Qué son – o más bien eran- las Fiestas Mayas?

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Las Fiestas Mayas siempre fueron para mí una carrera de diez kilómetros en el amplio calendario del running porteño, que se celebra todos los 25 de mayo en coincidencia con la conmemoración de la formación del primer gobierno patrio. No es una carrera cualquiera, sino la más importante y -al menos hasta hace poco tiempo- multitudinaria en cantidad de participantes. También la más antigua y tradicional de las celebradas en todo el país. En 1971, cuando el running estaba lejos de ser el fenómeno masivo que es ahora, las Fiestas Mayas celebraban su primera edición. Un dato llamativo es que a las mujeres se les permitió correr de manera extraoficial desde 1973, pero solamente comenzaron a integrar la clasificación en 1982. ¿Serían tan pocas o el running de aquel entonces reflejaba el machismo del conjunto de la sociedad?

Siempre había sentido curiosidad por el término “Fiestas Mayas”. ¿De dónde venía esa denominación que suena más mexicana que argentina cuando celebramos la que probablemente es nuestra fecha patria más importante? No recordaba haber estudiado el tema en el colegio secundario al que asistí, ni haber leído nada al respecto. Hasta que hace un rato decidí terminar con el misterio y procedí a googlear.

Descubrí entonces que las Fiestas Mayas es la más antigua de nuestras celebraciones patrias. Comenzó a festejarse en 1811, cuando apenas se cumplía un año de la Revolución de Mayo, aunque dicho término se adoptó oficialmente en el año 1813. Aparentemente el término “fiestas mayas” derivaría de “fiestas majas”, lo cual lo emparenta con un origen madrileño y español que nada tiene que ver con los mayas de los territorios mexicano y guatemalteco.

Las Fiestas Mayas fueron durante mucho tiempo eso: una festividad masiva y popular que se iniciaba en la noche del 24 de mayo con la iluminación de los monumentos históricos, el lanzamiento de fuegos artificiales, música de orquestas, salvas de cañones y la entonación de canciones patrióticas. Los festejos se prolongaban durante seis días, culminando el día 30 con el deporte -si así puede llamárselo- más popular de aquella época: la corrida de toros. Durante todos los días había obras de teatro, espectáculos musicales, y ceremonias religiosas organizadas por representantes de los distintos barrios de la ciudad- aldea, a las cuales asistían personas de todo tipo de origen y condición social.

Las Fiestas Mayas tuvieron vigencia unos setenta años. Luego comenzaron a perder importancia hasta desvanecerse. Nunca fueron reemplazadas por una fiesta de similares características y masividad, salvo en ocasiones muy particulares como el festejo del bicentenario.

Quizás cuando los creadores de esta carrera le pusieron esta denominación y eligieron que se celebrara todos los 25 de mayo, pensaron en aportar un grano de arena para reflotar una festividad que, no solo ha desaparecido, sino que está erradicada de la historia y la memoria colectiva.

A los corredores nos encantan las carreras masivas, la sensación de ser parte de una marea humana que se desplaza en una peregrinación encabezada por unos adelantados que corren muy rápido, y otros que los seguimos buscando llegar a la meta lo antes posible. Formar parte de esa multitud nos brinda un sentido de pertenencia (somos corredores), emoción y adrenalina. Por eso somos capaces de correr más rápido que en los entrenamientos, y de cruzar la meta con el último resto físico y anímico que nos queda.

Pero seríamos mucho más felices si, además, nos acompañara, como sucede en tantas ciudades del mundo, una multitud en las calles alentándonos. Es la forma en que esta carrera, y tantas otras, podrían transformarse en una auténtica fiesta popular. Como lo fueron las históricas y extinguidas Fiestas Mayas durante gran parte del siglo XIX.

