Correr escuchando música puede ser muy peligroso: larga vida al ipod Nano (Distracciones y torpezas III)

correr con musica

Los corredores suelen dividirse entre los que corren con o sin música. Yo suelo ubicarme en la segunda categoría. Prefiero conversar con amigos o, si estoy solo, conectarme con los sonidos de la naturaleza o simplemente perderme en divagues y pensamientos.

Pero en aquel domingo de invierno de hace siete u ocho años, tenía programado un fondo largo y decidí hacerlo con la compañía del iPod Nano turquesa que recientemente me había regalado mi novia de aquel entonces. Por aquella época los productos Apple aun eran objeto de culto en Argentina; si mal no recuerdo, lo que voy a contarles coincidió con la aparición revolucionaria del primer iPhone.

Completé el fondo y quise ser por una vez prolijo y ordenado. Así que antes de entrar a ducharme arrojé la remera, el pantalón y las medias de entrenamiento al cesto de la ropa sucia, para finalmente meter todo en el lavarropas. Luego de bañarme, desayunar por segunda vez y leer los suplementos dominicales del diario, escuché los sonidos del último centrifugado, que indicaban que el programa de lavado había llegado a su fin.

Deposité la ropa ahora limpia en una palangana, y paso seguido comencé a colgarla en el tender Al llegar el turno del pantaloncito de running, lo noté ligeramente pesado y mis dedos se toparon con algo duro en el bolsillo. Abrí el cierre y con una desazón profunda mezclada de reproches infinitos, descubrí que mi iPod nano había sido sometido a los 75 minutos que aproximadamente duraba el programa de lavado. Su superficie metálica estaba más brillante que nunca por la acción del detergente líquido Ariel y el suavizante Confort. Pero su pequeña pantalla LCD estaba cubierta hasta el tope con agua. Me sentí muy mal porque por distracción y torpeza había arruinado mi iPod, pero más aun porque era un regalo especial que me habían hecho hace apenas unos meses. Dejé el Nano apoyado sobre un televisor e intenté, como suelo hacer cuando me ocurren estas cosas, olvidar el incidente lo antes posible. Conociendo a mi novia le hice prometerme que no me compraría otro para reemplazar al que había perdido.

La vida continuó y yo retomé mi vieja costumbre de correr sin música. Aproximadamente un mes después del incidente, un día me topé con el Nano que seguía depositado sobre el techo del televisor. Advertí que ya no había ningún resto visible de agua dentro de la pantalla visor. Así que perdido por perdido, le conecté el cable del cargador y lo enchufé al toma corriente. A los pocos segundos me indico que estaba cargando la batería. Mi asombro fue mayor al comprobar que respondía a la orden de encendido, y la apoteosis llegó cuando le conecté los auriculares y la música se oyó tan nítida como antes del lavado electrónico. Todos los albumes y canciones que había grabado seguían intactas y almacenadas en sus cuatro Gb.

A veces, como dice el otro Nano, Joan Manuel Serrat, “de vez en cuando la vida … saca un conejo de la vieja chistera …. y nos besa en la boca”. Pero como no hay que abusar de la buena suerte, nunca más volví a correr con música, aunque no fue tanto por cábala. Me gusta hablar con mis amigos o aprovechar las corridas para pensar que cosas quiero escribir en el blog.

El viejo iPod Nano aun goza de buena salud. Hace un par de años se lo regalé a mi papá y lo acompaña en sus largas caminatas con buenas dosis de tango, jazz y música clásica. Steve Jobs, RIP.

Aclaración: este post no recibió ningún sponsoreo por parte de la empresa Apple. Inc. Si están interesados se pueden comunicar a través del blog Correlatos y recibirán el tarifario de publicidad.

Aclaración bis: se habrán dado cuenta que el de la imagen no soy yo. Pero contraté a un asesor para incrementar las visitas al blog del público masculino, y me obligó a elegir esa foto.

Nano

La selección argentina, mi hija, Diego Latorre y yo

María Eva, la joven experta en fútbol
María Eva, la joven experta en fútbol

Cuando faltando pocos minutos para ir al alargue, Mario Gotze venció la resistencia de Sergio Romero y le robó a los argentinos el sueño del tricampeonato mundial, como tantos otros compatriotas sentí la puñalada en el corazón, me agarré la cabeza con las manos y me resigné a que apenas seríamos, como en el mundial del noventa, subcampeones.

