferrero en el ’73, y a Mukombo en el álbum del mundial de Alemania de 1974. A esta figurita, de un ignoto marcador izquierdo que jugó para Zaire (actual República Democrática del Congo) en aquel mundial, se la considera la más difícil de la historia argentina del coleccionismo figuritero. El pobre Mukombo se murió a los 56 años sin saber que su rostro había sido una quimera para miles de niños argentinos, y que aún sigue siendo un objeto de culto para muchos coleccionistas que ofrecen fortunas a quienes den con su paradero.

Figuritas. Un viaje al pasado de un juego que estaba disponible para todos, aunque no tuvieras Android ni iOS.

Feliz día para los niñas y niñas de ayer y de hoy.