El running es actualmente el segundo deporte más practicado del país, y sigue en constante crecimiento y expansión. Si continúa esta tendencia, considerando que es practicado en igual medida por varones y mujeres y gente de todas las edades, no me extrañaría que en diez años superara al fútbol. Pero a diferencia de este último y de otros deportes masivos, el running tiene una extraña particularidad: en las numerosas carreras que se realizan en el país, la cantidad de corredores es como mínimo diez veces superior a la de los espectadores. Como lo comenté recientemente en este blog, sería muy sencillo revertir esta situación, que traería beneficios, no solo a los deportistas, sino a toda la ciudad. Es cuestión de plantearse el objetivo y adoptar algunas decisiones que casi no requieren destinar recursos económicos adicionales. https://pabloperelman.wordpress.com/2015/05/11/maraton-de-buenos-aires-cuanto-falta-para-que-haya-un-1-000-000-de-personas-en-las-calles/

Algunos amigos me dicen por qué pierdo tiempo y me preocupo por quimeras. Quizás tengan algo de razón. La respuesta es que a veces me obsesiono con ciertas cosas y no puedo evitar escribir o hablar de ellas. Por suerte para quienes me escuchan o me leen, mis obsesiones van cambiando o más bien diversificándose. Es una de las razones por las cuales tengo este blog. Los que me conocen pueden adivinar que si no escribiera sobre mis obsesiones, les sería más difícil tener que escucharme. En cambio ahora tienen la coartada perfecta, el salvoconducto: “Ah, si. Ya lo leí en tu blog”,

PD: disculpen. Me olvidé de aclararlo en el título. Los que sabían que eran las Fiestas Mayas tienen acceso de ahora en adelante a la versión Premium de Correlatos. Avisen. Confío en que me dirán la verdad.

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Maratón de Buenos Aires: ¿Cuánto falta para que haya un 1.000.000 de personas en sus calles?

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Lo he comentado varias veces con amigos, pero nunca he escrito sobre ello. No piensen que estoy loco – al menos no por esto – pero el maratón de Buenos Aires debería ser una fiesta en la que, además de los corredores, hubiera al menos un millón de personas acompañando en la calle.

Muchos me han dicho que Buenos Aires no es New York, ni Berlín, ni Boston ni Londres. Que en esos lugares la gente es diferente, más participativa y solidaria. Yo les digo que creo que están equivocados. Que el problema no pasa por ahí.

Hay muchas razones por las cuales el día de la carrera somos más los que estamos corriendo que aquellos que están mirando. Y si no contamos los que están esperando a algún corredor amigo para acompañarlo en los últimos kilómetros y, a los allegados más íntimos, literalmente podríamos decir que no va nadie.

¿Por qué? ¿Es un espectáculo aburrido? ¿Hay que levantarse muy temprano? Definitivamente no.

Empecemos por la razón más elemental. Casi nadie sabe que ese día se corre la carrera. Y si nadie lo sabe es porque nunca se la ha jerarquizado como un gran evento deportivo. Valga la comparación con el circuito callejero del TC 2000, que recibió un fuerte auspicio para su organización por parte de las autoridades, y una intensa atención por parte de los medios de comunicación. TODO el mundo sabe el día que se corre esa carrera, y el resultado en términos de concurrencia está a la vista: las veces que se hizo fue multitudinario.

El running ya es después del fútbol el segundo deporte más practicado del país. Los practican por igual mujeres y varones; jóvenes y personas de edades avanzadas; atletas de elite y los que solamente buscan mejorar su condición física. Sin embargo, las noticias deportivas de las carreras que se desarrollan en nuestro país, no tienen espacio en la sección de deportes de los matutinos, sino en la de información general o en los suplementos de la Ciudad. No es, sin embargo, el mismo tratamiento que la noticia recibe cuando la competición ocurre en Chicago, Berlín o Tokio. Es cierto: Buenos Aires no está dentro del circuito de las majors (las seis maratones más importantes del mundo), pero es nuestra maratón. Los partidos de primera D tampoco son acontecimientos deportivos de primer orden, pero sus noticias tienen lugar en las sección de deportes. ¿Por qué el running no? Lo mismo sucede con el resto de las carreras de calle y con las competiciones de aventura que se multiplican en todo el país. Esa es la razón por la cual, salvo los mismos runners, nadie conoce los nombres de los grandes corredores de nuestro país. Y el motivo por el cual muchos se van del país para mejorar su situación económica, ya que el dinero que ponen los sponsors depende de la cantidad de público. Para ellos las carreras en Argentina tienen “bajo rating”.