Desde mi punto de vista habíamos llegado demasiado lejos, y no cabía duda que los alemanes habían hecho mucho más méritos para ser merecedores del título. Y no lo digo sólo por la paliza histórica que le propinaron a los brasileros en su propio mundial. Durante todo el campeonato desplegaron un juego bello y eficaz que los llevó a parecerse a los mejores seleccionados de las últimas décadas: el Brasil del ´70, el Holanda del ´74 y la España de los últimos años.

En cambio la selección Argentina nunca me convenció. Salvo contados pasajes del campeonato y arrestos individuales de algunas de sus estrellas, el juego de nuestro representativo nacional fue aburrido y muy alejado de las expectativas que había despertado, no solo en nuestro país, sino también entre los millones de aficionados del planeta fútbol. Nadie discutía que teníamos la mejor delantera del campeonato: con Leo Messi , el “Pipita” Higuain, el “Fideo” Di María y el “Kun” Agüero, solo era cuestión de apostar por la cantidad de goles y el espectáculo que estaban por venir. Los goles venían con cuentagotas gracias a que de vez en cuando Messi frotaba la lámpara, pero el espectáculo brillaba por su ausencia.

Argentina empezó jugando de manera horrible, luego mejoró un poco, hasta que finalmente se transformó en un equipo equilibrado y sin brillo que obtenía buenos resultados. Pero la verdad que mirar los partidos de la selección a mi me resultaba más aburrido que chupar un clavo.

Sin embargo, la opinión mayoritaria de la prensa argentina y de los hinchas vernáculos, era que teníamos una gran selección. Y que si bien el juego distaba de ser bonito, el cuerpo técnico y los jugadores eran un ejemplo de como ejecutar una buena estrategia para avanzar en el objetivo de todos: ganar el título como sea.

Y como durante los mundiales de lo único que se habla es de fútbol, yo también hablaba de fútbol. Y a quienes aceptaban escucharme, les decía que Argentina para mí definitivamente no era ese gran equipo del que tantos hablaban, que no entendía muy bien en que consistía su famosa táctica y estrategia, y que tampoco me interesaba ganar a costa de jugar de manera horrenda. Debo confesar que mi parecer no tuvo muy buena acogida. Me tenía que dar cuenta que un mundial es un torneo corto en el cual no te podés descuidar. Un error de cálculo y te quedás afuera. Y además se jugaba en Brasil: que podía ser más lindo que arrebatarle el título a los brasileros en su propia casa.

Cuando los elogios de los medios argentinos llegaron al paroxismo, comencé a leer lo que decía la prensa extranjera: los medios españoles y latinoamericanos eran concluyentes: Argentina no jugaba a nada. Los brasileros también, pero claro: que iban a decir nuestros archi rivales futbolísticos después de que los torturamos durante todo el torneo con el “Brasil decime que se siente….” (que dicho sea de paso para lo único que sirvió fue para tener al 95% de los brasileros hinchando, pintándose la cara y hasta poniéndose la camiseta de Alemania durante la final). Si todos nos tienen bronca y envidia, ¿que iban a decir?. Los periodistas de los diarios ingleses e italianos tampoco estaban muy convencidos con nuestra maravillosa estrategia, pero Maradona les hizo el gol con la mano a los primeros en el ´86, y a los segundos los eliminamos en el ´90 de su propio mundial.

Pero la noche de la derrota contra Alemania me deparó un nuevo e inesperado infortunio. Había quedado en pasar a buscar a mi hija María Eva por la casa de una amiga. Cuando bajó tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Estaba desconsolada como nunca antes la había visto. Que los jugadores no se merecían esto, que cuando íbamos a volver a tener la oportunidad de jugar la final de un mundial, que el dolor que sentía era infinito.