Los diarios y casi todos los medios audiovisuales describen a estos eventos como un acontecimiento de carácter casi folklórico, en el cual un grupo de gente, un poco rara y otro poco loca, sale a la calle mientras los jóvenes regresan de los boliches, para correr unos extravagantes 42 km y 195 mts. Por supuesto que hay algunas excepciones como blogs, suplementos de running, programas en radios y señales de televisión, pero suelen ser espacios pequeños, con escaso presupuesto, y muchas veces autogestionados. La oferta es muy pobre e irrelevante si pensamos que estamos hablando del segundo deporte más practicado del país.

Los organizadores de la carrera hacen el esfuerzo de traer a keniatas y etiopíes para elevar el nivel de la competencia, pero para los medios de comunicación estos personajes no son atractivos, porque vienen a participar en una carrera que no le interesa a nadie. El problema del bajo rating se retroalimenta: si a la gente no le interesa no lo mostramos, y como no lo mostramos nadie lo conoce y, por lo tanto, el día del evento, la gente no se entera.

Tenemos una ciudad hermosa pero el recorrido del maratón es poco atractivo, porque su diseño prioriza cortar la menor cantidad de calles, de manera de no molestar a los automovilistas. Una gran parte del recorrido lo hacemos por lugares deshabitados. Es justamente el criterio contrario, por ejemplo, al del maratón más admirado del mundo – New York -, que atraviesa cinco condados o boroughs; Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan y muchos de los barrios más emblemáticos de cada uno de ellos. Los vecinos de esta gran ciudad no necesitan “ir” a ver la carrera, sino que la carrera se las ingenia para pasar cerca de sus casas. Nadie se preocupa o protesta porque ese día cortan los 1,298 metros del Puente colgante de Verrazano-Narrows, las avenidas de Manhattan o las calles de Long Island. Se sabe que ese día la ciudad está dedicada a su maratón, y no a los automovilistas. Y como los automovilistas están bien informados se organizan, estudian los recorridos alternativos, no se quejan.

Aquí el gran obstáculo para tener un maratón con un recorrido atractivo, es que hay que cortar muchas calles y, por lo tanto, molestar a quienes van en auto. Sin embargo no es el mismo criterio que se adoptó, por ejemplo, para llevar a cabo el TC 2000 (que requiere interrumpir el tránsito por mucho más tiempo), así como para la organización de algunos eventos culturales, como el recordado recital de Violeta, el ícono del marketing infantil de los últimos años.

Se pierde de vista, por otra parte, que no se trata solamente de “darnos el gusto” a los maratonistas. Las grandes ciudades del mundo aprovechan su maratón como un gran evento turístico, que atrae a personas de todo el mundo junto con los familiares y amigos que los acompañan. Pero no se puede pensar el impacto solo en términos de los que vienen. ¿A qué canal de televisión podría interesarle mostrar una carrera que se corre en una ciudad vacía? Invertir en un maratón requiere de pocos recursos y se puede obtener un altísimo retorno. Con cientos de miles de personas en las calles habría más sponsors, que a su vez aportarían más dinero, y se mejorarían los premios para los deportistas. ¿Por qué no podemos tener el maratón más importante de Latinoamérica?

Es verdad que a los corredores les gusta viajar para combinar running con turismo. Hay pocas cosas comparables a conocer una ciudad corriendo a través de sus calles. Pero sería bueno que no tuviéramos la obligación de salir del país solo para experimentar la indescriptible sensación de correr rodeados de cientos de miles de personas que alientan.

Por supuesto el otro puntal para que las calles de Buenos Aires se inunden de espectadores, es que ese objetivo sea una prioridad de política pública. Y no solo pienso en las autoridades del GCBA, sino también en las nacionales. Cuando se vende Buenos Aires se esta vendiendo la Argentina. Los visitantes que vienen de lejos aprovechan para hacer un recorrido turístico mas amplio También el norte y el sur argentino, la costa atlántica o la región del Cuyo, por ejemplo, podrían beneficiarse de un maratón porteño masivo. Esta es una buena razón para que ambos niveles de gobierno trabajen asociados, y cada uno aporte algo diferente y complementario.