Fuimos a cenar afuera y tuve que insistirle para que eligiera un plato. “¿Cómo podés tener ganas de comer con lo que nos acaba de pasar?”, deslizó de manera poco sutil. Traté de restarle dramatismo a la situación, le dije que al fin y al cabo el fútbol era un juego, y que ya tendríamos nuevamente la oportunidad de ganar un mundial. El tiempo pasaba y ella seguía sin encontrar consuelo. “¿Y vos no estás remal?”, disparó. Entonces le dije la verdad. Yo ya le había anticipado unos días antes que la selección mucho no me convencía, y ella había intentado explicarme las virtudes tácticas y estratégicas del equipo. Pero esa noche la incomprensión de mi hija viró en enojo. La verdad es que yo no solo no entendía nada de fútbol, sino que además era una persona insensible y un apátrida. No recuerdo si llegó a decirlo, pero seguramente sentía vergüenza de que yo fuera su padre.

Así, en un abrir y cerrar de ojos, mi hija, que hasta el mundial de Brasil jamás había mirado un partido completo, me estaba dando clases de fútbol, explicando la importancia de la identidad nacional, y alertándome sobre los graves problemas psicológicos que seguramente debería tener por ser tan insensible. Esa noche no hubo caso. Yo no me sentía mal porque habíamos perdido la final, pero sí porque mi hija me detestaba. El tiempo pasó, su vida se recompuso, y nunca volvimos a hablar de esa fatídica noche.

Días después, en el entrenamiento estaba entrando en calor con Diego Latorre, quien comenzó a correr en mi grupo de running hace un par de años. Le conté mi impresión del equipo y hasta la pelea con mi hija. Y entonces llegó el bálsamo que necesitaba. Al mejor comentarista de fútbol de la Argentina, al genial jugador que vistió la casaca de Boca y fue ídolo de los xeneixes, al jugador distinto, al “otro Diego”, tampoco le había gustado nada la selección. “Me pareció horrible” fueron sus palabras. Cuando le mencioné el famoso tema de la estrategia, me dijo que a él le gusta el fútbol, y que en función de la estrategia no había que sacrificar las convicciones.

Pasaron varios meses y hace pocos días volví a hablar con Latorre. Le recordé la charla que habíamos tenido. Coincidimos en que hoy nadie estaría muy interesado en revivir la brillante estrategia del Argentina – Holanda que ganamos por penales gracias a las atajadas de Romero, y a la providencial salvada de Mascherano que le sacó el gol a Robben a segundos del final del partido. Entonces le pedí autorización a Diego para contar esta anécdota en el blog y me contestó. “Más vale. Uno se tiene que hacer cargo de sus opiniones”.

Por ahí tengo suerte y algún día consigo que M. Eva y Latorre hablen de fútbol y zanjen sus diferencias. No me digan que no sería muy divertido.

Genio y figura
Genio y figura

Al borde del abismo a causa del Wi Fi (Distracciones y torpezas I)

El whatsapp había llegado un par de horas antes, pero tarde un rato en advertirlo. El mensaje de mi amiga decía que ni ella, ni su ex marido ni sus hijos iban a usar este fin de semana largo la casa de Mar de las Pampas, y que si yo quería me la ofrecían. Este año por distintas razones las vacaciones se habían ido postergando, y de pronto el verano porteño llegaba a su fin. Las necesitaba así que no dude en agradecerle y aceptar su ofrecimiento.

Primero le ofrecí venir a mi hija adolescente que me pidió pensarlo. Según ella tenía ganas, pero también mucho que estudiar. Pero me parece que lo que realmente le impedía tomar la decisión eran un par de fiestas con sus amigos que por ninguna razón del mundo quería perderse. Así que mejor lo dejábamos para las vacaciones de invierno. Luego hablé con un amigo a quien la idea le tentó. Pero con el paso de los días fue perdiendo entusiasmo, hasta que finalmente desistió. Así que me quedé solo en el proyecto de vacaciones, pero aun así la idea me entusiasmó. Sería cuestión de llevarme algunos libros, música, y empacharme con varias series que se habían ido acumulando como un trabajo pendiente. Y, por supuesto, si el sol lo permitía, disfrutar de la playa, de los paseos por el bosque y del running.