Pero no se trata solamente de esperar las decisiones de las autoridades políticas o la promoción de los medios de comunicación masivos. Los propios corredores deberíamos tener una actitud mas proactiva. Como comunidad de runners es mucho lo que podemos hacer para llamar la atención sobre este tema. Nosotros podemos interesar a los medios de comunicación, a las autoridades políticas, a los organizadores de carreras, comunicarnos entre nosotros a través de los numerosos running teams que hay en la ciudad y en el país. Podemos, sin lugar a dudas, aprovechar el poder enorme que tienen las redes sociales para instalar como consigna #Un millón de personas en el maratón de Buenos Aires.

Tenemos que poner esta cuestión en el candelero porque aun no existe. A nosotros mismos, por costumbre, nos parece natural que nuestro maratón se corra en una ciudad vacía. A veces pasa que lo que es raro nos terminan pareciendo normal. Hay que empezar a hacer algo. Y ojo. No se trata solamente del maratón; el objetivo más amplio es al menos que también podamos convocar a la gente para eventos de participación multitudinaria, como las Fiestas Mayas (10 k) o la We Run (21 k). Vayamos “entrenando” a los espectadores en competiciones más cortas.

Va a llegar sin duda el día que Buenos Aires tenga su maratón multitudinaria. Todos podemos aportar nuestro granito de arena para que eso ocurra lo antes posible. No sigamos perdiendo el tiempo hablando de nuestra complicada idiosincracia, o pensando que en otros lugares son mejores que nosotros. Ojalá aparezcan rápidamente socios que se sumen a esta idea. No se trata de una utopía, ni de una quijotada. Porque verdaderamente lo raro en es que corramos en calles semidesiertas. Que se venga la fiesta.

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La selección argentina, mi hija, Diego Latorre y yo

María Eva, la joven experta en fútbol
María Eva, la joven experta en fútbol

Cuando faltando pocos minutos para ir al alargue, Mario Gotze venció la resistencia de Sergio Romero y le robó a los argentinos el sueño del tricampeonato mundial, como tantos otros compatriotas sentí la puñalada en el corazón, me agarré la cabeza con las manos y me resigné a que apenas seríamos, como en el mundial del noventa, subcampeones.

Desde mi punto de vista habíamos llegado demasiado lejos, y no cabía duda que los alemanes habían hecho mucho más méritos para ser merecedores del título. Y no lo digo sólo por la paliza histórica que le propinaron a los brasileros en su propio mundial. Durante todo el campeonato desplegaron un juego bello y eficaz que los llevó a parecerse a los mejores seleccionados de las últimas décadas: el Brasil del ´70, el Holanda del ´74 y la España de los últimos años.

En cambio la selección Argentina nunca me convenció. Salvo contados pasajes del campeonato y arrestos individuales de algunas de sus estrellas, el juego de nuestro representativo nacional fue aburrido y muy alejado de las expectativas que había despertado, no solo en nuestro país, sino también entre los millones de aficionados del planeta fútbol. Nadie discutía que teníamos la mejor delantera del campeonato: con Leo Messi , el “Pipita” Higuain, el “Fideo” Di María y el “Kun” Agüero, solo era cuestión de apostar por la cantidad de goles y el espectáculo que estaban por venir. Los goles venían con cuentagotas gracias a que de vez en cuando Messi frotaba la lámpara, pero el espectáculo brillaba por su ausencia.

Argentina empezó jugando de manera horrible, luego mejoró un poco, hasta que finalmente se transformó en un equipo equilibrado y sin brillo que obtenía buenos resultados. Pero la verdad que mirar los partidos de la selección a mi me resultaba más aburrido que chupar un clavo.

Sin embargo, la opinión mayoritaria de la prensa argentina y de los hinchas vernáculos, era que teníamos una gran selección. Y que si bien el juego distaba de ser bonito, el cuerpo técnico y los jugadores eran un ejemplo de como ejecutar una buena estrategia para avanzar en el objetivo de todos: ganar el título como sea.

Y como durante los mundiales de lo único que se habla es de fútbol, yo también hablaba de fútbol. Y a quienes aceptaban escucharme, les decía que Argentina para mí definitivamente no era ese gran equipo del que tantos hablaban, que no entendía muy bien en que consistía su famosa táctica y estrategia, y que tampoco me interesaba ganar a costa de jugar de manera horrenda. Debo confesar que mi parecer no tuvo muy buena acogida. Me tenía que dar cuenta que un mundial es un torneo corto en el cual no te podés descuidar. Un error de cálculo y te quedás afuera. Y además se jugaba en Brasil: que podía ser más lindo que arrebatarle el título a los brasileros en su propia casa.

Cuando los elogios de los medios argentinos llegaron al paroxismo, comencé a leer lo que decía la prensa extranjera: los medios españoles y latinoamericanos eran concluyentes: Argentina no jugaba a nada. Los brasileros también, pero claro: que iban a decir nuestros archi rivales futbolísticos después de que los torturamos durante todo el torneo con el “Brasil decime que se siente….” (que dicho sea de paso para lo único que sirvió fue para tener al 95% de los brasileros hinchando, pintándose la cara y hasta poniéndose la camiseta de Alemania durante la final). Si todos nos tienen bronca y envidia, ¿que iban a decir?. Los periodistas de los diarios ingleses e italianos tampoco estaban muy convencidos con nuestra maravillosa estrategia, pero Maradona les hizo el gol con la mano a los primeros en el ´86, y a los segundos los eliminamos en el ´90 de su propio mundial.

Pero la noche de la derrota contra Alemania me deparó un nuevo e inesperado infortunio. Había quedado en pasar a buscar a mi hija María Eva por la casa de una amiga. Cuando bajó tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Estaba desconsolada como nunca antes la había visto. Que los jugadores no se merecían esto, que cuando íbamos a volver a tener la oportunidad de jugar la final de un mundial, que el dolor que sentía era infinito.

Fuimos a cenar afuera y tuve que insistirle para que eligiera un plato. “¿Cómo podés tener ganas de comer con lo que nos acaba de pasar?”, deslizó de manera poco sutil. Traté de restarle dramatismo a la situación, le dije que al fin y al cabo el fútbol era un juego, y que ya tendríamos nuevamente la oportunidad de ganar un mundial. El tiempo pasaba y ella seguía sin encontrar consuelo. “¿Y vos no estás remal?”, disparó. Entonces le dije la verdad. Yo ya le había anticipado unos días antes que la selección mucho no me convencía, y ella había intentado explicarme las virtudes tácticas y estratégicas del equipo. Pero esa noche la incomprensión de mi hija viró en enojo. La verdad es que yo no solo no entendía nada de fútbol, sino que además era una persona insensible y un apátrida. No recuerdo si llegó a decirlo, pero seguramente sentía vergüenza de que yo fuera su padre.

Así, en un abrir y cerrar de ojos, mi hija, que hasta el mundial de Brasil jamás había mirado un partido completo, me estaba dando clases de fútbol, explicando la importancia de la identidad nacional, y alertándome sobre los graves problemas psicológicos que seguramente debería tener por ser tan insensible. Esa noche no hubo caso. Yo no me sentía mal porque habíamos perdido la final, pero sí porque mi hija me detestaba. El tiempo pasó, su vida se recompuso, y nunca volvimos a hablar de esa fatídica noche.

Días después, en el entrenamiento estaba entrando en calor con Diego Latorre, quien comenzó a correr en mi grupo de running hace un par de años. Le conté mi impresión del equipo y hasta la pelea con mi hija. Y entonces llegó el bálsamo que necesitaba. Al mejor comentarista de fútbol de la Argentina, al genial jugador que vistió la casaca de Boca y fue ídolo de los xeneixes, al jugador distinto, al “otro Diego”, tampoco le había gustado nada la selección. “Me pareció horrible” fueron sus palabras. Cuando le mencioné el famoso tema de la estrategia, me dijo que a él le gusta el fútbol, y que en función de la estrategia no había que sacrificar las convicciones.

Pasaron varios meses y hace pocos días volví a hablar con Latorre. Le recordé la charla que habíamos tenido. Coincidimos en que hoy nadie estaría muy interesado en revivir la brillante estrategia del Argentina – Holanda que ganamos por penales gracias a las atajadas de Romero, y a la providencial salvada de Mascherano que le sacó el gol a Robben a segundos del final del partido. Entonces le pedí autorización a Diego para contar esta anécdota en el blog y me contestó. “Más vale. Uno se tiene que hacer cargo de sus opiniones”.

Por ahí tengo suerte y algún día consigo que M. Eva y Latorre hablen de fútbol y zanjen sus diferencias. No me digan que no sería muy divertido.

Genio y figura
Genio y figura