Ayer por la tarde, mientras viajaba con el tiempo justo a la terminal de ómnibus de Retiro, advertí que había olvidado al menos dos cosas: la maquinita de afeitar y el cargador de la notebook. Así que probablemente optara por dejar crecer mi barba por unos días, y me las arreglara con el iPad. Teniendo en cuenta que soy muy distraído y olvidadizo, los daños eran mínimos y estaban controlados. Tenía lo más importante que eran las llaves de la casa y el pasaje del ómnibus. En la valija un montón de ropa probablemente innecesaria, pero siempre que armo una maleta para pocos días me sucede lo mismo: ante la duda, si aun queda lugar, va adentro.

Como suele suceder con estos feriados, la salida de Buenos Aires fue un infierno, y el ómnibus tardo una hora y media más del tiempo previsto. Escuché música, leí un poco el diario y aproveché para tomar una buena siesta. Y también para mirar por la ventana el paisaje monótono y aburrido al costado de la ruta, hasta que me sorprendió este bello cielo pintándose de todos los colores sobre el final del atardecer.

Finalmente el micro llego a Villa Gesell y enseguida tomé un remise que me llevó a la casa de Mar de las Pampas. Llegué cuando ya la noche era profunda, logré encontrar la llave correcta de un manojo que contenía otras varias, y respire aliviado cuando al teclear la contraseña la alarma se desconectó. Subí las cosas arriba e inmediatamente fui a la casa de los vecinos (y amigos de mis amigos), con quienes comparten el servicio de Internet. Enchufé el router y, después de varios intentos fallidos, logré recordar la contraseña y mi celular pareció conectarse al wi fi. Así que cerré la casa de los vecinos, activé la alarma, y volví a la casa de mis amigos para ordenar rápidamente las cosas antes de salir a cenar. Respondí unos mensajes que preguntaban si había llegado sano y salvo a destino, y advertí que la conexión al wi fi no estaba funcionando correctamente. Quise probarla con el iPad y el resultado fue igual de negativo. Pensé en volver a la casa de los vecinos para solucionar el problema, pero a esa altura el estómago marcaba otras prioridades que no necesitaban de conexión a Internet para ser resueltas. Así que caminé las siete largas cuadras que me separan del centro, y opté por un lugar que ofrecía pizza, pastas y cerveza artesanal. Comí un goulash con spaetzle que no era la gran cosa pero estaba decente, y aproveché para darle un poco de carga al celular que casi no tenia batería. Pero como durante la cena seguí intercambiando algunos mensajes, cuando estaba llegando a la casa el teléfono me avisó que iba a apagarse por falta de energía. Y así ocurrió.

Luego de enchufar el celular al cargador, ahora si estaba en condiciones para volver a la casa de los vecinos y tratar de solucionar la mala señal de Wi Fi. Quizás solo se tratara de cambiar la orientación de la pequeña antena del router o de colocarlo en otro lugar de la casa. Me abrigué, tome las llaves y, como el celular estaba cargándose, me lleve el iPad para monitorear la señal.

Del manojo de llaves que tenia, la primera no encajó. Tampoco la segunda, ni la tercera. ¡Pero habían funcionado hace un rato! Me armé de paciencia y volví a probar cada llave de los dos lados. Y una tercera vez. Las miré con enojo en la semipenumbra y un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. ¡Lo que tenía en la mano eran las llaves de mi departamento de Palermo y no las de Mar de las Pampas! Mi teléfono celular estaba cargándose en la otra casa que estaba cerrada. No tenia dinero, ni documentos, ni tarjetas de crédito. Solo un iPad sin conexión a Internet que no me servía para nada. Ya había pasado la medianoche. Traté de superar rápidamente la etapa obligada de las auto recriminaciones. Deseché la palabra auto boicot y descarté en ese momento duplicar mis sesiones de psicoanálisis. Cuando uno fue muy distraído toda su vida, en parte está inoculado frente a cualquier adversidad. Claro que en el momento uno quiere matarse, pero aquí lo que necesitaba era buscar una solución. Estaba sin llaves, sin teléfono, sin dinero, sin documentos, sin tarjetas de crédito y sin ningún conocido cerca. Me sentí un indigente. Bueno; tenia el iPad.

Continuará……….